domingo, 19 de octubre de 2014

¿Cuándo comenzó el fútbol a ser el cemento soldador de la nación colombiana? (y V)

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El arca de Enoïn Portada
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Celebración Colombianos Montreal Mundial

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM

Viene de: Colombia y el mundial de Brasil 2014: el nacimiento de una nueva era en el imaginario nacional (IV)

El escritor Oscar Perdomo Gamboa sostiene que “Colombia es un país que, al menos en términos identitarios, no existe”. Sobre ese asunto ahonda también Alejo Vargas desde otra perspectiva. Para Vargas “la débil identidad nacional de los colombianos” ha sido uno de los aspectos que ciertos académicos han señalado como “uno de los problemas históricos” de Colombia. Si bien Perdomo Gamboa reconoce que “tal aseveración puede parecer ruda, grosera e injusta, y seguramente inexacta”, ésta tiene una utilidad metodológica indiscutible: “sirve para dar pie” a una “discusión que pocas veces enfrentamos” los colombianos. Se trata de la discusión sobre la “confusión entre el imaginario del ser colombiano y la realidad que podemos percibir a nuestro alrededor”.

Sin embargo el fútbol –como bien lo anota Alejo Vargas– está ayudando a superar esa ausencia de identidad del colombiano con su entorno social y geográfico. El portal Futbol-Red, en un análisis detallado que realizó sobre la encuesta del Ministerio del Interior a la que ya nos referimos anteriormente, advierte que la Selección Colombia ha propiciado “una narrativa social que convoca a la identidad nacional”. Según dicho portal, ello se debe a que la selección “se ha convertido en un símbolo de esperanza y confianza” y en un motivo de orgullo para “la diáspora nacional” en el extranjero.

El rol del fútbol como factor de motivación positiva para la sociedad colombiana comenzó en el año 1975, cuando Colombia ocupó el segundo puesto en el suramericano de mayores que se jugó en Perú. Antes de ese momento el fútbol colombiano había ocupado los puestos de tercera y cuarta fila en los torneos  regionales. En cuanto a las disputas por los cupos al mundial, en aquellas calendas la selección colombiana se consideraba eliminada antes de comenzar las eliminatorias mundialistas.

Por su parte los equipos colombianos consideraban exitosa su participación en la Copa Libertadores cuando llegaban a la segunda ronda. En los torneos suramericanos de selecciones los colombianos se daban por bien servidos cuando lograban imponerse a los seleccionados de Ecuador, Venezuela y Bolivia. Frente a los peruanos a lo máximo que se aspiraba era a un empate, pues en el imaginario colombiano existía el mito de la paternidad peruana.

Eran tiempos en los que en los cálculos de los técnicos y los analistas deportivos colombianos no se contemplaba la victoria frente a los brasileños, argentinos, uruguayos, paraguayos y chilenos. Empatar con cualquiera de esos equipos era un evento que se catalogaba como hazaña. 

Las dificultades que registraba Colombia a comienzo de la década de 1980, para puntuar en las competiciones suramericanas, llevaron a muchos sectores ligados a la actividad futbolera a proponer la desvinculación del país de la confederación Suramericana de Fútbol, para vincularlo a la CONCACAF. Quienes así pensaban consideraban que esta era la vía expedita para regresar a los mundiales y ganar los torneos regionales por equipos, pues en esa área el único equipo con mayores pergaminos que Colombia era México.

Pero hubo un evento que cambió la mentalidad competitiva del fútbol colombiano: el campeonato suramericano juvenil del año 1985, en Asunción Paraguay. El rendimiento del combinado colombiano en dicho campeonato lo convirtió en la selección revelación y le abrió las puertas de la participación en el mundial juvenil al lado de las selecciones de Brasil y Paraguay, en la Unión Soviética. Si bien la selección de Marroquín, como se le conoció, no tuvo una participación muy significativa en ese mundial juvenil, sí dio inicio a una nueva era en el fútbol colombiano. 

