lunes, 22 de diciembre de 2014

¿Los inmigrantes latinoamericanos debemos inmiscuirnos en los asuntos canadienses?

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Entre Fronteras Portada
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Festival Independencia Colombia Montreal 2013

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM

I.

Antes que nada, algunas disquisiciones sobre el asunto.

Seguramente, más de una vez, habremos escuchado a la gente despotricar de la política y de los políticos. Muchos han jurado jamás inmiscuirse en ella. Probablemente no faltarán los motivos para tal aversión. Los malos comportamientos de la clase política han agudizado esa desconfianza.

Otro grupo de personas sencillamente cree que la llamada política es solo un asunto de los políticos, y que no tienen nada que hacer en esta materia.

Sin embargo, por más que nos alejamos de ella, ella nos persigue; está allí. La política -en su sentido más amplio- no es más que toda actividad relacionada con la toma de decisiones y el ejercicio del poder. Así es que de una u otra manera todos hacemos política. El apolítico no existe. Ser apolítico, finalmente es una decisión, una decisión política.

Cuando participamos (o nos inmiscuimos) en los asuntos públicos estamos haciendo política. También hacemos política en las más elementales organizaciones, como las asociaciones de condominio, las juntas de padres de familia, en nuestros trabajos, en la asociaciones gremiales, etc., etc..; y desde luego, en la más formal de las manifestaciones propiamente políticas, como las elecciones generales o locales de un país.

Desde las más básicas de las sociedades, digamos como la de Adán y Eva, hasta las más sofisticadas como las de hoy en día, siempre hay alguien que tiene que decidir y siempre hay alguien que debe ejercer el poder. En el caso de Adán y Eva, como ya lo sabemos, fue la fémina la que abordó la iniciativa y ejerció el poder de comer del fruto prohibido e instigar a su marido hacer lo mismo…  Eva, si bien aceptemos como real o ficticia la historia bíblica, fue la primera política, la primera en ejercer el poder. Hecho que -y permítanme el gag– pone en entredicho aquel cuento de hombres, que la mujer es el sexo débil.

II.

Ahora bien, y bromas aparte, concentrémonos a responder la incógnita planteada.

Como ya se imaginarán por lo expresado líneas arriba, es evidente que la inmigración latinoamericana (y toda la inmigración) debe participar (inmiscuirse) en la sociedad canadiense, de preferencia de una manera activa y no pasiva.

El inmigrante, quiéralo o no, está inmerso en esta nueva sociedad que ha elegido. Si quiere apartarse de ella -lo cual parece improbable- es su decisión, pero luego no podrá quejarse si algo no marcha como quisiera o si se toman decisiones en su contra.

Después de todo nadie va a defender nuestros intereses mejor que nosotros mismos; y no podemos dejar que las decisiones que nos corresponden, las tomen otros.  Por tanto, debemos empezar por interesarnos por los temas locales y participar. Debemos comprender que el hecho que queramos conservar nuestras raíces no tiene que significar vivir en una burbuja, en un enclave, absortos.

Algunos pueden pensar que no tienen las aptitudes para tomar decisiones, o que sus sugerencias no son buenas porque han llegado aquí con las experiencias negativas de sus países, o porque creen que no conocen lo suficiente esta sociedad. Todos estos argumentos son verdades a medias, ya que hay cosas que no necesitan un gran conocimiento, sino sentido común. Para su consuelo, el mundo político no está precisamente plagado de premios Nobel de nada. (Los que existen, la mayoría los han recibido precisamente por su ejercicio político).

Mirémoslo desde el punto de vista de Canadá. Salvo sentimientos soterrados que no son la norma, a Canadá le interesa una inmigración participante. La esencia de la política inmigratoria lo expresa por sí sola. La inmigración canadiense está vista como el “relevo generacional“.

Entonces, qué clase de trabajadores, de dirigentes, de empresarios, de directores, de políticos del mañana seríamos si pasáramos la vida, en estas inmensas comarcas, como en una procesión silenciosa, que ni murmura y ni mira para ningún lado.

¿De qué vale hacerse ciudadano canadiense, si sólo vamos a tomar asiento en graderías como espectadores y de vez en cuando aplaudir? O sólo vamos a usar el pasaporte canadiense para viajar por el mundo. Es importante tomar conciencia que nosotros mismos no podemos forjarnos una especie de ciudadanos de segunda categoría, o especial.

Sé que este llamado no se aplica a la totalidad de los inmigrantes latinoamericanos, porque ya muchos están involucrados; pero la mayoría resta por hacerlo. Para éstos va esta apostilla final:

C’est maintenant à vous de jouer!