domingo, 14 de septiembre de 2014

Deporte e identidad nacional: una mirada desde la euforia del Mundial de fútbol (I)

Publicado en:
El arca de Enoïn Portada
Por:
Temas:

Colombia análisis fútbol identidad nacional opinión

Viendo el frenesí con el que la gente enarbolaba banderas, portaba camisetas, celebraba victorias y lloraba derrotas durante el mundial de fútbol, un observador advertido en temas sociales pudo constatar –sin mayor esfuerzo– que las justas deportivas se han convertido en un fenómeno, que tiene un impacto profundo en la construcción de la confianza social, tanto colectiva como individual, de las naciones y sus habitantes.

Sobre ese punto los historiadores del deporte Alexandre Fernández Vaz y Jaison José Bassani sostienen que eso es comprensible, si se tiene en cuenta que el “deporte es una de las más importantes expresiones del mundo moderno” y que la actividad deportiva se encuentra hoy “en el centro de las identidades nacionales”. 

En opinión del deportólogo Miguel Moragas, el hecho obedece a que “los procesos de identificación colectiva, de iniciación social, de representación nacional y grupal” están asociados hoy a la actividad deportiva, pues el quehacer deportivo engloba el disfrute del tiempo ocioso de los individuos, tanto en materia de ejercitación del cuerpo, como de disfrute de espectáculos; el desarrollo del compañerismo y la rivalidad; la materialización del éxito y el fracaso. En fin, sostiene Moragas, el deporte se ha convertido en la sociedad moderna en una actividad “transmisora de valores sociales”, como el coraje, el éxito y la integridad, que son fundamentales en la edificación de la confianza social a todos los niveles.

Si bien la relación entre deporte, identidad nacional y confianza social, como lo resalta el analista deportivo dominicano César Pérez, es un tema poco abordado por las ciencias sociales: sociología, antropología, ciencias políticas y menos aún por la historia, pues a simple vista el tema es trivial y no interesa a los intelectuales, algunos analistas sociales se han detenido sobre el asunto de manera puntual. Ese es el caso de Pablo Alabarces y María Graciela Rodríguez, que analizan el rol del fútbol en la construcción de una identidad nacional –de corte colectivo– en la Argentina del siglo XX. 

Para estos investigadores sociales “El fútbol funcionó, desde épocas muy tempranas en la Argentina, como un fuerte núcleo de representación de la nacionalidad. Una serie de éxitos internacionales, junto a una lista de ‘héroes’ futbolísticos, produjo una narrativa épica donde el fútbol contribuía, de manera importante, a la invención de una nación“. Según ellos, con el auge “de la experiencia populista”, encarnada por el peronismo en la década de 1940, “la relación entre fútbol (deporte) y nacionalidad se volvió indisoluble, con un clímax registrable entre los ochentas y los noventas, con la aparición de la saga maradoniana”.

Al analizar el caso de Brasil, Fernández Vaz y Bassani sostienen que en ese país la relación entre el deporte y la construcción de la identidad nacional brasileña es un hecho evidente, principalmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Dentro de ese proceso hay cuatro hombres, que han jugado un rol importante: el balompedista Pelé, identificado como el hombre negro que desbordó las limitaciones que le impone una sociedad racista; el ajedrecista Mequinho, consagrado como el cerebro de la nación; el corredor Ayrton Senna, inmortalizado como el hombre que dominó la máquina; y el tenista Gustavo Kuerten, proyectado como el chico bueno, que juega limpio.

En síntesis, sostienen estos investigadores, esos cuatro individuos con sus proezas sobre el escenario deportivo representan “en el imaginario social […] una identidad nacional”, que desborda “otros campos sociales más allá del deporte”. Para el común de la gente, a pesar de “sus contradicciones”, ellos representan “imágenes mitológicas” similares a las de los “héroes”. 

Otro ejemplo digno de citar es el caso de Cuba. Allí el deporte, como lo advierte un reporte de Felipe Pérez Cruz, se muestra sin tapujos como uno de los mecanismos de promoción de los “éxitos de Cuba socialista”. Según Pérez Cruz, el deporte representa una “gran medalla de la dignidad” y “del amor a su patria”, que encarna  el “honor” de “quienes construyen el socialismo en América”. Dentro de esa lógica, el éxito deportivo “resulta consustancial a la filosofía y al proyecto de presente-futuro de la Revolución Cubana”.

