martes, 9 de diciembre de 2014

Montreal en cochecito

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Mamá en Montreal Portada
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Mamá en Montreal Cynthia Rodríguez NM

Lástima que nadie te diga cuántos coches caben / Foto: Cynthia Rodríguez

Hace casi 7 meses llegué a esta ciudad. Llevaba años anticipando vivir aquí. Los años que duró el proceso de aplicar para hacerme residente legal, de estudiar francés hasta tener un nivel lo suficientemente fluido como para primero pasar la entrevista de Quebec, luego hacer un viaje exploratorio y, finalmente, venir a establecerme. Años de leer noticias, hacer contactos, tratar de prepararme mentalmente para la experiencia de este clima. Años en los que viví muchos cambios. Sin duda, el más significativo de ellos: hacerme mamá.

Llegué aquí con mi marido y mi hija, que entonces tenía casi 10 meses, tres maletas y un cochecito que yo juraba, con el susto de quien cuenta cada dólar ahorrado, me iban a cobrar como equipaje extra en el avión. Llegué con algo de información, con todas las preguntas posibles y con algunos de aquellos contactos que había hecho antes convertidos en amistades. Llegué, supongo, como llega todo el mundo: aliviada por un lado y muerta de miedo por el otro. Y esos dos sentimientos me acompañan todavía.

Llegué pensando que los trámites que tenía que hacer eran demasiados y que no iba a poder con tanto en la cabeza. Que no tenía dónde ir ni a quién recurrir para preguntar cómo hacer las cosas o que me daría “pena” hacerlo cuando me tocara. Que cuando tuviera que alquilar un apartamento o tramitar el contrato de la electricidad mi francés se iba a quebrar frente a mis ojos y no iba a ser capaz de nada. Sí, llegué con todas mis inseguridades de siempre y otras más que se montaron en el avión sin que las anticipara.

Una de las primeras cosas que me sorprendió al llegar aquí fueron las ideas que yo había asumido sobre esta ciudad y que luego en mi dimensión de mamá se confrontaron con realidades más bien sorprendentes.

El primer impacto fue al montarnos en el metro por primera vez.

“Esto es un país del Primer Mundo. Busquemos el ascensor. ¡¿Qué?! ¿No hay ascensor? ¿Cómo vamos a bajar el cochecito por esas escaleras? ¿Cómo hace la gente aquí, pues?”.

El segundo, pocas horas después, cuando tuve que cambiar mi primer pañal en el Palais de Congrès.

“Esto es un país del Primer Mundo. Debe haber cambiadores en todos los baños, como está consagrado en la constitución imaginaria del Planeta Perfecto de las madres. ¡¿Cómo?! ¿Es que en estos baños no hay cambiadores para los bebés? ¿Pero cómo hacen las mamás que vienen con bebés a una exposición, pues?”.

El tercero, cuando un par de horas nos bastaron para hacer los trámites más urgentes, los del primer día.

“Habíamos planificado que esto nos tomaría una semana ¿Y ahora, qué hacemos?”.

El cuarto, cuando un hombre nos vio a mi marido y a mí cargando el dichoso cochecito por unas escaleras y se devolvió para ayudarnos. El quinto, unos días después, cuando llevé a mi hija a vacunarse y le pusieron lo que en mi país de origen me hubiera costado todo un día y varios meses de salario en una hora y media y sin pagar un céntimo. Luego, otro, cuando la llevé a la biblioteca el día de su primer cumpleaños y le dieron un carnet para que saque libros (libros para ella, que le gustan muchísimo) a su nombre. Y debo reconocer que no dejo de sorprenderme todos los días, a veces para bien, otras no tanto.

Llegar a Montreal con una bebé fue comenzar a tratar de entender no sólo a estas sociedades (la canadiense, la quebequense y la montrealesa) y su gente, sino también a mí misma y a poner en perspectiva una cantidad de cosas que había dado por sentadas en mi vida. Las mujeres latinas (y creo que las venezolanas en particular) tenemos una configuración especial que nos hace, por un lado, muy abiertas a adaptarnos a otras realidades, pero por otro también un poco prejuiciosas. Nos enseñaron a ver las cosas en unos parámetros muy blancos o muy negros. Y cuando vienes a vivir a un lugar como este, comienzas a cuestionarte muchas cosas. Y hablo por mí, que me las daba de “liberal” cuando vivía en el tercer mundo, pero que a veces también se me tranca el serrucho para entender algunas cosas aquí.

En fin, para no irme demasiado lejos del tema (ya vamos a tener tiempo para eso más adelante) lo que quiero decir es que ser Mamá en Montreal es ser un tipo de mujer bien específico y es eso sobre lo que quiero hablar en este espacio.

Una mamá latina sabe algunas cosas que le contaron en su casa. Una mamá latina de las de ahora se cuestiona muchas de esas cosas y es probable que no quiera incluirlas todas en su experiencia de crianza. Una mamá latina que se vino a vivir a Montreal ha tenido que pasar por algunas pruebas difíciles. Sí, algunas han tenido más suerte que otras, pero en general, todas tenemos algo en común: una historia que dejamos atrás, el ideal de una vida mejor (para nosotras y nuestros niños) que vinimos a buscar aquí y el esfuerzo que vamos a poner en ello.

Porque para mí una Mamá en Montreal es una mujer que no se va a dar por vencida y que va a buscar cómo darle la vuelta a cada situación. Que va a aprender a hablar francés e inglés, que va a aprender a moverse en el transporte público con coche, pañalera, bebé y mil peroles más. Que va a buscar y buscar hasta encontrar la guardería que le guste, la escuela que mejor le funcione, el curso que la convenza más para sus hijos. Que va a aprender a hacer sopa de citrouille porque aquí no hay “auyamas” y que también va a buscar dónde se consiguen esos frijoles que comía allá en su tierra, para preparárselos a sus hijos y contarles de cuando era pequeña. Que probablemente va a buscar una nueva carrera u oficio y va a aprender algo nuevo de cero, pero lo va a hacer bien. Que va a aprender de impuestos federales y provinciales, inviernos a -40 grados Celsius, poutines y mudanzas el 1° de Julio y lo va a hacer bien, porque ella sabe que lo más importante en el mundo depende de eso. Y lo más importante para una Mamá en Montréal es lo mismo que para cualquier otra mamá: su bebé.

Este espacio es una extensión del blog Mamaenmontreal.com que estará dirigido a lo cotidiano, a lo práctico y a reflejar las experiencias de las mujeres que hemos decidido emprender esta aventura, de los hombres que decidieron acompañar a algunas de nosotras y de los niños que, todas esperamos, se beneficiarán a la larga de todo esto.

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