domingo, 23 de marzo de 2014

Venezuela: de Punto fijo al Caracazo, una mirada histórica para comprender los hechos

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El arca de Enoïn
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Venezuela análisis histórico Enoin

La dimensión de la crisis política

Venezuela vive por estos tiempos una crisis política sin antecedentes en la historia reciente de ese  país andino-caribeño. Esta crisis no es como se sugiere en Aporrea un levantamiento desordenado de ‘‘furiosos’’ activistas de ‘‘ultraderecha’’, que buscan ‘‘violentar los derechos fundamentales de otros seres humanos’’. 

El asunto, que no tiene nada folclórico, ha llevado a dos figuras iconográficas de la música latinoamericana contemporánea, pero particularmente caribeña: Rubén Blades y Silvio Rodríguez, a tomar posición. Mientras que Blades llama a un diálogo social que lleve a una solución del conflicto a partir de la concertación política, Rodríguez defiende la legitimidad del proceso venezolano, porque no hay que ignorar que van “18 elecciones ganadas por el chavismo”,  que ratifican que “la vieja derecha” fue “derrocada por Pablo Pueblo”.

En su carta Blades señala que Venezuela hoy “está tristemente polarizada” y que la estabilidad política del país peligra, porque los grupos que se disputan la dirección de su destino han priorizado “la intransigencia” a la hora de tramitar sus divergencias, “fracasando en el intento de integrar al país mayoritario”. En resumen, la carta de Blades a Venezuela pone el acento en tres aspectos. En primera instancia, la misiva resalta que los grupos en pugna: gobierno y oposición,  han “preferido servir a sus propias agendas”, llevando al país a la parálisis, rehusándose a identificar un “terreno común que permita concertar una propuesta para todos los venezolanos”.

En un segundo momento, la carta resalta el tono “demagógico” de los discursos de los dos bandos, que no genera la adhesión de “los oídos independientes”. Finalmente, la carta de Blades pone sobre el tapete la “la falta de un liderazgo” de la élite venezolana para encontrarle “una solución” al conflicto, a partir del establecimiento de “un propósito de lucha que unifique al país, en lugar de dividirlo”. En palabras de Blades, es por esa confrontación intestina que “hoy Venezuela duele”. 

Las opiniones de Blades fueron respondidas –en tono personalizado – por el propio presidente Nicolás Maduro. Recurriendo a un tono coloquial, éste le dice a Blades que no crea que el proceso que recomienda en su carta a Venezuela: la apertura “de un diálogo inteligente y patriótico”, se vaya dar. Recapitulado la historia reciente de su país, Maduro afirma que luego de un largo proceso de resistencia, el venezolano del común encontró en Chávez un líder que llevó al poder a Pablo Pueblo. Parafraseando canciones del salsero panameño, Maduro sostiene que el pueblo venezolano despertó políticamente tarareando los cantos de Blades. Igualmente llamó al compositor y cantante a incorporarse a la revolución y a no ser agente de una “campaña internacional para justificar una intervención” en Venezuela. 

Las declaraciones del presidente Maduro fueron respondidas por el músico panameño con una carta, que es una verdadera pieza de argumentación política. Allí, Blades invita a Maduro a no cometer en el tratamiento de la crisis venezolana los errores propios de «la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo», que consisten en “no considerar las circunstancias objetivas a la hora de tomar decisiones, y peor aún, las consecuencias históricas que produce no reconocer y rectificar dichos errores”.

Al debate entre Blades y Maduro se sumó Silvio Rodríguez. Según Rodríguez lo que pasa en Venezuela es compresible porque “las verdaderas revoluciones son siempre difíciles”, y “en las verdaderas” revoluciones “se vence o se muere, porque una revolución no es una tranquila, pacífica obra de beneficencia, como cuando las encopetadas damas de la alta sociedad salen a hacerle caridad a los que no tienen justicia”, sino “un vuelco, una ruptura, un abrupto cambio de perspectiva”. Recalca Rodríguez -después de hacer un recuento de los episodios sangrientos que han rodeado otras revoluciones- que ‘‘es imposible que una revolución haga felices a los dos grupos, porque la revolución va a dar justicia y hacer justicia no es una fiesta de cumpleaños’’.

A decir verdad, las palabras de Rodríguez nos muestran una faceta diferente del hombre, que en las décadas de los 70, 80 y 90 hizo fabular a la juventud latinoamericana con un mundo romántico y utópico, gobernado por la armonía, a través de sus metáforas surrealistas. Analizadas desde la perspectiva fenomenológica, las palabras de Rodríguez dejan flotando en el ambiente un mensaje preocupante, pues no suena para nada tranquilizante la afirmación de que en una revolución “se vence o se muere”. 

