lunes, 28 de abril de 2014

¿Gabo murió o entró a la inmortalidad?

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El arca de Enoïn
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El Gabo inmortal

El Jueves Santo de 2014 entró a la historia de los Jueves Santos –de América Latina– como el más luctuoso de todos los Jueves Santos. En la mañana la prensa virtual dio cuenta de la noticia de la muerte de Cheo Feliciano. La muerte de Feliciano desencajó, de manera brusca, la gaveta de la saudade entre los melómanos inveterados. Y no era para menos. Este cantante puertorriqueño arrulló con su voz de tenor de ópera callejera y el dejo de su voz caribeña, los amoríos, las alegrías y los desamores de centenas de miles de hispanos en ambos lados del Atlántico. Todo aquel a quien le hayan dicho adiós o le hayan dado un no, sin haberle explicado claramente los motivos, ha de saber que en el repertorio de Feliciano se encuentran los mejores boleros, con los que uno puede consolarse. Quien conozca de música del Caribe –y sea emocionalmente maduro – sabrá qué la mejor manera de decirle a un exenamorado (sin importar su género), que uno cree que aún la llama sentimental por uno está encendida en su corazón, es dedicándole –en la voz de Cheo Feliciano- ese bolero que canta: “Mentiras tuyas/ tú no me has olvidado/ y si no me has buscado/es por falta de valor”. 

Al mediodía, cuando no habíamos encajado bien el golpe producido por la muerte inesperada del bolerista memorable, las redes sociales nos pusieron al corriente du evento luctuoso de mayor talla. La marejada de postales póstumas y de mensajes de agradecimiento llevaba consigo los ecos de una noticia, que cambió por completo el destino de los Jueves Santos entre los amantes de la buena –y por qué no– de la mala literatura. El ramalazo demoledor que traía consigo la mala noticia se condensaba en una frase escueta: “Luto en Macondo: murió Gabriel García Márquez”. 

Del asunto me puso al corriente mi suegra, que llamó a la hora del almuerzo, en medio de una crisis de llanto, como si se tratara de la muerte de un miembro de la familia. Mientras terminaba de tomarme la sopa y buscaba la manera de encajar la noticia dentro del fuelle de las emociones, una pregunta comenzó a aguijonearme el espíritu: ¿Por qué una mujer que nació en una vereda del altiplano cundiboyacense, que nunca ha pasado por el pueblo de Aracataca, del que vino a tener noticias el 21 de octubre de 1982, sentía tanta aflicción por la muerte de un hombre de la llanura del Caribe, que no conoció personalmente y del que se hizo una idea a través de los medios y la lectura fragmentada de sus libros?

Cerrando el día la prensa colombiana anuncio la muerte de Andrés Uriel Gallego, un ingeniero civil, que se desempeñó durante ocho años como ministro del gobierno del presidente Álvaro Uribe. Al enterarse de la muerte de Gallego, una lectora del periódico bogotano El Espectador, escribió en la ventana de comentarios de la cuenta del diario en Facebook: “uy, Dios mío, con tanto muerto célebre en este Jueves Santo he comenzado a temer por mi propia vida”.

Sobre Cheo Feliciano volveré en una crónica posterior. A Andrés Uriel se lo encomiendo al ser supremo, quien sabrá hacer con su alma lo que a su bien le convenga y a García Márquez le dedicaré el resto de esta nota.

García Márquez: el escritor que ayudó a sus coterráneos a descubrir su propio mundo

En 1988 leí, en octavo grado, obligado por la profesora de español y literatura, la novela El Coronel no tiene quién le escriba. Se trataba de un trabajo en grupo, que consistía en producir el análisis de una obra literaria. El grupo estaba constituido por tres individuos, que en aquellos momentos teníamos el espíritu enfocado en otros asuntos: aprender a bailar terapia africana al mejor estilo del Benny, un bailarín callejero que se ganaba la vida robando carteras; conseguir novia en el grado séptimo; o aprovechar el descuido de los vigilantes del colegio, a la hora del descanso los viernes y entrar a hurtadillas en la función de las tres de la tarde del Cine Sinú.

