lunes, 20 de enero de 2014

Sir Andrew Davis al frente de la OSM: Afinación segura y exultante

Publicado en:
Ciudad
Por:
Temas:

Andrew Davis OSM Montreal

El miércoles y jueves pasados, la Orquesta Sinfónica de Montreal deleitó al público con uno de los conciertos más esperados de esta temporada en la cual celebra su aniversario número 80:  un programa de homenaje a Benjamin Britten, en su centenario, complementado con obras de dos de los más grandes compositores rusos, de dos estilos diferentísimos: Rimski-Korsakov y Chostakovitch.  A la batuta, el célebre maestro Sir Andrew Davis, uno de los directores más prestigiosos del mundo, y como solista, el violonchelista francés Gautier Capuçon, que, a pesar de su juventud, se consolida cada vez con más fuerza como uno de los mejores del panorama actual.

Como el nuestro es un medio de comunicación hispano, quisiera comenzar comentando el toque ibérico del concierto: el “Capricho español”, del más grande orquestador ruso, Rimski-Korsakov, con el cual se abrió la segunda parte del programa.  Una composición de gran riqueza tímbrica. El primer violín lució prodigiosos solos, con notas dobles y vertiginosos arpegios. La flauta, el oboe, el corno inglés, otros vientos y una fuerte arpa,  tuvieron sus “quince compases” de gloria personal.

Dentro de la reconocida premisa de que, como ya hemos dicho, este grande de la música rusa sobresalió, entre otras cosas, por ser un genio de la orquestación, la dirección de Sir Andrew Davis mostró con detalle la lujosa profusión de timbres. Estuvo atento a cada entrada y consiguió que cada sección o cada instrumento brillara destacadamente en su pasaje. Los cobres, afinados, seguros y fulgurantes. Asimismo, todos los del grupo de percusión, capaz de grandilocuencia en su momento, pero también de sutileza en los detalles leves o en los adornos lúdicos. El director conserva hasta final su energía y entusiasmo contagiosos en cada minucia. La orquesta entera se oye y se ve como una gran orquesta, digna y muy capaz de las más grandes obras, como ya lo ha demostrado tantas veces.

Pero, en realidad, la primera obra de la noche fue una composición de Britten, el compositor homenajeado de la velada: Four Sea Interludes, de su ópera Peter Grimes.  En ella,  Sir Andrew también mostró seguridad y buen control; condujo con toda propiedad. Mantuvo la orquesta ajustada, y con buen balance entre las distintas secciones y expresividad en la dinámica y en los matices del volumen. Las maderas y los cobres sobresalieron en lucimiento.

El plato fuerte del programa fue el Concierto para violonchelo de Chostakovitch.  Un corte muy moderno, el que ya había logrado el compositor, tras sus largas búsquedas del cambio estilístico, nos presenta Choshtakovitch en esta obra. Buena escogencia para un concierto que logra ofrecer variedad por su diametral giro estilístico, y sus contrastes sonoros texturales y textuales.  La partitura es un diagrama matemático, que va jugando con espejos, reflejos, inversiones, abreviaciones, multiplicaciones y otros recursos o trucos de diseño. Y es una ordalía para los ejecutantes, que se mostraron a la altura de las complejidades. Esta obra, que llamaríamos atonal, con ritmos cambiantes y una exigencia absoluta del unísono y del perfecto encaje del grupo tras estudio exhaustivo, demanda mucho vigor. Entre líneas, la partitura presenta algunas alusiones a Prokofiev.

De nuevo se exhibe la maestría de Sir Andrew Davis y, por supuesto, del solista Capuçon. Es una obra de muy difíciles pasajes, sobre todo en el arco, con algunas frases con vertiginosos extremos de notación,  y con enérgicos requerimientos, sobre todo en el último movimiento, Allegro con moto, en el cual se reitera la excelencia instrumental del virtuoso violonchelista, con aceleradas e intensas entregas de una extraordinaria partitura. Muy bien interpretada.

Y, para culminar, una de las obras más amadas de Britten: “The Young Person’s Guide to the Orchestra”. El maestro Davis, atento a cada detalle y en control de cada tempo, de cada entrada, de las inflexiones de intensidad o los acentos. Las cuerdas bajas están mejor cada día. Buen sonido, buen volumen, las inflexiones notorias, y sobre todo, divinamente fraseados los prestos. El diálogo entre las secciones estuvo exultante.

La orquesta tocó con la seguridad que la ha hecho famosa en el continente. Muy bien preparada y perfectamente conducida. No notamos ningún desbalance. Ideal el volumen en las cuerdas.

De lujo el director, el solista, la orquesta y el programa. ¡Qué concierto extraordinario!

Fotos: Sergio Esteban Vélez