sábado, 1 de febrero de 2014

Agencias de empleo y trabajadores inmigrantes: una relación tirante

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El arca de Enoïn
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Empleo

Cada año, en promedio, 50.000 nuevos inmigrantes se instalan en la provincia de Quebec. Vienen en busca del sueño norteamericano. La principal motivación que conduce a estas personas a dejar sus países, para venir a desafiar el rudo invierno quebequense es generalmente el deseo de ofrecer un mejor futuro a sus hijos y de mejorar su propia vida.

Sin embargo, hacerse de un espacio en la tierra prometida trae siempre consigo grandes sacrificios. Para los recién venidos, la inserción al mercado del trabajo es, después de la barrera lingüística, el más grande obstáculo a enfrentar en materia de integración.

Con el fin de pagar las facturas, de adquirir sus primeras experiencias laborales y de crear una red de contactos que les permita de obtener un empleo estable, un gran porcentaje de ellos recurre a los servicios de las agencias de empleo. A ciencia cierta no se sabe exactamente cuántas agencias de empleo existen en la Gran Región de Montreal, ni quién es el responsable de su regulación y vigilancia. En todo caso, estos organismos son –generalmente- la pasarela, que permite a un número indeterminado de inmigrantes de acceder a su primera experiencia de trabajo en Quebec.

A pesar de eso, las agencias de empleo no gozan de una buena reputación entre los trabajadores inmigrantes y los organismos comunitarios que defienden sus derechos. Después de que se implementó la flexibilización de la legislación laboral en la década de 1990, estas agencias se convirtieron en las responsables del reclutamiento de trabajadores para las empresas del sector manufacturero y de la alimentación. En la mayoría de casos actúan como intermediarias entre los empresarios y los trabajadores.

Para ciertos observadores las agencias permiten a los empresarios de hacerle el quite –de manera elegante– a  sus deberes en lo que respecta a los derechos laborales de los trabajadores. Esta lógica engendra una relación de trabajo atípica porque los trabajadores, si bien trabajan para una empresa, no son formalmente sus trabajadores, porque la empresa ha recurrido a los servicios de una agencia de empleo para administrar el reclutamiento y la gestión de sus obreros de servicios generales o de producción.

Los lazos que unen a los trabajadores y las agencias de empleo son generalmente precarios. A pesar de que trabajen para una misma agencia durante muchos años, estos trabajadores nunca estarán unidos a ella por un contrato de trabajo. Esto se debe a un hecho. Las agencias son consideradas más que todo como organismos que ofrecen a los trabajadores un servicio, que ellos necesitan: ayudarles a encontrar un lugar donde ellos puedan trabajar. Es por esto que los trabajadores son obligados a pagar una comisión a las agencias, lo que representa una considerable porción de su salario cotidiano.

La precariedad de los lazos que unen a los trabajadores y las agencias de empleo crea una relación de dependencia, que abre las puertas a los abusos por parte de los propietarios de éstas con respecto a los trabajadores. Las historias concernientes a este tipo de abusos abundan en el medio de los trabajadores inmigrantes. Hoy queremos compartir con ustedes la historia de Lila Montaña, una mujer colombiana, que fue víctima de un propietario de agencia de espíritu malhechor.

Lila Montaña y la agencia de empleo del señor Fantasma

Lila Montaña llegó a Quebec en 2004, proveniente de Colombia, su país de origen. Entre 2004 y 2007, Lila vivió en Sherbrooke, una de las regiones de Quebec seleccionadas por el gobierno provincial para relocalizar a los refugiados colombianos, que por esa época apadrinaba el gobierno canadiense. Especialista en el ramo de la costura, Lila no consiguió trabajo en Sherbrooke. La mayoría de las empresas del sector textil y de la confección, basadas en el Cantón del Este habían cerrado sus puertas o se habían mudado al Sudeste asiático, luego de la oleada de deslocalización y relocalización geográfica conocida por las empresas del sector manufacturero en América del Norte, a finales del década de 1990. Después de ese momento, los empleos en este sector de la industria se volvieron raros en Sherbrooke.