El análisis de obras literarias era un trabajo al que todo el mundo le temía, porque supuestamente era la tarea más difícil del año. Para sacar buenas notas, el 40% de los estudiantes encargaba el deber a estudiantes universitarios de literatura o contrataba a un profesor de lenguas desempleado, que preparaba el trabajo, según las normas, por el precio de 10 entradas a cine. Con mis compañeros, que sabían más de esos cruces chuecos que yo, fuimos a cotizar juntos la maquila del producto, donde un profesor sin empleo.

El hombre, que vivía de hacer trabajos para estudiantes vagos –como nosotros – y  escribir cartas de todo tipo para personas analfabetas, en una máquina de escribir prestada, puso sus cláusulas sin prestarnos mucha atención. Como no le faltaba trabajo, el fabricante de análisis y cartas al destajo nos ofreció tres opciones, con sus respectivos precios. “Si yo leo el libro y produzco el trabajo les cobro la tarifa más alta”, (10 entradas a cine). “Si me entregan el libro leído con un resumen y varias frases claves, el precio se reduce de un cuarto, y si leen el libro y producen un borrador inicial del trabajo, el costo se disminuye a la mitad”, dijo el hombre con un tono de voz –a mis oídos– un  poco pedante. Mientras enumeraba los requisitos, el fabricante de análisis literario, continuó  tecleando su máquina ajena. Al final detuvo la digitación, nos miró con unos ojos escrutadores y nos dijo: “el pago es por adelantado, porque hay mucho vivo que manda a hacer el trabajo y luego no viene a recogerlo”.

Como yo no tenía para sufragar la parte del trabajo que me correspondía, mis compañeros me asignaron la tarea de leer el libro y producir el resumen. Fue tan traumático el ejercicio que cuando lo terminé me olvidé del autor y de sus libros y juré que no volvería a leerlo jamás. Para complementar, una de mis tías paternas, que trabajaba en una brigada militar, me había dicho una vez que García Márquez era un tipo, que solo escribía obscenidades y diatribas contra el gobierno, cuyo objeto era el de adiestrar al pueblo en la perorata comunista. 

Sin embargo, en el cielo estaba escrito que yo debía de consumir cucharada por cucharada toda su obra, para comprender la idiosincrasia de mi entorno inmediato y descubrir las claves mágicas que explican parte de la historia de América Latina, sin pasar por los libros de historia. Sin darme cuenta, las obras del autor vinieron a mi encuentro por el lado que menos los esperaba. Como había adquirido el hábito de leer los periódicos y particularmente los reportajes culturales, comencé a toparme seguidamente con noticias que daban cuenta del curso de la vida del creador de Macondo. La lectura de las separatas culturales de los diarios más importantes del país me ayudó a descubrirlo.

El otoño del patriarcaEn esos suplementos de las ediciones dominicales me encontraba frecuentemente con críticas, que los especialistas de su obra, posiblemente fabricantes de análisis para estudiantes perezosos como yo, realizaban sobre algunos de sus libros. Fue en una de esas separatas dominicales que leí una vez que “El Coronel no tiene quien le escriba” era todo un tratado de filosofía, que permitía entender el sentimiento íntimo de toda América Latina. Según el tratadista, esa obra pone en perspectiva los tres tipos de comportamiento, que pueden asumir los miembros de una misma familia frente a los actos de injusticia social: la contestación del sistema, que conduce al asesinato del hijo del Coronel; el deseo de involucrarse en la acción social para cambiar las cosas por la vía de la contestación y la falta de voluntad para hacerlo, que sale a relucir en el comportamiento del protagonista central de la novela; y la resignación apática frente a la dura realidad, que lleva a la gente a vivir su vida sin importarle el mundo que la circunda, conducta tipificada en la esposa del Coronel y madre del joven asesinado.

En los periódicos y separatas me encontraba también, de vez en cuando, con crónicas del laureado escritor sobre temas, que parecían inverosímiles, pero con los que estaba en contacto a diario. Fue así como, sin darme cuenta, comencé a interesarme poco a poco en él autor de El otoño del patriarca, que es a mi juicio su mejor novela. Sin embargo, el evento que me llevó a comenzar en serio la lectura de su obra sucedió en 1992, cuando se publicaron sus “Doce cuentos peregrinos”.

