sábado, 25 de enero de 2014

Cuba, 55 años de reinado de una ‘‘dinastía revolucionaria’’: retorno sobre una crónica de hace un lustro

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El arca de Enoïn
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Fidel Castro Revolución Noticias Montreal

El 23 de diciembre una pareja de cubanos sesentones, que acababa de dejar Cuba, compartió conmigo el trayecto Montreal Nueva York. De palabra fácil y de temperamento abierto (como todo caribeño que se respete), al percatarse de que hablaba español el hombre se me acercó al inicio de la pausa de media hora, que hacen los conductores en la ciudad de Albany. El diálogo se entabló rápidamente y cinco minutos más tarde estábamos hablando, con una confianza que parecía construida a lo largo de años de amistad. Sin darle largas al asunto me dijo que acababa de desertar de Cuba. Su salida –vía Canadá– se había dado porque consiguió que el régimen le permitiera a él y a su esposa venir a una práctica de perfeccionamiento profesional de tres meses a Montreal.

El hombre, que se había desempeñado inicialmente como profesor de escuela enseñando el inglés, que aprendió en la Guyana inglesa en la década de 1960, fue reorientado profesionalmente a finales de la década de 1980, cuando Cuba comenzó a desarrollar el sector turístico. En su proceso de recalificación fue enviado a Madrid, donde vivió dos años y aprendió en una inmersión teórico-práctica el oficio de director de hotel. Al regresar a Cuba se integró al contingente de funcionarios responsables de la administración de las empresas del sector hotelero. Mientras él hacia carrera en las compañías hoteleras, donde era un importante cuadro de dirección, su esposa continuó su carrera en el sector educativo, donde alcanzó un puesto de mando medio en el sector administrativo. 

Escuchando lo que me relataba no pude soportar la curiosidad y le pregunté por qué dos cuadros del sector estatal desertaban la isla justo cuando ya se acerba su edad de jubilación. Sin dar muchas vueltas el hombre me dijo: ‘‘los salarios y la imposibilidad de mejorar tus condiciones de vida te desaniman. En un momento de la vida te das cuenta que trabajas más de 40 horas por semana por 20 dólares mensuales. Y en ese momento comprendes  también que has trabajado toda la vida, por nada, porque no has avanzado’’.

¿Pero el sistema no les ha garantizado, hasta hoy, vivienda, educación y salud y les ofrecerá un buen retiro luego de que se jubilen?, le pregunté en tono desprevenido. El hombre meditó un poco, mientras hilaba su respuesta y volvió a la carga con dos preguntas de fondo, que todavía retumban en mis oídos: “¿De qué le sirve a un ser humano –me dijo – pasar varios años estudiando si al final eso no va a incidir directamente en el mejoramiento de sus condiciones de vida y ni le va ayudar a alcanzar cierta autonomía financiera que le permita ofrecerse en un momento de la vida libremente a algunos placeres sencillos? ¿De qué le sirve a uno levantarse cotidianamente  a las cinco de la mañana, a trabajar más de ocho horas, para vivir una vida de carencias y llegar a la vejez en las mismas condiciones en que comenzó la vida? Lo que me decepciona a mí de la situación en Cuba es que el régimen no ha podido ofrecerle a sus obreros unas condiciones similares a la de los obreros de los países capitalistas, que tanto hemos criticado.

Yo he pasado los últimos 20 años de mi vida atendiendo gente, que ha dedicado su vida a hacer trabajos sencillos, que les permiten hacer una pausa en el año para irse de vacaciones lejos del lugar donde hacen su vida. Esa es una cosa que pocos cubanos pueden permitirse. Por eso decidí dejar mi país y venir a vivir los pocos años que me quedan en un ambiente diferente. Sé que en la Florida mis condiciones no serán ni mejores ni peores que en Cuba. Pero en  Florida tengo algo: mis hijos y mis nietos, que no conozco”.

El bus retomó su marcha y la conversación se terminó. En el terminal de Manhattan: el terminal de buses más inmundo que conozco, entre los pocos terminales de buses que conozco en el mundo, mientras él se dirigía hacia la puerta donde se toman los buses que van a la Florida y yo me dirigía hacia la puerta de los buses que van a Washington, nos despedimos. Estaba acomodando sus dos pesadas maletas en un carrito cuando me dijo: “aquí va guardado todo lo que he adquirido en esta vida”.

Sabedor de que comenzar la vida de nuevo en el extranjero es un asunto que demanda coraje, le desee la mejor de las suertes, mientras le decía con algo de sarcasmo ‘‘bienvenido a América y que el nuevo año y la nueva vida sean prósperos’’. En tono jovial me respondió: ‘‘gracias hijo por tus deseos y no lo olvides… ¡Cuba también es América, ha! Luego de ese apunte los dos reímos a carcajadas, le di la mano y me alejé por el pasillo.

