domingo, 18 de mayo de 2014

Cheo Feliciano: “Mentiras tuyas”

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El arca de Enoïn
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Cheo Feliciano Rondalla Venezolana Homenaje

El Jueves Santo de 2014 partieron rumbo a la inmortalidad dos figuras, que participaron de manera activa en la construcción de la identidad universal de la América Latina, en el último tramo del Siglo XX.  Se trata, como todos ya lo saben, de Gabriel García Márquez y Cheo Feliciano. El recuerdo de los dos pervivirá para siempre en el corazón de sus contemporáneos, pues ellos ayudaron: uno desde la literatura y el otro desde la música, a los miembros de la generación de sus padres, su propia generación y a las que les siguieran, a pesar de las cuitas del día a día, a formarse una imagen positiva del mundo. Debe ser incontable el número de individuos mayores de 30 años, nacidos en las esquinas y recovecos del Caribe, que se han descubierto bailando en la penumbra de una discoteca o tarareando inocentemente, en un momento de solas, una canción interpretada por el mulato Feliciano. Si me tomo a mí mismo como referente debo confesar que hay un estribillo, que viene a rondar mí espirito de tiempo en tiempo y del que no me puedo deshacer hasta no tararear en voz alta:

Canta, si olvidar quieres corazón,
canta, si aliviar quieres tu dolor,
ay, mira, mira, pero, 
canta, si el amor hoy de ti se va,
pero canta, y otro volverá. 

Cuando eso sucede siempre me digo que si la reencarnación existe y Dios, el día que yo parte al más allá, decide de mandarme de retorno a este mundo, quiero que me devuelva reencarnado en el cuerpo de un flautista del talento del dominicano Johnny Pacheco o en un cantante, con el garbo que tenía Cheo Feliciano para cantar boleros. De ese modo podría participar, de una manera o de la otra, en la producción de Canta, ese número que es, a mi juicio, uno de las grandes obras de la música caribeña contemporánea. En esa versión del bolero de Rafael Hernández, resulta embrujador escuchar a Feliciano pasar, sin sobresaltos melódicos, de la saudade a la alegría, siguiendo sin tropiezos los cambios de ritmo de la orquesta. El cántico, que  en sus dos primeros versos registra un melancólico tono de endecha, con el que un afligido trata de consolar a otro afligido, nos muestra un Feliciano magistral que nos reconforta cuando canta:

Se me parte el corazón
cuando te veo llorar
no te puedo consolar,
porque mi pena es mayor
mi penar es un querer
y tú con una ilusión,
mi penar es un querer
y tú con una ilusión. 

Una ilusión que se va
nunca se debe llorar
pero un amor de verdad
nunca se puede olvidar 

El resto es una cascada de sonidos maravillosos, que le permiten al alma liberarse suavemente de los estados de ánimo malsanos, frotándose un bálsamo melódico, que va sanando las heridas del espíritu con los susurros de un coro celestial, que repite algo que no se alcanza a discernir con exactitud si son palabras o sonidos onomatopéyicos. Lo que sí queda claro es que la canción Canta permite a los espíritus sensibles a la música –y amantes de la música del Caribe hispano- pasar en siete minutos y 18 segundos, de la mano del pianista Papo Lucas, el flautista Johnny Pacheco y el trompetista Luis Perico Ortiz, por todos los estados emocionales posibles.

Como lo anotaron tres entendidos en música caribeña en YouTube, en esa canción hay “afinación, fraseo, ritmo, melodía y saoco”. Allí, “Cheo Feliciano muestra su versatilidad cantando” boleros montunos a cabalidad. La fuga dulce de la flauta de Pacheco, el arrullo cadencioso del piano de Papo Lucas y el arrebato de Luis Perico Ortiz en la trompeta convierten a la pieza en un brebaje hechicero, que tiene la capacidad de aliviar en un santiamén el corazón desgarrado y dolido de un enamorado.

Cheo, el último gran sonero

Cheo Feliciano hace parte de una generación de músicos que le dio una identidad universal a la clase media urbana y a los sectores obreros de la América Latina –hispana- contemporánea. Si bien puede decirse que en las barriadas de los países del Cono Sur y la Región Andina de la América Austral, la salsa no provoca los mismos sentimientos identitarios que genera en las barriadas del caribe hispano –tanto insular como continental-, también se puede decir que esta música se ha convertido en un sello, que facilita la identificación cultural del latinoamericano contemporáneo, tanto en Europa como en América del Norte. El caso que puede usarse para patentar lo anterior es el del chileno Raúl Gutiérrez, que fundó en Alemania la orquesta Irazú para afirmar, a partir de la música hispano-afroantillana, su identidad en medio de la sociedad europea.

Como se puede apreciar en el video Quítate tú pa’ ponerme yo, esos 12 minutos y 40 segundos de arrebato creativo, que según los entendidos en la materia representan el registro oficial del nacimiento del movimiento salsero, Cheo Feliciano aparece allí improvisando un verso, en el que aconseja que “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy/ porque si no lo haces ahora/ abre paso Molina/ porque yo soy el que soy”. 