Cien años de soledadEn esa ocasión, la edición del magazín dominical del diario El Espectador incluyó el cuento María Dos Prazeres. Leí ese relato con avidez y lo volví a releer varias veces durante la semana. Cuando terminaba de leerlo me parecía tan sencillo y su lenguaje tan familiar que me dije que cualquiera –inclusive yo mismo– podría escribir cuentos como ese. Como acababa de terminar el bachillerato y no tenía nada que hacer, ni proyectos en los que ocuparme, me dediqué a leer la obra periodística y todo el repertorio corto del autor. Al verme interesado en sus trabajos, un primo tercero mío que trabajaba en la biblioteca departamental, la única biblioteca pública que existía en aquellos tiempos en Montería, me esperó un día con “Cien Años de soledad” en la mano. Comencé à leer el libro, pero después del episodio del galeón encallado en medio de la selva lo abandoné. Si bien la obra estaba llena de cosas fantásticas, no encontré su hilo conductor. Sin embargo ese tramo del libro me permitió de comprender la manera como se explica el mundo la gente del Caribe colombiano: a través del recurso a la hipérbole y mediante el uso frecuente del absurdo.

Cuando hube pasado por toda la bibliografía Garcíamarqiana, gracias a ediciones de tercera y cuarta mano que, regateando el precio, le compraba a aquel profesor que me había preparado el análisis literario en el grado octavo algunos años atrás, volví a Cien años de soledad. Sin embargo el libro no me pareció tan fantástico como El otoño del patriarca, ni tan delicioso como los pasajes de la vida amorosa de Florentino Ariza, el protagonista tras bambalinas de El amor en los tiempos del cólera.

Aquellos que hayan leído la mayoría de la obra de García Márquez, que hayan nacido en el Caribe colombiano o que vivieron allí las agitadas décadas de 1960 y 70, sabrán que uno de los textos más completos, que se ha producido desde la perspectiva socio-antropológica sobre la sociedad costeña, son los dos primeros párrafos de Los funerales de la Mamá Grande. Allí, apelando a la hipérbole y al absurdo, el desaparecido Nobel, haciendo uso de 229 palabras y 1120 caracteres, describe la composición social de la Costa Atlántica colombiana de la época del Frente Nacional con precisión. En ese cuento se retratan de cuerpo entero las relaciones de poder y los hábitos de los poderosos. Haciendo uso de la magia del lenguaje, el escritor portentoso denuncia –a través de la sátira y sin miramientos-  las relaciones endogámicas de los clanes que gobiernan a su antojo –y sin programa– una sociedad dominada por la apatía, manteniéndola de espalda a su destino.

Valiéndose de la plasticidad lingüística y derrochando genialidad literaria, García Márquez combina en ese cuento el rigor del etnólogo social, la habilidad del cronista y la fantasía literaria. A través de ellas pone al desnudo las falencias de la sociedad costeña, al tiempo que se mofa de la incapacidad de los historiadores para descifrar las claves de la historia regional. Quizás sin proponérselo, o quizás adrede, cuando dice: “ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores”, García Márquez se entrega a la tarea de ayudarle a sus coterráneos a comprender su propio mundo, apelando al viejo recurso del cuentero.

Una congresista pide el infierno para quien “más gloria nos ha dado”

tuit congresista colombiana En medio de las voces que manifestaban reconocimiento al trabajo cumplido por el escritor y enviaban voces de aliento a su familia, una congresista, María Fernanda Cabal, recientemente elegida al Congreso, posteó en su cuenta de Twitter dos fotos del escritor en compañía de Fidel Castro y deseo el infierno a los dos. El incidente desató una airada reacción de los internautas, que llevaron a la parlamentaria a retirar sus mensajes. Pero la prueba ya se encontraba colgada en los muros de Facebook de miles de personas.

En medio del debate nacional desatado por el incidente, la congresista Cabal –de quien no pocos creen que perdió su cabalidad– expidió un comunicado para explicarse y pedir disculpas por el incidente. Pero su comunicado, en vez de arreglar las cosas, terminó echándole más leña al fuego. En su nota –que abunda en errores gramaticales– la  congresista, que milita en las filas del partido creado últimamente por el expresidente Álvaro Uribe, acusó a Gabo y a “muchos otros artistas” de carecer de “responsabilidad social”.

