lunes, 17 de marzo de 2014

Elecciones al Congreso de Colombia 2014: balance de la jornada electoral más allá de los guarismos (I)

Publicado en:
El arca de Enoïn
Por:
Temas:

Elecciones en Colombia Congreso Análisis Enoin Humanez

Colombia es publicitada por su élite gobernante y los intelectuales que le son afines, como una de las naciones con una de las tradiciones democráticas más sólidas y consolidadas de América, detrás de Estados Unidos, Canadá, México y Costa Rica. Si usted anota en Google como categoría de búsqueda “la tradición democrática colombiana”, el buscador más acreditado de la web le pondrá a su disposición 2.720.000 documentos en tan solo 0,37 segundos.

Entre los 10 primeros textos que emergen se encuentra uno de la periodista dominicana Sonia Quezada, que tituló en el diario El Nacional de Santo Domingo el 28 de mayo de 2010 “Colombia: 200 años de tradición democrática”. La nota recoge los aspectos expuestos en una conferencia dictada por el general Mario Montoya Uribe, en ese momento embajador de Colombia en Santo Domingo, quien en su ponencia versó sobre los mismos aspectos que resaltó el español José Prat, en un artículo publicado por el diario El País de Madrid el 18 junio de 1982.

Según ese discurso Colombia tiene una “tradición democrática y constitucionalista”, que fue interrumpida -brevemente- por “la dictadura del general Rojas Pinilla” en la década de 1950. Una “muestra terminante” de esa tradición democrática, según sus defensores, son los rituales electorales que allí se celebran frecuentemente para escoger presidente, alcaldes, gobernadores y cuerpos colegiados. En síntesis -y para cerrar con esa percepción de la cosa política colombiana-, si recogemos los tropos de John A. Peeler (1985), se podría decir que Colombia es un país que tiene una democracia liberal, que ha hecho que la historia -y la tradición- política del país difieran considerablemente de la de la mayoría de países de América Latina y el Caribe.

Sin embargo hay quienes, como el historiador Eric Hobsbawm, sostienen sin tapujo y sin medias tintas que existe sólo “sobre el papel” un modelo ‘‘de democracia constitucional bipartidista”, que aunque ha sido “casi completamente inmune a los golpes militares y a la dictadura, en la práctica no ha impedido que el país se haya convertido “en el campo de la muerte de Suramérica” después de 1948. Para los que defienden esa forma de ver las cosas, como el sacerdote jesuita  Javier Giraldo Moreno, la colombiana no pasa de ser una “democracia formal”, desvirtuada por la “impunidad” en el ámbito judicial y la “represión” velada de la oposición en el ámbito político.

El debate se ha intensificado en los últimos tiempos ya que cada vez es más recurrente una pregunta: ¿en Colombia existe democracia formal o real? Según el politólogo Augusto Hernández Becerra esa pregunta se impone cuando se constata en el país una “peculiar coexistencia de democracia constitucional y conflicto”, pues el conflicto político “se ha manifestado como característica endémica” a lo largo de la historia nacional. En un foro de Yahoo alguien formuló dicha pregunta de cara a las elecciones para alcalde de 2011. Un comentarista que escribió bajo el Nick de Fred sostuvo que la colombiana solo es una democracia formal, pues en el país si bien hay elecciones éstas dejan mucho que decir, ya que éstas están sumidas en el clientelismo y la corrupción, que hace posible que muchos candidatos “aprovechando la pobreza del país, compran los votos por una caja de tamal”.

Para Fred, esas prácticas hacen de la democracia colombiana “un instrumento” que solo “sirve a las élites poderosas” para “llenarse los bolsillos de dinero, mientras la brecha social se sigue expandiendo, a tal punto que Colombia es uno de los países más desiguales de Latinoamérica”. Para ilustrar esa visión de las cosas, los casos de los departamentos de Sucre y Córdoba, dos de los departamentos con los índices de desigualdad más altos del país, podrían ser usados para ejemplificar de manera contundente el asunto. En el caso de Sucre, en estas elecciones, de los siete senadores de la República que provienen de este departamento, cinco se concentraron en dos familias: los García Romero-Sucardi y los Guerra- De la Espriella-Soto. 

