jueves, 16 de enero de 2014

El fusilamiento moral de Diomedes Díaz: la vida privada del artista es tema de debate público en los medios

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El arca de Enoïn
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Diomedes Díaz Colombia

En Colombia, culturalmente hablando, han cohabitado históricamente dos países bien definidos: el país Andino y el país Caribe. El país Andino es un mundo apegado a los valores eurocéntricos y devoto de los principios judeocristianos y las tradiciones morales católicas. De la mano de esos elementos, las élites sociales e intelectuales han construido una concepción apolínea del mundo, que se esfuerza por resaltar las virtudes y esconder los defectos. 

El país Caribe, al contrario, se rige por una visión filosófica de la vida gobernada por una moral epicúrea, hedonista y dionisiaca, cuyos postulados podrían resumirse bien en ese verso vallenato, que canta Ricardo Maestre y ameniza el acordeón de Julio Rojas: “yo parrandeo y  tomo ron y mujereo sin condición”. 

La relación con Dios, que en el país Caribe es ambigua e informal, se resume en los versos sacrílegos de la canción «Alicia Adorada» de Juancho Polo Valencia, en la que se recita de manera irreverente:

Como Dios en la tierra no tiene amigos

No tiene amigos y vive en el aire

Tanto le pido y le pido y siempre me manda mis males 

Es esa visión filosófica del mundo, la que explica por qué las celebraciones de los actos litúrgicos del santoral católico han sido –desde los tiempos coloniales– secundadas siempre por parrandas monumentales, que se organizan bajo el leitmotiv de ‘‘esta noche amanecemos/ amanecemos parrandeando”. Nada raro –por eso- que una de las canciones emblemáticas de la discografía del desaparecido Diomedes Díaz haya sido un merengue, compuesto por Calixto Ochoa, que canta de manera libertina: 

Si la vida fuera estable todo el tiempo

Yo no bebería ni malgastaría la plata

Pero me doy cuenta que la vida es un sueño

Y antes de morir es mejor aprovecharla

Por eso la plata que caiga en mis manos

La gasto en mujeres bebida y bailando 

En otras palabras y como dice un viejo son cubano: ‘‘hay que gozar la vida/ porque la vida es corta/ gózala como es debido/ no hagas otra cosa’’. O como lo canta el Gran Combo de Puerto Rico: 

Vamos a seguir bailando,

Vamos a seguir contentos

Y sigamos vacilando

Vamos a seguir en esto

Porque un día de éstos

Que tú veras que va llegar un demonio atómico

Atracata, acangana, y nos va limpiar

Y después de muerto no se puede gozar

A través de la historia, esos dos países han mantenido un debate larvado, que se agita de tiempo en tiempo, en el que se ventilan sus respectivos estilos de vida y concepción del mundo. Partiendo de su bagaje cultural, los dos pueblos han estructurado sus relaciones e intercambios en el plano social y cultural. Sus interacciones, tomadas a la ligera –y vistas desde lo alto–, podrían considerarse como conflictivas y antagónicas.

Cuando uno se adentra en la realidad colombiana a partir de la manera como los sectores populares y las élites viven su vida y festejan los momentos placenteros de ésta, se da cuenta que estos dos países, si bien son antagónicos también son complementarios. Es a través de esa relación conflictiva, como a lo largo de la historia se han influido mutuamente y han participado en la construcción de la identidad cultural colombiana, mofándose y ridiculizándose el uno al otro.

La muerte de Diomedes Días volvió a agitar en los medios tradicionales y alternativos, además de las redes sociales, la confrontación entre esos dos países sobre sus hábitos y mores respectivos. El debate que se ha desatado por los excesos que caracterizaron la vida de Diomedes, hace parte de un debate que remontó a la superficie en los albores del siglo XX y se profundizó  a partir de la década de 1930, marcando de manera contundente la dinámica de la vida cultural colombiana. Desde entonces los dos países compiten entre sí por imponerse el uno sobre el otro y por influenciar a los colombianos residentes en las regiones periféricas y menos dinámicas del territorio nacional.