Entre las personas que encararon a Cabal en las redes sociales, hubo quienes usaron –de manera brutal– términos de grueso calibre. Ese fue el caso de la periodista Juanita Gómez del canal privado de Televisión Caracol. La periodista la llamó “ignorante” a secas y le pidió “más respeto”. Un tuitero de nombre Fernández de Castro lamentó que esta red social no lo dejara usar las palabras suficientes “para expresarle” su “desprecio”. Por su parte el cronista Alberto Salcedo Ramos, en una nota que las redes sociales repartieron en el acto, consideró que el mensaje de la congresista “revela una enorme carga de agresividad y de fanatismo”.

Entre los reproches que la congresista le hacía a Gabo estaba el de ser un “comunista rico”. A ese reproche le salió al paso Salcedo Ramos manifestando: “necesitamos más gente de la que se vuelve millonaria con su trabajo honrado, y menos de la que se enriquece saqueando las arcas públicas”. No sé porque se me ocurre que, pensando en los improperios de la congresista Cabal, Gabo incluyó en la carta que dirigió al país y que público El Pais de Madrid, cuando le tocó salir huyendo hacia México en abril de 1981, una frase para responder a la ofensa de “comunista rico”.

En ese documento, en el que el futuro Nobel le canta la tabla a la clase política y a los dueños del periódico más influyente de Colombia: en aquella época el periódico de la Familia Santos, García Márquez le dice a aquellos que lo acusan de haberse ido del país por cálculos comerciales o para destruir la imagen del gobierno nacional a nivel internacional: “no me he ganado un centavo que no sea con la máquina de escribir. Tengo convicciones políticas claras y firmes, sustentadas, por encima de todo, en mi propio sentido de la realidad, y siempre las he dicho en público para que pueda oírlas el que las quiera oír”.

Sobre los deseos manifiestos de la congresista de ver a Gabo en el infierno, la columnista de El Espectador Aura Lucía Mera sostuvo que “El infierno es la ignorancia”. Luego de recordarle a la parlamentaria que el papa Juan Pablo II había dicho que el infierno no existe, acotó: “Pensándolo bien, ojalá existiera una paila eterna, a la cual me apunto, para poder estar con Gabo, Tomás Eloy, Baudelaire, Rimbaud, Thomas Mann, Solzhenitsyn, Trotski”. Esta sería “una paila llena de libros que remueven neuronas. ¡Sería una paila hirviente celestial!”.

Entre los argumentos que la congresista Cabal utilizó para sostener que sus declaraciones no se deberían tomar tan en serio estaba una: García Márquez no era creyente, lo cual podría hacer según ella “menos reprochable la analogía”, que utilizó para referirse a él. Los defensores de la congresista, como es el caso de Toribioa, comentarista de El Espectador, manifestaron que “las palabras de María Fernanda Cabal mandando a los infiernos a Gabo son parte de la libertad de expresión de que se goza hoy en el mundo, por lo menos en el sistema occidental”.

Sus contradictores sostienen, como en el caso de Olache, comentarista del mismo periódico, que no se puede “esperar menos” de personas como ella. Según este comentarista, la congresista “Cabal, coherente, fiel a su apellido y a sus principios ideológicos de extrema derecha”, mientras condena la amistad de Gabo con Fidel Castro, trata de ocultar los “trágicos episodios”  de “persecución”, en los que se han usado todo tipo de “métodos para acallar y silenciar a contradictores” del establecimiento colombiano desde tiempos inmemoriales.

Sobre el mismo punto ahondó, con punzantes tropos, el columnista de Semana, Antonio Caballero. Según él, si no fuera por su fama universal, que obliga a los dueños de Colombia a fingir una admiración hipócrita, todos ellos estarían hoy aplaudiendo a la señora uribista que lo mandó al infierno, atreviéndose a decir en voz alta lo que muchos piensan”. Retomando a Caballero hay que decir que García Márquez siempre fue, tanto como periodista y literato, una persona incómoda para la élite nacional, que no dudaba de señalarlo, antes de ganarse el Nobel, de ser un “mal colombiano”, que “pintaba en su literatura y en su periodismo una “mala imagen” de Colombia en el extranjero.

