domingo, 16 de noviembre de 2014

América Latina debería buscarse en otro espejo

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Foto: Secretaría de Comunicación Pública, Presidencia de la Nación / Argentina

Ciertas democracias latinoamericanas se han convertido en perpetuas para sus conductores. Tal es el caso de Chávez – Maduro, en Venezuela; Correa, en Ecuador; Morales, en Bolivia o el matrimonio Kirchner, en la Argentina. Y ni hablar de los hermanos Castro, en Cuba.

Estos mandatarios han olvidado la salubridad del recambio presidencial y han hecho lo imposible por permanecer en el poder más allá de las décadas.

Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos seguidores y aplaudidores se han dado cuenta de que mientras sus propios patrimonios se reducían, casualmente aumentaban los de los titulares de los respectivos Ejecutivos. Y, por supuesto, también su poder e inmunidad.

En cada una de estas naciones, los partidos opositores se fueron atomizando y, en algunos casos, terminaron fagocitados por el mismo oficialismo. Con una embajada por aquí o una secretaría de Estado por allá, fue suficiente para alcanzar el objetivo.

Lo cierto es que los mismos votantes cayeron en su propia trampa. Aquellos cuya situación es holgada y cómoda se quejan constantemente, pero continúan con sus estilos de vida, ya sea en Caracas, Quito o Buenos Aires, entre otras metrópolis. Otros, en cambio, optaron por el exilio. Pero la gran mayoría está tan acostumbrada a esta perennidad que ya ni cuenta se da. Recuerdo una charla brindada por la Dra. Hilda Molina, médica cubana, en la que manifestó que el pueblo de su país ha alcanzado un estado de “daño antropológico”.

Hace unos días, uno de los principales canales de noticias de la Argentina emitió un informe sobre ciudadanos hartos de fracasar en la ciudad de Buenos Aires, que, finalmente, tomaron la iniciativa de emigrar. Se los veía muy contentos en sus nuevas funciones en Lima o en Asunción, por caso.

El fenómeno que se registra desde hace décadas en estas naciones latinoamericanas es similar a lo que ocurre en países como Angola, Guinea Ecuatorial o Burkina Faso, entre otros. Tras 27 años en el gobierno, hace dos semanas, Blaise Compaoré tuvo que abandonar el poder en Burkina Faso. Teodoro Obiang ya cumplió 35 años al frente de Guinea Ecuatorial, al igual que José Eduardo Dos Santos, en Angola.

Cristina Kirchner, por caso, recibió en Buenos Aires a Obiang y se reunió en Angola con Dos Santos. Ya había hecho lo propio en Túnez con Zine El Abidine Ben Alí (26 años como presidente), en Libia con Muammar Gaddafi (42 años en el poder) y en Egipto con Hosni Mubarak (30 años al frente del Ejecutivo).

¿Por qué será que se sienten tan cómodos con estas figuras?