lunes, 24 de febrero de 2014

La Bayadera, extraordinarias oportunidades coreográficas

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La Bayadera Place des Arts

Para comenzar el 2014, los Grands Ballets Canadiens de Montréal han aprovechado para invitar a la ciudad a una de las mejores compañías del mundo: el Ballet Nacional de Ucrania. Se presentó en la Salle Wilfrid-Pelletier, de la Place des Arts, del 20 al 22 de febrero.  Y el título que trajo dicha tropa también es de lujo: La Bayadera, uno de los ballets románticos más famosos, cuyos montajes han sido espectaculares, a través de los decenios.

Sólo las mayores compañías, que tienen suficientes recursos para hacer producciones de esta magnitud, pueden medírsele a poner en escena este título tan complicado y costoso del repertorio balletístico.  Su larga duración, que incluye tres actos y varios cuadros, con distinta escenografía, lo hace uno de los preferidos de los más prestigiosos “metteurs en scène” y de los públicos más especializados, amantes del ballet.   Por tratarse de una historia que se desarrolla en la India, el argumento de La Bayadera ofrece grandes oportunidades para el diseño escenográfico, para su realización y, sobre todo, para el vestuario y la utilería. 

En esta ocasión, el Ballet Nacional de Ucrania está presentando la versión original de Marius Petipa,  puesta en escena por la «prima ballerina assoluta» Natalia Makarova.   En los años setenta, Makarova, bailarina rusa de las más altas cualidades, fue contratada por el American Ballet Theater, de Nueva York, y actuó por años como «prima ballerina» de la compañía, causando gran interés y magníficas reseñas.  Se convirtió en la máxima bailarina mundial, en ese período de su estancia neoyorquina.  Fue la estrella principal de ballets como Giselle, El Lago de los Cisnes, La Bayadera, Coppelia y de las demás grandes producciones de dicha compañía, amén del Royal Ballet, de Londres, donde también fue la diva más fulgente.

Heredera de la altísima y sagrada tradición balletística rusa, una de las más estrictas y celebradas del mundo (además de ser una de las primeras en desarrollar sus propios enfoques, estilo y metodología, jugando en paralelo con los de los incipientes núcleos del ballet, en Francia e Italia ), la compañía del Ballet Nacional de Ucrania hace gala de magnífica técnica y de grandes talentos entre sus bailarines solistas, así como entre los miembros del corps de ballet.   Impecable la técnica de puntas.

La bailarina Natalia Matsak (quien alternó el rol de Nikiya con Olga Golytsia) fascina con su técnica, su desafiante equilibrio, su expresividad y la belleza estilística de sus movimientos y la línea de sus brazos.  Exhibe elementos orientales en sus rutinas coreográficas y, por supuesto, sus vestimentas son exóticas y llamativas.

En cuanto a Solor, el gran guerrero, descolló por los saltos, el estilo, la actitud varonil, su gracia y la habilidad de sus movimientos.  Y el Rajá, Vladyslav Ivashchenko, y el Gran Brahman, Sergii Lytvynenko, tienen gran versatilidad para desarrollar, en sus rutinas coreográficas, pasos y actitudes que se refieren al estilo exótico de la India.

Desafortunadamente, en el cuadro en el que Nikiya es invitada a danzar en la ceremonia de compromiso de la hija del rajá con su amado Solor, y en el cual se produce la fatídica tragedia, se guarda la tradición de las producciones de esta obra de conservar el uso de los clásicos tutús cortos del período europeo de los ballets románticos.  Esto nos parece bastante absurdo, ya que la historia se desenvuelve en la India y todos los demás vestuarios son acordes a las características  culturales de esa nación.  Entendemos que las compañías de ballet actuales deseen hacer honor a la tradición de los creadores de las primeras presentaciones de La Bayadera.  Sin embargo, esto resulta tan incoherente, que, quizás algún día, alguna compañía se atreva a romper con esta tradición.

La escena de la destrucción del templo, tan famosa y espectacular,  brinda significativa ocasión de lucimiento a los tramoyistas y escenógrafos, y ni se diga del último acto, que presenta la larga entrada al escenario de las espectrales «bayaderas» (que tanto recuerdan a las Willis, de Giselle).   En este acto (que, en la mayoría de las producciones, se desarrolla con estricta preferencia del blanco, tanto en el vestuario como en la escenografía, lo cual le da un carácter fantasmal), el espectador está siempre a la expectativa y en suspenso de lo que sucederá durante las rutinas de solistas y los “pas de deux”.  

En definitiva, extraordinario el regalo que han ofrecido a Montreal los Grands Ballets Canadiens. Qué placer contemplar la ejecución exquisita de espectáculos como éste.

Fotos: Cortesía Les Grands Ballets /  Ballet national d’Ukraine

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