domingo, 1 de junio de 2014

Elecciones presidenciales Colombia 2014: una disputa entre derecha y ultra-derecha

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El arca de Enoïn
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elecciones en Colombia análisis 2014

Colombia, como la provincia de Alberta, en Canadá, es una tierra de derecha. En el caso de Alberta, como lo advirtió Hélène Buzzetti en un reportaje publicado en 2010 en Le Devoir, la lucha por el poder se libra siempre en terreno conservador, pues allí tanto liberales como socialdemócratas no son considerados por la población como opciones políticas con vocación de poder.

En lo que respecta a Colombia, según lo anotado por Hernando Gómez Buendía en un sesudo análisis publicado en el portal Razón Pública en mayo de 2012,  la disputa por el poder “no es entre izquierda y derecha, sino entre la derecha y la derecha extrema”. Ese aspecto explica porque en este país “los partidos reformistas y movimientos sociales tienen mucho menos fuerza que en el resto de América Latina”. El tema también fue abordado por Antonio Caballero en una crónica con ribetes literarios, publicada por la revista Semana el 30 de octubre de 2000.

Recurriendo a una retórica que nos recuerda a Gabriel García Márquez en varios apartes de El Otoño del Patriarca o a Jorge Luis Borges en un párrafo del Aleph, Caballero sostiene: “Colombia no necesita una derecha: tiene derecha de sobra. Todo es de derecha aquí. [Son] de derecha el presidente de la República Andrés Pastrana, y el comandante de las Farc Manuel Marulanda, y los cardenales López Trujillo y Castrillón, y el jefe de las autodefensas Carlos Castaño, y los candidatos presidenciales Noemí Sanín […] y Horacio Serpa, que se dice de izquierda pero que si lo fuera no podría ser candidato presidencial”.

En Colombia, prosigue el analista, “no sólo son de derecha los que lo son en todas partes, y es normal que lo sean en función de sus propios intereses: los ricos, los policías, los curas, los dueños del poder y de las cosas. Sino también todos los demás. Los colombianos son —somos— visceralmente de derecha: hombres o mujeres, ricos o pobres, y cualquiera que sea el calificativo ‘político’ que nos demos a nosotros mismos: liberales o conservadores o comunistas o últimamente ‘socialdemócratas’ o ‘cristianos’, o lo que se nos ocurra. Tenemos ideas, instintos, sentimientos de derecha”.

Por eso es que en Colombia no es raro que sean “de derecha los generales y los empresarios, los policías y los narcotraficantes, los ganaderos y los maestros, las reinas de belleza y los atracadores”, así como “la totalidad de la prensa -o casi-, desde los dueños y los editorialistas hasta los caricaturistas [y] columnistas o simples notistas de farándula o de sucesos”. En fin, según Caballero, al colombiano en general le “gustan los métodos de la derecha”, que según sus palabras son “la violencia y la trampa”.

Dejando atrás la retórica literaria sobre la política colombiana de Caballero y siguiendo con el tema, hay que decir que el arraigo de las ideas de derecha en Colombia sale a relucir en dos hechos históricos bien precisos. El primero de ellos tiene que ver con la continuidad de la selección de la dirigencia nacional a través de las urnas durante la era de las dictaduras en América del Sur. En las décadas de los setenta y los ochenta, mientras en casi todos los países de la región los sectores más reaccionarios de la sociedad no dudaban en azuzar a los militares, para que perpetraran cuartelazos sangrientos y sacaran del poder a gobiernos liberales reformistas o izquierdistas moderados, como Allende en Chile, en Colombia los militares: así lo afirmó José Prat, en El País Madrid en 1982, eran considerados como individuos respetuosos de la “tradición democrática y constitucionalista del país”.

La confianza que tenía la élite en el apego del colombiano promedio al ideario conservador, la llevó a formular un pacto público: El Frente Nacional, que le permitió repartirse el país de manera simétrica de arriba abajo, de sur a norte y de oriente a occidente. A través de este pacto se excluyó a los grupos emergentes –y disidentes–, que eran como ha de esperarse de izquierda, del  acceso a los puestos de mando de la sociedad. Mediante él, los clanes que han controlado históricamente las palancas del poder se repartieron –sin agüero y sin pudor– a la vista de todo el mundo y con el concurso de sus clientelas, las poltronas mullidas de los ministerios, las butacas austeras de las gobernaciones y los taburetes decrépitos de los municipios. Para evitar las disputas entre los caciques que representaban a los dos partidos hegemónicos: Liberal y Conservador, en todas las esquinas y recovecos de la patria (por usar el tropo favorito del caudillo de derecha más amado y repudiado del país en el presente y de sus antagonistas; los jefes guerrilleros), los puestos del estado fueron repartidos de manera equitativa, desde la presidencia de la república hasta la inspección de policía, que regenta la vida del corregimiento más recóndito de la geografía nacional.