La atmósfera en la que se cocinó ese momento clave de la creación musical afro-hispano-caribeña está descrita –con pelos y señales– en el blog La historia de la salsa. Según Andrés Garzón, responsable del blog, ese jueves 26 de agosto de 1971, es la fecha en la que para muchos, que apelan a “muy buenas razones” para justificar sus argumentos, se “inició oficialmente el boom de la salsa”. Esa noche musical pasó a la historia salsera –y de la cultura latinoamericana en América del Norte –por un solo instante: el inolvidable momento de epifanía creadora, en que todos los invitados al concierto participan de un momento de producción colectiva, que en su parte verbal quedó registrado en el “soneo rudo pero sincero”, que giró entorno al tema «Quítate Tú pa’ ponerme yo». 

En el momento en que se produjeron esos 10 minutos de derroche de talento, el mulato treintañero que aparece en el video de camisa roja y cinturón blanco es ya uno de los personajes de la música popular caribeña, que anima la vida nocturna del enclave latinoamericana de Nueva York.

Pero –en mi modo de ver las cosas– no es su rol como cantante de salsa lo que va a inmortalizar a Feliciano en el universo musical caribeño. Es su papel de cantante de boleros. Si como contante de salsa Feliciano era un pato más de la bandada, nunca comparable a Oscar de León, Pete el Conde Rodríguez, Ismael Rivera, Andy Montañez, Celia Cruz o Héctor Lavoe: en su orden –y para mi gusto- los mejores cantantes de salsa de todos los tiempos, como cantante de boleros Cheo Feliciano no tuvo contendor entre sus contemporáneos.

Sobre ese punto Walter Germán Magaña, uno de los estudiosos más serio del movimiento salsero, anotó en Herencia Latina: “Cheo Feliciano es tal vez el último de los grandes soneros que dominaron el pentagrama de la música latina desde la década de los 50 y hasta el esplendor de la salsa en década de los 70”. Lo que lleva a Feliciano a destacarse es “su facilidad para expresar sus temas con sentimiento” y la capacidad “de pasar de un bolero, a un montuno, a una guaracha o un mambo”, que se manifestaba en su “facilidad para el fraseo y el soneo en los temas bailables latinos”.

En un momento en que los buenos cantantes de boleros comenzaron a escasear en el mercado, porque la Sonara Matancera, que era su mayor cantera, comenzó a agotarse, Cheo se convirtió en el mayor –y de pronto- en el último gran exponente del bolero caribeño; ese bolero que uno puede comenzar a bailar como si fuera una balada y terminar zapateándolo como si fuera salsa brava, chachá, son montuno o guaracha. La calidad de Cheo Feliciano como cantante de boleros se puede apreciar en toda su magnitud en la discografía que produjo con La Rondalla Venezolana. De esa época la mejor canción de Feliciano es el bolero “Irremediablemente solo, del que uno puede  aprender que se puede sufrir el desamor sin perder la dignidad.

La versatilidad para ponerle pimienta a las canciones románticas, de la que ya trajimos a colación el caso de Canta, también se puede apreciar en el tema Ritmo alegre, que hace parte del larga duración que grabó con Eddie Palmieri. En ese tema la ensalada comienza con aire de tango y de un momento a otro entra una trompeta acompañada de un galillo pregonero, que a grito herido anuncia: “por eso ahora ya yo no vuelvo a querer”. Después del paso del piano de Palmieri, nos encontramos con un son montuno, en el que Feliciano no pierde la gracia del bolerista.

El tema se cierra con una descarga de cobres, que los salseros que adoran tirar pases y hacer fintas sobre la pista de baile deben elogiar. Definitivamente un tema bárbaro y mesurado, arrebatado y sobrio, melancólico y alegre. Sin demeritar al resto de salseros, pero ninguno de los de la vieja generación ni de la nueva hubiese podido acoplarse al concepto que encierra esa melodía. El único que podía hacerlo era Feliciano, lo cual nos muestra su condición de cantante desde todos los perfiles.

Sobre lo que se esconde detrás de ese tema, en Youtube Paris Alejandro Mares sostiene: “Insuperable obra de arte el disco blanco de Eddie Palmieri. Evoca el sonido de las orquestas de los años 40”. En cuanto al “maestro Feliciano…no hay palabras para describir su sentida interpretación”. En fin, para hablar de ese tema hay que recoger las palabras de Person Jesus Marquez Mejias, que sobre el particular afirma: uno de los temas más hermosos de “nuestra música latina”,  que pone de manifiesto “la recopilación de todos los ritmos en una sola canción”. Como lo dice otro comentarista, “ahí hay Danzon Bolero Mambo Jazz= Salsa y la Voz única de Cheo”.

En fin, a Feliciano no hay que enmarcarlo en la salsa. En ese género fue apenas un cantante regular. El Feliciano inmenso se encuentra en los boleros, sobre todo en los boleros montunos y chachá. El que se quede evocando a Feliciano solo por El ratón y Anacaona se perderá lo mejor del cantante. Como dijo Luis Eduardo Garzón, el político y sindicalista colombiano, cuando le preguntaron cuál de esos dos temas le gustaba más: “El ratón y Anacaona son temas que hacen parte de la discoteca de los que apenas se inician en la salsa y de los salseros tristes”. Para disfrutar a Feliciano como debe ser hay que irlo a buscar en los boleros, sobre todo en sus trabajos con La Rondalla Venezolana. Escucharlo cantar con esa orquesta es un verdadero deleite de los sentidos porque, como lo sostuvo Rubén Blades, con La Rondalla, el magnífico bolerista que fue Feliciano nunca tendrá “fecha de expiración”.

Foto: Cheo Feliciano y la Rondalla Venezolana