miércoles, 22 de octubre de 2014

“No puedo creer que esto pasó aquí en Canadá”

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Parlamento de Canadá

Foto: María Gabriela Aguzzi V. / Grupo NM – Un día de actividades de primavera, frente al Parlamento canadiense, 2014

La seguridad y la tranquilidad son de esas cosas que más atraen de Canadá. Cuando se está lejos,  en el proceso de venir, se tiene la impresión -y la convicción- de que éste es un país tranquilo. “Allá no pasa nada”. Se sabe que Canadá es un país que observa desde la barrera los conflictos del mundo -lo cual le ha merecido severas críticas en el pasado- aunque ha participado en varios de ellos, en gran medida para apoyar  -y por ser parte fundamental- de los aliados del “vecino del sur”.

Y cuando uno llega, uno logra confirmar esa percepción. Incluso en los meses en los que Montreal y Quebec estuvieron sumidos en protestas diarias -los tiempos de la huelga estudiantil de 2012- cuando ocurrieron altercados todos los días, durante seis meses, con manifestantes y policías heridos, uno se sintió seguro.

Y esa sensación de seguridad llega a su máxima expresión cuando al viajar fuera de Montreal, incluyendo Ottawa y el Parlamento, uno es testigo de una tranquilidad extrema, que percibes al ver los mecanismos de seguridad implantados en lugares claves, como la residencia del Primer Ministro, donde al menos en un evento para periodistas, logramos pasar sólo con la verificación del nombre. Claro que observas los círculos de seguridad que rodean al Primer Ministro y que lo siguen a todas partes, pero las verificaciones de tus bolsos o de lo que llevas encima, fueron nulas. Ese día en particular, el tema de la seguridad fue de debate de regreso a Montreal, por la impresión (positiva) que generó entre el grupo.

Esta mañana recordaba, además, que en las dos oportunidades que he ido al Parlamento, una de turista, una de trabajo como reportera, las medidas de seguridad al ingresar al edificio central eran estándar. Un detector de metales, un escáner para verificar el contenido de tu bolso o cartera, una revisión con un detector de metal manual y listo. Bastante similar a lo que se vive al ingresar en Venezuela a la sede de gobierno (Palacio de Miraflores) y mucho menos complejo que el proceso que viví al ingresar al Palacio de Nariño, en Bogotá, Colombia (al menos por allá a finales de los noventa). Es también mucho menor si se compara con los mecanismos de seguridad que uno enfrenta cuando viajas en avión, luego de los ataques del 11-9.

Un amigo y colega comentaba, vía Twitter, que cuando viajó -hace poco- a Ottawa, en tren, no pasó por ningún tipo de revisión de seguridad. Lo mismo pasa cuando viajas en autobús, al menos dentro del país. Dejas tus bolsos o maletas -si tienes-, a un lado y nada de verificación.

Recordé además que en otro viaje realizado pero con las Fuerzas Canadienses, los mismos militares  te van explicando cómo funciona la seguridad de sus bases, las cuales, no tienen personal armado desplegado en sus entradas (al menos hasta este lunes u hoy). Muchas de ellas -como la que visité en enero de este año- son abiertas al público en general, pues en algunos casos se encuentran en medio de un pueblo y sus vías son también vías para los locales.

Todo este recuento de la tranquilidad que se respira en Canadá para dar una muestra de cómo es esta sociedad, que desconoce el miedo como pan del día a día y ni siquiera en momentos de profunda tristeza ha emitido señales de un temor generalizado: un tiroteo en Dawson College, 2006, que dejó una mujer fallecida y 19 heridos, otro tiroteo en la Escuela Politécnica de Montreal, 1989, en el que murieron 14 estudiantes -mujeres-, un atentado en la Asamblea Nacional de Quebec, 1984, que dejó tres personas fallecidas o uno de los más reciente, el de Moncton, que dejó como saldo tres oficiales del RCMP fallecidos.

Hoy me pregunto si esa tranquilidad será parte de los días futuros.  Claro que falta mucho por investigar, pero sobre todo, mucho por decir. Es evidente que el gobierno canadiense está siendo extremadamente cuidadoso al revelar información. Pero me da un profundo temor -quizá suene paradójico- que se instale en la sociedad canadiense un miedo generalizado, pues cuando las sociedades tienen miedo paracieran encontrar “justificación” para cualquier cosa que pase o que esté por pasar.

Y los inmigrantes están conscientes de ello. No es un secreto que a este país vienen personas de múltiples perfiles, pero que muchas de ellas han vivido serios conflictos que los han marcado de por vida. No quieren más caos, guerras, genocidios, ataques y eso es completamente comprensible. De hecho, hace un  par de semanas, cuando el gobierno de Canadá anunció que se sumaría a los ataques contra el Estado Islámico, la reacción en foros en los que participan inmigrantes hispanos era de rechazo. “Canadá no debería entrar en una guerra. Es un país maravilloso y tranquilo”, comentaba uno de los foristas. Canadá “debería preocuparse por la salud y la educación y no ir a buscar problemas que no le competen“.

Días antes del anuncio, el Estado Islámico había asegurado que los “infieles canadienses debían morir”, al tiempo que el gobierno informaba sobre un número “pequeño pero considerable” de ciudadanos canadienses que han dejado este país para sumarse a actividades terroristas en todo el mundo, principalmente en Siria y Afganistán. Hay canadienses peleando ahora en las filas de ISIS, uno de ellos dio una entrevista el mes pasado, pero no todos provienen o tienen familia en países del Medio Oriente.  El presunto responsable del atentado de este lunes en Quebec es, de hecho, un franco-canadiense. Actualmente unos 90 ciudadanos están siendo monitoreados por su presunta vinculación con grupos terroristas.

Hoy todos esperamos que lo ocurrido en Ottawa y en Quebec esta semana sean hechos aislados. Que no estén conectados, para descartar así que se trate de algo estructurado, planificado, mientras en las redes, al menos desde la voz inmigrante, se lee: “no puedo creer que esto pasó aquí en Canadá”.

El ministro Jason Kenney aseveró vía Twitter que “Canadá no será atemorizado ni intimidado”

¿Entrará la sociedad canadiense en un período de temor generalizado? ¿Cuáles serán las consecuencias si esto llega a ocurrir? Ojalá no sea así y que Canadá siga abierto, tranquilo y apegado a sus principios.

Twitter: @GAbAguzzi gaguzzi@noticiasmontreal.com