Para el país Andino el país Caribe es un país de indios, negros, zambos y mulatos perezosos, de modales inciviles, de vocación idólatra, de gusto ramplón, de instinto vicioso, de vida perdularia y espíritu parrandero, de cultura machista, de talante botarate, de alma bullosa, de ademanes descomedidos, de gusto ordinario, de costumbres indecorosas. De eso han dejado constancia los opinadores andinocentristas en todos los periódicos del país, dan testimonios los chascarrillos que se cuentan en las plazas de mercado sobre los costeños y dejan constancia los comentarios de los lectores de periódicos electrónicos y las centenas de mensajes, que sobre el asunto circulan en las redes sociales.

A la sazón, uno de los chistes que más circula en el universo cibernético de los medios andinos cuenta que una vez apareció entre los anuncios de prensa, uno que decía: “Costeño trabajador y sin vicios busca pereirana virgen para fines serios”. A continuación se cierra el chiste diciendo: “¡Ni lo uno ni lo otro existe, pues de eso no hay!”. Otro apunte que sirve de muestra para ilustrar el mismo asunto lo recuperamos entre los comentarios de El Espectador. Allí un lector apodado SCK sostiene que “los corronchos son tan apocados y carentes de poder cognitivo que ni siquiera [sirven] para ser líderes de los bandidos”. Eso explica, según él, por qué “los corronchos con su pereza y valores ambivalentes han dado [el mayor] aporte en el atraso de esta república bananera”.

Por su parte el país Caribe se esmera en presentar al país Andino como un territorio habitado por un pueblo triste, violento y rezandero; una comarca poblada por gente solapada, que mientras peca, para empatar, reza. En otros términos: una sociedad gobernada por un moralismo pacato, que lleva a la gente a esconder la mugre debajo de la alfombra, aparentando que tiene la casa limpia, para así poder dar lecciones de moral a los demás, mientras practica la inmoralidad. Según los críticos de los cachacos, éstos se van a otras tierras a hacer aquello que siempre han deseado hacer en su tierra y no son capaces de hacer por el temor al qué dirán.

En el plano político también hay diferencias que se advierten sin mucho esfuerzo. Mientras el país Caribe se ha caracterizado por ser un pueblo de tradición liberal, el país Andino se alínea más hacia a las ideas conservadoras.

Con la muerte de Diomedes Díaz, un cantor popular extraordinario, que nunca escondió su estilo de vida disipado -muchas veces habló sin tapujo de sus vicios y defectos con los periodistas- se alborotó a los adeptos –y detractores – de cada campo, porque para bien o para mal, Diomedes condensó en él sólo lo que enorgullece al país Caribe y lo que escandaliza al país Andino. Por un lado fue, como lo resaltó un comentarista de periódicos electrónicos apodado EGD: “un hombre con una sensibilidad poética excepcional”, que “interpretó como pocos, los sentimientos y la cotidianidad de todo un pueblo” y por el otro fue un “mujeriego, periquero, ostentoso, despilfarrador”, que cuando se le preguntaba por sus vicios decía en tono jocoso : “yo he probado de todo, he tenido fiestas que pa’qué te cuento”. 

Para aquellos que detestan al país Caribe, como –un comentarista de El Espectador apodado  Darioiv –  “este individuo como artista dejó un legado musical para las personas que gustan de esa música de prostíbulos, de cantinas, de sirvientas, de emboladores, de albañiles y de la chusma de costeños”. En fin, como acota Ali Cates (otro comentarista del mismo diario), Diomedes fue más bien un representante del ‘‘antiarte’’ o un ‘‘artista como sea para la corronchería y, en el interior, para los choferes de buseta’’. En síntesis, y en palabras de Germanwide, Diomedes fue la expresión natural de ‘‘la incultura, la ordinariez, el ídolo de la plebe y el lumpen’’. 

De lado de los líderes de opinión reconocidos, que hicieron pública su aversión frente a lo que encarnó Diomedes Díaz y condenaron su legado cultural, por haber vivido una vida privada poco ejemplar, se contaron Salud Hernández Mora, Cecilia Orozco Toscón, María Elvira Bonilla y Eduardo Escobar. Luego de la muerte de Diomedes, estos formadores de opinión pública dedicaron toda su capacidad intelectual a resaltar al “Diomedes que hay que olvidar”, abrigando la esperanza de que el país olvide del todo a Diomedes, porque los tipos como él reflejan, según Orozco Toscón, “a una nación sin cultura política y sin valores ciudadanos, apenas con unas cuantas identidades regionales”.