El segundo hecho que nos permite corroborar el arraigo de las ideas conservadoras en este país está representado en un hecho, que tiene connotación continental: la profundización de la derecha en Colombia, mientras la mayoría de países de América del Sur giraba a la izquierda. Así las cosas, en 1998 cuando Venezuela; un país con una sociedad con una clase media más robusta y un estilo de vida con mayores tintes pequeño burgueses que la sociedad colombiana, castigaba a la clase dirigente tradicional, abriéndole la puerta a la izquierda y facilitando el ascenso de Hugo Chávez al poder, en Colombia se le daba la espalda al liberalismo: el ala suave de la derecha colombiana, según Agustín Díaz de Campoamor, que había estado 12 años en el poder, para entregarle las llaves del palacio presidencial al Partido Conservador. 

En aquella ocasión el ungido con el título de Presidente de la República fue el hijo  de otro Presidente de la República, que había sido elegido a su turno para ponerle punto final a un proceso de reformas sociales aceleradas y profundas, emprendidas por un presidente liberal, que había escandalizado con sus reformas a los terratenientes, que han representado desde siempre al ala más conservadora del establecimiento colombiano. Para cumplir su sueño de emular la historia de su padre, el delfín, que hoy critica las negociaciones de paz del actual gobierno con las FARC en La Habana, no dudó en ir a la sede del secretariado de esa guerrilla, en medio de la Amazonia colombiana, a tomarse una foto con un legendario y temido jefe guerrillero, apodado Tiro Fijo. Ese registro fotográfico en el que aparece un aristócrata delfín sonriente y un bandido legendario malencarado, en medio de la selva, sirvió para vender la promesa de un eventual acuerdo de paz, en un momento en que los grupos guerrilleros aumentaban sus ataques contra las fuerzas de seguridad del Estado y amedrantaban la población civil por todos los medios. 

Cansados de la guerra y escandalizados por la penetración del narcotráfico en las filas de la campaña del presidente liberal Ernesto Samper, los colombianos votaron con la esperanza de que se firmara la paz entre el Estado y la guerrilla más antigua del mundo, que seguía siendo prosoviética una década después de la caída de la Unión Soviética. Tanto el gobierno, como los guerrilleros, se tomaron las negociaciones como un juego. Por eso la negociación entre las partes nunca produjo ningún tipo de acuerdo creíble y al contrario favoreció el escalamiento de la guerra. Sobre las razones que condujeron al fracaso de esa aventura macondiana, el investigador Alejandro Reyes Posada concluyó: “los diálogos de paz” entre el gobierno del presidente Andrés Pastrana y la guerrilla de las FARC “fracasaron por exceso de temas de negociación y falta de estrategia negociadora del gobierno, pues se acordó una amplia agenda de temas de 110 puntos, que comprendían todas las instituciones y problemas políticos, sociales y económicos del país”.

Curiosamente, mientras el gobierno conservador del presidente Pastrana negociaba la paz, los grupos paramilitares: el brazo armado de la derecha colombiana, tomaban el control de una gran parte del aparato estatal, tal como sucedió con las universidades públicas del norte del país, donde la presencia guerrillera era menor. Aprovechando la laxitud estatal, las bandas armadas de extrema derecha se encargaron de la gobernabilidad del sistema de salud y adelantaron a sangre y fuego una contrarreforma agraria, con la colaboración de notarios e intendentes de asuntos rurales. 

Respecto a esa infiltración del Estado, cuasi-consentida por parte del establecimiento y las élites dirigentes colombianas a manos de los grupos paramilitares, el investigador Joaquín Robles Zavala anota: “un abanico de organismos estatales como alcaldías, gobernaciones, concejos municipales, Policía, Ejército y justicia [fueron] infiltradas con la anuencia de autoridades regionales que no solo le abrieron las puertas de sus despachos a estos nuevos padres de la patria, sino que también incidieron en las posteriores masacres de campesinos, el desplazamiento forzado de miles de estos y las amenazas sistemáticas de muerte de todos aquellos que se les opusieron”. 

