miércoles, 21 de enero de 2015

Detrás de la bolsita blanca y roja

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Mamá en Montreal Portada
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Bolsa Target Canadá

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM

Tengo que decirlo así, sin mucho maquillaje: mi condición de latinoamericana me hace un poco consumista. Sí, es así. Podría justificarme diciendo que en mis últimos años en mi país de origen me vi privada de muchos bienes básicos, que tener que competir por el último paquete de pañales para mi hija o pedir que me guardaran en el negocio de confianza el último envase de leche de larga duración -para pagarlo muy por encima de su precio- me han impuesto esta condición, pero no lo voy a hacer. Digamos que una de las razones, aunque por supuesto no la primera, que me empujaron a tomar la decisión de querer emigrar a un país del Primer Mundo, fue la idea de que aquí tendría mejores posibilidades de encontrar todo tipo productos sin tener que competir demasiado. Y, en la medida de mis posibilidades económicas, de consumirlos.

Por eso me toma un poco por sorpresa el cierre de Target, una tienda que conozco desde hace tiempo. La conozco no de aquí, porque tanto la cadena como yo acabamos de llegar a estas tierras. La conozco de Estados Unidos, el destino comercial de muchas venezolanas que, como yo, viajaron durante años para buscar mejores precios y mayor variedad de productos para sus hogares. La conozco de cuando hice esa famosa “lista de compras” que uno hace allá, para el primer año de vida del bebé. La conozco de buscar en ella variedad, marcas, precios y de haber comprado allí buena ropa para mi etapa de posparto y lactancia; cosas para que mi hija jugara, se bañara, se vistiera; cosas para equipar mi casa en Caracas. La conocía antes de llegar a Canadá y por eso fue una de las primeras que visité al llegar aquí, en busca de esas mismas ventajas que ya había visto antes.

Me sorprendió entonces, debo decir, no encontrarlas: no vi esa misma variedad de productos, esa misma oferta (los anaqueles vacíos de Target aquí con frecuencia me recordaban los de tantos comercios en Venezuela lo que, salvando todas las distancias que corresponde, me hacía sentir fatal), esos buenos precios, ni -lo que más me sorprendió- oferta alguna de comercio electrónico. Sin embargo, compré unas cuantas cosas allí y seguía visitándola con frecuencia. Mi relación con la marca, de vieja data, pasaba por encima de ciertas variables que, ahora lo veo, debían haber sido obvias.

La primera, una de la que más me llamaba la atención, cómo muchas personas aquí la comparaban con Walmart, una tienda que, si bien es la competencia obvia de cualquiera que quiera meterse en el terreno de las tiendas por departamento, para los niveles de segmentación del mercado estadounidense no es exactamente lo mismo. Para ver si puedo ilustrar lo que quiero decir, hay un chiste allá, de hecho, que dice que “Target es el Walmart de la clase media” y eso es exactamente lo que había en mi cabeza como definición de la marca.

Lo que me hace pensar que la empresa no hizo su tarea antes de venir aquí. No me da la impresión de que haya habido una buena investigación del mercado al que se iban a enfrentar, tan distinto como es del estadounidense; ni una planificación para la estrategia de precios que haya tomado en cuenta en diferencial cambiario entre ambas monedas; ni un buen trabajo de introducción de la marca; y ni hablar de la gestión de los anaqueles, que daba pena.

Pero no es eso lo único ni lo que más fuertemente me impacta sobre la partida de Target. Aunque mi primera reacción, no lo voy a negar fue: “¿y ahora dónde voy a comprar esto, esto y esto otro?”, inmediatamente me vino la siguiente, la más dura: “¿y qué va a pasar con toda esa gente que trabajaba allí?”.

Hablamos de 17.600 personas. Eso es más de lo que Canadá genera en materia de empleos mensualmente. Eso es una comunidad. Un pueblo pequeño. Es un montón de gente. Y como latinoamericana, acostumbrada a la inestabilidad y en busca de algo a qué agarrarme, me aterra, honestamente.

Me aterra eso de que hoy tienes trabajo y mañana no. Y ojo, creo que tal vez me aterra precisamente por ser latina, por estar habituada como estoy a la inseguridad, al desamparo. Tal vez, no lo sé y tengo que verlo mejor, a un canadiense no le dé tanto miedo, pero a mí, como latina, como mamá, me da un pasmo de terror esa idea.

Y es lo que me hace pensar. Creo que hay muchas cosas sutiles en los titulares de prensa a las que los inmigrantes tenemos que adaptarnos. ¿Qué implicaciones tiene para una mamá quedarse sin empleo de la noche a la mañana? “Allá” y “aquí”. ¿Qué diferencias hay, qué garantías?

Leí hace un par de días que Sears está ofreciendo descuentos a los exempleados de Target y que además los han invitado a enviar sus CV a sus oficinas de reclutamiento  en lo que, más allá de una buena movida de branding, me hace confrontar otro factor que tal vez no he tenido en cuenta al sentir todo esto: el espíritu de apoyo que hay por estos lados. No sé. No me acostumbro todavía a nada de esto.

Cuando uno deja su país en busca de mejores oportunidades, no siempre sabe cómo evaluar los eventos con los que se encuentra. Hacen falta más datos, mejor manejo de las variables para entender las cosas. Y cuando uno las mide en función de los parámetros a los que está acostumbrado, todo puede lucir más aterrador de lo que tal vez es. No lo sé. Como digo, me hacen falta datos. Pero como mamá y como latina consumista asumida y confesa que soy, el cierre de Target me da terror. Y no tiene nada que ver con la bolsita blanca y roja.

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