miércoles, 26 de marzo de 2014

Muy iberoamericano Yo-Yo Ma en la Maison Symphonique

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Yo Yo Ma en Montreal

La semana pasada, el público melómano montrealés tuvo la fortuna de haber podido presenciar, después de más de diez años de ausencia en la ciudad, una ejecución de un artista de fama mundial, como Yo-Yo Ma, que puede ser considerado como el mayor de los violonchelistas actuales y como uno de los más grandes de la historia, heredero legítimo de Casals y Rostropovitch.

Y nos consideramos también privilegiados de escucharlo, en esta oportunidad, interpretando un repertorio enfocado en buena parte en las músicas de Iberoamérica.  Así, varios grandes compositores nuestros fueron protagonistas de la velada:  Villa-Lobos, Piazzola, Camargo Guarnieri y Falla.   Ejecutó también obras de Stravinski, Messiaen y Brahms. 

De todos es sabida la extraordinaria trayectoria de este artista franco-americano, de origen chino.   Nacido en París, estudió en los Estados Unidos y desde niño comenzó a tocar con importantes orquestas.   Discípulo de Leonard Bernstein, de Pablo Casals y de Leonard Rose. 17 veces  ganador del Grammy; Premio Avery Fisher, Premio Sonning, Premio Polar Music, Premio Cristal (del Foro Económico Mundial) y la Medalla de la Libertad, concedida por la presidencia de los Estados Unidos (mencionado esto, valga la pena comentar que nuestro violonchelista ha tocado ante ocho presidentes de los Estados Unidos).  Con  130 discos  grabados por las principales casas disqueras del mundo, con las orquestas sinfónicas y filarmónicas más reputadas del orbe.  Los mejores directores del mundo se han peleado por dirigirlo, y ha compartido escenario con casi todos los más famosos solistas.  Una de sus principales obras es el reconocido organismo del Silk Road Project.

En el concierto en la Maison Symphonique, Ma estuvo acompañado por la reputada pianista inglesa Kathryn Stott.  En cuanto a la participación de una pianista tan excelsa en un recital con chelo, el comentario será insuficiente, pues las cualidades sobrepasan a las palabras que podemos incluir. La concertación, perfecta, en cuanto al balance protagónico, la correspondencia dinámica, rítmica, de volumen, y del tempo. Se complementa perfectamente con el gran violonchelista.  Chelo y piano, cada cual sabe cuándo es el momento de su brillo, y el de subordinarse. Y esta es una de las ocasiones en las cuales menos es más: Stott sabe ser discreta cuando no le toca al piano el turno protagónico. Sin embargo, aquí el piano no es simple música de fondo, sino equitativo diálogo. Bellísimas las inflexiones que ambos intérpretes imprimieron a las obras interpretadas, especialmente a la sonata de Brahms.

En la Suite Italiana, de Stravinski, con la cual comenzó el concierto, nos quedó confirmado el grado en que el sonido del antiguo y refinado instrumento de Ma es claro y capaz de la gran dulzura que él sabe extraerle, en los pasajes que lo requieren.  Asimismo, su ejecución goza de gran energía, vibración perfecta en las notas sostenidas y brillo en las notas altas.

Y cuando llega a Falla, con sus «Siete canciones populares españolas», es capaz de llevar a cabo una interpretación en la que es notorio el sabor de la música española, que Falla llevó al nivel de la música culta.

También en Villa-Lobos, con «Alma brasileira», es capaz de reproducir el estilo particularísimo que recuerda la esencia de la música barroco-brasileña que caracteriza a este compositor.

El Piazzola, «Oblivion», alcanzó toda la sustancia intelectual del argentino, pero también impregnado por el sabor peculiar tanguero, sobre todo desde el teclado, mientras el chelo debió concentrarse en complejísimos malabares, con arrebato virtuosístico.  Y, en la «Dansa negra», del brasileño Camargo Guarnieri, gozamos de una orgía de ritmos de influencias diversas, incluyendo el jazz y lo más autoctóno del folclor latinoamericano.

El solista hace notoria su capacidad de control temperamental, pues  después del apoteósico finale de la primera mitad del concierto, y de los entusiastas aplausos, es capaz de enfrentar la elación espiritual de una pieza de Messiaen, «Quatuor pour la fin du temps», con una actitud tan divergente, mesurada, madura, y metódica; y en una ejecución intelectual, con su erudito conocimiento del compositor, y con su excelencia técnica y su virtuosismo. ¡Exquisitos placeres!

Siguió, para terminar, una de las dos sonatas para chelo y piano de Brahms, la Opus 108, en Re Menor. Aquí se pudo apreciar, como en sus mejores grabaciones, el bellísimo sonido que este solista es capaz de arrancarle a su instrumento, cuando aborda el repertorio del Romántico.  Increíble el intenso sentimiento con inmensa potencia expresiva que exhibió en los pasajes largos, que se llevan lentos y tensos aunque esta sonata no tiene andante.

Ante la ovación del público, absolutamente maravillado ante el prodigio del genio de Ma, el célebre chelista regaló tres «encores»: «Le Cygne», de Saint-Saëns; «Salut d’amour», de Elgar, y «Cristal», de Camargo Mariano.

Definitivamente, la excelencia de un recital como este puede ser superada muy pocas veces en la escena mundial.  Afortunadamente, parece que el maestro Ma quedó encantado con la Maison Symphonique.  Esperemos que el público de Montreal no haya de esperar otros 10 años para volver a vibrar con su virtuosismo.

Foto: Sergio Esteban Vélez