De la profundidad de la penetración del paramilitarismo al Estado dio testimonio, en entrevista con el politólogo Jaime Pineda Méndez, el veterano periodista cordobés Yadala Jalilie Silva. Afirma el periodista “que los “paracos” tenían una oficina al frente del comando de la policía en Montería, con la fachada de una fundación”, cuyo propósito irónicamente era la búsqueda de la paz. Como lo han demostrado investigaciones del Banco de la República y de los organismos judiciales, esta fundación fue el instrumento que usó el paramilitarismo para despojar de sus tierras al campesinado desplazado. 

Para documentar la anuencia cuasi-manifiesta de un sector de la élite colombiana frente a la penetración del Estado por parte del paramilitarismo no hay que hacer mucho esfuerzo. De ello han dejado testimonio importantes figuras públicas como Fernando Londoño Hoyos, uno de los voceros más epónimos de la derecha colombiana, quien fuera también el primer ministro de gobierno y justicia del primer gobierno de Álvaro Uribe.

En una columna publicada por el conservador diario El Colombiano, de Medellín, Londoño Hoyos  “alaba a Carlos Castaño y a paramilitares” sin tantos rodeos retóricos. Según Londoño “Carlos Castaño [fue un] intelectual hecho a pulso, en el desorden metodológico y conceptual que puede suponerse, era la ortodoxia plena de las autodefensas originales, que de mal grado admitían valerse del narcotráfico, y solo como de un instrumento indispensable para sobrevivir”.

Las ideas de Londoño Hoyos están en perfecta sintonía con las ideas del escritor y periodista Plinio Apuleyo Mendoza, quien escribiera en El Tiempo, el más influyente periódico del país, el 29 de noviembre de 1992: “las autodefensas [han sido] un arma vital en la lucha antisubversiva”. Ellas han cumplido la función de ser los “ojos y oídos de las Fuerzas Armadas” en las zonas de conflicto y han cumplido “una labor muy eficaz en el Magdalena Medio, en Córdoba y Urabá”. Paradójicamente, esas mismas regiones fueron epicentros de las más grandes masacres de civiles y de los mayores desplazamientos de población que se han dado en la historia reciente del conflicto colombiano  a partir de 1985. Eso sin contar el tema del despojo de la tierra al campesinado. 

Con partidarios incrustados en todas las altas esferas de la sociedad –y el Estado– y  con una creciente aceptación en los sectores populares, los paramilitares se diseminaron por todo el país a partir de 1994, año en que fue elegido a la gobernación de Antioquia: el segundo departamento más importante del país, Álvaro Uribe Vélez. Sobre el auge paramilitar, Alejandro Reyes Posada advierte que “durante el mandato de Andrés Pastrana se expandió extraordinariamente rápido el dominio de los grupos paramilitares, mediante un proceso de contratación de dirigentes regionales con la cúpula de las AUC para que los primeros pagaran los costos de instalación y mantenimiento de nuevos frentes, mientras los segundos enviaban instructores y entrenaban combatientes locales, reclutados en cada región”. 

El auge del paramilitarismo y las acciones brutales de las FARC contra la población civil, más el desbordamiento de las acciones criminales de la delincuencia organizada, dispararon la violencia en Colombia a partir de la segunda mitad de la década de los noventa, tal como se puede apreciar en la siguiente gráfica, que hemos recuperado en  Facebook, elaborada a partir de datos recopilados por el mismo gobierno colombiano.

Cifras de víctimas del conflicto colombiano en Colombia entre 1994 y 2014

víctimas conflicto armado en Colombia

Un año después de iniciados los diálogos entre el gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla, como éstos no iban para ningún lado y no daban frutos, la sociedad colombiana, soliviantada por los voceros de la derecha radical, comenzó a pedir el final de las conversaciones de paz. Sin resultados dignos de mostrar, acosado por el ala radical del establecimiento y retado semanalmente por las acciones intrépidas de una guerrilla envalentonada, que había aprovechado la mesa de negociaciones para mostrarle al país las dimensiones de su capacidad de intimidación, “el 20 de febrero de 2002, al final de su mandato, Andrés Pastrana rompió el diálogo con las FARC y el ejército recuperó el control de la zona de despeje del Caguán”. La ruptura de los diálogos se produjo en medio de un proceso electoral, que tenía al vocero más aquilatado de la derecha colombiana en el último medio siglo: Álvaro Uribe Vélez, en la cresta de las encuestas. Su promesa era derrotar a la guerrilla en el campo de batalla y devolverle al país, por la vía de las armas, la tranquilidad. Para alcanzar sus propósitos el nuevo presidente recurrió al eslogan de “el fin justifica los medios” e hizo uso descarado del perverso método “todo vale”.

