domingo, 8 de febrero de 2015

La democracia como “valor universal”

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Foto: Youtube video Geo TV / Globo terráqueo

I.

Es la hora de correr las líneas y avanzar

Recientemente el gobierno de los Estados Unidos impuso algunas sanciones (como anulación de visas y la congelación de bienes en territorio estadounidense), contra miembros del gobierno chavista-madurista de Venezuela.

Tal como están las cosas en ese país petrolero, este tipo de sanciones ayudan a presionar al gobierno, pero no solucionan el problema.

Es verdad que la solución debería venir del interior de Venezuela, por obra de los propios venezolanos. Después de todo Barack Obama no podría ir más allá de lo que los propios venezolanos están dispuestos a ir.

El caso de Venezuela (la de Chávez y de Maduro) es un buen ejemplo de lo que no se debe hacer. Pero el ejemplo es contagioso y está sobradamente utilizado en la actualidad, a pesar que creemos que vivimos en un mundo más civilizado y con instituciones sociales más avanzadas que antes.

Hay mucho por arreglar, por lo tanto. En esta perspectiva, Estados Unidos y los países democráticamente más desarrollados, entre ellos también Canadá, bien podrían correr un poco más las líneas de avance. Nos referimos (y yendo más allá del problema venezolano) a que tal vez ya es hora de poner en primer plano al modelo democrático y elevarlo a la categoría de “valor universal”.

Comentarios más, comentarios menos; de una manera u otra, con sus virtudes y sus defectos, el modelo democrático está demostrando que es el único, entre todos los que se han ensayado, capaz de sobrevivir en el tiempo; y capaz -efectivamente- de repartir, con más equidad, la participación popular y el ejercicio del poder.

Una de las pocas personas de prestigio mundial que proponen el reconocimiento de la democracia como “valor universal”, es el economista bengalí Amartya Sen, premio Nobel de Economía 1998.

Basta señalar algunas cosas que el propio Sen señala sobre las múltiples virtudes de la democracia, que por su vastedad no nos vamos a ocupar ahora. Dice: “La democracia tiene exigencias complejas al incluir votaciones libres y el respeto a los resultados electorales; requiere además la protección de las libertades, el respeto a los derechos legales, la garantía del debate libre, la no censura del acontecer noticioso”. Sen sostiene, además, que la instauración de la democracia en un país tercermundista, es lo recomendable precisamente por el papel “protectivo” de la misma, especialmente importante para los pobres.

II.

El principio de la “alternabilidad”

Ahora bien, a este reconocimiento de la democracia como “valor universal”, vamos añadirle de nuestra propia cosecha, otro aspecto muy ligado a ese valor.

Como es sabido, por numerosas partes en el mundo, se viene fortaleciendo una gigantesca tendencia autocrática; y lo peor es que para ello se viene utilizando las vías democráticas para su reconocimiento.

Impávidos observamos, que regímenes semidictatoriales o abiertamente dictatoriales, son ahora “democráticos”. Venezuela es un claro ejemplo de este hecho.

Da vergüenza y al mismo tiempo nos llena de impotencia, el espectáculo que brindan numerosos países donde a cada rato se recurre a cambiar las constituciones, y no precisamente para introducir mejoras para su gente, sino para extender las fechas de duración de los mandatos gubernamentales. En esta tentación han caído también países que parecían “normales”, pero que a la hora de elecciones se les abrían las costuras.

El deseo humano de perpetuarse en el poder es tan ardiente, que perturba hasta las más ilustres mentes; y, evidentemente, este “deseo” es la peor incongruencia con la cual se enfrenta la democracia.

La práctica de perpetuarse en el poder, horada -“pincha” digámoslo así- las ruedas que hacen caminar al sistema democrático. Esas ruedas, no son otra cosa que la “alternabilidad” en el ejercicio del poder. Sin alternabilidad no hay democracia. La antítesis de la democracia, es la falta de alternabilidad.

Este principio -ciertamente- está inmerso en las constituciones de los países democráticos, pero como ya lo dijimos antes, son letra muerta en muchos de ellos. En consecuencia, la democracia debe cerrar aún más sus mecanismos protectores. Coloquialmente  hablando, hay que ponerle a la democracia un “cinturón de castidad” y botar la llave al mar, para que ningún avispado político pretenda burlar su integridad.

¿Cuál es ese cinturón?. Una real e inquebrantable, “finita” durabilidad en el ejercicio del poder, para permitir que la susodicha alternabilidad sea una realidad.

Y he aquí el problema. ¿Cómo hacer para que a una disposición no se le busque algún camino para transgredirla? ¿Cómo hacer para que una obligación sea realmente eso, una obligación, de cumplimiento obligatorio, valga la redundancia.

Este reto le queda a la comunidad mundial organizada, la que a la par de “elevar” a “valor universal” a la democracia, debe establecer el blindaje que garanticen su real ejercicio.

Las practicas de la alternabilidad no solo incumbe a los países con regímenes presidencialistas, o en países subdesarrollados; también se debe observar en los desarrollados y en las democracias no presidencialistas, como las monárquicas parlamentarias, por ejemplo, entre estas Canadá por citar el caso más cercano que tenemos.

Email: victor@noticiasmontreal.com