miércoles, 4 de febrero de 2015

Hay problemas que no son tan “del Primer Mundo”

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Mamá en Montreal Portada
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Foto: Flickr / Alex Proimos (CC)

Foto: Flickr / Alex Proimos (CC)

Ser mamá es ser muchas cosas. Pero sin duda la primera que me viene a la cabeza es ser responsable. Cuando uno decide traer al mundo un niño, uno está firmando un contrato de por vida. Y uno debe honrar esa responsabilidad ante todo.

Recuerdo haber leído críticas hace algún tiempo ya contra madres que habían decidido dejar de vacunar a sus niños en algunos lugares de Estados Unidos. Recuerdo que entonces no le hice demasiado caso a la noticia porque, más allá de parecerme horrible que una mamá tomara una decisión como esa, pensé que se trataría de un fenómeno aislado y pasajero, que tal vez esas mamás entrarían en razón, que algo o alguien las haría cambiar de idea.

Pero no. El hecho es que hay toda una corriente, un “movimiento” antivacunas que ha ido proliferando por ahí. Una corriente compuesta principalmente por, ah, “celebridades”. Gente que puede que sea muy buena cantando, actuando, modelando, dirigiendo películas. Gente que, afortunadamente, no está a cargo de un consultorio pediátrico. Y uno pensaría que, por eso, no pueden hacer demasiado daño con esto. Pero, no. El daño está hecho.

En diciembre del año pasado estalló en California una epidemia de Rubeola. Sí, Rubeola. Esa enfermedad que creíamos radicada y contra la que vacunan a los niños a partir de su primer cumpleaños. Esa misma enfermedad a la que las mujeres embarazadas le tienen pavor, por los efectos que puede tener en el feto o en el embarazo. Rubeola en California. En Disneylandia, específicamente. En pleno Siglo XXI.

Aunque parece el guion de una película de Terry Guilliam, esto está pasando. Y se está expandiendo. Ya hay cuatro casos de Rubeola en Toronto. Y ¿sabes cuál es el origen? Una mamá. Unas mamás que, siguiendo su instinto y el de algunas “celebridades”, basadas en datos que no han sido corroborados por la Comunidad Científica, decidieron que no iban a vacunar a sus niños.

Sí, esas mamás no lo hicieron a propósito, digamos. Leyeron por ahí que había una relación entre vacunar a los niños y el autismo (más o menos así de amplia es la idea de partida de todo este desastre). Se asustaron. Se asustaron tanto que no buscaron más información, no hablaron con los pediatras que ven a sus niños, ni con otros médicos, no fueron más allá del miedo. Y se equivocaron.

Hoy leí una tristísima historia sobre cómo el talentoso escritor británico Roal Dahl perdió a su hija de 7 años por la Rubeola. En una carta que él escribió 20 años después de ese triste suceso, pedía a los padres que por favor mantuvieran a sus niños a salvo. Decía que su nena, Olivia, no pudo ser vacunada contra la Rubeola porque en ese entonces la vacuna no existía. Pero que todo padre en cuyas manos estuviera la posibilidad de hacer vacunar a su hijo contra esa enfermedad, debía hacerlo.

No pretendo alarmar a nadie con esta nota. Lo que quiero es dejar claro un punto: las vacunas existen porque las enfermedades existen. Y las enfermedades no tratadas son peligrosas. Por eso las mamás tenemos que proteger a nuestros niños.

Nunca he sido mano suelta con los medicamentos. No tomo nada que no me haya recetado un doctor y siempre me voy primero con alternativas naturales que me ayuden a prevenir problemas antes de meter pastillitas de colores en mi boca. Pero si estoy enferma y el médico dice: la azul a las 10 y la verde a las 4, lo hago.

La misma política tengo con mi hija. Si lo que le da es un resfriado, espero los cuatro días reglamentarios a ver qué pasa. Y si luego el médico dice: el gotero a las 11, pues le doy el gotero a las 11. Pero con las vacunas soy religiosa: apenas tiene la edad, la llevo y le agarro la manito para que lleve el pinchazo. He contado en mi blog cómo llevarla a vacunar aquí por primera vez fue, de hecho, una de las primeras experiencias en las que comencé a entender que ya no era una turista, sino que vivía aquí. Porque una vacuna es algo que me tomo muy en serio. Y sí, lloro yo más que ella.

Por eso no puedo sentirme bien con esas mamás. Sé que no lo hicieron con malas intenciones. Pero deben entender que se han equivocado y deben rectificar. Y si lo hacen, deben ayudar a enmendar el daño, corriendo la voz ante otras mamás que han seguido sus pasos.

Las mamás siempre tenemos miedo. Nos preocupa una lista interminable de cosas, que además siempre se están actualizando. Pero muchas de nosotras, la mayoría, menos mal, hemos entendido que ese miedo no nos sirve. El miedo nos paraliza. Nos deja estancadas en nuestro desconocimiento, en nuestra ignorancia, en nuestra incertidumbre. Nos deja sin alternativas ni respuestas. Y una mamá no puede quedarse paralizada, sin saber qué hacer. Una mamá es, esencialmente, una persona que hace. No siempre sabe, pero busca las respuestas hasta dar con la correcta. Algo siempre hace, porque sabe que la vida que le es más preciada depende de eso.

Si tú que me lees ahora, por la razón que sea, has decidido no vacunar a tus hijos, por favor, rectifica. Habla con tu médico o con algún otro. Pide “una segunda” (tercera, cuarta o hasta quinta) opinión, pero a un profesional de la salud. Lee, infórmate. Te puedo pasar un montón de links que he estado viendo últimamente, si me lo permites. Involúcrate, haz algo.

No lo hagas por mí, que no nos conocemos y tal vez ya me estés tachando de loca por pedirte, por rogarte esto.

Hazlo por tus hijos. Y, sí, también, por los míos y los de tantas otras. Tú que eres mamá, sabes lo que eso significa.

Si quieres más, puedes seguirme en Mamaenmontreal.com; en Twitter: @mamaenmontrealy en la página de Facebook: www.facebook.com/mamaenmontreal.