Sobre los García Romero-Sucardi, la revista Semana afirmó en un reportaje publicado el 12 enero de 2013 que “el polémico clan García Romero con dos curules en el Senado le ha sacado todo el jugo al Estado en los últimos 20 años y ha sobrevivido a todo tipo de escándalos” en la política nacional. En cuanto a Córdoba, según un reportaje de la emisora Bluradio, hay un municipio: Sahagún, donde se ha concentrado históricamente la representación política del departamento, que podría ser considerado como el reino nacional de la compra de votos. El reportaje destaca que allí, en las pasadas elecciones, el precio del voto varió  “de acuerdo al momento de la transacción”. Está tan arraigada la cultura de la compra del voto allí, que muchos de los agitadores políticos de este municipio “no consideran que sea un delito votar por políticos […] a cambio de dinero, mercados u otras prebendas”.

Basado en esos aspectos es que Fred sostiene que la democracia colombiana no pasa de ser una ilusión, pues a pesar de que el país cuenta con una de las constituciones más garantistas del continente, “rica en DDHH”, no existe en el territorio nacional una autoridad dispuesta a hacerlos cumplir, porque el Estado no ostenta los “monopolios ni el de la fuerza, ni el de la ley, ni del territorio”, que se disputan actores irregulares, a los que éste nunca ha podido someter.

Al tratar de explicar la estabilidad de la democracia en el país, el politólogo Hernández Becerra sostiene que la cultura política colombiana se edifica sobre cuatro tradiciones: la tradición legalista, la tradición electoral, la tradición civilista, y la tradición bipartidista, que han impedido “el afianzamiento en el gobierno de un caudillo u hombre fuerte”, producto de “la asociación del estamento militar con el poder político”.

Sin embargo, y en oposición a esa tradición, también existe en el país una gran tradición en materia de magnicidios políticos, que asociada a la concentración histórica del poder en manos de un número reducido de familias: los caciques y los gamonales regionales, hacen de la colombiana una democracia que tiene un cierto tinte aristocrático, que le resta credibilidad. En el fondo, no son pocos los que creen que en el país el recurso a la elección solo cumple la función de ser “una terapia” que busca mitigar los males de una sociedad en “dificultad”, con una “democracia deficitaria”, como lo sugiere  Javier Duque Daza.

Una campaña electoral en paz

La jornada electoral del domingo 9 de marzo de 2014, si nos atenemos a los reportes del gobierno colombiano, podría decirse que fue la más segura y pacífica de los últimos 20 años. Según el ministro del Interior colombiano y su similar de Defensa, “las acciones armadas contra el proceso electoral se redujeron en un 90%” en comparación con las elecciones de 2010. Afirmaron los ministros que en el “90 % del territorio nacional no se registró ninguna acción terrorista contra el proceso electoral”. Mientras en las elecciones de 2010 hubo 10 acciones terroristas, en las de 2014 sólo se presentó una. 

De acuerdo a fuentes gubernamentales estas elecciones al Congreso fueron «las elecciones más seguras de la historia» nacional. El hecho también fue resaltado por la misión de observación electoral de la OEA, cuya presidenta sostuvo que «se trata de una elección con mayores niveles de seguridad en todo el país y menor incidencia de la violencia en la conducta electoral».

Si se toma como indicativo la tranquilidad de estas elecciones, podría sostenerse que las negociaciones de paz, que el gobierno Santos adelanta con la guerrilla de las FARC en La Habana, acreditan cierto nivel de seriedad. Al contrario de las elecciones de 2002, en las que dicha guerrilla –a pesar de estar en un proceso de negociación con el gobierno de la época- usó la campaña electoral para demostrar su poder militar, secuestrando a una candidata presidencial, desviando un avión de su destino para secuestrar a un congresista, impidiendo la entrada de un gran número de candidatos  a sus regiones y boicoteando abiertamente la jornada electoral. En las elecciones de 2014 este grupo guerrillero mostró un respeto sin precedentes por la actividad proselitista.

