sábado, 3 de mayo de 2014

La OSM, Yuja Wang y la Patética, ¡programa inmejorable!

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Yuja Wang OSMEl jueves, sábado y domingo pasados, la Orquesta Sinfónica de Montreal ofreció al público uno de los mejores y más profundos programas que le hayamos conocido a esa ilustre agrupación.   La sola presencia del famoso director francés Jean-Claude Casadesus (cuya familia es de origen español, cosa que pocos saben), al podio, y de la máxima estrella juvenil del piano, Yuja Wang, como solista, dice mucho de la categoría del concierto.

La primera parte estuvo consagrada al hermoso y amado Tercer Concierto para Piano, de Rachmaninov.  Wang, como solista, realizó una interpretación impecable, cortando el soplo de los asistentes con sus proezas técnicas e interpretativas.

Wang comenzó su actuación con inmensa energía, concentrada hacia adentro. Logró producir densas y complejas frases. Se evidenció así que ella, como intérprete, tiene tanta fuerza espiritual como el compositor. Y para mostrar la versatilidad propia, la del autor, y la de la obra, de una nota a otra podía cambiar su lectura interpretativa, expresando con vehemencia la índole del sentimiento que debe aflorar durante todo el concierto. La orquesta, en total coherencia, en especial las cuerdas.

Alcanzó el clímax en los tutti, con gran fuerza expresiva en todas las secciones, que llegan hasta el paroxismo en unión con la solista. El control anímico de esta es tal, que puede descender desde los más fuertes y rápidos arpegios, hasta el pianísimo de pasajes melódicos de suave ternura.  Su ejecución mereció largas ovaciones por parte de una llenísima Maison Symphonique. 

La segunda parte del concierto fue dedicada a la Sexta Sinfonía de Tchaikovski, la “Patética”.  El primer movimiento es, de por sí, lúgubre, apagado y desierto; ahogado en un mutismo casi patológico. La lentitud del desarrollo nos mantiene en oscuridad, no en profundidad, al menos no todavía. La interpretación presentó un frente rico y con toda nitidez en las entradas y los calderones. Y el contundente ataque del tutti fortísimo estuvo espectacular, lleno de brío y fuego. De aquí en adelante, se conservan la fuerza, el brillo, la exactitud colectiva, la precisión. Y el despliegue exaltado de las melodías en los pasajes cantábiles: la orquesta entera y su material, manejados con equilibrio y amplitud en la progresión.

La orquesta desplegó toda su fuerza de expresión y toda su dinámica sonora sobre todo en el profundo gemido (o bramido) del tutti del adagio, antes del segundo tema. Supo mostrar el “pathos” cósmico que el compositor era capaz de sentir, explicar y transmitir, sin que ello le impidiera de inmediato, pasar a las más serenas y celestiales melodías, donde se habla de dulzura. El maestro Casadesus sabe llevar al compositor y su discurso musical, por medio de su absoluto dominio de la orquesta, y, obviamente, tras un detallado trabajo de preparación.

Todo ello produjo un efecto magnífico de solidez y grandiosidad. Por este acucioso manejo de los efectos agógicos y la expresividad resultante, el maestro Casadesus sostiene en el cuarto movimiento la tensión patética esperada, con peso pero no con pesantez.

El preciosismo y la agilidad en la profusión de ideas de Tchaikovski no lo libraron de reincidir siempre en sus perfiles balletísticos, incluyendo aquí trinos como para piruetas en los vientos, y arpegios en los violines, al comienzo de la marcha del cuarto movimiento. Se escucharon con esplendor y agilidad, así como el ritmo y los sincopados. Casadesus, como buen heredero de una de las casas de artistas más prestigiosas de Francia, fue minucioso y explícito en las vertiginosas entradas alternativas de instrumentos y secciones, encajadas a la perfección.  La tuba, Austin Howle, magnífica. El percusionista, Serge Desagnés, siempre se luce.

El finale, en los arcos de los chelos, fue el «momento plus», con una ejecución perfecta y expresiva. Una gran noche para todos.

Foto: Cortesía de la Orchestre Symphonique de Montréal / James Cheadle