domingo, 30 de marzo de 2014

Breve memoria de dos grandes canadienses: Gould y McLuhan

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McLuhan / Gould dos grandes canadienses

Caracas- Decir que Glenn Gould fue uno de los grandes pianistas del siglo XX es faltar a la verdad. Fue además y sobre todo un visionario que todavía hoy escandaliza al statu quo filarmónico por lo que él mismo llamara sus “reticencias (ante) la anacrónica tradición del concierto, tanto desde el punto de vista de quien lo da como desde el de quien asiste”; un genio de registros tan infinitos que muchos han querido reducir a algún padecimiento mental o una de las variantes del autismo.

Siendo adolescente, vi su nombre por primera vez impreso en la carátula de un disco; andaba yo buscando alguna obra para órgano de Johan Sebastian Bach y topé entre los anaqueles de Allum’s en Los Palos Grandes (donde hoy posa el gigantesco edificio de Telefónica) con Die Kunst der Fuge (El arte de la fuga) interpretado por este tal Glenn Gould. Al no ser el instrumento de marras uno de los que más me inquiete, la grabación de Gould encontraría mejor suerte que el olvido en el coleccionista que me compró todos mis discos de 33 rpm cuando opté por la tecnología digital.

No estaba yo al tanto del dato que hallaría más tarde tan enigmático y admirable del músico canadiense. No recuerdo cuándo exactamente, pero finalmente supe que el extravagante Gould (ese pianista excepcional que en vez de la confortable banqueta prefería sentarse frente al Steinway en una silla desportillada) dejaría los escenarios definitivamente en 1964, cuando él solo contaba 32 años (una edad en la que los solistas más bien levantan vuelo) y se encerraría en los estudios de grabación, desde cuyo frío aislamiento propondría su nueva, controversial teoría de la interpretación. Desde ese momento, escucho con especial atención cualquier registro que encuentre de la obra interpretativa de Glenn Gould.

Que el futuro de la interpretación está en los estudios y no en los auditorios y salas de concierto no es una buena noticia para muchos. Y con esa antipatía tuvo que lidiar toda la vida, Glenn Gould, en frentes que no obstante su aislamiento como solista, no abandonó sino paulatinamente: se dejaba entrevistar y polemizaba con los críticos en los diarios y publicaciones especializadas. Y también y, sobre todo, a través de la correspondencia que mantuvo tanto con personalidades como con admiradores anónimos.

“Gould encarna el permanente conflicto entre el teatro y el cine”, escribe el crítico de The New Yorker, Richard Brody, “entre la habilidad para crear a partir de instantes preservados y aislados (las tomas de grabación) una obra de arte orgánica y el instante irrepetible de hacerlo en público”.

Los dictados del genio

Uno de los registros más preciados del pensamiento de Gould es, como se sugería antes, su larga correspondencia. De ahí que sea de agradecer mucho la publicación de sus Cartas escogidas, una edición a cargo de dos académicos canadienses, John P.L. Roberts y Ghyslaine Guertin, con el sello Global Rhythm Press.

El volumen reúne 184 cartas dictadas a algún taquígrafo por teléfono, que era como solía responder desde el aislamiento de su casa estudio. Entre los destinatarios se encontrará desde Leopold Stokowski hasta Leonard Bernstein, desde Yehudi Menuhin hasta Benjamin Britten, desde Dimitri Shostakovich hasta John Cage.

No se puede obviar, entre este epistolario, el diálogo permanente que sostuvo con un admirado compatriota, Marshall McLuhan, con quien, no en balde, sentía una especial afinidad intelectual.

La muestra epistolar parece no ofrecer mayores fisuras sobre la personalidad del genio, lo que ya es conocido y es parte de la leyenda, sus obsesiones, sus manías, su monacal dedicación al arte. Se ofrece más bien la oportunidad de ver en plano de detalle un pensamiento estético y la decidida afirmación de una postura artística, más que la pormenorización de sentimientos que cabe esperar de un conjunto de cartas personales.

Hasta su muerte prematura en 1982, Gould se mantuvo tenazmente fiel a la doctrina que entregaba al mundo, esa revaloración del arte a partir de los recursos de la tecnología.

“La verdadera virtud del proceso de grabación no radica en su perfeccionismo inherente sino en la posibilidad que brinda de trabajar a posteriori con la materia prima de la grabación”, escribió Gould en una de estas cartas recogidas.

Queda como una gran incógnita en qué habría derivado con el tiempo, y la consolidación del mundo mediático prevista por su amigo McLuhan, la difícil y tenaz determinación con la que se mantuvo alejado del calor de los escenarios, el estruendo del aplauso, la –a veces sofocante– respiración del público.

Twitter: @armandocoll

Fotos: Wikimedia / Don Hunstein – Glenn Gould Foundation (CC) – Captura de pantalla / YouTube