domingo, 28 de septiembre de 2014

Deporte, construcción de unidad nacional y confianza social en Colombia (III)

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El arca de Enoïn Portada
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La creación de la identidad nacional a través del deporte Colombia Enoin Humanez

Viene de: ¿Qué es la confianza social exactamente y cómo influye el deporte en su generación?

Colombia es un país que ha atravesado por una larga tradición de violencia política que no viene al caso entrar a detallar. Sobre el particular solo cabe invitar a leer el trabajo del historiador Marco Palacios: “Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875-1994” y a ver su videoconferencia “Violencia pública en Colombia 1958 – 2010″.

En el campo de la cultura y la movilidad espacial de la población vale la pena señalar que hasta antes de la década de 1950, el país estaba constituido por islotes regionales, que como se puede apreciar en algunas de las obras de García Márquez y en sus trabajos periodísticos,  registraban una débil interacción entre sí.

El aislamiento regional contribuyó, como lo destaca Gustavo Galvis Arenas, a la formación de fuertes identidades locales: paisas, pastusos, vallunos, costeños, cundiboyacenses, hopita-tolimense, santandereanos y llaneros. Por causa del aislamiento físico –y la desconfianza–  estos grupos registraban intercambios socioculturales bastante precarios.

No en vano el sociólogo urbano Fernando Bibisca Mosalve sostuvo en uno de sus libros que el excesivo regionalismo que caracterizó a Colombia hasta mediado del siglo XX impidió la aparición de un espíritu nacional fuerte. La falta de relación directa llevo a que las gentes de las distintas regiones del país se reconocieran a partir de los prejuicios, tal como lo afirmó el escritor Oscar Collazos y lo habíamos ya indicado en otro artículo. La ausencia de diálogo cultural y de intercambios humanos entre las diferentes zonas dio origen a un país de regiones, empaquetado en una frágil identidad nacional. En palabras de Collazos “nuestra identidad” era una “colcha de retazos”, en la que sobresalían más “los defectos” que se atribuyen entre sí los habitantes de las diferentes regiones, que las cualidades de su gente.

La fragilidad de la identidad nacional de Colombia y la desvalorización de las identidades regionales entre sí, como lo sostiene el historiador Miguel Ángel Urrego Ardila, es el producto de la construcción de una identidad nacional concebida como un proyecto hegemónico, que se intentó imponer de arriba hacia abajo, partiendo de la capital en dirección de las regiones y basado en fundamentos ideológicos de orientación conservadora, que exaltaban la raza blanca, la catolicidad del país y el andino-centrismo capitalino.

Según Urrego Ardila, “en dicha elaboración aparecen claramente establecidos los fundamentos de la nacionalidad: hispanismo, cultura cristianizada, un Estado sin presencia nacional, una política maniqueizada y el reconocimiento de una región dominante. Sus manifestaciones más obvias fueron la oficialización del himno nacional, la consagración del país al Sagrado Corazón, la formación del ejército nacional, el establecimiento de una cultura cafetera, la protección de la Iglesia -manifestada en la Constitución de 1886 y el Concordato- y la “persecución del disidente político”.

Ese proyecto hegemónico de construcción de identidad nacional arrojó como resultado un país conflictivo, con una sociedad fragmentada, cuyo Estado no ha logrado imponer su soberanía a lo largo y ancho del territorio nacional. La fragilidad del Estado y la ausencia de compatibilidad entre el proyecto hegemónico de identidad cultural con los intereses de las regiones más alejadas, como la parte occidental del departamento del Chocó, y la parte sur de Nariño, ha llevado que estas regiones a cada rato amenacen con unirse a Panamá o Ecuador.

El afán de construir una nación fundamentada ante todo en los valores eurocéntricos y menospreciando los valores culturales locales facilitó que se acogieran, a brazos abiertos, manifestaciones culturales extranjeras, como el tango, el bolero la ranchera y la salsa por las capas medias y populares urbanas de la sociedad. Hasta bien entrada la década de 1990 amplios sectores de la élite nacional no sentían pena de demeritar los aires musicales terrígenos, que hoy nadie pone en duda que se han convertido en el fundamento de “la cultura nacional”.

