jueves, 19 de diciembre de 2013

Caso Noé Arteaga: un asunto que desnuda las miserias del Programa de Trabajadores Temporales de Canadá

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El arca de Enoïn
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Noé Arteaga trabajadores temporales Canadá

VIENE DE: Noé Arteaga: cinco años luchando para hacer valer sus derechos 

Canadá es uno de los países del mundo con uno de los sectores agrícolas más pujantes. A pesar de hacer parte del reducido número de países donde la industrialización y las tecnologías posindustriales jalonan el desarrollo económico, Canadá, por razones de seguridad alimentaria y por otros motivos estratégicos, no ha abandonado su sector agropecuario. 

Sin embargo el agro canadiense tiene un handicap que ha frenado desde la década de 1960 el ritmo de su crecimiento: la escasez de mano de obra. La urbanización de la población, incentivada por la rápida industrialización que registró el país a partir de la década de 1940, intensificada por la emergencia de una economía basada en los servicios y el saber, vació las regiones rurales de su población en edad productiva. Poco a poco la emigración campo-ciudad fue arrebatándole los obreros al mundo rural. Década tras década, los trabajadores rurales, buscando mejores condiciones de vida, fueron abandonando -como en la canción de Joe Arroyo– el campo, para instalarse en los grandes centros urbanos del país, en las ciudades aledañas a los cinturones industriales y, en menor grado, en los enclaves mineros.

Con el paso del tiempo la emigración campo-ciudad indujo una penuria profunda de mano de obra en las regiones rurales, que se ha convertido en un gran dolor de cabeza para los productores agropecuarios a lo largo y ancho de Canadá. Éstos a pesar de las ayudas del gobierno no han encontrado la formulita –como dice la canción vallenata– para garantizar la siembra de los campos y la recolección de sus cosechas, el manejo de sus hatos ganaderos y el levante y ceba de sus cerdos. La razón: el trabajo en el sector agrario es un trabajo que pocos canadienses –de pura cepa– quieren hacer, porque es un laburo que a sus ojos es fatigante, ‘‘sucio’’, peligroso y mal pago.

De otra parte, el trabajo en el sector agrario tampoco resulta atractivo para las decenas de miles de inmigrantes que llegan cada año al país. La mayoría de estos inmigrantes son individuos educados, de origen urbano, que tienen generalmente estudios postsecundarios. En sus países de origen estas personas ocupaban una plaza en la clase media y estaban empleados en los sectores modernos de la economía. Eso hace del inmigrante clásico una persona que busca insertarse en la vida económica canadiense a partir de la formación obtenida en su país de origen, en un puesto que le permita aprovechar las experiencias laborales acumuladas en el pasado y los conocimientos intelectuales certificados por sus títulos.

Algunos observadores, que se han dado a la tarea de hacerle seguimiento al tema de la inserción de los inmigrantes al mercado laboral canadiense, han concluido que sólo un porcentaje muy bajo de éstos recurre al trabajo agrario como opción laboral. Si bien es cierto que el 85% de los inmigrantes que llegan a Canadá cada año se ve obligado a pasar por un periodo de proletarización antes de ocupar un puesto en los oficios en los que acredita una calificación, pocos inmigrantes se emplean en el sector agropecuario por el carácter estacionario de los empleos. 

Para paliar la penuria de mano de obra del sector rural y de otros sectores de la economía que demandan mano de obra poco calificada, el gobierno canadiense puso en marcha a mediados de la década de 1970 el Programa de trabajadores extranjeros temporales (PTET). Como consta en el portal de Inmigración y ciudadanía de Canadá, ‘‘el programa permite el reclutamiento de trabajadores extranjeros para ocupar empleos temporales en aquellos casos en los que los canadienses o los residentes permanentes no puedan reclutarse fácilmente”. 

El abanico de oficios por el que se solicita la venida a Canadá de trabajadores extranjeros es amplio.  Éste abarca desde las calificaciones científicas más refinadas y exóticas, que obligan al gobierno y a los empresarios de los sectores más innovadores del sector productivo a reclutar científicos y técnicos en casi todos los países del mundo, hasta la necesidad de suplir las demandas del mercado de los trabajadores agrícolas o de servicio doméstico. 

Según datos del TUAC, un sindicato que ha adelantado varias campañas a favor de la dignidad de los trabajadores extranjeros temporales, y del propio gobierno canadiense, los ramos en los que existe mayor demanda de trabajadores extranjeros temporales son: el trabajo agrícola, la transformación inicial de alimentos, los servicios de recepción y despacho de mercancías, el trabajo doméstico y el sector no especializado de la construcción. 

Sobre este aspecto vale la pena traer a colación las anotaciones del  portal  Gran Quebec, donde se destaca que cada año más de 150.000 –o según el TUAC aproximadamente 250.000 – trabajadores temporales extranjeros provenientes de más de 110 países arriban a Canadá. De acuerdo con dicho portal (suena romántico lo que sigue) esos trabajadores vienen a Canadá para ‘‘ayudar a los empresarios canadienses a cubrir, a través del uso de los empleos temporales, una serie de empleos que exigen calificaciones profesionales raras”.