En busca de nuevas oportunidades, Lila se trasladó a Montreal en el verano del 2007. En ese momento muchos de sus amigos llevaban ya cierto tiempo de estar instalados en esa ciudad. Deseosa de trabajar, Lila inicia la búsqueda de empleo formal. Como no había tenido éxito en su exploración y estaba deseosa de comenzar a trabajar cuanto antes, Lila comenzó a llamar a sus conocidos para hablarles de su necesidad de encontrar empleo. Un día, uno de sus amigos le dio un número telefónico, que un amigo de un amigo le había dado. Este era el número de teléfono de la agencia de empleo del señor Fantasma.

Ilico-presto, Lila llama. El Señor Fantasma en persona le responde. Luego de unas cuantas palabras, el tipo la cita el día siguiente, a las 7 de la mañana, en el metro Saint-Michel. Antes de concluir la conversación el hombre le advierte –sin dar muchas vueltas– que  este es un trabajo por fuera de las normas legales: por debajo de la mesa; o sea clandestino, por lo tanto el pago se hará en efectivo. Como estaba desesperada y necesitaba trabajar, Lila acepta. Dentro de sí, ella espera que ese trabajo le abra las puertas a un verdadero empleo.

Los días se sucedieron unos a otros sin contratiempo. Sin romper la rutina cotidiana, Lila trabajó durante dos meses dentro de un ambiente normal. Lo único curioso para ella era que el Señor Fantasma la citaba en una estación de metro diferente cada quince días para pagarle. Un día, al tercer mes, el señor Fantasma desapareció sin dejar huellas, llevándose con él tres semanas de sudor y fatiga de Lila y sus compañeras. Las 20 mujeres que trabajaban para el desaparecido comenzaron su búsqueda. Sin saber qué hacer, las mujeres tocaron a la puerta del director de recursos humanos de la empresa. Allí les contestaron que el Señor Famtasma no tenía, después de cierto tiempo, ningún tipo de trato con la empresa. Cuando preguntaron por sus salarios, les dijeron que la empresa se los había cancelado al diligente Señor Fantasma, porque la empresa hacia negocios con él para la gestión del personal supernumerario. En conclusión: el verdadero empleador de ellas era el señor Fantasma y no la empresa.

Luego de escuchar esa explicación, que a sus oídos sonó aparatosa, Lila regresó a su apartamento. Cuatro meses más tarde, el señor Fantasma apareció de nuevo. Su contacto con Lila se produjo a través del teléfono. Para calmarla le contó de entrada una historia triste: su agencia de empleo había quebrado y por eso él había tenido problemas con el gobierno. Lila le creyó, pues siempre ha sido del parecer que en este mundo todo el mundo tiene su cuota de problemas que rumear. Luego de haber finalizado su relato, el Señor Fantasma le puso cita en una estación de metro. Mientras acordaban la cita, el Señor Fantasma le advirtió que no podía hablar del asunto con nadie.

Para no faltar a la cita, Lila se desplazó rápidamente. El Señor Fantasma le debía casi 1.000 dólares. Cuando llegó al lugar acordado, el hombre le colocó entre las manos un sobre con 700 dólares, suplicándole nuevamente de excusarlo. Después de darle el dinero y de presentarle sus disculpas por haberle quedado mal, le pidió un favor especial: ir a trabajar al día siguiente a la misma empresa para la cual ella había trabajado en el pasado. Antes de despedirse le prometió de cancelarle el faltante en el próximo pago.

Al día siguiente, Lila madrugó con el fin de llegar a tiempo a una estación de metro bastante alejada de su casa, donde un emisario del Señor Fantasma debía recoger a las personas que trabajaban para la agencia y llevarlas a la empresa donde les correspondían cumplir turno. Los dos primeros meses el Señor Fantasma le pagó puntualmente el salario de la quincena, pero no le cumplió la promesa de saldar la deuda de 300 dólares que tenía con ella. Como cosa curiosa, al tercer mes el Señor Fantasma volvió a desaparecer, llevándose con él el pago de por lo menos 20 mujeres, entre ellas Lila. En el grupo había otras 12 mujeres que habían sido víctimas en el pasado de las tretas tramposas del tipo. Con el propósito de recuperar su salario, Lila fue a hablar con la responsable de la empresa. La señora le dijo sentirse avergonzada por el comportamiento indecente del Señor Fantasma, pero afirmó no poder hacer nada al respecto.

