domingo, 11 de enero de 2015

La justicia del oscurantismo

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I.

Diecisiete muertos -20 si incluimos a los autores de las mismas-, es el trágico saldo que dejó el fanatismo religioso en Francia, en solo tres días.

El blanco fue el semanario humorista Charlie Hebdo.

Tras una primera incursión  con bombas molotov, el 2 de noviembre del 2011 -que solo provocó grandes daños materiales- finalmente, tres años después, sus perseguidores alcanzaron al plantel de dicho medio, y no hubo seguridad alguna que los pudiera proteger.

Dos de tres enmascarados, se abrieron paso hasta el nuevo local de Charlie Hebdo; y allí, con fría precisión, descerrajaron sus Kalashnikov en la humanidad de 12 personas, 10 de ellos miembros del semanario.

Cabu, Wolinski, Tignous, Charles, el economista Bernard Maris y todos los demás, cayeron fulminados.

La justicia del oscurantismo cumplió su sentencia.

II.

El “oscurantismo” es uno de los términos a los que recurrió el presidente francés, François Hollande, cuando se expresaba sobre los ataques a Charlie Hebdo.

Ciertamente el “obscurantismo” bien podría ser el perfecto calificativo para definir lo que está pasando hoy en día en el mundo entero, signado por ataques terroristas como los vividos en Francia y bajo la conducción del llamado fundamentalismo islámico.

Aunque el término “oscurantismo” podría tener significados muchos más amplios, podríamos decir -grosso modo-  que es una de las etapas más negras de la historia de la humanidad, donde todo tipo de conocimiento y de progreso -especialmente en el terreno de las ideas y del conocimiento científico y tecnológico-, se eclipsó, para dar paso sólo a los dogmas que dictaba la jerarquía eclesiástica del cristianismo.

La única verdad emanaba de la Iglesia y debía ser aceptada por la gente a pie juntillas, como dogmas, incuestionables, sin críticas de ningún tipo, so pena de ser condenados a los suplicios y posterior muerte por la Santa Inquisición.

La Iglesia, que estaba al lado del poder político y muchas veces, ella misma el Estado, abolía  todo tipo de pensamientos e ideologías que se opusieran o cuestionaran las suyas. Fueron miles o tal vez millones los “infieles” que murieron tras ser condenados a la horca o la hoguera o los suplicios en las mortíferas maquinarias creadas por las mentes sacrosantas de entonces.

El fundamentalismo cristiano reinó durante todo ese periodo, que la historia la ubica entre el fin de la Edad Antigua (siglo V) y el descubrimiento de América, en el siglo XV. (Nada menos que 1.016 años).

III.

Ahora bien, volviendo a la actualidad, es probable que el islamismo esté viviendo actualmente su etapa oscurantista, su etapa como ya se le denomina, fundamentalista. Pero llama la atención que esto continúe ocurriendo en el siglo XXI, bastante lejos del Medioevo y en un mundo, si bien no perfecto, bastante avanzado en muchos aspectos, incluyendo el religioso.

¿Por qué el islamismo, la tercera corriente monoteísta en surgir en el mundo, después del judaísmo y el cristianismo, y hoy en día la segunda religión con más seguidores (aproximadamente el 23 % de la población mundial), no ha salido de las tinieblas?.

Surgida en la Edad Media, ella misma contestataria contra las otras religiones; enfrentada con valor al cristianismo, en las famosas Cruzadas, debería haber sido una de las más evolucionadas de las corrientes que devienen de Abraham.

No es que una “evolución” suponga el alejamiento de la fe, de sus elevados principios, de sus Sagradas Escrituras; o que el ateísmo o el agnosticismo deban reemplazarlo. No.

Pero hoy en día, hay cosas muy claras. Por ejemplo, pocos sostendrán que Dios -o los Dioses si pensamos que hay varios-, vayan a ser seres supremos castigadores, o instigadores de la violencia o del exterminio; o que sus profetas, todos ellos, no hayan hecho otra cosa que propagar el amor, el perdón, la reconciliación, la misericordia, etc. etc.

Esto nos lleva a la conclusión de que hoy, como en el oscurantismo cristiano, los largos brazos que empujan al sacrificio a esas pobres almas jóvenes, y a cometer actos condenados por los más elementales principios de cualquier religión, no son más que las “castas” que en nombre de la religión quieren obtener un pedazo de poder, en su paso por este mortal mundo.