domingo, 27 de julio de 2014

El incomprendido método de Mamá Rosa que escandaliza a México

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Entre Fronteras
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En el albergue La Gran Familia, ubicado en Zamora, Michoacán, México, «el castigo» era el método de aprendizaje utilizado por excelencia.

Pero ese hecho hasta hace algunos días no había sido objeto de ningún reparo por nadie. Al contrario su directora y fundadora Rosa Verduzco, mejor conocida como Mamá Rosa, hoy próxima a cumplir los 80 años, siempre ha sido considerada una dama respetable y prestigiosa de Zamora.

Todo cambió hace poco. En sus 67 años de fundada La Gran Familia, nunca había sido objeto de acción alguna en su contra, hasta hace algunos días, en que no sólo la policía, sino hasta los militares, allanaron el establecimiento donde funcionaba, encontrando en él -según los reportes periodísticos- a niños que vivían en condiciones infrahumanas o que eran objeto de «abusos» físicos y sicológicos.

Súbitamente, Mamá Rosa pasó, de dama respetable, a ser objeto de todo tipo de comentarios negativos tanto en México, como internacionalmente.

Sin embargo, para ser justos, no es todo el mundo que la crítica; hay un grueso de la población y de personalidades en México -entre ellas el expresidente Vicente Fox y su esposa Martha Sahagún-, que la respaldan. La misma Procuraduría General de la República de México, declaró que finalmente no presentará cargos contra Mamá Rosa, en virtud de sus «estado senil» y aparentes «facultades mentales disminuidas».

El albergue La Gran Familia, recibe a niños y niñas abandonados por sus padres. Como dice su propia página Facebook, entre ellos: «delincuentes, drogadictos o niños de la calle». Los pupilos no sólo reciben instrucción, sino que también viven en la institución hasta los 18 años, cuando ya pueden abandonar el albergue. Su población estudiantil es de alrededor de 600 niños.

II.

Al margen de los delitos que podrían haberse cometido en el interior del albergue, y solo circunscribiéndonos a los métodos pedagógicos, diremos que lo que ha pasado con Mamá Rosa es un cierto desplazamiento en el tiempo acerca de la vigencia de su método de enseñanza. En pleno siglo XXI ya no es aceptable el castigo como proceder educativo o disciplinario.

Sin embargo, hasta hace no mucho era lo más aceptado por la sociedad, y su origen se remonta muy lejos en el tiempo. Ya Francisco de Goya, entre 1780 y 1785 pintó uno de sus famosos cuadros intitulado «La letra con sangre entra» (ver imagen). En dicha pintura, que se exhibe en el Museo de Zaragoza, en España, aparece un profesor sentado, que inflige latigazos en las nalgas de un estudiante. Se ve a otros dos niños que ya han recibido sus azotes.

Por alguna razón, sin embargo, la famosa frase, «La letra con sangre entra», se la ha atribuido al político, militar, periodista, pedagogo y presidente de Argentina, Domingo F. Sarmiento (1811-1888), él mismo un producto del método que defendió.

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III.

Que los profesores castiguen a sus alumnos era totalmente aceptado y hasta alentado por los padres.

A mí también me tocó vivir ese periodo. Antes de empezar la primaria, en una pequeña guardería de tipo familiar en Perú, conocí la disciplina de la «comadre Matute«, que así se llamaba el largo y negro látigo de caucho -restos de un neumático de carro-, que nos esperaba en caso de equivocarnos en la lección o de fomentar el desorden.

Debo haberme esmerado por aprender y portarme bien, porque no recuerdo haber entrado en contacto, digamos carnal, con la tal comadre Matute. Sin embargo, no corrí con la misma suerte en primaria, donde sí recibí sendos palmetazos en las palmas de las manos.

El instrumento del castigo -la palmeta- era una especie de regla gruesa, hecha en madera, de una sola pieza, con su mango y en uno de sus extremos de forma ancha y redonda con un hueco en el medio.

El profesor tenía la mala costumbre de sacar diariamente a dos alumnos, delante de la clase, para competir en conocimientos. Uno preguntaba y el otro respondía y viceversa. Normalmente esa especie de competencias era utilizada con las tablas de multiplicar, dividir, sumar o restar. El que preguntaba poseía el instrumento del castigo. Si el preguntado se equivocaba, reglazo con él; y más duro era el golpe, si tu compañero te tenía ojeriza.

Recibí muchos reglazos, ya que nunca he sido bueno con las tablas. Hasta hoy me cuesta recordármelas, ¿será por eso que, abracé la carrera de economía?

Las cosas han cambiado mucho. Hoy es muy difícil que un alumno no reaccione ante el mínimo gesto de dureza de un profesor. Algunos -los más viejos, como Mamá Rosa- lo ven como un resquebrajamiento del principio de la autoridad.

Esto me lleva a recordar, la agudeza crítica de mi querida suegra, quien era una absoluta defensora de no castigar a un niño por ningún motivo; sin embargo, tal vez avizoraba esa temida debilidad «de la autoridad». Decía por ejemplo:

– Es un gusto, hoy en día, ver cómo los padres obedecen a los hijos…

Foto: Captura de pantalla / YouTube