lunes, 28 de abril de 2014

El Ponzi Bolivariano

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Es difícil explicarse la situación económica que vive Venezuela en la actualidad. Pareciera que de repente, como por arte de magia, desapareció la gran fortuna que nos entró a los venezolanos en la década con los mayores ingresos petroleros de nuestra historia. Pero lo peor, es que esto no ha ocurrido en medio de una caída abrupta de los precios del crudo. Por el contrario, los precios internacionales se mantienen todavía hoy en valores históricamente altos, y no parece que vayan a bajar en el mediano plazo. Hay sin dudas efectos de malas políticas económicas, destrucción de institucionalidad, corrupción, y otras explicaciones detalladas que podríamos listar. Pero la mejor forma para sintetizar lo que pasó, y lo que sentimos hoy los venezolanos, es comparar lo ocurrido con uno de los fraudes financieros más populares y conocidos en todo el mundo: La pirámide de Ponzi.

La revolución bolivariana ha sido para los venezolanos, lo que un esquema piramidal ha sido para miles de víctimas de este fraude financiero en todo el mundo. En un esquema Ponzi, como el del emblemático Bernie Madoff en la crisis financiera del 2008 en Nueva York,  se prometen retornos de inversión inusualmente altos, rápidos y sin ningún tipo de riesgo (algo que por definición es imposible). El fraude radica en que las captaciones de las víctimas no son utilizadas para inversiones productivas que generen retornos reales (por ejemplo acciones en compañías, bienes raíces, etc). Por el contrario, en su forma más elemental, las captaciones de nuevos inversionistas son inmediatamente utilizadas para pagar los beneficios prometidos a aquellos que invirtieron primero. A su vez, nuevas captaciones permiten hacer lo mismo para los inversionistas que entraron de segundo, y así sucesivamente. El pago de beneficios altos y rápidos a los que están en la punta de la pirámide sirve como carnada para nuevos inversionistas, que tentados por la aparente posibilidad convertir piedra en oro, corren en manada hacia la pirámide mortal. Pero esto sólo puede seguir funcionando en la medida que los flujos de nuevos inversionistas sigan creciendo de forma infinita. En el momento en que éstos dejen de crecer, y esto siempre ocurrirá, empieza un derrumbamiento estrepitoso porque en el fondo, no hay nada que repartir. Todo lo que ingresó fue directamente a  parar a las manos de los organizadores y de los pocos afortunados que lograron salir a tiempo antes de la debacle.

En el ponzi venezolano hay fundamentalmente dos diferencias que hicieron que este esquema pudiera durar tanto tiempo. Por una parte, aunque la fortuna que entró a la pirámide pertenecía a todos los venezolanos, ésta fue producto de una renta petrolera. Esto de alguna forma hizo que los artífices tuvieran acceso a dinero que no era producto del trabajo de los inversionistas (los venezolanos) y que por tanto, éstos a su vez no sintieran una conexión directa con el fraude que se ejecutaba en su nombre. En segundo lugar, el ponzi bolivariano puso en práctica algunos esquemas que hicieron que todos los venezolanos, incluso los de más altos recursos, también obtuvieran parte de los beneficios aún de forma inconsciente o involuntaria. La gasolina más barata del mundo o un subsidio a la moneda que hizo extremadamente barato poder viajar e importar, por ejemplo, fueron cosas de las que sólo pocos no pudieron disfrutar. Pero en el fondo, estos beneficios no fueron sino migajas comparado con  lo que se perdió en gastos para pagar la supervivencia de una de las estafas más grandes de nuestra historia. Y al mismo tiempo, sirvieron para diluir las voces de alerta que con toda responsabilidad, se alzaban en contra de esta triste realidad.

La riqueza que nos entró a los venezolanos en estos últimos 15 años no desapareció. En realidad, y como ocurre en las pirámides financieras, esta riqueza pasó de manos de los inversionistas (los venezolanos) a manos los dirigentes revolucionarios, sus socios y alguno que otro afortunado. Y en mucha menor medida, también todos los venezolanos (de forma consciente o inconsciente), algo que era necesario para mantener a éstos en un letargo  que no impusiera barreras al régimen para seguir con la fiesta. El punto, y como ocurre en las pirámides de ponzi, es que en el proceso de estos flujos, las transferencias  de riqueza no se hicieron a través de inversiones productivas que generaran valor. El camino de transferencia a través de inversiones productivas, aunque totalmente correcto para el verdadero desarrollo a largo plazo de una nación, sencillamente tomaría mucho tiempo para materializarse y no irían a la misma velocidad, de las promesas irresponsables del jefe de la revolución.

Lo que vivimos hoy los venezolanos no es otra cosa que el resultado de una gran estafa. En el fondo todo lo que había, y sigue habiendo detrás, era una gran pirámide vacía con una imagen maravillosa que atrajo a miles a creer que de verdad había una esperanza. Lo del socialismo del siglo XXI, lo de lograr la máxima felicidad, lo de convertirnos en una pequeña potencia e incluso el hecho de retar a la más grande potencia que el mundo haya visto, no eran sino eslóganes vacíos sin ningún tipo de contenido o posibilidad. Hoy, aun cuando siguen existiendo grandes ingresos petroleros, se llegó al límite de este esquema piramidal. Ya la fuente de ingresos dejó de crecer, el dinero aportado en el pasado está en manos de los corruptos, y al final, no hay forma que los eslóganes revolucionarios puedan producir riqueza, ni verdadera felicidad.

Foto: María Gabriela Aguzzi V. / Grupo NM