lunes, 16 de diciembre de 2013

La Orquesta Metropolitana y «El concierto en todas sus formas»: ejecución cerebral y emotiva

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Orquesta Metropolitana de Montreal

El pasado viernes, en la Maison Symphonique, la Orchestre Métropolitain ofreció su último concierto del año, con el título de «El concierto en todas sus formas«.  Fueron ejecutadas dos obras sagradas del repertorio universal: el Concierto para violín y orquesta de Beethoven y el Concierto para orquesta de Bartok.  A la batuta, el joven y exitoso director canadiense Julian Kuerti.

En la obra de Beethoven, brilló como solista Martin Beaver.  Este concierto resulta todo un reto para el violinista, porque, por encima de los consabidos malabares técnicos regulares, además de  los temas espectaculares y desarrollos discursivos complejos, debe lucirse son sus propios recursos interpretativos y de expresión, ajustados a dichos motivos. O sea, lo que el artista sea capaz de transmitir, de la intención psíquica del compositor, a través de breves ideas líricas, y hasta en la dinámica de las abundantes ráfagas de escalas y acordes convencionales.

Desde el comienzo se hace notorio el énfasis y la energía de los principales protagonistas, el director y el solista. Tras la larga espera antes de la entrada del violín,  Beaver impone su propio tempo y el acento de su ritmo. La orquesta se adapta de inmediato.  Los temas melodiosos y significantes de cada pasaje, que se recrean hasta coincidir con los ecos que guardamos, tienen más peso, más solidez, más expresión en cada frase, que en muchas de las mejores versiones que conocemos.   Las escalas, los arpegios y los trinos, todo es deleite al paladar auditivo. En los stacatto, se sintió la contundencia beethoveniana imponente, aún cuando después de descender, ascienden hasta los más delicados murmullos. ¿Cómo explicar que el violín de Beaver logre énfasis y a la vez delicadeza con sonido de cristales? Con este virtuoso, todo pasaje lleva expresión y sonoridad exquisitos.

Beaver goza de absoluta absorción interpretativa, que se vale de la maestría para una ejecución al mismo tiempo cerebral y emotiva  y por añadidura, automatizada por el estudio infinito. El Rondo allegro es apoteósico.

Y con la orquesta en manos del maestro Kuerti, las respuestas instrumentales traen vehemencia, ritmo energético y exactitud. En este concierto, se nota muy bien cómo modela los matices variados en el volumen, el énfasis y el ritmo.

Tras el intermedio, el Concierto para orquesta de Béla Bartók. Bartók, estudioso y divulgador de la música folclórica de su país, obtuvo por ello reconocimientos adicionales, además del éxito de sus obras que rompieron con las tradiciones en su época.

En esta pieza encontramos música cromática, con toques autóctonos disimulados, pero que condimentan el talante. El director, en absoluta posesión de su orquesta, con los complejos ritmos variados, entrecruzados y entrelazados como trenzas rítmicas. Distintas secciones prosiguen con distintos tempos en simultáneo. Una pieza muy difícil para casi cualquier director, pero no para Kuerti.

Deleitante el diálogo a la vez sereno e intenso entre las cuerdas. Todo es un extraordinario tour de force con un exótico gusto. El primer Allegretto, vivaz, con algunos acentos muy modernos.  Muy interesante la actitud agresiva de la voz de los violines en diversos pasajes. En esta obra, la orquesta también alcanzó formidable desempeño, en cada movimiento, en cada sección, en cada pasaje.

Definitivamente, la Orchestre Métropolitain supo cerrar el 2013 con broche de oro.

Foto: Sergio Esteban Vélez