martes, 17 de diciembre de 2013

Noé Arteaga: cinco años luchando para hacer valer sus derechos

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El arca de Enoïn
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Noe Arteaga

Noé Ricardo Arteaga Santos es un joven campesino guatemalteco nacido en el departamento de Santa Rosa, en la aldea La Gabita, municipio de Pueblo Nuevo Viñas, cerca de la frontera con El Salvador. Allí, en medio de ese paraje rural, vivió Noé hasta abril de 2008 cuando partió a Canadá. En los meses anteriores a su partida, la Organización internacional de las Migraciones (OIM) regó la bola de que estaba reclutando trabajadores agrícolas para traerlos a Canadá a trabajar en fincas y viveros. La oferta de la OIM sedujo sin mucha dificultad al hombre despierto, enérgico y resuelto, encarnado en el juvenil Noé de aquella primavera pretérita.

Sin librarse a muchos cálculos matemáticos ese campesino escasamente letrado comprendió rápidamente que detrás de la oferta de ese organismo internacional había una oportunidad. Los dólares que se ganaría en el norte, bien administrados, ayudarían a mejorar ostensiblemente la calidad de vida de su familia y le permitirían ir preparando el camino del casorio. Aunque tendría que alejarse de su aldea entre ocho y diez meses y soportar los embates de la soledad en una sociedad desconocida, con otra cultura y otra lengua, la experiencia de venir a trabajar al norte valía la pena de ser vivida. ¿La razón?: una hora de trabajo en los viveros dedicados al cultivo de tomate en Canadá, equivale a tres días de trabajo en el medio rural guatemalteco. 

Los temores de Noé se disiparon cuando escuchó de labios de los reclutadores que el programa de trabajadores extranjeros temporales de Guatemala, que buscaba enrolarlo para venir a Canadá, era mejor que el mexicano. Palabras más palabras menos, los promotores del reclutamiento afirmaban que ese programa estaba organizando por la propia OIM, que buscaba a través de dicha iniciativa ordenar la migración de trabajadores rurales y evitar los abusos de los que éstos eran víctimas. 

Los interesados solo debían comprometerse a unas cuantas cosas. La primera de ellas era la de permanecer en Canadá el tiempo que la empresa los requiriera. Es decir, entre ocho y nueve meses. Para evitar las deserciones del programa, cada reclutado debía de hacer en depósito 4.000 quetzales: 500 dólares, que se le retornarían a su regreso a Guatemala. Aquellos que se rajaran perderían su dinero. Noé no le vio problema al asunto. Los hombres como él no son de los que reculan ante la melancolía que genera la ausencia del terruño. Además del depósito debían comprometerse a no entablar amistad con los canadienses; a no ir a la iglesia; y a no sindicalizarse. 

En teoría la cosa sonaba fácil. En el fondo a Noé esos tres ítems no le preocupaban mucho. Él, aunque es un hombre religioso, la prohibición de ir a la iglesia no lo mortificaba tanto. En el medio rural guatemalteco –como en casi todas las regiones rurales de América Latina- ir a la iglesia es algo que se circunscribe a fechas especiales. Lo importante era que los reclutadores prometían unas condiciones dignas de trabajo. Aunque debía trabajar entre 40 y 60 horas por semana: cosa que los campesinos de hacha y machete hacen durante las 50 semanas del año, los reclutadores le habían prometido un día de descanso y un lugar higiénico y confortable para dormir. En esas condiciones la vuelta sonaba fácil. Si bien iba a pasar ocho meses lejos de los suyos, regresaría al final de año con una buena cantidad de dinero a celebrar y a descansar. Para compensar su ausencia de la iglesia durante sus días de expatriado, iría a misa en Navidad y en la Fiesta de Reyes. En esas fechas solemnes todo latinoamericano que cree en Dios no pela misa. 

Ilusionado por lo que le prometieron, Noé tomó un avión con destino Montreal el 11 de abril de 2008. Allí se reunió a un contingente de hombres, que como él venían persiguiendo el mismo sueño: ganar en Canadá los centavos suficientes para  –como dicen los chicos extraviados del barrio donde crecí – poner a vivir su  familia en Guatemala. En ese momento el invierno había comenzado a amainar. A su llegada al aeropuerto Pierre-Eliot-Trudeau el contingente de trabajadores guatemaltecos fue recibido por un funcionario del consulado de Guatemala en Montreal. El diplomático organizó el traslado del grupo a Shawinigan, donde la empresa Savoura, para la que iban a trabajar, tenía sus viveros de tomate.

Al comienzo todo iba bien. A pesar de los encontrones que rodean la relación entre un contingente de trabajadores que no conocen el estilo de vida y la mentalidad de las personas que los dirigen y viceversa, la vida era llevadera en estas lejanías. Sin embargo, cuando sucedían los desencuentros, Noé estaba entre aquellos que se hacía sentir. Su interés por ser una persona autónoma, con cierto control sobre las acciones que rodean su vida, lo llevó a tomar clases de francés tres veces por semana en la noche.

