martes, 6 de enero de 2015

El Coco

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Mamá en Montreal Portada
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Hielo tormenta de hielo verglas invierno Montreal Mamá

Foto: Cynthia Rodríguez

Lo llaman también “Cuco”, “Cucuy” y hasta “Coca”. Es ese monstruo al que todos le tenemos miedo. Ése que a los niños de mi generación les decían que iba a venir a llevárselos como no hicieran lo que tenían que hacer: comerse las lentejas, acostarse a dormir, dejar al hermanito en paz. Ya hoy en día creo que nadie lo nombra. El Coco empezó a morir con la electricidad, pero creo que Internet definitivamente acabó con él. Aunque no del todo.

Basta que se te ocurra venirte a vivir a Canadá. Y lo vas a revivir. Te lo van a nombrar incluso antes de que tengas la Visa de Residente Permanente. Te lo van a nombrar mil y un veces. Y cuando llegues, ay de ti. Te lo van a nombrar todos los que tienen tiempo viviendo aquí, porque en el fondo es una manera de sentirse un poco más integrados: ellos ya lo conocen. Lo han visto cara a cara, lo han enfrentado. Y sobrevivieron para contarlo. Y un poquito para espantarte también. Tradición que no se alimenta del terror del que viene después, no es tradición.

Ya a estas alturas del texto y del mes de enero sabrás a quién me refiero. Sí, al Invierno. El Coco de los inmigrantes. Sobre todo de los que, como yo, venimos del trópico, del Caribe, del sol ardiente.

Desde antes de venirnos para acá, la mitología en torno al invierno comenzó a alimentarse con frases en principio inocentes como “lo malo de allá es el frío, ¿no?”, que nos decían los pocos familiares a los que les contamos del plan. Después empezó a crecer, con todo lo que fuimos leyendo sobre las temperaturas promedio en esta ciudad. (¿Sabías que la menor temperatura de la que hay registro es de -42 grados Celsius?) Ni hablar de la nieve, que es un componente esencial del Coco. (El récord también te lo tengo: es de 40 centímetros). Luego estaban los cuentos de los amigos que ya vivían aquí. Total que ya teníamos una idea de cómo lucía el Coco antes de llegar.

Llegamos en Primavera y desde entonces, el Coco no nos ha faltado en casi ninguna presentación. “Qué bueno que llegaron antes del Invierno”, nos dijeron entonces. Alguno nos dijo frotándose las manos “espérense a que llegue el Invierno”, porque nunca falta el agorero al que le encanta azuzar al Coco, que en eso consiste buena parte de la “bienvenida” al desconocido.

Ya el espanto andaba suelto cuando llegó septiembre y las hojitas de los árboles empezaron a amarillear. El Otoño duró demasiado poco para mi gusto y bueno, un buen día sonó el timbre. Era él. El Coco. Llegó acompañado de verglas, una versión más antipática de Elsa, la conflictuada princesa-bruja de Frozen. El Coco nos dijo: “miren, ya que mañana hay que salir al trabajo, ¿qué tal si les inundo la calle y se las convierto en pista de patinaje?”. También dijo: “Ah, ¿se acuerdan de esas temperaturas de las que les hablaron los agoreros y que ustedes sólo veían en las estadísticas? Bueno, tomen. Así se siente…”. Dijo todo eso y se instaló allí afuera. Y desde entonces nos mira.

Nos mira subir la calefacción, ponernos otra capa de ropa y preparar muchas tazas de chocolate caliente, que luego nos van a pesar en las caderas. Nos mira dudando si hay que ponerle otra capa de ropa a la bebé o si se irá a derretir en cuanto subamos al bus. Nos mira dar tumbos tratando de mantener el equilibrio en la calle, ideando estrategias para pasar la menor cantidad de tiempo expuestos, buscando ofertas en Internet de algún gadget que tal vez deberíamos considerar comprar, revisando reviews que dicen (todos) que el coche no sirve en invierno, no hay manera: tendrás que llevar a esa nena de más de 10 kilos encima.

Hay unos cursos para inmigrantes que te dicen cómo prepararte para el invierno. Yo tengo mi versión de ese curso: no hay manera. Lo siento. No la hay.

Pero no es tan malo. (Claro, los agoreros te van a decir que es porque “te tocó suave”, porque siempre tienen que decir algo). No es que no sea tan malo porque no te dé frío, que te da y te vas acostumbrando a él; ni porque no te medio-mates en la calle, que te la pasas patinando y te caes y a veces te pegas más que duro, pero te levantas y le vas perdiendo el miedo a eso; ni porque la nieve acumulada en las esquinas no sea asquerosa, que lo es, pero afortunadamente está la otra nieve, la blanca, que sigue siendo lindo ver caer desde la ventana con tu tacita de chocolate.

No es tan malo por la misma razón por la que tantas otras cosas en la vida no lo son: pasa. Este y todos los demás Inviernos se van a terminar un día. No queda más que aguantar y tratar de verlo con asombro, como creo que uno debe contemplar las cosas cuando está en este camino.

Una amiga me escribió en una linda tarjeta de Navidad que el Invierno era una etapa para reposar, para estar con uno mismo y prepararse para renacer. La acompañó con una libreta y un par de plumas, de los mejores regalos que me pueden hacer en la vida, como invitándome a tomar en serio estas palabras. Y eso es lo que espero hacer.

Para ustedes, Feliz 2015, Feliz Reseteo y sí, también Feliz Invierno.

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