Del desprecio que han sentido amplios e influyentes sectores intelectuales nacionales por las manifestaciones culturales, que han contribuido a forjar la identidad nacional dejó testimonio el –siempre lamentado– escritor Andrés Caicedo Estela. En su manifiesto contra el Chucu-chucu: un género de música urbana en el que se fusionaban ritmos del caribe venezolano y colombiano, con algunos ritmos del interior de Colombia, y de las costas de Ecuador, Perú, Centroamérica y México, Caicedo dijo que éste era la fusión de los ritmos costeños con “con el vulgar sonido paisa de Los Graduados y Los Hispanos”.

Para Caicedo, un chico blanco proveniente de la clase media caleña, la única música digna de admiración era la caribeña y neoyorkina salsa. En su opinión “chucu-chucu es lo que no es salsa”. La visión peyorativa que propaló Caicedo del Chucu-chucu la retomaron sectores andino-centristas, que han tratado por todo los medios de preservar la raigambre europea en la cultura colombiana, frente al ascenso “de la vulgar cultura calentana”. De esa confrontación da testimonio Oscar Trujillo Marín, que describe en su blog del portal bogota.vive.in, uno no sabe si en serio o en broma, la ruta que condujo al Chucu-chucu a convertirse en el género musical popular por antonomasia en Colombia.

Según Trujillo Marín uno de los grandes logros de ese género musical fue la aproximación cultural entre Colombia y Venezuela, que nunca antes “estuvieron tan unidas como cuando unos engendros casi analfabetos de ambos lados de la frontera, enfrente de un micrófono y un puñado de músicos parranderos vagos que intentaban sacarles notas a unos instrumentos modestos sin mayores pretensiones; elevaron la música popular bailable a la cumbre de su saturación hasta incluso llegar a morir de éxito”.

Al mismo tiempo que los músicos cultores del Chucu-chucu contribuían a la construcción de una identidad nacional más compacta, los deportistas comenzaban a construir, con sus gestas, la idea de un país que era mucho más que un grupo abigarrado de identidades regionales. El ciclismo, como lo destaco el profesor Bibisca Mosalve,  creó a partir de la vuelta a Colombia en bicicleta y su transmisión por radio un sentimiento de nación, que comenzó a rebasar los regionalismos atávicos.

Con esas trasmisiones radiales de la vuelta a Colombia, los colombianos comenzaron a hacerse una idea más concreta del país donde vivían. Eduardo Arias afirma que estas trasmisiones radiales eran lecciones vívidas de geografía nacional, que le permitían a la gente del común de construirse una idea real de la nación, a partir de la incorporación en su espíritu de los nombres de ciudades y poblados de las otras regiones del país.

Sin embargo, hay un aspecto de la vuelta a Colombia que poco se ha mencionado: su aparición en pleno auge de la violencia política de 1950, uno de los momentos más críticos de la historia del siglo XX colombiano. No en vano en Wikipedia se afirma que la “carrera se convirtió en un suceso a nivel nacional por lo cual diferentes mandatarios como el entonces dictador Gustavo Rojas Pinilla” y el  presidente Alberto Lleras Camargo se valieron de ellas para apaciguar al país.

Ramon Hoyos Colombia

Foto: Ramón Hoyos / nuestrociclismo.com

El valor aglutinador de la sociedad que adquirió esa prueba en un momento en el que, azuzado por las facciones más radicales de los dos partidos hegemónicos, el país se despedazaba, quedó sintetizado en la serie de reportajes que el periodista Gabriel García Márquez escribió sobre el ciclista Ramón Hoyos en el diario El Espectador. Hoyos era un campesino convertido en obrero textil, a quien su oficio inicial de mensajero de carnicería en bicicleta, durante la adolescencia, convirtió en ciclista. Con sus victorias en una red de carreteras sin pavimentar, Ramón Hoyos se convirtió –en medio del dolor que generaba la violencia política- en el primer gran ídolo de multitudes del país. Sus victorias, narradas de manera exagerada por los locutores de radio, se convirtieron en un bálsamo que relajaba a una nación afligida por los demoledores golpes de la violencia política.