Entre las noticias sobre Cuba que recuerdo haber leído en los días de descanso estuvo una que contaba la reaparición de Fidel, otra que informaba sobre la liberalización de la venta de autos en la isla y otra que se ocupaba del pedido de refugio a Colombia de seis cubanos, procedentes de Ecuador. Los viajeros se habían atrincherado en la zona internacional del Aeropuerto El Dorado de Bogotá y se negaban a abordar el avión que los llevaría de regreso a su país.

De todas esas noticias la que más me llamó la atención fue la de la autorización de la compra-venta de autos por parte del gobierno cubano a los habitantes del país. Sobre el particular, la BBC Mundo informó que en víspera de Navidad, el gobierno autorizó ‘‘la venta libre de motos, autos, camionetas y microbuses, nuevos y de segunda mano, para cubanos y extranjeros residentes en la isla”. Hasta antes de ese momento para poder comprar un auto los cubanos debían contar con la aprobación personal del vicepresidente del país, algo conocido popularmente como «la carta». 

El 1° de enero, entre las noticias que emergieron en mi muro de Facebook estaba una de Telesur, que posteaba una amiga virtual desde París, en la que se informaba que ‘‘el pueblo de Cuba conmemoraba […] el aniversario número 55 del triunfo de la Revolución’’. 

En ese momento decidí desempolvar una vieja crónica que escribí hace cinco años y publiqué en un desaparecido portal público de internet. A pesar de llevar a cuestas un lustro creo que la nota, que me llevó a una polémica fragosa con varios amigos, que compartieron conmigo bancos escolares y aventuras contestatarias en el movimiento estudiantil colombiano de la década de 1990, tiene cierta vigencia.

50 años de Revolución Cubana: medio siglo de culto a la “Inteligencia superior de Fidel”

Fidel Castro CubaLa revolución cubana ha padecido una dependencia sempiterna de la “inteligencia superior” de Fidel Castro. Ese elemento, aunado a la fragilidad económica y la represión política, opacan la eficacia de sus políticas sociales y sus logros científicos y deportivos.

El pasado 1º de enero la revolución cubana cumplió medio siglo. En medio de las festividades de fin de año la prensa mundial reseño vagamente el hecho, mientras que  el régimen cubano celebraba discreta y austeramente dicha efeméride. Al contrario de su hermano mayor –que  nos acostumbró a discursos interminables- Raúl Castro nos sorprendió en esta fecha tan especial para su gobierno con una alocución, que sólo duró 35 minutos. De todo lo que dijo y entre los apartes que los reporteros especializados en el “caso cubano” destacaron de su discurso, hay que retener en particular una frase:  «hoy la Revolución es más fuerte que nunca y jamás ha cedido un milímetro en sus principios«.

Paradójicamente la idea de que la revolución “no ha cedido un milímetro en sus principios” transmite la imagen contraria de lo que debe ser una revolución social y política: evolución conceptual permanente a partir de la revisión de los principios y prácticas con los que se enfrentan las exigencias, de todo tipo, impuestas a las sociedades por su dinámica interna y la marcha del mundo exterior.

La frase del menor de los dos Castro nos confirma que el dogmatismo y el apego de los líderes cubanos a los principios revolucionarios de hace 50 años se ha convertido en el verdadero lastre de su empresa revolucionaria. El mismo hecho de que sea Raúl y no otro cuadro el encargado de suceder a Fidel nos proyecta la imagen de una revolución débil, anquilosada y maniatada por la tradición y la ortodoxia ideológica, que se niega a revisar el libreto y adecuarlo a la realidad en la que se encuentra inmersa. La historia nos ha mostrado –con creces- que las revoluciones que no revisan a tiempo su proceder y que cierran el debate sobre sus principios se estancan y terminan por ser la negación de lo que pretendían ser: revoluciones. La revolución independentista de la América Latina hace 200 años y la Revolución Rusa son los ejemplos más adecuados. 

Viendo el proceso de transición que se ha producido en Cuba después de la «crisis intestinal con sangrado», sufrida por el eterno y siempre loado presidente cubano Fidel Castro en agosto de 2006, qué terminó por alejarlo del poder, es necesario preguntarse: ¿Será que la continuidad de esa revolución depende de la custodia permanente del clan de los Castro? ¿Qué pasará con dicha revolución cuando estos ya no estén entre los vivos? ¿Es la revolución cubana un proceso político con legitimidad social o un proyecto sustentado sobre el aparato policial y los fusiles del régimen, cuyo éxito está ligado exclusivamente al vigor físico –y mental- de una sola familia? ¿Es el puesto de dirección de la revolución una heredad familiar, un título nobiliario?

