domingo, 24 de agosto de 2014

¿Acaso la Tierra va irremediablemente a su destrucción?

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Entre Fronteras
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Soy de los que cree que una sociedad, la más perfecta inclusive, es susceptible de deteriorarse, de degradarse, y transformarse en una sociedad invivible, que atenta contra la supervivencia de sus propios miembros.

Este enunciado nos lleva hacer comparaciones entre un antes y un después. El saldo, a menudo, nutre lo que todo veterano dice: «antes» todo era mejor.

Al respecto sobran los ejemplos. Pero para no ir muy lejos, me referiré a mi propia experiencia, empezando por mi pueblo natal.  Allí viví hasta las 11 años. Durante ese tiempo, o mejor dicho durante el tiempo a partir del cual tuve uso de razón, no recuerdo haber escuchado que se haya cometido allí un crimen. Lo habría sabido sólo por aquello de pueblo chico, infierno grande. Hoy la situación, no es la misma

En la ciudad donde residía mi madre, he caminado ya adolescente innumerables veces por sus calles, pasada la medianoche, sin pensar siquiera en algún peligro. A la casa de mamá cualquier persona podía entrar, con tan sólo tirar un hilo que colgaba de la puerta principal. Sin embargo, ningún extraño que no haya sido invitado, entró. Hoy no es lo mismo.

Más reciente. En el país de donde vengo, en el cual residí por más de 25 años, si bien la criminalidad siempre estuvo presente, la situación ahora ha llegado a niveles rocambolescos. En 1999 se cometieron 5.968 homicidios, pero en el 2013 fueron 24.763. Un incremento de 314,93 %.

La violencia, la destrucción del ser humano a manos de otro se observa por doquier. Esta semana las almas más sensibles no pudieron dejar de estremecerse por el salvajismo de las huestes del Ejército Islámico, que le arrancaron la cabeza al periodista estadounidense James Foley, en Siria, en nombre de principios excelsos, como la fe o la ideología.

II.

La destrucción no se limita sólo al ser humano. Es también al medio ambiente, al único lugar que tiene el hombre en el Universo, la Tierra.

Recientemente Global Footprint Network (WWF), indicaba que el día 19 de agosto pasado, la humanidad agotó por este año, su «presupuesto» anual de consumo de recursos naturales que debería usar a fin de permitir que los mismos se vuelvan a regenerar.

En otros términos, la humanidad se está «comiendo» al planeta cada vez a un ritmo más rápido. En 1961, cuando se fundó la WWF se consumía dos tercios de los recursos naturales. Actualmente ya se necesita un planeta y medio para abastecer el ritmo de consumo de los recursos. Para el 2050 serán necesario tres planetas (ojo, tres), para satisfacer dicho consumo.

La «huella ecológica«, la que demarca el área de consumo de los recursos naturales, se va ampliando cada año más y más. Su exhibición gráfica en un mapa mundial nos da la impresión como si las tropas de los «hunos» hubiesen pasado por allí; y tal como la historia dice de esta comunidad bárbara antigua, por donde ellas pasaban no volvía a crecer la hierba.

mapa-de-la-huella-ecologica

III.

Pero, ¿qué está ocasionando esta dilapidación sin aparente control?

Sin duda, la densidad poblacional es un factor importante en este asunto.

Pero también se debe a que aún consumimos enormemente energía proveniente de fósiles, como el petróleo, el carbón o el gas natural, que no son renovables, que producen gases tóxicos y contaminan el ambiente más que otras energías.

Pero sabemos también que hay un uso irracional, a veces deliberado, de los recursos naturales. A ellos habría que agregarle, los desechos tóxicos, las quemas forestales, los derrames de combustibles, el uso de sustancias químicas peligrosas, etc.

Además, hay que sumar la inacción de los gobiernos y organismos internacionales, y a menudo también la «protección» o el silencio cómplice, frente al accionar de grupos económicos que provocan desastres ecológicos.

No podemos dejar de lado la responsabilidad de todo ser humano, tanto por sus hábito de consumo que aumentan esta tendencia dañina, como por su dejadez o falta de sensibilidad frente a este problema tan dramático para el propio ser humano.

Sobre esto último me permito citar uno de los libros de Desmond Morris, intitulado «El Mono Desnudo«, genial obra que leí con sumo interés cuando joven. Morris, un zoólogo y etólogo británico, hoy de 86 años, estudió a la especie animal, en especial a los primates, para luego explicar el comportamiento humano. Demuestra en su libro, que el hombre, al que llama el «mono desnudo», se comporta en esencia como sus ancestros, los monos peludos.

Morris dice:

«Al aumentar la demanda de espacio vital, tendremos que tomar medidas aún más severas y nos veremos obligados a sintetizar nuestros alimentos… o a colonizar otros planetas… o no nos quedará más remedio que eliminar todas las otras formas de vida sobre la Tierra«.

En otro de sus párrafos señala:

«Por muy grandiosas que sean nuestras ideas y por muy orgullosos que nos sentimos de ellas, seguimos siendo humildes animales, sometidos a las leyes básicas del comportamiento animal. Mucho antes que la población alcance los niveles que se dejan apuntados (se refería a sus previsiones, hechas en los años sesenta, de 400.000 millones de habitantes dentro de 250 años), habremos quebrantado un número tan grande de las normas que rigen nuestra naturaleza biológica, que nos habremos derrumbado como especie dominante».

Finalmente sentencia:

«Tendemos a dejarnos llevar a la extraña ilusión de que esto no ocurrirá jamás, de que hay en nosotros algo especial que nos sitúa por encima del control biológico. Pero no es así. Muchas especies interesantes se han extinguido en el pasado, y nosotros no constituimos la excepción».

Foto: Captura pantalla video WWF International, publicado en Youtube