Una posición más neutral ha asumido René Pérez, de Calle 13, figura artística que se ha hecho célebre por tomar posición a favor de causas políticas que contestan el orden mundial imperante. Pérez, quien a mediados de febrero de 2013 tuvo una acida discusión con Willie Colón, porque éste aseveró que Venezuela tenia -para la época- “dos presidentes: uno maduro y el otro podrido”, ha dicho que sobre lo que pasa en  Venezuela “no nos podemos dejar engañar por ningún medio de comunicación”. En tono escéptico el músico advirtió que no sabe “si es verdad o si es mentira” lo que está pasando allí, pues “no vivo ahí, no lo entiendo”.

En fin, han sido varias las figuras del espectáculo que han hecho en público un llamado a la concordia política en Venezuela, llamando a las dos partes a sosegar los espíritus y darle curso al diálogo para que reine la paz y la justicia, tal como lo pidió el cantante puertorriqueño Chayanne. 

Viendo lo que hoy sucede en Venezuela alguien que tenga un conocimiento mínimo de historia de América Latina no puede dejar de preguntarse:

  • ¿Por qué un país que consolidó entre la década de los treinta y los ochenta una de las clases medias más sólidas de la región, con los recursos que posee, se encuentra atollado en una crisis de esa magnitud?
  • ¿Por qué un país que estructuró, entre la década de los cincuenta y la mitad de la década los ochenta, uno de los Estados de bienestar más robustos en el ámbito continental se encuentra en estos momentos dando bandazos en medio de una polarización social, atizada por el discurso clasista?
  • ¿Por qué un país que fue pionero en la construcción de democracia local y en la descentralización del Estado en América Latina se encuentra de retorno a una centralización caudillista del poder en la figura del Presidente de la República? ¿
  • Por qué en un país donde hay una fuerte presencia de las Fuerzas Armadas y policiales en la vida pública, los índices de inseguridad se han disparado, hasta el punto que Caracas se cuenta hoy entre las ciudades más inseguras del planeta? 

El milagro venezolano: de la fila del medio al primer plano en la escena continental 

Antes de la década de los veinte, Venezuela era un país que ocupaba en el contexto continental un plano secundario. Una economía agrícola, una urbanización bastante baja de la población y uno de los territorios menos poblados del continente, hacían de Venezuela una país que ocupaba un rango en la fila de las naciones menos dinámicas de la América Latina y el Caribe, al lado de Paraguay, Ecuador, Guatemala o Colombia. En aquel momento los reflectores en materia de geopolítica se centraban sobre otros países, que acogían anualmente decenas de miles de inmigrantes provenientes de Europa y el Medio Oriente o eran exportadores de materias primas estratégicas: trigo, carne, guano, cobre, plata, estaño, fosfato, hierro, etc.

Según el historiador Alain Rouquié, alrededor de 1930 Venezuela salió del pelotón intermedio y se posicionó dentro del grupo de países más influyentes del continente, gracias a un producto estratégico, que fue descubierto en cantidades superlativas en su subsuelo: el petróleo. De la mano del petróleo, que se convertía en ese momento en el recurso energético principal para movilizar la nueva matriz tecnológica del mundo, Venezuela entró en el orden mundial y comenzó a ocupar en el plano regional una posición preponderante, que hizo de él uno de los aliados claves de Estados Unidos; la potencia industrial y militar emergente de la Primera Guerra Mundial, en el Caribe y América del Sur.

Gracias a sus yacimientos de petróleo, Venezuela se proyectó en menos de 40 años a la escena político-global. Su peso en el plano internacional la llevó a ser en la década de los setentas el principal promotor de la fundación de la OPEP. En el plano regional se convirtió en una de las voces más influyentes del Caribe y de Centroamérica. Según un reportaje de la Revista Visión de comienzo de los noventa, entre 1950 y 1970, los bancos multilaterales: el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, que se encontraban en procesos de consolidación, recurrían al Gobierno venezolano para respaldar los créditos que hacían a otras naciones.

La reputación política y económica de Venezuela estaba bien posicionada en todos los frentes. La estabilidad política y las innovaciones que el país había adoptado en el manejo del Estado, fueron las razones que llevaron al politólogo John A. Peeler a considerar, en 1985, a la sociedad venezolana como un modelo de democracia liberal, en un continente donde las dictaduras eran el común denominador.

Venezuela era un país atractivo para los extranjeros, fueran estos inversionistas u obreros calificados y no calificados. Desde la década de los treinta, el país acogía anualmente el 20% de la inmigración que se dirigía a América Latina. Después de la recuperación económica de Europa en la década de los sesenta, cuando los inmigrantes europeos se volvieron escasos, la expansión de su economía -y la demanda creciente de mano de obra- hicieron de él el principal país receptor de trabajadores en la cuenca del Caribe y el norte de América del Sur. 

