viernes, 18 de abril de 2014

Cien años de eternidad para Gabriel García Márquez

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Entre Fronteras
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La muerte del Gabo, como a muchos, me ha sorprendido enormemente.

Es verdad que ya no era un jovencito, pero no se esperaba que estuviera tan mal como para morirse de un de repente.

Uno tiene la idea que sus ídolos -que pasan a ser como parte de tus seres queridos- son eternos. No lo son, físicamente, es verdad. Pero sus recuerdos posiblemente durarán por muchos años, y tal vez por siglos, tratándose de una figura como Gabriel García Márquez.

Su obra, como cuentista, novelista, guionista o periodista, perdurará. Perdurarán, posiblemente, hasta rasgos y anécdotas de su propia vida, llenas de aventuras sin fin, a pesar que muchas de esas aventuras eran creadas o simplemente exageradas, como él mismo alguna vez lo dijera.

Pero lo lamentable, es que de aquí en adelante nos quedaremos privados de nuevas historias, que habrían salido de su prodigiosa pluma, de estar aún con vida.

Mi devoción por García Márquez es a tal punto que cuando alguien me pregunta cuál es mi autor favorito, respondo ipso facto, Gabriel García Márquez, del mismo modo como reacciono cuando alguien me pregunta  cuál es tu equipo de fútbol favorito, Brasil, respondo con el perdón de las tantas otras nacionalidades a las cuales estoy relacionado.

Pero si me piden detallar cuál de todas es la obra que más me gusta de Márquez, no sabría qué responder. Me gustan todas. Desde la densa, compleja y minuciosamente entretejida, Cien Años de Soledad, que le mereció el Premio Nobel; pasando por las pequeñas historias contadas en sus numerosos cuentos, o simplemente sus reportes periodísticos de cuando era «feliz e indocumentado«, haciendo alusión a la etapa cuando vivió en Venezuela y escribió una serie de crónicas y reportajes para diversos medios de comunicación venezolanos.

II.

Hace poco, con ocasión que García Márquez fuera recluído en una clínica de México, recordaba una de sus pequeñas historias fantasiosas. Resulta que el escritor se encontraba con su esposa y sus dos hijos, que eran pequeños, en Arezzo, en la campiña de la Toscana italiana, buscando un castillo renacentista, que había comprado Miguel Otero Silva, el escritor y fundador del diario El Nacional de Venezuela.

Después de dar varias vueltas y atravesar un sendero de cipreses, se encontraron con una campesina que les señaló exactamente el lugar que buscaban. La campesina les preguntó atónita: ¿Tienen intenciones de dormir allí?. García Márquez y compañía le respondieron que solo iban a almorzar. Menos mal, dijo la campesina, en esa casa espantan.

Llegaron al tan buscado castillo y ya Otero Silva, gran anfitrión como lo era, los esperaba con la mesa servida.

Otero Silva, en pleno almuerzo, les relató la horrorosa historia que pesaba sobre el castillo. Dijo que su propietario fue Ludovico, un gran señor de las artes y de la guerra, quien en un arranque de locura había apuñalado a su amante, en pleno lecho. Luego él mismo azuzó a sus perros a que lo atacaran. Éstos le dieron muerte a dentelladas.

Desde aquel día. a la medianoche, el alma en pena de Ludovico deambulaba por la casa, buscando sosiego.

García Márquez y los suyos tomaron la historia a la broma. Más tarde conocieron la habitación de Ludovico, que estaba ubicada en un segundo piso del inmueble y por donde el tiempo se había detenido. Había un retrato del personaje y un fuerte olor a fresas emanaba de allí.

Otero Silva había preparado para aquel día un enorme programa para sus invitados y así llegó luego la noche y por supuesto había que cenar. Así lo hicieron. Después de la cena los dos hijos de García Márquez se dedicaron a correr por el castillo y a llamar a Ludovico, acercándose a su cuarto. Luego propusieron quedarse a dormir a allí, lo que le encantó a Otero Silva; y García Márquez, quien a decir verdad solía ser temeroso ante este tipo de eventos sobrenaturales, tuvo que decir que sí.

Durmieron en la planta baja, que estaba renovada y allí no había vestigios del castillo antiguo. García Márquez y su esposa en una cama y sus hijos en otro cuarto, no muy lejos de ellos. El día había sido agotador y aunque las palabras de la campesina de que allí espantaban, rebotaban aún en la mente del escritor, muy pronto el sueño los venció.

Despertaron al día siguiente, alrededor de la 7 de la mañana, con un sol radiante. No había habido tales historias de fantasmas. Cuando de pronto García Márquez percibió aquel olor a fresas frescas y luego se viene a dar cuenta que estaban en la alcoba de Ludovico, en el segundo piso, la misma que aún tenía las manchas de sangre secas de la amante muerta. Fin.

Este relato, es apenas una pequeña parte de la genialidad de García Márquez.

Paz a sus restos.

Foto: Youtube