Algunos analistas deportivos radiales proponían que no se desintegrara esa selección y que se mantuviera como un equipo profesional de fútbol. Según ellos, esto le permitiría a los jugadores de alcanzar la experiencia necesaria para llegar a las eliminatorias fogueados y cohesionados, aumentando así las posibilidades de la clasificación al mundial de 1990. De la mano de algunos jugadores que emergieron con ese seleccionado juvenil: Higuita, Trelles, “el Bendito” Fajardo, Harold Lozano, entre otros, la selección de mayores ganó mayor confianza y aumentó su nivel de competitividad en los campeonatos suramericanos.

Selección Colombia

Lugo de los éxitos de esa selección juvenil, que dirigiera Luis Alfonso Marroquín, vino el subcampeonato de los Juegos Odesur de 1986. En ese campeonato comenzó a consolidarse, en el plano suramericano, la figura de Carlos el Pibe Valderrama. Éste brilló al lado de Bernardo Redín –tal como había sucedido en el Deportivo Cali–  como el gran conductor de una selección Colombia que, peleando, perdió un campeonato que le hubiese abierto las puertas de los Juegos Olímpicos de 1988. 

Recuerdo como si fuera ayer que el abogado Wuilfo Humanez me dijo en su oficina del Ministerio del Trabajo en Montería, al día siguiente al último partido, cuando analizábamos los resultados del torneo: “creo que el fútbol colombiano ha cogido finalmente vuelo. A estos muchachos solo les falta la participación en un mundial. Si clasifican a Italia 90 te cuento que Colombia habrá comenzado a escribir su historia en el Fútbol de Suramérica”.

Luego vino la participación en la Copa América de 1987. En ese certamen la selección Colombia venció a Argentina por primera vez en la historia. Esa victoria de la selección adquirió una connotación de evento mayor para el fútbol colombiano. El combinado gaucho venía de ganar el mundial de México 1986. Sobre el terreno de juego se encontraba Maradona, secundado por la mayoría de sus compañeros campeones. En el banco estaba Carlos Salvador Bilardo.

Después de ese momento los partidos de Colombia frente a Argentina fueron adquiriendo –en secreto– para los colombianos una connotación de clásico suramericano. Ese proceso de nivelación mental alcanzaría su clímax el 5 de septiembre de 1993, cuando sucedió el inesperado  5-0. Esa fecha ha sido, según Alejandro Pino Calad, “el día de más felicidad en la historia de Colombia”. 

Al tiempo que se emparejaba con el argentino, el fútbol colombiano también iba perdiendo el respeto reverencial que sentía por el fútbol uruguayo. Sin embargo, frente a Brasil, los colombianos han mostrado siempre una condición subalterna, que ha sido alterada solamente en dos ocasiones a lo largo de 27 partidos. La primera vez fue en un amistoso en Bogotá, el 15 de mayo de 1985, cuando Víctor Lugo, sin mucha convicción, pateo un valón contra el arco brasileño y éste terminó dentro de la red. La segunda vez sucedió el 13 de julio de 1991 en el suramericano de Chile, cuando Anthony de Ávila y Arnoldo Iguarán le confirieron por primera vez una victoria sobre Brasil a Colombia en un campeonato formal.

Jorge Humberto Ruiz Patiño, al recapitular los hitos del fútbol colombiano advierte que el mito iniciador de éste, con el que se fundó la relación entre este deporte y la nación sucedió en el Mundial de Chile en 1962, cuando el combinado colombiano empató 4-4 con la Selección de la Unión Soviética, “después de remontar un marcador adverso”. Según él ese mito fundador se renovó 28 años más tarde en el mundial de 1990, cuando la Selección Colombia empató 1-1 en un partido heroico contra Alemania, a la postre campeón del torneo, y se volvió a renovar con el 5-0 contra Argentina en 1993.

