lunes, 6 de enero de 2014

Apoteósico el homenaje a Viena en Montreal para recibir el 2014

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Viena Montreal 2014

Para recibir el 2014, la Orchestre Strauss de Montréal y la Orchestre Strauss du Québec obsequiaron a los melómanos de la ciudad con su esperado regalo de año nuevo: la tradicional y preciosa fiesta de homenaje a Viena, que se realiza en la Salle Wilfrid-Pelletier, de la Place des Arts, desde hace más de tres lustros.

Viena, que fue base de cortes suntuosas que construyeron edificios y palacios rivales a los de Versalles, parques y jardines extraordinarios y, especialmente, grandes y sofisticados teatros, es famosa, desde hace varios siglos, por su refinamiento cultural.  Y su magnificencia más inusitada fue alcanzada en el siglo XIX, como cuna de la música del valse.  La fama, a causa de este elemento cultural, la hacía sobresalir por encima de las otras ciudades capitales de Europa, cuando las cortes reales estaban ya en decadencia. Con el esplendor del valse, creado en su máxima expresión culminante, por Johann Strauss Jr, Viena no pasó a ser una ciudad en decadencia, por el hecho de que el esplendor de las cortes se estuviera extinguiendo,  sino que, por el contrario, su reputación creció, más allá de valores políticos y económicos, gracias a un factor tan feliz como ha sido el de la gloria del valse.

El público ama las remembranzas románticas del valse, cuando se escucha en manos de conjuntos especializados como los que, en el concierto que nos ocupa, fueron deleite de una sala completamente llena. Y, además, el programa escogido por el director, el maestro Klaus Arp, incluyó la mayoría de las obras más amadas por los devotos de las músicas tradicionales vienesas, incluyendo los valses más emblemáticos de Strauss Jr. y fragmentos de operetas como El Murciélago, de Strauss Jr.; La Viuda Alegre, El país de las sonrisas y Friederike, de Lehár; La condesa Maritza, de Kálmán, y Las alegres comadres de Windsor, de Nicolai. 

Estos pasajes sublimes de operetas nos hicieron pensar en la majestad de este género lírico tan soslayado, con sus divertidos argumentos, su exagerada teatralidad y tantas otras virtudes que lo han hecho único.  Y, muy especialmente, quedó, vez más, en evidencia cómo el valse tuvo el mérito de ser un instrumento invaluable para la composición de las partituras de las operetas que, en su misma época, lograron un auge tan extraordinario.  No sería descabellado decir que el entusiasmo del público  de su tiempo frente a la opereta se debió precisamente a la belleza y musicalidad del valse. 

Ese mismo entusiasmo estuvo presente en la audiencia, a lo largo de las casi dos horas y media que duró la representación (incuyendo el intermedio).  Y en esto influyó, sin duda, el buen tino del director para escoger a las estrellas de la noche.  La orquesta fue acompañada por cantantes de excelencia, como la soprano polaca Katarzyna Dondalska y el quebequense Antoine Bélanger, quienes presentaron versiones de famosos aires vieneses en las octavas más altas del registro y añadieron, además de los textos líricos, impresionantes segmentos de vocalises, que exhibieron la belleza de sus voces y su magnífica escuela vocal.

Y como si fuera poco, todo fue complementado con un conjunto de bailarines del Ballet Nacional de Hungría y de campeones internacionales de danza social, que ejecutaron danzas tradicionales de la época dorada del valse vienés, esas que se convirtieron, desde Viena hasta el confín de Europa, y aún en Norteamérica, en el frenesí romántico y social del siglo XIX.   Con exquisita gracia y gran talento, los bailarines desplegaron los familiares, pero exclusivos, pasos del valse y la polka, que tanta nostalgia logran aún provocar entre los amantes de esta música y de su época.

Porque el valse es una doctrina del donaire y de las emociones que es capaz de lograr el lenguaje de la música.  Aún hoy en día, en ciudades como Viena, Budapest y Praga, se celebran grandes fiestas aristocráticas y también populares, en el lenguaje del valse.  Es famosa, por ejemplo, la noche del valse en la casa de la ópera de Viena, cuando las jovencitas de la alta sociedad son presentadas en su medio, en un gran baile que se desarrolla sobre una pista armada en la mismísima platea, tras remover las butacas.  En tales bailes, para dirigir la orquesta, siempre son invitados los directores más famosos en el mundo. Es una gala de tradición que, en pleno siglo XXI, se seguirá celebrando como la noche más importantes para las y los jóvenes nativos de ese país de tradiciones tan antiguas y de fastos tan solemnes.   Por su parte, el homenaje realizado en Montreal hace parte del distinguido programa de “Salute to Viena”, que ha sabido ganarse la fidelidad del público en todas las ciudades en que ha sido montado.

De todos es sabido que el valse comenzó en la ciudad de Viena, a partir de los bailes del pueblo, los llamados landler, popularizados al final del siglo XVIII.  De ahí, músicos, como Strauss padre y aún el mismo Brahms, fueron refinando sus melodías, hasta dar nacimiento al valse.  Tanto fue el éxito que los Strauss llegaron a  tener, que hubo simultáneamente varias orquestas en la famlia, que incluso  se volvieron rivales (especialmente entre los dos Johann).  Y, cuando, finalmente, llegó la época en que Strauss Jr. unió la orquesta de su padre con la suya y fue reconocido mundialmente como el rey del valse, ya este ritmo estaba consolidado como una nueva diversificación, la más seductora, de la música folclórica vienesa y ya había seducido a los grandes salones del orbe entero.  Todas las orquestas de las grandes ciudades lo incluían en sus programas, y Strauss era invitado a dirigir conciertos por toda Europa, amén de Rusia, donde gozó de un recibimiento estelar, y de los Estados Unidos, a donde tuvo una invitación apoteósica.

Estas glorias fastuosas de Viena, en pleno apogeo del Imperio Austro-Húngaro, es lo que todavía se celebra en conciertos tan extraordinarios como el presentado en nuestra querida Montreal.  Tanto la orquesta, como los bailarines y los cantantes fueron fieles tanto al espíritu festivo y galante de la obra de Strauss y sus mejores contemporáneos, como a la perfección interpretativa que ha caracterizado desde aquellas épocas a las producciones musicales, operísticas y dancísticas de Viena.

Loor a Viena, vivas a Montreal y bravo a los organizadores y partícipes de esta gala de excelencia.

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Fotos: Keith Hooper y Sergio Esteban Vélez