En fin, entre los formadores de opinión no faltan aquellos que piensan como Decartonpiedra (comentarista de El Espectador), que odia a Diomedes porque fue uno de los artífices de la popularización del vallenato en todo el país y con el vallenato «Colombia se vulgarizó”. Eso es lo que, palabras más palabras menos, traduce la columna de María Elvira Bonilla, cuando resalta que el despliegue que le dieron los medios a la muerte de Diomedes Díaz induce al país a la “confusión” y la “desmemoria”, porque de ese modo se olvida “el repugnante machismo que [Diomedes Díaz] desplegaba con vulgaridad en la tarima y por fuera de ésta, rodeado de jovencitas que envolvía con la seducción de sus canciones”.

Del otro lado se encuentra un número amplio de personas que nos recuerdan que Diomedes fue, como lo destaca Liliana Martinez Polo, en un reportaje póstumo publicado en El Tiempo, “alguien cuya infancia fue dura, pero se dio las mañas” suficientes para convertirse en “el ídolo más grande que ha existido en el vallenato en toda su historia”. Esta proeza resulta más asombrosa si se tiene en cuenta, como lo resalta Ahero93, que Diomedes solo fue un campesino con sensibilidad poética, pues aparte de los temas que abordó en sus canciones, en el fondo él nunca fue “un tipo culto y profundo en opiniones”.

La percepción de Cecilia Orozco Toscón  sobre el muerto –y de contera sobre la manifestación cultural que representaba Diomedes- concitó entre sus lectores el afloramiento de la visión que el país Andino tiene del país Caribe. De todos aquellos que comentaron su nota en El Espectador, quien mejor condensa el discurso que retrata a los habitantes del caribe colombiano como personas de modales inciviles es un lector, que comenta bajo el apodo de Fantomas. Según Fantomas,  “la ramplonería” es “algo inherente a la idiosincrasia propia de los pobladores de la región Atlántica” y por eso no se puede esperar “algo diferente de los pobladores de esa parte del país” sino el culto a tipos como Diomedes Díaz y Rafael Orozco, los dos cantantes más importantes del «vallejarto».

En su columna en el influyente diario El Tiempo, Salud Hernández Mora, en el obituario que dedica al difunto, más que resaltar “al artista, el genio, que lo fue”; se centra en recordarnos “el pésimo ejemplo vital que daba”. Según ella, el legado cultural de Diomedes Díaz “debería enterrarse con él”, porque representa una “idiosincrasia que solo genera rencores, tragedias, frustraciones y lágrimas”.

La reacción frente a los tropos de Hernández, que es de origen español, provino del lado del periodista samario Víctor Sánchez Rincones. Desde España, donde reside, Sánchez Rincones, le reclama a Hernández Mora por los conceptos contenidos en su columna. Según él si bien es sabido que “Diomedes no fue un santo” pues “eso todo el mundo lo sabe», su vida personal no debe ser usada como racero “moral” para ofender a la sociedad costeña. Sanchez Rincones ha aprovechado la controversia con Salud Hernández para recordarle al público que la vida privada de Diomedes no fue diferente a la de “Elvis Presley,  John Lennon o el propio Michael Jackson, genios de la música que no vinieron a este mundo para dar cátedras de moral”. 

Una posición similar a la de Sánchez Rincones esboza Franchi1979, un comentarista de El Espectador, que se detiene sobre la columna de Cecilia Orozco Toscón. Según este comentarista, la despedida apoteósica que los seguidores de Diomedes le hicieron fue para rendirle un homenaje póstumo al gran genio “de la música que fue”, lo cual no quiere decir que la gente haya olvidado que él había “cometido errores en su vida”. Destaca el comentarista que, “al igual que admira a grandes como Sinatra, Winehouse y Morrison, entre otros que tuvieron una vida de excesos”, la gente admira a Diomedes, porque como ellos él también fue un grande de la música. En tal sentido, cuando la gente desfiló ante su ataúd y asistió masivamente a su entierro, no lo hizo para celebrar sus pecados. Lo hizo porque “recuerda su talento”, que es lo que al final quiere honrar. 

La bloguera Nani Mosquera tratando de poner las cosas en perspectiva llama la atención sobre un punto: Diomedes fue un “ícono, ídolo, pero no modelo a seguir”. Para ella, la vida de este artista repite “una fórmula que se repite en muchas estrellas de la canción mundial”. Sobre los motivos de fondo de la controversia, Mosquera sostiene que éstos retratan, de cuerpo entero, la idiosincrasia verdadera del colombiano, que está atravesada por la intolerancia frente a la diferencia, el clasismo o arribismo social y el regionalismo.