Según Caballero, si la élite nacional hoy le rinde homenaje al desaparecido escritor, lo hace dentro de la más pura vocación oportunista, poniendo en escena el “espíritu de colonizados”. Ante el fracaso total de la sociedad colombiana, el país entero ha desarrollado “el síndrome de “colombiano triunfa en el exterior”, dentro del cual hoy se le rinde homenaje al muerto, pues “para la lagartería colombiana lo que importa de Gabriel García Márquez no es su obra prodigiosa, sino que se ganó un premio, [que llevó muy lejos y muy alto] el nombre de la Patria” en el mundo.

Sobre los deseos de la parlamentaria, en El Espectador, otro comentarista -que escribe bajo el nombre de augustoquintana- resaltó que de algún modo al desearle a Gabo el infierno en el más allá, se le estaba mandando al lugar adecuado, porque en el infierno, “según Dante (muy razonablemente), están por incrédulos Homero, Horacio, Ovidio, Lucano, Julio César, Aristóteles, Sócrates, Platón, Demócrito, Diógenes de Sinope, Anaxágoras, Tales de Mileto, Empédocles, Heráclito, Zenón, Dioscórides, Orfeo, Cicerón, Lino, Séneca, Euclides, Ptolomeo, Hipócrates, Avicena, Galeno, Averroes. Francamente no creería poder encontrar mejor compañía en el Paraíso. Espero que haya bastante tinto”.

Desde algún lugar del Caribe colombiano, en Facebook, uno de mis contactos escribió: “eche, si el infierno adonde manda esta vieja a Gabo es el premio por lo que hacen en la tierra tipos como él, yo también quiero ir allí. Me da miedo estar en el cielo al lado de tipos como Laureano, Uribe, Pinochet, Franco y el procurador”. Otro escribió: “dejen a la señora ser feliz, mostrándonos el tamaño de su brutalidad. Tengo entendido que ella estudió técnicas de argumentación discursiva en la Universidad de los Andes. ¿Si así piensan los Uribistas ilustrados, que se espera del Uribismo inculto? ¡Finalmente entiendo por qué les dicen Uribestias a los Uribistas!”.

A la polémica se sumaron aquellos que consideraban “que García Márquez no los ayudó y que prefirió la fama antes que volver” a su pueblo natal a hacer algo por él. A los que así piensan Marcela Navarro les pregunta desde su muro de Facebook: ¿por qué muchas personas piensan que los artistas, pintores, escritores y deportistas están en la obligación de fundar escuelas, hospitales, hacer carreteras, reconstruir el lugar donde nacieron y compartir sus ganancias con los demás?

La pregunta de Navarro la respondió, de algún modo, Salcedo Ramos en su carta abierta a la congresista Cabal. Según Salcedo, “quienes deben solucionar los problemas de los pueblos son los políticos, pero en nuestro país se dedican a lo contrario”. Sobre el mismo punto Rubinho Forex, un lector que participó en un debate sobre el comentario de la Congresista Cabal en el muro de Facebook del diario El País de Cali, acota: a los “que se quejan de que GABO no hizo nada por su pueblo natal. Mi opinión: él no estaba obligado a hacer nada. No era su responsabilidad. Si Aracataca no tiene acueducto es responsabilidad de los políticos (alcaldes, concejales, gobernadores)”. De su lado Vicky De la Cruz Wiesner recuerda que si bien es cierto que “todo el mundo tiene la libertad de expresar lo que quiera”, a los que dicen que “Gabo no hizo nada por el país, hay que decirles que tienen la razón, pues él en verdad no hizo nada. Solamente puso a Colombia ‘en el mapa de la cultura mundial’ ganando un premio Nobel de literatura”.

Personalmente, pienso que para facilitar la entrada del escritor a la inmortalidad, hasta la muerte escogió cuidadosamente el día. Para propiciar su entrada al cenáculo de los inmortales por la puerta grande, y conociendo de su gusto por los boleros, se lo llevó un Jueves Santo junto a Cheo Feliciano. En adelante las librerías, los museos, las casas de la cultura y los teatros, les disputarán a las iglesias –por derecho propio– un porcentaje considerable de sus devotos.

Fotos: Captura de pantalla / YouTube