Tres meses más tarde el Señor Fantasma reapareció de nuevo y, como la primera vez, repitió la misma historia triste: “yo tuve que cerrar mi agencia. Toma 700 dólares y dame una espera razonable para pagarte lo que te debo”. El asunto se volvió a repetir en tres ocasiones y la  explicación y el proceder del Señor Fantasma siempre fue el mismo. En el vaivén de la puerta el Señor Fantasma había acumulado una deuda de 1.500 dólares con Lila. En situación similar se encontraban 20 compañeras de ella.

Un día Lila le exigió que le pagara lo que le debía.  El hombre le dijo que él no tenía dinero. En tono enojado la acusó de ser la responsable de que él perdiera el contrato con la empresa donde ella había trabajado inicialmente, por haberse quejado por los retardos en el pago ante la directora. Según él, desde entonces la compañía no había vuelto a requerir sus servicios.

El día siguiente, cuando Lila llegó al trabajo el responsable del taller le informó que ella no hacía ya parte del grupo de personas que trabajaban para el Señor Fantasma. La noticia la tomó por sorpresa y la impotencia se apoderó de su espíritu. El Señor Fantasma le debía más de 2000 dólares y ella no sabía a dónde irlo a buscar. Siempre que lo llamaba una voz pre-registrada le contestaba: “el número de teléfono que usted acaba de marcar no ha sido aún atribuido a ningún usuario o ha sido desconectado. Por lo tanto le solicitamos que revise su número e intente la llamada de nuevo”.

Un día, una de las mujeres que aún trabajaba para la agencia del señor Fantasma la llamó para informarle que esa semana, el propio Señor Fantasma estaba transportando el personal a las fábricas. Una de las personas que transportaba a su lugar de labores a los trabajadores de la agencia se había marchado a Toronto. Como no había conseguido aún quien lo remplazara, el Señor Fantasma había tenido que ocuparse del asunto. Para enfrentar con seguridad al espantajo, Lila pidió ayuda a dos amigos para que la acompañaran en su diligencia. Cuando llegó al lugar donde se hallaba el sujeto, el hombre se sorprendió al verla. Nunca imaginó que ella iría a buscarlo allí.

Cuando Lila se dirigió a él, el Señor Fantasma le pidió en tono rudo que se retirara del lugar y que fuera a verlo el día siguiente al McDonald de la estación Côté-Vertu. Ella se negó rotundamente. Una discusión escabrosa comenzó. Cuando la situación comenzaba a degenerar y la tensión subía,  Lila amenazó con llamar a la policía para denunciarlo. Al darse cuenta que Lila no bromeaba, el Señor Fantasma le dijo: “Si usted llama a la policía, usted perderá también, porque usted ha trabajado de manera ilegal mi querida señora. Por eso yo le aconsejo que acepte esto que yo tengo aquí para usted y aléjese rápidamente del lugar, porque si no será la empresa quien va a llamar a la policía y en ese caso vamos a perder los dos”.

De manera precipitada y brusca, o tal vez al revés, el Señor Fantasma le entregó un sobre con 1.200 dólares. Lila tomó el dinero y abandonó el lugar mitad frustrada, mitad serena. Un día, que se encontraba mirando promociones de cosméticos en una sucursal de Jean-Coutu se encontró, por azar, con una de sus antiguas colegas de trabajo. Como quien no quiere la cosa, Lila le preguntó si ella tenía noticias del señor Fantasma. Con un tono entre amargo y resignado, su colega le contó que el tipo había desaparecido definitivamente sin pagarle más de 1.500 dólares.

Al final de la conversa las dos coincidieron en un asunto: el negocio del Señor Fantasma consistía en cerrar su agencia cada tres o cuatro meses, esconderse por cierto tiempo en la manigua, para regresar y desaparecer de nuevo tres o cuatro meses más tarde. Como él jamás le dijo a Lila su verdadero nombre, lo hemos llamado –por simple trámite- el Señor Fantasma.

Nota: para preservar el anonimato de la persona que vivió estos hechos hemos usado un pseudónimo. 

Foto: Flickr – Rachel Hinman (CC)