Los hechos que dieron inicio al litigio que hoy lo enfrenta a Savoura sucedieron a comienzo del mes de agosto. Un compatriota de Noé, que llevaba más de un mes aplicando pesticidas, comenzó a padecer serios problemas de salud. El hombre dejó de comer y de un momento a otro comenzó a decir incoherencias, pero nadie se preocupaba por su situación. Un día, al ver que nadie hacia nada por el enfermo, 35 guatemaltecos se negaron a ir a trabajar. Exigían que el enfermo fuera llevado al hospital. 

Uno de los responsables de la compañía vino a verlos y les prometió llevar el enfermo al médico. Confiados en la palabra del hombre, el contingente se fue a los galpones del vivero. Al mediodía, cuando regresaron a almorzar, el enfermo estaba en su lecho, aun sin que lo hubiese visto médico alguno. Allí fue Troya. El descontento de los guatemaltecos aumentó. El asunto puso definitivamente a Noé en el ojo de los administradores de la empresa. El 5 de agosto, después de que los trabajadores quebequenses partieron a casa, los trabajadores guatemaltecos continuaron trabajando. Cuando la noche cerró, siguieron a oscuras ejecutando sus tareas en los galpones. A eso de las 11 de la noche, Noé –valiéndose de las pocas palabras que ya conocía del francés – pidió que encendieran la luz. La respuesta del contramaestre consistió en  mandarlos a dormir, no sin antes darles un gran regaño por descomedidos. 

Como llevaba más de dos semanas que no había tomado su día de descanso, ese 6 de agosto Noé decidió descansar. A eso de las 11 de la mañana lo llamaron del consulado guatemalteco y le dijeron que empacara las maletas, porque retornaba a Guatemala. La empresa había dicho de él: de eso ha venido a enterarse a lo largo del proceso, que era un hombre que no le gustaba trabajar, además de ser un respondón, que aprovechaba el más leve desacuerdo para armar bochinche. Sin darle ninguna explicación lo pusieron en un avión en dirección de Guatemala al día siguiente. 

Una vez puso pie en tierra guatemalteca fue a ver al reclutador para ponerlo al tanto de la situación. Noé esperaba que esto le permitiría al final de conocer los motivos por los que lo habían devuelto a casa antes de tiempo. Esperaba igualmente que, luego de dar su versión de los hechos, la situación se solucionaría favorablemente. Pero cuál fue su sorpresa: allí le tiraron la puerta en la cara y le dijeron que era un perezoso, que se había dedicado a poner problemas. Desorientado, trató de hablar con el gobierno guatemalteco y con sus diplomáticos basados en Montreal, pero nadie le prestó atención. 

Como aún tenía vigente la visa canadiense, el 21 de septiembre de 2008 retornó a Canadá. Cuando llegó a Shawinigan fue a pedir explicaciones directamente a la empresa y a tratar de que lo restituyeran en su trabajo. Trató por todos los medios de hablar con sus antiguos patrones, pero no fue posible. A escondidas, uno de sus compañeros le contó que dos de los altos responsables del programa de trabajadores extranjeros temporales en Guatemala vinieron a la empresa. Uno de ellos les dio una insultada de padre y señor mío por causa del lío que se había armado por él. Según lo que le contaron, el hombre le dijo a sus compañeros: “miren, aquí hay algunos de ustedes que están cagando el palo. Si alguien se vuelve a portar mal el año entrante no viene ningún guatemalteco a Canadá. En América Central hay muchos países que están esperando esta oportunidad. Por eso, si ustedes muerden la mano que les da de comer, cerraremos el programa en Guatemala y traeremos hondureños”.

Como no lo atendieron en la empresa, Noé decidió entonces viajar a Montreal a buscar a un ciudadano canadiense de origen guatemalteco, que conoció en el avión el día que regresó. El hombre lo puso en contacto con un centro comunitario, que lo refirió a otro centro comunitario y éste a otro. En todos le decían que en el fondo él tenía razón pero que no había manera de ayudarlo, por ser un trabajador extranjero temporal. Tocando y tocando puertas un día se le abrió una, en donde le prometieron mirar las normas del trabajo para ver que se podía hacer por su caso. Para comenzar lo escucharon, documentaron el asunto y lo presentaron ante las instancias gubernamentales que se ocupan del tema, invocando las cláusulas 47.2 y 47.3 del Código del Trabajo, que conciernen –en su orden- los despidos injustificados y la mala representación sindical. 

Luego de muchas tentativas de conciliación con el empleador, el 18 de diciembre de 2013: precisamente el día Internacional del migrante, la queja de Noé Ricardo Arteaga Santos, un campesino oriundo de la aldea La Gabita en Guatemala, contra una compañía canadiense, cultivadora de tomates asentada en la municipalidad de Portneuf (Québec), será objeto de una audiencia en una corte de Montreal.

Foto: Facebook / Noé Arteaga