La llegada de Uribe Vélez consolidó la profundización de la derechización de Colombia. En 2002, cuando Uribe Vélez, un hombre que había hecho toda su carrera en el seno del Partido Liberal, fue elegido presidente de Colombia, el resto de América Latina presenciaba la entrada a la escena del poder de Luis Ignacio Lula, Rafael Correa, Tabaré Vásquez, Néstor Kirchner y Evo Morales, y los chilenos se aprestaban a enterrar definitivamente el legado de Pinochet. Con su elección, Colombia reafirmaba su tradición como país de derecha. El hecho de ir en contravía de la tendencia política regional ha hecho de Colombia, según Yann Basset, un país  que “parece marchar contra la corriente” en “una región marcada por cada vez más gobiernos de izquierda”.

Si bien la llegada de Uribe galvanizo el país contra la violencia guerrillera y marcó el inicio del declive definitivo de la guerrilla como actor político con ascendencia en una franja amplia de la población nacional, su gobierno no hizo mucho por posicionar al Estado como defensor de los sectores más vulnerables de la sociedad colombiana, frente a la violencia ejercida por los actores armados ligados a la derecha. A Uribe hay que reconocerle que desmontó el paramilitarismo. Sin embargo, no forzó a los herederos de estos grupos a respetar a la población civil. Por eso el desplazamiento forzado de esta población, fenómeno atribuido mayoritariamente a los grupos paramilitares o a sus herederos, no disminuyó durante su gobierno, como se puede apreciar en la siguiente gráfica, que recuperamos en Facebook.

Gráficos desplazados Colombia 2014

Después de 16 años consecutivos de la derecha en el poder, hoy “la derechización de Colombia es una realidad”, que ha sido demostrada de manera empírica por un estudio del politólogo Julián Arévalo, que fue reseño por el diario El Espectador. Según Arévalo, “en el país hay dos tipos de derecha: la oligárquica, asociada a valores religiosos y a las élites terratenientes, representada por el Partido Conservador, y la tecnocrática, relacionada con valores modernos, que intentan desligarse de la iglesia y no ven bien la intervención del Estado en los mercados, representada por el Partido de la U”. El autor del estudio señala que para un alto porcentaje de la élite colombiana y del propio pueblo, “lo importante no es la igualdad de oportunidades, sino que los pobres tengan algo” de que vivir.

Un hecho que viene a confirmar la profundización de la derechización de la sociedad colombiana es la derechización de la juventud, segmento de la población que es considerado en casi toda sociedad como partidario de las ideas de izquierda. A mediados de la década de los dos mil, una encuesta de la firma Datexco, publicada por la Revista Cambio, reveló que los jóvenes colombianos “prefieren las actitudes conservadoras”. El 8 de julio de 2011, la revista Semana publicó un artículo en el que se podía leer que un gran porcentaje de jóvenes colombianos dicen ser “de derecha; pero ni fachos, ni godos, simplemente nacionalistas“. Según el reportaje esos “jóvenes estudiantes de universidades privadas en su mayoría”, tienen entre sus banderas la defensa de la “patria, la familia y la religión”.

Otro indicador que muestra el fuerte apego de los colombianos a las ideas conservadoras es la imagen positiva que estos tienen de la iglesia y las fuerzas armadas. Según un sondeo de la firma encuestadora Gallup, llevado a cabo a comienzos del mes de mayo de 2014, “a nivel institucional, las Fuerzas Militares (71 %) y la iglesia católica (68 %) son las más apreciadas por los colombianos, mientras que los mayores índices de rechazo los tienen la guerrilla de las FARC (93 %), los partidos políticos (71 %), el sistema judicial (73 %) y el Congreso (68 %)”. En cuanto al estamento eclesiástico y militar, los guarismos son los mismos desde mediados de la década de 1990.

El contexto que hemos descrito nos permite de entender por qué no resulta raro que hoy “las banderas del conservadurismo, que un día representó Laureano Gómez”, sigan teniendo tanto “eco en los pasillos del Congreso”, que se hayan tomado un organismo como la Procuraduría General de la Nación y se manifiesten de manera tan contundente en las urnas, tal como pasó en las elecciones presidenciales del domingo 25 de mayo de 2014.

Ese día los dos herederos del capital político del expresidente Álvaro Uribe fueron escogidos, para disputar –y apelemos aquí a las metáforas del argot deportivo- el mano a mano final en la serie presidencial. De un lado esta Óscar Iván Zuluaga, un economista sin muchos abolengos, proveniente del mundo rural, que promete restaurar el estilo de gobierno de su mentor y cuidar “la obra”, que es la manera como los adeptos fieles al expresidente Uribe llaman su legado. Zuluaga prometió que, de ganar las elecciones su primera acción de gobierno seria “suspender los diálogos de la Habana y dar ocho días de plazo a las FARC para (…) suspender toda acción criminal contra los colombianos”.