A la hora de responder los anteriores interrogantes no hay que hacerse muchas expectativas, pues los mensajes enviados por los dirigentes cercanos a la cúpula del poder nos indican que todo seguirá dentro de la tradición, así el nuevo jefe máximo anuncie cambios profundos. Eso se puede deducir fácilmente después de leer el completo reportaje que realizó el periodista de la BBC Fernando Ravsberg sobre los logros, los lunares y el futuro de esta revolución. Entre los entrevistados por Ravsberg estuvo Juan Marrero, vicepresidente del la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), para quien “la principal tarea de un periodista cubano es defender la Revolución” así esto implique pasar agachado delante de ciertos “temas que no se tocan porque pueden beneficiar al enemigo.” 

No se puede esperar nada de una sociedad donde los periodistas en vez de ejercer como contrapeso del régimen político, operan como cancerberos de éste. Cuando los proyectos revolucionarios comienzan a temerle al debate que generan los medios de prensa independientes y a reprimirlo se están alejando del sendero que conduce a las transformaciones sociales de fondo. La historia nos muestra que aquellas naciones que reprimen los debates de sociedad, que generalmente son iniciados por los medios de información, finalizan por estancarse.

Para ser objetivos hay que decir que cualquier cambio que suceda en Cuba será dentro de la lógica preconizada por la frase lapidaria del conde Fabrizio Corbera, personaje de la novela célebre de  Lampedusa, quien frente a los grandes cambios políticos registrados en Italia al final del siglo XIX sentenció: «algo debe cambiar para que todo siga igual». Si alguien lo duda, miren no más las opiniones del director del diario oficial Granma, Lázaro Barredo, para quien «el compañero Fidel seguirá siendo el líder de la Revolución de hoy y de mañana«, porque «por encima de cargos y títulos seguirá siendo el consejero de ideas al que tendremos que acudir siempre, porque Fidel ha logrado trascender la vida política para insertarse como algo íntimo en la vida familiar de la inmensa mayoría de los cubanos«.

Esa intromisión del proyecto revolucionario en la vida íntima de la gente, de la mano del culto a la imagen de un líder único e insustituible nos revela otra de las debilidades de esta revolución: la conversión de la ideología político oficial en un credo indiscutible. Esos dos aspectos evidencian la rigidez sociopolítica que caracteriza a las sociedades gobernadas por ideologías totalitarias. La caída de los regímenes políticos de Europa oriental, hace 20 años, nos mostró que los modelos sociales que se implementan a partir de una ideología única y que dependen de las virtudes sobrenaturales (la inteligencia superior) de un sólo líder resultan frágiles y carecen de legitimidad popular. 

En un artículo bien documentado, publicado por El Nuevo Herald el 29/12/2008, Wilfredo Cancio Isla nos muestra la ridiculez del exagerado culto a Fidel. Según Cancio, el nombre del líder cubano se asocia hoy a los conceptos “patria, nación y país” que “han sido revalorizados bajo la égida del caudillo en una isla donde 75 por ciento de sus habitantes nacieron, crecieron o se educaron escuchando el discurso patriarcal y reproduciendo los rituales ideológicos”, que glorifican y veneran el nombre de un hombre, cuya imagen se confunde también con la revolución misma.

Esa idea se puede confirmar a partir de las palabras de Carlos Rafael Rodríguez, jefe de la Seguridad Personal del Comandante, que en 1979 dijo: Cuidar a Fidel es cuidar a la Revolución en su conjunto. Fidel es el tesoro de nuestra patria, es el punto coagulante del proceso revolucionario. O del teniente coronel Pedro Socarrás, para quien «es preferible morir por Fidel que vivir sin él». O de su traductor oficial e interprete del ingles, que afirmó en el 2003 que «Fidel vino del futuro». O de su homólogo venezolano, el presidente Hugo Chávez, que no se [ahorraba] en lisonjas para llamarlo con desparpajo: «Fidel, padre nuestro que estás en La Habana, en la tierra, en el aire. Fidel, padre de los revolucionarios«. Edgardo Nieto Bisbal, un viejo militante del Movimiento Revolucionario Liberal de Colombia, me dijo que hasta Alfonso López Michelsen afirmó una vez que Fidel Castro era el héroe de caballo blanco, que tanto habían esperado los campesinos de la América Latina”. 