La visión que tiene del asunto el aparato revolucionario cubano le confiere al deporte la condición de “expresión de la continuidad del trabajo de masas”, que busca hacer de la “cultura deportiva nacional” una herramienta útil en “la confrontación […] entre una sociedad con aspiraciones humanas, y otra cuyo interés fundamental es la cosificación del sujeto, su conversión en mercancía, en objeto de compra y venta”.

La lista de ejemplos podría ser larga y podría concernir a países en todos los continentes. Por eso algunos analistas del quehacer deportivo destacan que, hace ya mucho tiempo, las competencias deportivas internacionales dejaron de ser el escenario donde se le rinden culto a la fraternidad, para convertirse en un terreno donde las naciones miden de manera velada sus fuerzas en diversos frentes.

Así lo advierte Immanuel Wallerstein, quien sostiene que desde sus comienzos los juegos olímpicos han sido un escenario donde “la geopolítica nunca ha estado ausente”. Esta competencia, como sucedió a lo largo de la Guerra Fría, siempre ha sido una batalla geopolítica, donde la rivalidad de las potencias (y de los sistemas que encarnan) se salda a partir del “número de medallas de oro ganadas”. 

Guerra-fria-y-deporte

En esa misma dirección abunda Maximiliano López. López destaca que los juegos olímpicos no solo son un evento donde se cultiva el espectáculo deportivo, regido por el consenso y la armonía entre las diferentes naciones representadas por sus atletas, sino una confrontación silenciosa dinamizada por las tensiones entre ellas. Indirectamente, allí “se ven enfrentados diferentes sistemas y concepciones de vida”, que han hecho de esta competencia deportiva, en muchas ocasiones, el punto donde convergen las “tensiones políticas, económicas, sociales y culturales” del mundo.

Así las cosas, y recogiendo las palabras de Diego Llumá, se hace necesario comenzar a hablar de una “geopolítica del deporte”, pues las justas deportivas “en su aspecto internacional establecen la lucha entre banderas e identidades nacionales”, lo cual hace de ellas un “instrumento de representación de la Nación [y de] soporte material del poder nacional”.

En efecto, y como lo destaca Felipe Pérez Cruz, no es un hecho casuístico que en los juegos olímpicos de Beijín –y los de Londres- el cuadro de honor y los primeros 10 puestos fueran ocupados por las potencias económicas, científicas y político-militares de los últimos 100 años.

Aunque el caso del fútbol es ligeramente diferente, el entrenador Francisco Maturana sostiene que si bien “el fútbol es un fenómeno que tiene un contenido mágico que nadie ha podido explicar”, y él nos lleva a soñar fácilmente con el triunfo, no se puede olvidar que a pesar de que la FIFA está integrada por 209 federaciones, “los mundiales se han repartido entre nueve [países], pero el noveno (España) saltó a la historia después de 100 años” de competiciones mundiales.

Sostiene Maturana que en el fútbol la historia se construye campeonato tras campeonato y a lo largo de la historia del balompié mundial ningún país ha saltado a la “historia de la noche a la mañana”. Eso explica también porque los puestos de honor y el “título siempre quedan entre los mismos”. Maturana recuerda que aunque durante mucho tiempo se ha dicho: “ojo con los africanos”; el futuro del fútbol está en África, “resulta que ellos llevan toda su vida y no han sido campeones del mundo”.

Los triunfos deportivos y la construcción de la confianza social en las sociedades frágiles

El deporte se ha convertido después de la segunda década del siglo XX, pero particularmente después de concluida esa matanza monstruosa que fue la Segunda Guerra Mundial, en un emulsión que repara el espíritu colectivo de las naciones, en una terapia colectiva que reconstruye el tejido social, en una pócima mágica que desencadena el optimismo general de los pueblos, en un bálsamo que rehabilita la confianza de los individuos que pueblan un país y por esa vía de la sociedad en general.

Lo que venimos de enunciar encuentra correspondencia en las opiniones de Francisco Maturana, el entrenador de fútbol más exitoso de Colombia. En una entrevista publicada en el portal de la FIFA, Maturana sostuvo que para muchos –en el caso del balompié–  “la patria es la selección nacional de fútbol y suele suceder que, cuando la selección de un país va bien, pareciera que todas las cosas van bien” para el país.

Sobre el impacto de la competición deportiva en el estado de ánimo de la población de un país, el pedagogo deportivo José Cayuela Maldonado nos da ciertas pistas, cuando destaca  que el deporte, por ser “uno de los fenómenos más populares de nuestro tiempo”, se ha convertido en un factor, que contribuye a la producción y universalización “de algunos de los grandes valores” colectivos “de la sociedad contemporánea”.