En lo que concierne a los países proveedores para Canadá de trabajadores temporales extranjeros hay algunos especializados en proveer ingenieros, científicos, médicos y enfermeras. Estos países son particularmente Estados Unidos, Australia, El reino Unido, Francia, Bélgica, Suiza y algunas islas del Caribe, como Trinidad y Tobago, Granada o Jamaica. Hay países especializados en ofrecer trabajadoras para el servicio doméstico, el cuidado de ancianos y niños y los cuidados básicos en salud. Ese es el caso de las Filipinas, Rumania y en menor medida algunos países situados en esa región que se conoció  en el pasado con la poética denominación de La cortina de hierro. Y  hay países especializados en proveer obreros agrícolas. Estos países son en su mayoría los países de las islas del Caribe inglés, México, Guatemala y Honduras.

En el contexto de la economía global muchos de los países emisores de mano de obra, (esos países que poseen ese recurso que se etiquetaba bajo la categoría mano de obra barata en los manuales escolares, en los que se estudiaban la geografía durante la década de 1980 en la escuela secundaria), buscan afanosamente convenios que les permitan enviar a la población en edad productiva a trabajar al extranjero. Esto se debe a un hecho concreto: las transferencias de dinero de los trabajadores inmigrantes se han convertido en un recurso fundamental para mantener a flote la economía interna de un amplio número de países del globo.

Analizados desde la perspectiva socioeconómica los programas como el PTET ponen de manifiesto un fenómeno económico, que hoy resulta trascendental para el funcionamiento de la economía global: la deslocalización y relocalización de la mano obra. Según sociólogos como Ghyslaine Neill e historiadores como Bruno Ramírez, Philippe Rygiel y Sabine Manigat, estos programas ponen en evidencia un proceso de transferencia de mano de obra, que involucra a países caracterizados por poseer excedentes de población en edad productiva, que no pueden insertar a la dinámica económica nacional, y países de economías en permanente expansión, con débil crecimiento demográfico y envejecimiento progresivo de la población. Las dos caras de la moneda que encarna este fenómeno pueden ilustrarse de manera concreta con el caso de los países del Caribe y la América Central, por un lado, y con el caso canadiense por el otro.

El permanente ir y venir de esos trabajadores induce otro tipo de tráficos entre los países exportadores de mano de obra, (sé que esos giros lingüísticos suenan inciviles a los oídos de los humanistas), y los países importadores de este recurso. Ligado a él emergen redes mercantiles y sociales, que asociadas a las cadenas migratorias terminan por fundar y alimentar las comunidades inmigrantes y, con ellas, eso que el geógrafo Mauricio Aránzazu llama “comunidades trasnacionales”. Según Aránzazu las personas que hacen parte de estas comunidades habitan en un mundo caracterizado por la dualidad espacial. Para estas personas su espacio vital se va convirtiendo lentamente en un espacio mental, que se sitúa tanto en el país de origen como en el país de acogida. La movilidad espacial en la que se ven envueltos da lugar a una nueva concepción del territorio, compuesta por el lugar donde nacen y el lugar donde ganan su vida. El correr del tiempo y el permanente ir y venir los va llevando a sentirse, como en la canción de Facundo Cabral, que “no son de aquí ni son de allá”

A pesar de las bondades que en los medios gubernamentales y empresariales se les atribuye a estos programas, en el caso canadiense, algunos organismos comunitarios, como el Centro del trabajador inmigrante (iwc-cti); el Consejo canadiense para los refugiados (ccr); y sindicatos como UFCW que trabajan por la dignidad y la calidad de vida del trabajador extranjero temporal, no se andan con medias tintas para denunciarlos como “una forma de esclavitud moderna”. 

Según el CTI “los empleadores hacen venir a los trabajadores extranjeros para tener una mano de obra poco costosa y cautiva”, que “por ignorancia, aislamiento, desconocimiento de las leyes o por temor de ser reenviada a su país” duda -en el caso de los trabajadores inmigrantes temporales menos especializados- “en quejarse de los malos tratos de los que son víctimas”. Por su parte el CCR resalta que “los trabajadores inmigrantes (temporales) son vulnerables frente a la explotación y el abuso de sus empleadores, debido a la falta de un estatus legal claro que los proteja, a su aislamiento y a la falta de acceso a la información sobre sus derechos“.

De su lado el UFCW explica que estos trabajadores son considerados en las políticas migratorias canadienses como “una simple mercancía” que se puede usar y votar sin problemas. Es por eso que, según este sindicato, “en el caso de los trabajadores agrícolas estacionarios, los participantes, aunque retornan cada año a Canadá, a veces durante varios decenios, no se califican jamás para aplicar al estatus de residente permanente, eso sin hablar de  la ciudadanía canadiense”. 

El caso no solamente preocupa al sector sindical y a los organismos defensores de los derechos de los inmigrantes. Los abusos e injusticias que se cometen contra los trabajadores temporales extranjeros del sector agrario también comienzan a llamar la atención de los investigadores sociales. En los últimos cinco años investigadores adscritos a universidades canadienses, al igual que consultantes de organismos defensores de los derechos de los trabajadores han llevado a cabo algunas investigaciones, que buscan documentar de manera rigurosa el asunto. El caso de los trabajadores agrícolas mexicanos ha sido estudiado por Tanya Basok, Danièle Bélanger, Eloy Rivas y Martine Joyal. El caso de los trabajadores guatemaltecos está siendo estudiado por Jill Hanley, profesora del departamento de trabajo social de la universidad de McGill. 

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM (Archivo)