El crecimiento de los salarios, la universalización de servicios públicos de gran impacto social como la salud, la educación y el saneamiento ambiental; la expansión de la infraestructura pública; y los subsidios, llevaron a un rápido crecimiento de la clase media. Con uno de los ingresos per cápita mayores de América Latina y el Caribe, uno de los PIB per cápita más altos de la región y una de las monedas más fuertes, Venezuela fue considerada entre los sesenta, los setenta y los ochenta, al lado de Argentina y Uruguay, como una de las naciones más ricas del continente. 

En un continente donde la mayoría de países pujaban y empujaban para asomarse con dificultad a la modernidad, Venezuela se convirtió en menos de cuatro décadas en un país modelo de modernización técnico-social. Gracias a su poderío económico, a su estabilidad política y a la influencia continental de algunos de sus dirigentes, Venezuela había alcanzado, como lo señala Rouquié, un rol a la medida de sus ambiciones. 

Sin embargo, como lo advierte Rouquié, el auge de la economía minera, que se profundizó con el impulso de la industria siderúrgica luego del descubrimiento de mega-yacimientos de hierro, que convirtieron al país en el segundo productor de este mineral en América Latina y el Caribe, le trajo dos problemas. De un lado la sociedad venezolana abandonó el desarrollo del sector agropecuario y sus procesos de industrialización. Eso llevó al país a volverse dependiente de la importación para garantizar su abastecimiento. 

Del otro lado, la economía venezolana quedó expuesta a los altibajos de los precios del petróleo en el mercado internacional. Cuando el precio del petróleo sube en estos mercados, Venezuela conoce momentos de bonanza y cuando caen, el país afronta periodos de crisis. Como el país no ha tenido nunca un sistema de tributación robusto, los periodos de caídas de los precios del petróleo en los mercados internacionales se han visto siempre acompañados de momentos de contracción de los programas sociales, tal como sucedió en la década de los ochenta, en cuyo final se produjo la célebre revuelta social conocida como el Caracazo

Las paradojas venezolanas 

Gabriel García Márquez relata en sus memorias que en la madrugada del 23 de enero de 1958 Caracas se despertó súbitamente bajo un estruendo apocalíptico, que sacó a la gente de su cama y la llevó a salir a las calles en piyama y pantuflas. Al ruido de motores y a los gritos de corte marcial se sumó un tropel de voces jubilosas, que celebraba la caída del régimen del general Marcos Pérez Jiménez. Después de una lucha intestina en el seno de las filas militares, el general Pérez Jiménez fue conminado a dimitir por sus camaradas de armas y obligado a abandonar el país, a bordo del avión presidencial, llamado “La Vaca Sagrada”, con rumbo a República Dominicana.

Según el portal de la Apufat, “al conocerse la noticia del derrocamiento, el pueblo se lanzó a la calle, saqueando las casas de los adeptos al régimen; atacando la sede de la Seguridad Nacional y linchando a algunos funcionarios. […] En pocas horas el Palacio de Miraflores se convirtió en el sitio de reunión de los sublevados y de innumerables dirigentes políticos y personalidades, quienes procedieron a nombrar una Junta de Gobierno Provisional que reemplazara al régimen derrocado”. La caída del régimen del General Pérez Jiménez generó una dinámica política inédita en Venezuela, país que hasta ese momento llevaba a cuesta una precaria historia democrática, que contrastaba con una fuerte tradición de militares y caudillos, que se habían hecho al poder por las armas y lo habían conservado gracias a ellas.

Según lo advertido por Rouquié, Venezuela estuvo gobernada desde la Independencia y hasta el año 1958, salvo en cortos periodos, por hombres de armas, que casi siempre se tomaron el poder por las malas y lo conservaron aplicándole a sus opositores una fuerte dosis cotidiana de mano dura. En tal sentido se podría decir que hasta mediados del siglo XX, al igual que la haitiana, la paraguaya, la salvadoreña, la nicaragüense y la guatemalteca, la historia política venezolana fue una historia signada por el autoritarismo, condensado en la figura del hombre providencia, que emergía del cuartel o del latifundio rural, para ponerle orden al país. 

Esa tradición de autoritarismo y de militares a la cabeza del Estado fue interrumpida por el acuerdo de Punto Fijo: nombre de la casa del político Rafael Caldera, que se firmó el 31 de octubre de 1958. Con el pacto de Punto Fijo, que se convirtió posteriormente en un pacto institucional entre los partidos AD y COPEI, y un tercer partido, que de acuerdo al número de votos ocupara un tercer lugar en los comicios”, se inició un periodo memorable de estabilidad política.

