domingo, 20 de julio de 2014

Migración y belleza

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migración y belleza Daniel Esparza

En 1983, habiendo migrado de Sao Paulo -donde originalmente se había radicado en 1941 huyendo de la Praga ocupada por los nazis- a Francia, Vilém Flusser publicó una colección de ensayos breves titulada Post Historia. Uno de los ensayos -especialmente breve- que comprende el libro se titula, a su vez, nuestro habitar.  En él, Flusser afirma que nuestra contemporaneidad está signada por una serie de cambios que sólo son comparables con aquellos de la revolución del Neolítico. Si los hombres de entonces, al aprender a cultivar la tierra, adoptaron como propio el modo de vida sedentaria -esto es, el de habitar por generaciones una tierra a la que se termina por entender como propia, y a la que se termina por llamar patria, invocando a los padres de la comunidad-, nosotros estamos abandonándolo.

Sin embargo, este progresivo abandono del sedentarismo no implica una vuelta al nomadismo: habitar no significa estar atado a una misma cama o a una misma mesa. Perder un hogar, continúa Flusser, no es abandonar un sitio, sino el despojo que acompaña a la necesidad de vivir en un lugar no habitual. En un lugar inhabitable. En un lugar en el que los propios hábitos no tienen cabida.

En cierto sentido, el mundo contemporáneo es estrictamente inhabitable: su lógica hace cada vez más inviables los procesos de habituación y habitación al y del mundo. Flusser asegura que la recodificación del mundo a partir del aparato autoperformático del sistema -todas variables de dominación real y simbólica- sustituye el habitar por la distancia: “el mundo se ha vuelto extraño; ya no merece confianza y, como extranjeros en él, podemos criticarlo”. Sin embargo, esta crítica que Flusser apunta es precisamente lo que define a Occidente: la vocación occidental ha sido, desde siempre, la de entenderse a sí mismo en términos de decadencia. Occidente es el occidente sole de Cicerón, el sol muriente que, cayendo, ilumina. Su capacidad de iluminar es directamente proporcional a su ausencia. Al modo del fantasma, Occidente se hace visible con una luz que no le es propia, que viene de más allá. Estrictamente hablando, viene del más allá: de una constante visión de su realización escatológica, sea en la promesa del Reino que no tendrá fin o en el sueño de una sociedad desclasada. Así, Occidente se entiende a sí mismo escatológicamente: es un occiso que aún no muere, pero que está muriendo desde el momento mismo de su fundación. Lo mismo, en sentido estricto, puede decirse del ser humano. No es de extrañar que el Ars moriendi, escrito en 1415, haya sido uno de los primeros libros impresos en alcanzar una circulación de más de cien ediciones antes de 1500.

En su Crónica Nietzscheana, Bataille afirma que “el apogeo de la civilización es una crisis que desagrega la existencia social. Cada vez que se desarrolla un vasto movimiento de la civilización […] los valores que habían reunido a los hombres en la aurora de cada fermentación […] perdieron lentamente, al menos en su conjunto, una parte de su fuerza eficaz y de su capacidad de imposición. El simple hecho del movimiento era en sí mismo descomposición y, en este sentido, el término civilización puede ser dado como sinónimo de enfermedad o de crisis”. Este movimiento de la civilización, que esperaríamos poder abrazar como desarrollo, no es una demanda de futuro sino una huida de nuestro pasado. El ángel de Walter Benjamin vuela de espaldas al futuro, empujado involuntariamente por esta tempestad que suele entenderse como progreso, y cuyo testimonio son las ruinas de las que se pretende huir. Si los vencedores procuran olvidar los crímenes cometidos durante el siglo XX migrando hacia nuevas formas de configuración del mundo -económicas, políticas, militares, tecnológicas- los vencidos migrarán en la misma dirección: hacia el fantasma del desarrollo. Si antaño los invasores no eran sino vencedores cuyas gestas debían ser conservadas en cantares, los invasores contemporáneos son los vencidos que procuran moverse en la misma dirección en la que se mueven los vencedores. Todos se mueven hacia el olvido de su pasado. La ruta migratoria es la misma que recorren los países de origen del migrante: ambos están “en vías de desarrollo”. Pero no sólo los migrantes han perdido su habitar. Todos lo han perdido. En palabras de Deleuze, sólo tenemos acceso a “un mundo fallido, decepcionante, deprimido por crisis interminables”.

Así las cosas ¿cómo aproximarse a la inhabitablidad del mundo? Aquí la respuesta es siempre antigua y siempre nueva y compete al dominio de la estética: es preciso aprender a amar el horror del drama migratorio. Al no ser habitual -al evidenciar la inhabitabilidad del mundo-, el drama migratorio se experimenta como la tensión entre lo habitual –que es placentero, agradable, belloy lo no habitual -desconcertante, incómodo, feo-. Esta experiencia de tensión, de terror, cuando es superada, se experimenta como belleza. En esto coincide toda la teoría estética del siglo XVIII, y Flusser afirma que al descubrir la belleza del otro, del migrante, nos hacemos capaces de amar no sólo a quien llega, sino al mundo que llega con él y que ya no será nuestro, así como los abuelos aprenden a amar en sus nietos un mundo del que ellos no serán parte. Aprender este ars moriendi implica entender Occidente -que muere desde siempre- y su belleza.