En la otra esquina está Juan Manuel Santos, un sobrino nieto de presidente, que tiene como segundo a bordo a otro nieto de presidente. Santos, a pesar de haber prometido cuidarle “los tres huevitos” del expresidente Uribe: otra manera como llaman también “la obra”, no dudó en tomar distancia de su predecesor, para pasar a la historia haciendo sus propios méritos. Por haber tomado distancia de su padrino, el uribismo puro y duro, que hoy promueve la elección de Zuluaga, no se anda por las ramas para llamarlo traidor. Según los fieles del expresidente, “Santos se hizo elegir con unas ideas y está gobernando con otras”, traicionando así “la confianza del pueblo que lo eligió”.

Ese desprecio que sienten los seguidores de Uribe por Santos se patentiza en comentarios como los de Sandraesteben, una comentarista de la revista Semana, que afirma “el colombiano está cansado del traicionero de JUAN MANUEL SANTOS. Queremos de presidente al doctor OSCAR IVAN ZULUAGA… ya no queremos más arrodillados de los terrorista de la FARC, ya no queremos más PAROS, ya no queremos más MALTRATOS, ya no queremos más CORRUPTOS, ya no queremos más TRAICIONEROS… ZULUAGA presidente”.

La victoria de Óscar Iván Zuluaga: el candidato uribista puro y duro y la eliminación de los candidatos centristas y de izquierda en la primera vuelta ha dado origen para la segunda vuelta dos bloques de opinión bien definidos. Mientras la candidata del Partido Conservador, Martha Lucía Ramírez, se alineó  detrás del candidato uribista, un conjunto de fuerzas heteróclitas, que tratan de evitar el retorno de la derecha pura y dura al poder: fuerzas de centro y de izquierda y un sector del partido conservador, han tomado posición del lado de Juan Manuel Santos. A ese grupo se ha sumado hasta el movimiento que eligió a la alcaldía de Bogotá a Gustavo Petro, cuyos miembros hace dos meses no querían saber nada de Santos. 

Hay quienes sostiene, como Andrés Felipe Parra, que la victoria de Óscar Iván Zuluaga en segunda vuelta significaría el “el ascenso de un proyecto uribista envalentonado, que haría de la solución militar [del conflicto] un punto de no retorno”. Quienes así piensan aseguran que Uribe retomaría antes de la posesión del nuevo presidente el control del Congreso, desde donde emprendería la captura de las altas cortes y de los organismos de control del Estado, reformaría la Constitución y le abriría la puerta a su tercera reelección. 

Si esto sucede, dicen los que así piensan, Colombia comenzaría de la mano de Uribe un proceso similar al venezolano, donde el culto a la  figura del caudillo paternalista –salvador de la patria-, facilitaría el arrasamiento de la frágil institucionalidad democrática colombiana y permitiría el empoderamiento de una clientela caudillista en todas las esferas de la sociedad y del Estado, que tendría como objetivo perpetuar “la obra de gobierno”; esos tres huevitos, que hoy se sintetizan en el eslogan principal de la campaña uribista: retorno de la seguridad democrática.

Observadores de la política colombiana, como Juan Gabriel Gómez Albarello, esperan que el 15 de junio suceda en Colombia lo que ocurrió en la segunda vuelta de las  presidenciales francesas de 2002, cuando contra todo pronóstico se enfrentaron Jacques Chirac y Jean-Marie Le Pen. Para evitar el triunfo del candidato de extrema derecha, la izquierda y la derecha moderada “concurrieron en masa a votar contra Le Pen. El resultado fue contundente: Chirac obtuvo cuatro veces más votos en la segunda vuelta que en la primera”.

El fenómeno parece estar tomado cuerpo en las redes sociales, pues aquellos que no quieren el retorno del expresidente han puesto a circular en Facebook póster con frases como estas: “Juan Manuel no es santo de mi devoción, pero en la segunda vuelta va a tocar santificarnos para evitar que gane el candidato de Uribe”.

Mensaje de redes sociales, que promueve el voto a favor de Juan Manuel Santos y en contra de Óscar Iván Zuluaga, candidato uribista en la segunda vuelta de las acciones presidenciales colombianas el 15 de junio.

elecciones Colombia 2014

Foto: Captura de pantalla / YouTube