Sobre el mismo aspecto, el diario colombiano La República advierte, en un comentario dedicado al libro “La economía naranja”, de Fernando Buitrago e Iván Duque, publicado por el BID, que la influencia de los logros deportivos en el espíritu de los países es innegable. En tal sentido hoy son más evidentes “los cambios de agendas que esta actividad logra en el quehacer nacional”, pues los triunfos deportivos –como los logros de los artistas– se  han convertido “en insumos que llevan a crecer la economía, no solo por lo que puedan aportar a la dinámica económica, sino por el ánimo, el buen espíritu y la dosis de recarga que los triunfos le imprimen a nuestro devenir”.

Recogiendo una cita de Miguel Moragas sobre el impacto del deporte en el estado de ánimo colectivo, José Cayuela advierte que “las modernas historias sobre la bondad y la maldad, el éxito y el fracaso, la suerte y la desgracia, la victoria y la derrota, lo propio y lo ajeno, la identidad colectiva [e individual] encuentran en la narración deportiva sus expresiones más populares”.

Ese aspecto sale a relucir en un reportaje del periodista Ángel Alonso, que se ocupó de analizar el impacto de los triunfos de la selección de España y particularmente el título mundial de 2010 en la identidad colectiva de la sociedad española. En el reportaje se destaca que el asunto sobrepasó “lo estrictamente deportivo” para situarse en “el plano del valor identitario”. 

Según Alonso, “nunca se había producido una identificación tan clara entre la sociedad y el espíritu nacional”, representado en los jugadores de la selección. El analista destaca que la euforia de los triunfos de la selección ha llevado a los defensores de la unidad española, residentes en regiones separatistas, a enarbolar con tranquilidad la bandera de España y a abrazar “sin disimulo otros símbolos de la identidad nacional”.

España identidad nacional fútbol análisis

Foto: Flickr / Javi (CC)

 

De ese modo las victorias deportivas, particularmente en medio de la crisis económica que ha golpeado al país ibérico desde finales de la década 2000, son las “que más han contribuido a que, por unas horas, se haya olvidado la tradicional dualidad española, ahora reconvertida en unidad nacional [y] reivindicación del país”.

Ese sentimiento de unidad nacional engendrado por el deporte, Alonso lo atribuye a la difusión masiva que los medios han hacho de las gestas deportivas. Esa difusión ha traído consigo que “la sociedad” haya “terminado por identificar títulos colectivos, e incluso individuales, si atendemos a otros deportes, con el dominio español en el mundo”.

Sobre la manera como los triunfos o derrotas deportivas impactan el estado de ánimo de un país, resulta útil reportar aquí un análisis de la prestigiosa revista The Economist, reproducido por el portal peruano Gestión, donde se sostiene que la victoria de Alemania sobre Brasil siete a uno dio al traste con una tradición, que el pueblo brasileño (o la nación si se quiere) había edificado pacientemente en los últimos seis decenios: el fútbol como fuente de confianza nacional. 

En Brasil las victorias de la selección han cultivado un sentimiento de orgullo patrio entre los brasileños, que ha llevado, según Mauricio García Villegas, a que “la camiseta de la selección inspire más veneración que la bandera nacional y sus jugadores infundan una idea de unidad patria que ni siquiera el ejército logra”.

Dentro de ese contexto, según el informe de The Economist, “la humillación del Mineirao, contribuye a fortalecer el estado de ánimo negativo del país”. Ello se debe a que la caída de la selección ante los alemanes representa para el individuo del común una catástrofe nacional similar a “un Armagedón”, que destruyó la confianza de la sociedad en su clase dirigente y de los individuos en ellos mismos.

Fanatica-Brasil

Foto: Captura de pantalla / CBC

Apoyándose en los conceptos del antropólogo Roberto Da Matta, los redactores del informe sostienen que eso se explica por qué el fútbol ha sido un factor que ha proporcionado a la sociedad brasileña “una narrativa nacional y un aglutinante social”, que ha servido para calmar la frustración de la gente con “un país que durante largos períodos de tiempo no ha logrado estar a la altura de su potencial”.

Es dentro de ese cuadro histórico donde, según el antropólogo, la destreza del fútbol ha proporcionado “una confianza en nosotros mismos que ninguna otra institución ha dado a Brasil”. Eso explica por qué la derrota de la selección ha terminado de soliviantar a los brasileños contra su clase dirigente, pues gracias al fracaso deportivo la gente terminó por tomar conciencia que el Estado ha estado administrado por una burocracia corrompida e ineficiente y que la nación tiene una liga doméstica de fútbol mal gestionada.

Foto: Flickr / Juan Carlos Pachón (CC)