Eso es lo que explica según ella porque en los medios capitalinos, una tropa de comentaristas –bastante activos- se dio –ordenadamente– a la tarea de descalificar al artista vallenato, llamándolo “corroncho, por su forma de vestir y de actuar” y a denigrarlo por su origen y por los lunares morales, que marcaron su vida privada. En efecto, queremos traer a colación uno de esos comentarios que representan el lado más pesado de la controversia: el comentario de  Jaimeur en El Espectador, para quien «ni el ñame es comida, ni el vallenato es música’’, y la mejor forma de hacer patria es “matar costeños”.

En general Mosquera resalta que hay un alto grado de hipocresía detrás del discurso moralista de aquellos que tratan de descalificar la música y  el legado cultural de Diomedes, resaltando su vida desordenada y el escándalo judicial en el que se vio involucrado por la muerte de una de sus amantes, sin detenerse a reparar sobre la calidad de las contribuciones que hizo este cantante en la construcción de la identidad cultural de Colombia. La bloguera destaca que Diomedes hizo parte de una oleada de personajes costeños, que llevaron a los bogotanos a adoptar como íconos representativos de la colombianidad la música vallenata, el sombrero vueltiao y la mochila aruaca. 

Dentro del fusilamiento moral –como lo llamó Charles8110- que se desató por el cubrimiento mediático, los honores oficiales que se le tributaron a nivel local y el entierro multitudinario del que fue objeto Diomedes, una de las voces más centradas fue la de Catalina Ruiz-Navarro. En una columna en la que separaba al hombre del artista llamó la atención sobre un hecho: “una cosa es celebrar al músico y otra defender a un hombre, por demás indefendible”, porque no es comprensible “que les hagamos exigencias éticas a nuestros ídolos” del espectáculo, porque “los artistas no tienen por qué ser líderes morales”, ya que “el objetivo del arte y el entretenimiento no es educar éticamente”. 

En el fondo el debate ha resultado tirante porque –en general– en Colombia las figuras públicas, que están llamadas a ser referentes éticos, se han devaluado. Esa devaluación ha llevado a la gente a buscar esos modelos en los individuos que no cumplen esa función, olvidando que los artistas no vienen a este mundo para ser referentes en el campo de la ética sino en el de la estética.

Sobre la manera positiva como se ha evaluado la obra de Diomedes Díaz luego de su muerte, Sebastian Grijalba, lector de Noticias Montreal, sugiere –con cierta frustración- que “definitivamente no hay muerto malo”. Para él, Diomedes fue un “maestro del vallenato pero un asco de ser humano”. Su juicio podría ser enteramente correcto, pero como lo sentencia Yosoyunica, una comentarista de la columna de Catalina Ruiz-Navarro, “a Diomedes se quiere como artista, no como persona”, porque como artista, Diomedes Dionisio Díaz Maestre nos brindó (de eso deja constancia Juan Mesa otro comentarista de la nota de la misma autora) “felicidad y armonía”. 

El poeta Eduardo Escobar, una de las plumas más aquilatadas del país andino,  afirma “nunca [haber entendido] que el país lo convirtiera en ídolo”. Para él, “Diomedes nunca pasó de ser más que un formidable aullador, en los escenarios, y por fuera de los escenarios un canalla, indigno de servir de modelo a las generaciones del futuro”. Sin embargo, haber llegado a ser quien fue, a pesar de haber sido, como lo advierte Frank Molano Camargo, un niño colombiano, que “tuvo una escolaridad de baja intensidad”, que “escasamente aprendió a leer y escribir” y de haber perdido un ojo en la infancia, es lo que hace a Diomedes Dionisio Díaz Maestre uno de los 10 personajes históricos más importantes del siglo XX en Caribe colombiano. 

Entre sus logros se encuentra el de haber sido capaz de cultivar en el corazón de la gente una alegría genuina, una esperanza romántica y la consolación frente a la adversidad, en medio de la tragedia humanitaria en que se debatió Colombia durante la época en que él hizo carrera. Es por eso que se llora y se lamenta su muerte, a pesar de que un número considerable de personas,  como  Ampuloso, un comentarista de El Espectador, se lamenten “que no se haya muerto antes”.

Foto: Captura de pantalla / YouTube