domingo, 25 de enero de 2015

Lo malo de ser bueno (sobre todo, demasiado bueno)

Publicado en:
Blogs Portada
Por:
Temas:
lo-malo-de-ser-muy-bueno

Foto: Captura de pantalla / Video de El Cuarteto de Nos

I.

Ya el grupo de rock alternativo uruguayo, El Cuarteto de Nos, nos refería a este tema en una canción casi del mismo nombre: Lo malo de ser bueno. Sólo que en este título he agregado el “demasiado” y ya entenderán el por qué.

Desde hace bastante tiempo no deja de inquietarme aquel trillado cliché que dice que “los malos nunca mueren o mueren solo al final”.

Efectivamente, la cinematografía ha estereotipado al “malo de  película”, al punto que durante la trama  deseamos con desesperación su fin, pero éste pareciera no tenerlo, que nunca sucederá… y sólo deviene cuando ya estamos en el extremo de la paranoia, al final del final.

Peor aún. En muchas oportunidades, el malo no recibe su castigo merecido; simplemente desaparece de escena para reaparecer después en alguna isla paradisíaca, asoleándose y saboreando un mai tai o una caipiriña.

Esto, me inquieta mucho; porque a menudo, la ficción del cine no es más que el reflejo de la realidad.

En este sentido, pareciera que el mundo se ha dado a la tarea de emitir “malos” a granel, como si fueran billetes en tiempos de hiperinflación. Los vemos por todos lados; muchos envejeciendo en gloria y la mayoría solo muriéndose de aburrimiento.

Pero mi sobresalto se ha agudizado cuando he caído en cuenta que la gente me reserva en el campo de “los buenos”; y eso, no sé por qué razón, no me ha gustado. Me pareció que estaba siendo arrojado a ese cajón de sastre, donde según otro estereotipo determina que se encuentran las sufridas criaturas, las víctimas. Porque, para colmo, -real o ficción- a los buenos les pasa toda suerte de desavenencias, que hasta un hábil escritor les dedicó un libro consuelo con el sugerente título de: ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?.

La verdad, ya no me está gustando ser “bueno”… Y eso que no he considerado el hecho de que a las mujeres bellas (y a las no muy bellas también) les gustan “los chicos malos”. Plop…

II.

Pero no se vayan, que ahora viene lo bueno (de lo malo).

Resulta que releyendo a ese gran maestro de las Tradiciones Peruanas que fue Ricardo Palma, encontré una de ellas, que viene muy a propósito al tema que estamos hablando. La tradición está escrita con el nombre de: Bolívar y el cronista Calancha.

Les aseguro que después de leerla todos van a querer ser malos.

La tradición de Palma es como sigue (extractos):

Se encontraba en la ciudad del Cuzco (Perú) el Libertador Simón Bolívar, desde el 26 de junio de 1825. Había sido recibido con gran pompa y honores triunfales y estaba en la plenitud de su gloria. Fueron días de fiestas, pero también de mucha tensión entre sus tropas y las autoridades y personalidades del lugar. Conociéndolo como era Bolívar, lo menos que se esperaba era una poda o reforma que implicase traslados y cesantías.

En efecto, ya poco antes de marcharse, el Libertador empezó a pedir informes a sus oficiales sobre “el carácter, conducta e ideas políticas de los hombres que desempeñaban algún cargo importante”.

Los informes recibidos del personal eran contradictorios. Mientras algunos se referían a una persona como “patriota, honrada e inteligente”, otros se referían a la misma como “goda (realista), pícara o bruta”.

Pero hubo un funcionario que fue la excepción. No hubo nadie que hablase mal de él. Era sencillamente un hombre ejemplar.

Y eso no le pareció bien al Libertador.

– ¡La pim… pinela!, dijo. No puede ser.

Y para seguir hurgando preguntó:

– ¿Juega?

– Ni las tabas, ni la brisca, excelentísimo señor.

– ¿Bebe?

– Agua pura, excelentísimo señor.

-¿Enamora?

– Es marido ejemplar, excelentísimo señor.

– ¿Roba?

– Ni el tiempo, excelentísimo señor.

– ¿Blasfema?

– Cristiano viejo es, excelentísimo señor, y cumple por cuaresma con el precepto.

– ¿Usa capa colorada? (el color de los godos)

– Más azul que el cielo, excelentísimo señor.

– ¿Es rico?

– Heredó unos terrenos y una casa, y ayudado por el sueldecito, pasa la vida a tragos, excelentísimo señor.

Aburrido, Bolívar, puso fin a su interrogatorio.

Pero llegó el 25 de julio, la víspera de la partida del Libertador del Cuzco, cuando a media noche Bolívar salió de su habitación con un libro en la mano, mostrándoselo a su secretario, el fiel Felipe Santiago Estenós. Dijo:

– ¡Estenós!, ¡Estenós!. Ya saltó la liebre.

– Qué liebre mi general, respondió Estenós.

Bolívar tenía en sus manos un ejemplar de la Crónica Agustina, de las primera mitad del siglo XVII, donde estaba inserto un artículo del fray Antonio de la Calancha.

– Lea aquí, le señaló Bolívar a Estenós.

Estenós leyó: “No es más infeliz el que no tiene amigos, sino el que no tiene enemigos; porque eso prueba que no tiene honra que le murmuren, valor que le teman, riqueza que le codicien, bienes que le esperen, ni nada bueno que le envidien”.

En conclusión, el empelado perfecto, ese buen hombre del cual hablan bien todos, fue el único que perdió su empleo.

Como dice Ricardo Palma: “para mí que el agustino Calancha… no era fraile de manga ancha”.