El acuerdo le permitió al país pasar sin sobresalto la era de la Guerra Fría, que se caracterizó en el resto de América Latina por el auge de los grupos guerrilleros prosoviéticos y las dictaduras militares, que acogían, sin reserva, la agenda económica y de seguridad de Washington, la cual pervertían a la hora de aplicarla, con las manías aprendidas a través de la larga tradición autoritaria latinoamericana.

Si bien es cierto que el país vivió algunos sobresaltos políticos, asociados con la actividad guerrillera; luego de la fundación del grupo guerrillero Bandera Roja, el 20 de enero de 1970, como consecuencia “de una división en las filas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR)”, estos no pasaron a mayores. Por eso se puede decir que durante el periodo de la Guerra Fría, si se le compara con El Salvador, Nicaragua, Guatemala o Colombia, la actividad guerrillera en Venezuela fue siempre marginal.

En la escena política venezolana la izquierda siempre fue un producto exuberante. El Partido Comunista, al que Rouquié atribuye una aparición tardía, nunca logró seducir a una creciente clase obrera, que pasaba a engrosar rápidamente las filas de la clase media por la vía de los salarios y los subsidios. Los militantes de izquierda -que nunca fueron numerosos- se reclutaban entre los intelectuales, los artistas y el estudiantado universitario, que son bastiones clásicos de la clase media. Podría decirse que el militante de izquierda venezolano era en realidad un pequeñoburgués y no un proletario. 

Esos antecedentes convierten en una paradoja histórica el giro hacia a la izquierda -y particularmente el abrazo de las ideas de izquierda radical- que ha vivido la sociedad venezolana en los últimos 15 años. El abrazo del proyecto revolucionario por parte de Venezuela; particularmente por la vía democrática, es un aspecto que tiene un tiente de contrasentido. Dentro de esa lógica, resulta sorprendente que el país sea hoy dirigido por una élite política que se proclama revolucionaria y se aleja de Washington para acercarse a La Habana. Pero el elemento más inverosímil de esta historia es que el ícono de la revolución: Hugo Chávez Frías, haya sido formado -intelectual y técnicamente- en el vientre de una de las intuiciones más conservadoras del aparato institucional de cualquier país del mundo: las fuerzas militares, y que éstas sean hoy las guardianas del proyecto revolucionario. 

Otra de las paradojas que salen a relucir tiene que ver con los levantamientos militares. Durante la era cruenta de las dictaduras en América Latina, los cuartelazos no pasaron de ser en Venezuela rebeliones de coroneles aventureros, que eran controladas sin mayor dificultad. El mayor acto de rebelión en el seno de los cuarteles sucedido después de Punto Fijo: y esta es la paradoja. Dicho levantamiento aconteció cuando casi todo el generalato latinoamericano había aceptado abandonar los palacios presidenciales, recluirse en sus cuarteles y subordinarse al mando de un civil.

La intentona de golpe protagonizada el 4 de febrero de 1992 por el coronel Hugo Chávez Frías y tres de sus colegas, que comprometió las guarniciones militares de los estados Aragua, Carabobo, Miranda, Zulia y el Distrito Federal, es un dique parte aguas en la historia venezolana, pues inauguró una nueva era en la historia política y social del país. Como lo resalta Wikipedia, “aunque la intentona golpista no logró sus objetivos y los rebeldes se rindieron” el incidente “transformó radicalmente la vida política venezolana, introduciendo nuevos actores en la escena” del poder.

La elección de Hugo Chávez a la Presidencia venezolana en 1998 cambió el discurso político e introdujo profundas modificaciones al Estado, que condujeron a la concentración del poder en la figura del presidente. En el plano del lenguaje político, el país pasó de ser una nación donde el discurso de lucha de clases -que había tenido poca presencia en el debate político- pasó a ocupar la plaza principal en el vocabulario político nacional. Venezuela, que había sido históricamente en América Latina una sociedad con una débil segregación social, se encuentra hoy en el filo de una confrontación sociopolítica, que ha llevado a la comunidad internacional a poner los ojos sobre el país.

Sobre lo que pasa allí, el escritor colombiano William Ospina -defensor del proceso político venezolano- sostiene que en Venezuela debe estar pasando algo importante, porque éste es “el único país de América Latina donde los pobres están contentos y los ricos están molestos”.

Por su parte la analista Marta Ruiz cree que la venezolana es “otra revolución perdida”. Según ella, a pesar de la crisis actual, el país saldrá del atolladero por la vía de los acuerdos, porque por sobre todo Venezuela “tiene una tradición ejemplar de pacifismo”.

Foto: Captura de pantalla / Youtube (Braulio Jatar)