domingo, 6 de abril de 2014

Hansel y Gretel, gran triunfo del Atelier Lyrique de la Ópera de Montreal

Publicado en:
Ciudad
Por:
Temas:

Emma-Char,-France-Bellemare,-Frédérique-Drolet-©-Yves-Renaud

Plato principal de este año del Atelier Lyrique, en la temporada de la Ópera de Montreal, Hansel y Gretel, el mayor éxito de Engelbert Humperdinck, alemán de la segunda mitad del siglo XIX. Las voces, todas canadienses, sorprenden porque son, sin excepción, excelentes. La Salle Wilfrid-Pelletier, de la Place des Arts, las ovacionó, con toda justicia.

La escenografía del primer acto, bastante buena, teniendo en cuenta su austeridad.  Entran a escena la mezzosoprano Emma Char, en el papel de Hansel, con su sonora y vibrante voz y magnífica emisión que en ningún momento se desfasa, y la soprano Frédérique Drolet, como Gretel. La voz de la soprano luce su timbre nítido redondeado, en todas sus intervenciones, aunque la partitura no le ofrece los grandes desafíos que merecería una voz como la suya.  Las dos voces principales, son  formidables, y además son buenos actores.  Y ya que hablamos de lo teatral, es oportuno mencionar la excelencia del libretto, del alemán Adelheid Wette, quien adaptó, en 1892, el popular relato que recopilaron y publicaron los hermanos Grimm.

Volviendo a los artistas, entran a escena los padres de los personajes protagonistas, que mostraron el histrionismo debido. No hay nada más desabrido que un cantante sin expresión facial o corporal. Son ellos la soprano France Bellemare, en el papel de Gertrud, que despliega la preciosa sonoridad de su voz, con gracia y exactitud, y el barítono Cairan Ryan, en el papel de Peter, que presenta una voz bien manejada y con buena pronunciación.   Mencionado esto, vale la pena comentar que todos los cantantes exhiben satisfactoria dicción. 

Los desplazamientos se solucionan con inteligencia y sin molestias sonoras o estéticas.

Rachèle-Tremblay-©-Yves-RenaudTras el intermedio, siguió el segundo acto, cuya escenografía estuvo también muy buena. Ahora el vestuario interactúa todavía mejor. La escena es ágil y vivaz.   Refulgente y cristalino el desempeño del personaje memorable de este acto, la bruja, interpretada por la mezzosoprano Rachèle Tremblay.  Tiene volumen, ímpetu teatral, presencia. Sin embargo, como el papel no le ofrece grandes oportunidades, no pudo usar mucho su gran potencia vocal.

Otro personaje que figura brevemente en este acto es el Hada Rosada, interpertada por la soprano Florie Valiquette, quien escogió la dulzura como arma histriónica y estuvo tan preocupada por el buen resultado de su actuación y de su expresión, como por el de su tempo.  Cuando, además, interpreta al vendedor de arena, sale airosa en su canto y en su actuación.

La Orquesta Metropolitana se luce con un peso preciso: nunca sordo ni borroso como sucede a veces, ni robando protagonismo. Su director, el maestro Alain Trudel, demuestra su excelente capacidad en el minucioso trabajo que le corresponde.  El manejo que les da a las alternancias de volumen es de mucho efecto. De cuantos hemos escuchado, él es uno de los directores que más atención ponen a este factor y logra todo un lenguaje de expresión con ello. Sus fortísimos no son puro ruido, pues es capaz de hacer destacar limpiamente el sonido de cada timbre de cada instrumento despegado de los otros.  Y, si de los instrumentistas hablamos, vale la pena resaltar el magnífico el desempeño de las maderas a todo lo largo de la partitura.

La actuación y la dirección de escena (de Hugo Bélanger) es la mejor que haya visto en una ópera interpretada en su totalidad por cantantes jóvenes, todavía en formación. La belleza de la música y la relativa “economía” de la producción les permite a los cantantes exhibir sus excelentes cualidades vocales, sus timbres, las tesituras, la gran potencia y la perfección en la emisión vocal, la energía y la expresividad que muy seguramente los consolidarán en el panorama operístico canadiense.

Es importante que la gente medite en la necesidad, obligación y conveniencia de que cada cual se conceda a sí mismo el permiso de invertir tiempo para el “yoga” espiritual del arte mayor, la ópera, que tanto revitaliza el ánimo de la gente en estado de esterilidad emocional.  Y, sin duda, las producciones de la Ópera de Montreal provocan todo el efecto relajante y sublimante que el arte lírico puede producir en los espectadores de este género, más aún en espectáculos como este, en los que se promueve el talento de los jóvenes.

Una vez más, el público aficionado de la ciudad aplaude y agradece el inmenso esfuerzo económico y logístico de la Ópera de Montreal y de su Atelier Lyrique,  y de sus directivos, benefactores y colaboradores.

Fotos: Cortesía Yves Renaud