viernes, 21 de marzo de 2014

La Filarmónica de Los Ángeles en Montreal: belleza, energía ¡trance!

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Dudamel Montreal 2014

Absolutamente llena la Maison Symphonique, el pasado jueves, en el que, según los melómanos de la ciudad, ha sido el gran evento musical de la temporada en Montreal:  el concierto de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, en el marco de la programación ofrecida por la Orquesta Sinfónica de Montreal, mientras esta última se encuentra de gira por Europa.

El programa abrió con la moderna y grandilocuentemente glorificada Sinfonía Primera de John Corigliano, compuesta por el famoso compositor en respuesta a la epidemia del Sida que tocó a tantos amigos suyos, en el decenio de los ochenta.  Esta obra conmovedora y riquísima en matices y en influencias (que incluyen el tango, tan nuestro), le mereció a Corigliano un Grammy.  Vale la pena mencionar que esta sinfonía fue la primera obra contemporánea norteamericana en ser tocada en China.

La ejecución resultó apoteósica. Pudimos observar que el director pareciera tener en el cerebro, por vía visceral, toda la difícil partitura asimilada, y que la podría dirigir aún en un trance hipnótico o aunque estuviera semiinconsciente. Sus movimientos son exactos, exhaustivos, explícitos y enérgicos, sin dejar de ser elegante. A la par de gozar de una perfecta interpretación por parte de la orquesta y de la belleza y apoteosis de la música, es un placer adicional contemplar los movimientos de este joven y mundialmente aclamado director.

Tras el intermedio, una de las obras más amadas del repertorio universal.  La Quinta Sinfonía de Tchaikovski comienza con su consabido “pathos” (esto nos lleva a pensar en lo irónico que resulta que sea la Sinfonía Sexta de y no la quinta la que lleva el nombre de “Patética”).   Es curioso que fue esta misma sinfonía con la cual el joven director titular de la orquesta hizo su debut con la misma, hace ya siete años.   Esta noche pudimos escuchar con especial limpieza la tuba de Norman Pearson, enigmática y aterciopelada.

Pronto se llega a un clímax orquestal, y el director les saca brillo vital al tutti y aliento poético a las secciones. Allí está todo lo que el compositor le puso a la esencia de la obra. Bella expresión de los violines en los cantábiles (casi “bailabiles”), y los contrabajos parecen melodiosos. El trombón brilla oportunamente. Buen ritmo y buen énfasis en el desarrollo y en la coda del primer movimiento.

Los cornos cantan con perfección, en el segundo movimiento. También los violonchelos, que toman el protagonismo con unidad, fuerza y expresión. Las flautas también resplandecen. Y los timbales (Joseph Pereira), al fondo de la fanfarria de todos los cobres. El cantábile de los violines, lleno de expresión y de brillo. Y cuando llega el siguiente tutti, éstos toman el liderazgo.

Lo mismo en los primeros compases del tercer movimiento, cuando entregan el primer tema con todo su lirismo, para imponer la pauta en el diálogo que se sigue con la respuesta de los vientos madera y plata. No se registró ningún desfase entre vientos y chelos, a lo largo de la obra.

Cuarto movimiento. Gozamos de la majestuosidad imponente en los primeros compases, tan conocidos y tan imperiales. Luego de algunas páginas, aumenta la grandilocuencia, cuando entran los cobres bajos, y luego los timbales reinan, tronantes. Un trombón entra; enseguida, todos los cobres. Entonces, comienza la apoteosis, y el director la desglosa con cada entrada, para obtener una conjugación total, perfecta y gloriosa.

En una obra tan conocida y tan profundamente amada, que todo el mundo ha escuchado docenas de veces en grabaciones logradas por directores famosos, uno tiene una plantilla en el cerebro, un mapa en la memoria, y lo va siguiendo, quiere que la reproducción en vivo de cualquier orquesta cuadre con exactitud y se revuelve en la silla si una brizna se desencaja, pero flota y asciende en el ambiente cuando el milagro sonoro concuerda con el de la mente, con tal perfección, que cree estar oyendo a Claudio Abbado, ¡o que el viejo disco de vinilo de Von Karajan se transformó en una orquesta viva!

Ante un resultado de tal excelencia, el público estalló en aplausos, con tanta intensidad, que logró que la orquesta ofreciera un “encore”.  Y la elección del mismo fue inmejorable, otra de las piezas más queridas por los melómanos: la Polonesa, de Eugenio Onegin, de Tchaikovski.  Absolutamente formidable.

Al invitar a la Filarmónica de Los Ángeles, la Orquesta Sinfónica de Montreal nos ha vuelto ha ofrecer un regalo extraordinario.

Fotos: Sergio Esteban Vélez

Dudamel Montreal 2014