La dependencia del sistema político cubano de ese líder insustituible la sintetiza con elocuencia su propio hermano Raúl, al afirmar que “un individuo no hace la historia, lo sabemos, pero hay hombres imprescindibles capaces de influir en su curso de manera decisiva, Fidel es uno de ellos. Nadie lo duda, ni aún sus enemigos más acérrimos«. Contrario a lo que piensa Raúl, el impacto negativo en la vida de los países, que produce la entronización de esos líderes políticos considerados insustituibles, como Fidel, aunque ellos sean la encarnación misma de una autentica “inteligencia superior”, lo sintetizó con agudeza una cubana de Miami. Según esa parroquiana anónima, entrevistada por Univision, resulta indiscutible negar los logros que se le atribuyen a la revolución cubana en diversos campos, pero también es indiscutible negar que Cuba se estancó, porque en la isla todo está ligado a los caprichos personales y al proyecto de vida de una sola persona. 

En un curso de historia de América Latina, impartido en la Maestría de historia de la Universidad de Québec en Montreal, al final del capitulo que abordaba el lugar ocupado por los caudillos, los militares, los dictadores y los caciques regionales en el devenir político e institucional de la región, el profesor encargado del seminario le preguntó a los estudiantes si Fidel podría ser considerado un caudillo como los del siglo XIX, tipo Páez en Venezuela o el Dr. Francia en Paraguay; un dictador como los Machado, Batista, Somoza, Trujillo, Doubalier o Pérez Jiménez; un militar dictador al estilo Pinochet o un militar reformista como Perón en Argentina o Velasco Alvarado en Perú. 

Al final de la discusión se concluyó que Fidel Castro no es el típico caudillo político del siglo XIX, ni el clásico dictador déspota y carnicero del siglo XX, ni el militar tipo Pinochet, que abatió a sangre y fuego a la oposición para salvar al status quo. Ello no quiere decir tampoco que su régimen no estrangule a las voces que se le oponen, sin importar que estas surjan del interior del propio partido comunista. Fidel es un tipo de dictador que recoge muchos de los atributos –que son más bien defectos- de los otros dictadores mencionados. Pero a diferencia de ellos, él tiene un discurso bien estructurado y seductor que lo convierte en una suerte de mesías, que vino al mundo para hacer, como lo afirmó su hermano Raúl, “una revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes«, que no se ha apartado «de los obreros, campesinos y el resto del pueblo«.

Sobrevolando la historia del continente, después de la independencia, podemos descubrir que los dictadores son un elemento bastante común en la historia política de América latina y que de cierto modo los gobiernos autoritarios han estado presentes en la historia política cubana, después de su independencia a finales del siglo XIX. En conclusión, el régimen cubano que ha conducido hasta hoy Fidel Castro no difiere mucho de regímenes como el de Francisco Franco en España, el de Augusto Pinochet en Chile o el de Alfredo Strosner en Paraguay. El modelo político implementado por Castro encaja perfectamente dentro de la tradición autoritaria heredada por España a sus naciones hijas de América. 

En su análisis del proceso revolucionario ruso el periodista e historiador Paul Johnson considera que la tradición dictatorial representada por el zarismo ruso no podía dar origen a un modelo democrático, así Lenin y sus aliados pensaran que estaban liberando al pueblo del yugo zarista. ¿La razón? Según Johnson, los revolucionarios rusos eran los henderos legítimos de la tradición autócrata zarista, que fue reforzada por el discurso marxista de la dictadura del proletariado, que se amoldaba perfectamente a su mentalidad. En el caso de Castro sucede lo mismo: la tradición autoritaria latinoamericana ha sido reforzada por el lado totalitario del marxismo.

Dentro de esa lógica no es extraño entonces que éste viole los derechos humanos y avasalle la democracia para perpetuarse en el poder, del mismo modo que los clásicos dictadores de derecha, que abundan en la historia regional. Pero al contrario de ellos, Fidel no ha contado con la bendición de las élites nacionales para hacerlo y a diferencia del dominicano Trujillo, del nicaragüense Somoza o del chileno Pinochet, ningún presidente de los Estados Unidos ha tenido que decir de él,  como dijo Franklin Delano Roosevelt de Tacho Somoza: “ciertamente ese tipo es un hijo de putas, pero en todo caso es nuestro hijo de putas”. 

Finalmente hay que decir que su discurso mesiánico y su eterno enfrentamiento con los Estados Unidos lo han convertido en el héroe predilecto de los sectores contestatarios, que combaten a los tiranos de derecha y a las administraciones civiles del status quo en los países del vecindario, donde el poder es detentado generalmente por individuos de “inteligencia superior” que, al igual que Castro, sueñan con perpetuarse en el poder por todos los medios. 

Son también esos mismos aspectos los que han convertido a Castro en el coco de las mezquinas y retrógradas élites latinoamericanas, que temen una revolución como la cubana, que cambiaría muchas cosas para que en el fondo todo siga igual.

Fotos: Captura de pantallas / YouTube