Sin embargo ese partido, si nos remitimos a los términos de Alejandro Pino Calad fue una fiesta que terminó en tragedia para Colombia. Envalentonados por la victoria, jugadores y afición llegaron al mundial, arropados por una aureola triunfalista, que los llevó a imaginarse jugando la final sin haber jugado el primer partido. La participación fue de principio a fin un desastre. El  partido ante los Estados Unidos, que se consideraba ganado de antemano, se saldó con una derrota bochornosa, que se tornó en vergüenza nacional porque Andrés Escobar, uno de los mejores defensas de la selección, marcó un gol en su propio arco. 

El autogol, como lo advierte Pamela Loli en El Comercio de Lima,  significó la sentencia de muerte de Escobar e inauguró una era de declive para el fútbol colombiano, que si bien clasificó a Francia 1998 y alcanzó el título en la Copa América 2001, no era convincente. Después del célebre 5-0, si bien Colombia obtuvo su único título regional a nivel de mayores, su nivel competitivo estaba siempre en entredicho y las satisfacciones venían del lado de las ligas juveniles y prejuveniles, donde se veían ciertos destellos. En las eliminatorias mundialistas siempre faltaba el centavo para completar el peso. En dos ocasiones el equipo se quedó por fuera de los mundiales a pesar de haber ganado un partido que debía ganar, porque otro equipo, que debía perder o empatar su último partido, había terminado ganando.

Pero si bien la selección no clasificaba a los mundiales, la presencia colombiana se dio a través del banco de los seleccionados de Ecuador 2002 en Corea y Japón y en Alemania 2006, así como de Honduras en Suráfrica 2010. En todo caso no hay que perder de vista que, gracias a una cascada de éxitos parciales de la selección Colombia, el fútbol se convirtió a partir del último tramo de la década de 1980 en una especie de sedante social, que le ayudó a la sociedad colombiana a pasar por una de las etapas más duras de su historia reciente: la guerra contra el Cartel de Medellín, el periodo de auge y expansión paramilitar y los golpes frecuentes del terrorismo guerrillero.

Del rol sedativo que cumplió el fútbol entre 1988 y el mundial de Estados Unidos 1994 deja constancia Alejandro Pino Calad, cuando sostiene que en medio del “terror de las bombas de Pablo Escobar” los colombianos vieron en la selección “la posibilidad de borrar” la mala imagen que los carteles de la droga generaban de Colombia. El 5-0 sobre Argentina desencadenó “una positiva identidad nacional”, que apuntaló “el optimismo de la gente”, que convirtió a la selección “en referente positivo y simbólico”. La opinión de Pino Calad se fundamenta en los presupuestos del director del diario El Tiempo, Hernando Santos, quien tituló el editorial de su periódico, al día siguiente al partido con un emotivo: ¡Viva Colombia! 

Allí santos afirmaba que si bien “el deporte” no es que “sea la actividad más importante de un país”, la victoria de Colombia sobre Argentina demuestra que esta es una “patria que ha sabido superar etapas de violencia inusitada, de frialdad infinita, de dolor que a veces creemos no poder soportar”. Por su parte el presidente de la República, César Gaviria, comparó a la selección con el ejército libertador que comandara Simón Bolívar. Para él la selección había liberado al país de los violentos como Bolívar había liberado al país de la opresión. 

Por eso no es equivocado que Pino Calada sostenga que “ese día todos nos sentimos más colombianos”, “todos creímos en un mundo mejor” y “todos nos sentimos parte de la más fantástica victoria, que unos héroes liderados por un capitán de rizos rubios” le habían regalado al país. En adelante una euforia patriótica se apoderó del espíritu de los colombianos y desde entonces cada vez que juega la selección hay –por parafrasear los términos de Pino Calad- más banderas en las calles que “un 7 de agosto y un 20 de julio juntos”.