La consolidación del ciclismo como factor transformador del espíritu nacional llegó con Martín Emilio Cochise Rodríguez, primer deportista colombiano en alcanzar formalmente triunfos internacionales, aunque estos fueran en la rama aficionada. Si Ramón Hoyos había instaurado en el imaginario colectivo un nuevo prototipo del hombre valiente y corajudo, Cochise transmitía la idea que los colombianos podían obtener triunfos en la escena internacional. Su marca mundial de la Hora para aficionados, establecida el 7 de octubre de 1970 en ciudad de México, el campeonato mundial en los 4.000 metros persecución individual en Varese, Italia, en 1971 y su condición de primer ganador de etapas en las carreteras europeas en el Giro de Italia, lo convirtieron en el primer referente internacional del deporte colombiano.

Lucho Herrera

Foto: Lucho Herrera (Captura de pantalla/ YouTube)

Con Cochise se inició una racha de triunfos para el ciclismo colombiano, que hicieron de él el deporte nacional. En un momento en el que el fútbol colombiano era motivo de vergüenza, los ciclistas eran el motivo principal de orgullo y el mayor factor generador de confianza social. Sus victorias fueron fundamentales para levantar la moral de un país, en un momento en que los narcotraficantes hacían avergonzar a los colombianos en el mundo y Colombia se internaba en una nueva era de violencia política. En ese momento los triunfos de Lucho Herrera con la cara ensangrentada en una etapa de los Alpes y su victoria en la vuelta a España, a pesar de un carbunco en una nalga, sirvieron de elemento cohesionador de la sociedad.

Al tiempo que el ciclismo reforzaba la unidad del país y creaba en el imaginario popular la conciencia de nación, el boxeo le daba una victoria que condujo a la sociedad colombiana a superar su sentimiento de inferioridad en el plano regional. Cuando pocos lo esperaban, el 28 de octubre de 1972 los puños de Antonio Cervantes Reyes, Kid Pambelé, le entregaron a Colombia el primer título mundial en un deporte profesional.

Con su título mundial del peso walter junior, Pambelé sembró un germen de confianza social, que se evidencia en la manera como varias personalidades del periodismo y la literatura se han referido a él; un individuo sin abolengos, que con su victoria visibilizó a la población  negra en la escena nacional y cambió para siempre la percepción que la gente tenía del pueblo de negros insumisos donde nació.

El premio nobel de literatura Gabriel García Márquez lo designó, indirectamente, como el hombre más importante del país. El cronista Alberto Salcedo Ramos lo describió como una figura tan “grande  como los dinosaurios”. El analista  Hugo García Segura lo llamó el “primer gran rey del deporte colombiano”. El cronista deportivo  Gabriel Meluk lo catalogó como el mejor “deportista de todos los tiempos en Colombia, pues Pambelé no le sacó el cuerpo a nadie y le enseñó al planeta que los colores de nuestra bandera eran el amarillo, el azul y el rojo”.

Kid Pambele Análisis identidad nacional Colombia

Foto: Captura de pantalla / YouTube

Pero quien mejor describió lo que significó Pambelé en la generación de un sentimiento de confianza social colectivo en Colombia fue el escritor y periodista Juan Gossain, quien dijo de él: “Pambelé fue el hombre que nos enseñó a ganar. Antes de él éramos un país de perdedores. Nos consolábamos conjugando el verbo casitriunfar. Vivíamos todavía celebrando el empate con la Unión Soviética en el mundial de fútbol del 62. Pambelé nos convenció de que sí se podía y nos enseñó para siempre lo que es pasar de las victorias morales a las victorias reales”.