viernes, 14 de febrero de 2014

La OSM y Mahler: comunión, expresión, complejidad

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OSM Mahler

La semana pasada, la Orquesta Sinfónica de Montreal y su director, el maestro Kent Nagano, ofrecieron un  concierto enfocado en una sola obra, una obra mayor:  la séptima sinfonía de Mahler.  Esta pieza monumental hace parte del repertorio que la orquesta interpretará en Europa, durante la gira que emprenderá en marzo.  Será tocada en Viena, el 17; en Madrid, el 20, y en Oviedo, el 22.  En Montreal, la obra será presentada de nuevo el próximo sábado.

El maestro Nagano y la OSM ya habían ejecutado esta obra en el año 2007. Hasta el momento, Kent Nagano ha dirigido, con la OSM, todas las sinfonías de Mahler, con excepción de la décima.  Y fue justamente con la novena, con la que se estrenó, en 1999, como director invitado de la orquesta, que hace poco anunció la prolongación de su contrato como director titular, hasta el 2020.

Líneas de pentagrama horizontales, una sobre otra, en piso sobre piso, capa sobre capa, con sincronía vertical. Composiciones gigantescas y geniales, para directores excepcionales.  Así son las sinfonías de Mahler. Como bien se sabe, la nueva era de la música sinfónica empezó con él. Luego, más o menos contemporáneos y en su misma explosión apoteósica están Rimsky-Korsakov, Musorgski, Rachmaninov, Smetana, Sibelius, Strauss, Charles Ives y otros, magníficos, que no mencionaremos porque no presentan las complejidades características de Mahler y su universo musical.  Los mencionados sí entran en la modalidad tan propia de Mahler de la escritura de múltiples líneas enmarañadas, pero no fueron los iniciadores de esta modalidad de páginas y páginas de orquestación monumental compleja y sólida, en dos dimensiones.

La obra que ahora nos presenta la OSM está lejos de la grandiosidad de otras sinfonías de Mahler, pero fue interpretada con verdadera elación.  En vez de un borrón como tantas veces se oye en las interpretaciones de esta obra, en la Maison Symphonique escuchamos un dechado o muestrario de intervenciones cortas pero cruciales, temperamentales, que van imponiendo su cariz al surgimiento del ambiente para romper en los primeros tutti exuberantes. Esta sinfonía es contemporánea a los éxitos iniciales de Stranvinsky, posterior a la revolución wagneriana, pero con estilística y recursos antagónicos; es una de las primeras obras que utilizaron una partitura tan compleja y un pentagrama tan lleno de detalles; pasajes aislados, islas temáticas y exclamaciones que van surgiendo espontáneamente como un tablero de luces, hasta apilar una dimensión vertical de capas con líneas musicales horizontales y simultáneas.

Maestro Kent Nagano OSMNuestro director, el nunca bien ponderado maestro Nagano, maneja perfectamente el detalle y la dinámica de la expresión sin economizar gestos. Le pone toda el alma a la expresión corporal, no inhibe el sistema gestual, que es parte de la emotividad que se debe comunicar, contagiar, y pedir a los músicos. Las tintas y visos de interpretación personal corresponden con las nuevas maneras de leer esta partitura, expuestas por los más reconocidos directores de la palestra internacional actual: inflexiones depuradas y limpias, transparencia en las capas superpuestas: que los sonidos respiren unos a través de otros, como el color en las veladuras de una pintura.

La responsabilidad y el compromiso con la perfección, para el maestro Nagano son insuperables.  Siempre atento a cumplir para que el agudo oído denote que la entonación es perfecta.

A lo largo de la obra, la voz de las cuerdas resultó sobresaliente, con sus clamores profundos y anímicos. El efecto de los vientos es titánico. A veces, se siente un quedo y dulce renacer, de calma y ensoñación romántica, pero con una elegante mesura que no permite lo meloso, y conserva la dignidad aún en lo emotivo, para pasar a los allegros mahlerianos más hermosos, que glorifican la escritura musical del siglo XX. Y no puede crearse ni ejecutarse nada más glorioso, en términos orquestales, que los tutti de las sinfonías de Mahler.

Gracias a la OSM, por hacernos regalos como éste.  Vale la pena asistir mañana sábado, a las ocho de la noche, en la Maison Symphonique.

Fotos: Cortesía OSM