Luego del fracaso en el mundial de Estados Unidos 1994 los triunfos de la selección no fueron contundentes hasta la eliminatoria de Brasil 2014. A este mundial, al contrario del mundial de los Estados Unidos,  con el que todo el país se había hecho muchas ilusiones, los colombianos llegaron envueltos en las sábanas del escepticismo. Radamel Falcao García se había lesionado. Sobre él recaían las esperanzas de medio país. Pero un hecho inesperado vino a motivar a la afición deportiva –y de paso a la selección. El uno dos de Nairo Quintana y Rigoberto Urán en el Giro de Italia. 

El gesto de Quintana de animar a la selección vistiendo su camiseta se convirtió en una suerte de amuleto de la buena suerte. Con la victoria en el primer partido el equipo entró en confianza. En adelante, con cada gol el optimismo nacional crecía. Del escepticismo los colombianos pasaron al optimismo sin darse cuenta. En las redes sociales quedó constancia de cómo, de la noche a la mañana, un país entero se levantó pensando que en Brasil 2014 todo era posible. 

James Rodríguez Selección Colombia

Foto: Facebook / James Rodríguez

James Rodríguez, un muchacho al que se consideraba apenas como un jugador con un futuro prometedor, tomó, partido tas partido, el puesto de estrella que Falcao había dejado vacante e inspirado por la circunstancia terminó de goleador. De sus pies salió además el mejor gol del mundial. La magia de sus pases y su olfato goleador lo llevaron a tomar el trono del legendario Pibe Valderrama en el imaginario nacional.

Fascinadas por sus proezas 113 comunidades y organizaciones afrodescendientes, indígenas y campesinas, agrupadas en CONPAZ, le enviaron una carta abierta que lo erigió en el mediador simbólico de la nación excluida, ante la nación que ostenta el poder. Según los autores de la carta el goleador, a lado de Nayro Quintana, Rigoberto Urán, Julián Arredondo y Mariana Pajón, serán en adelante los referentes del “país de alegría”, que esas organizaciones sueñan “para Colombia” .

La carta que convierte a James en mediador de las aspiraciones de esas organizaciones ante la élite dirigente y los tropos que usan nos muestra que el fútbol –y los triunfos deportivos– se convirtieron en un escenario con valor político para los grupos excluidos. Durante los días del Mundial era frecuente encontrar en Facebook posters con una foto de la selección acompañadas de las preguntas: “¿si ellos han podido unir al país, porque la clase política no?” o “¿si ellos puede hacerlo porque los políticos no?”.

Ese tipo de frase no muestran que la gente ha comenzado a ver en los deportistas unos íconos, que puede anteponer a su clase dirigente en la discusión sobre la construcción de “un proyecto de nación”, donde “la diferencia sea complementaria”, en el seno “de una democracia incluyente, una democracia con respeto”, como lo sostiene la carta CONPAZ. En otras palabras, parece que el poder unificador de la nación comienza a dejar de estar representado en los palacios de gobiernos y los capitolios que frecuentan congresistas, diputados y concejales, para estar simbolizado por los escenarios deportivos donde compite la elite deportiva nacional en el exterior. El prohombre nacional está dejando de ser el político reconocido y comienza a ser el deportista exitoso. 

Si en el campo social el Mundial despertó sentimientos de autonomía social en ciertos sectores del país, en el campo deportivo es evidente que en el imaginario social las nuevas generaciones de futbolistas tienen una revancha que cobrar a la selección de Brasil. Al país entero le quedo la sensación que al partido frente a “La Canarinha” el árbitro le metió la mano, sacándole el empate del bolsillo, a la brava y de frente a la selección colombiana. Por eso medio país no se cansa aún de gritar en las redes sociales que “lo de Yepes fue gol” y que al Brasil, que fue arroyado por Alemania, la selección colombiana también le hubiese podido ganar si el árbitro hubiese jugado limpio.