En conclusión, si bien las negociaciones de paz de La Habana agitaron el debate electoral, el actor armado que allí negocia con el Estado permitió el desarrollo de un debate electoral en paz. Salvo el polémico secuestro de un candidato a la Cámara de representantes del Partido MIRA en Santander del Norte, las amenazas del Bloque Capital del grupo paramilitar Águilas Negras contra los candidatos de la izquierda y el alcalde Gustavo Petro y las amenazas, en algunas regiones del país, del grupo paramilitar ‘‘Los Rastrojos’’ contra los militantes del partido Unión Patriótica y del movimiento político Marcha Patriótica, la campaña electoral transcurrió en paz.

La abstención no cedió y el malestar contra la clase política crece

Como se puede ver en la gráfica que adjuntamos, tomada de Facebook, la abstención electoral es el verdadero fenómeno político de masas en Colombia. En una elección, donde competían más de media docena de agrupaciones políticas y 2.386 candidatos por los escaños de Senado y Cámara, el hecho de que la abstención alcance niveles tan altos, nos indica que la clase política perdió la confianza del ciudadano.

Abstención y repartición del voto en las elecciones del 9 de marzo de 2014 en Colombia

Elecciones en Colombia análisis 2014 Enoin Humanez

Los altos niveles de ausencia electoral, que se registran en las elecciones al Congreso en Colombia desde finales de la década de 1980, comienzan a ser una preocupación de analistas y organismos multilaterales. En tal sentido la OEA ha recomendado a las autoridades del país “que estudien los altos niveles de abstención en los comicios y busquen soluciones para superar este fenómeno”, al que se han unido otros como el de “los votos nulos, sin marcar y en blanco”.

Como se puede apreciar en la gráfica que sigue, la abstención es verdaderamente -en lo que concierne a cuerpos colegiados- el fenómeno electoral en Colombia, después de la década de 1980. Ésta, que alcanzó su punto más alto en las elecciones a la constituyente en diciembre de 1991, no ha vuelto a caer por debajo del 50% desde entonces.

Vale la pena decir aquí que la asamblea constituyente de 1991 cambió por completo la manera como se hacían las elecciones en Colombia, pues se pasó de una papeleta que se metía en las urnas y sobre la que los políticos tenían el control, a un tarjetón que solo controla la autoridad electoral.

Tendencia de la abstención en Colombia entre 1978-2014

Gráficos elecciones Colombia 2014

Fuente: diario El Tiempo, banrepcultural y sciencespo.fr/opalc

Sobre la abstención, en 1994, al día siguiente de la jornada electoral, el politólogo Rodrigo Losada Lora se preguntaba: “¿por qué sigue la abstención?”. En esa ocasión, Losada Lora atribuyó el fenómeno a la multiplicación de las elecciones, al aumento vertiginoso del número de candidatos, a la separación de las elecciones de Congreso de las elecciones a Asambleas departamentales y a Concejos municipales. Según este politólogo “entre más candidatos haya, más organizaciones de campaña entran en actividad, y mayor probabilidad existe de que esas organizaciones entren en contacto personal con el elector”.

Ese “contacto es crucial -explica Losada Lora- porque el elector necesita que le aclaren sus dudas y que le estimulen”. Sin embargo en el caso del Senado de Colombia, que es una circunscripción de tipo nacional, “la probabilidad que tiene cada elector de ser contactado por un activista de un candidato es muy reducida. Y si no se da ese contacto, muchos electores se abstienen finalmente de votar”.

Sin embargo hay una variable que Losada Lora no incluyó aquella vez en su análisis: el desprestigio de la clase política colombiana, que en su conjunto es vista como corrompida e incumplida. Es ese aspecto el que ha motivado el auge del proselitismo a favor del voto en blanco, que es presentado por sus partidarios como un movimiento de  “colombianos unidos contra la corrupción y la politiquería”. Fue esa inconformidad del individuo del común frente a la clase política, lo que llevó a los habitantes de la isla de Tierra Bomba a negarse a votar en las elecciones al Congreso. Ese movimiento de  ‘‘abstención masiva consensuada’’, como lo llamó el reportero del diario El Tiempo, dio  un golpe de opinión nacional, que ha desatado cierto furor mediático.

(Continúa este martes)

Foto: Captura de pantalla / YouTube