domingo, 22 de febrero de 2015

Y ahora… ¿podemos llamar dictadura al régimen venezolano?

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Entre Fronteras Portada
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Nicolás Maduro Ledezma Venezuela, Dictadura

Foto: Twitter / Prensa Presidencial @PresidencialVen

Resolver esta incógnita ha sido el eterno problema de la oposición venezolana. Nunca ha podido identificar claramente al régimen chavista-madurista. En consecuencia, su accionar político irremediablemente los ha conducido a continuos y hasta previstos fracasos.

Diría que todo comenzó (o tal vez se agudizó), con el pecado original del 11 de abril del 2002. Aquel día la oposición llegó a palacio de gobierno en Caracas, tras una serie de acontecimientos precipitados. Hubo una monstruosa manifestación popular y una de sus ramas cayó en una celada, tendida por francotiradores, que tuvo como epílogo 19 muertos y cientos de heridos.

La situación se le fue de las manos al gobierno y titubeó; el alto mando militar le pidió la renuncia al presidente Hugo Chávez, quien lo aceptó, según lo anunciado públicamente por el general Lucas Rincón.

Estando la oposición, como queda dicho, en la sede del poder político con la intención de asumirlo, es cuando, no pudiendo escoger mejor escenario, les asaltó las dudas shakesperianas: ¿To be, or not to be…?, ¿soy democrático o no lo soy? Acusaciones van, acusaciones vienen, hasta que un grupo se retiró dejando a los otros solos. El nuevo gobierno moriría al poco tiempo. Todos recordarán el horror de esas largas horas de vacuidad, de silencio sepulcral y de ausencia de liderazgo, que precedieron a la retoma del gobierno por parte del chavismo.

Ese “pecado original” le costó caro a la oposición y también al país.

Desde entonces el gobierno chavista (hoy madurista) que es más zorro que el propio zorro, se dio cuenta del pie que cojeaba la oposición; y no ha dejado día que por quítame esta paja, no deje de levantarles el cartelito que les horroriza a los opositores: golpistas, antidemócratas, magnicidas, conspiradores, son algunas de las habituales palabras del lenguaje chavista.

La oposición, también desde entonces, no ha hecho otra cosa que caer en el juego, deshaciéndose en explicaciones, esmerándose en demostrar al gobierno que son más demócratas que cualquier demócrata. Sin éxito, desde luego. El bullying del gobierno contra la oposición es hasta cierto punto primitivo y soso, no por ello deja de ser dramático y censurable.

Ahora bien, todos estos comentarios son para decir que desde hace mucho tiempo el chavismo-madurismo no es más que un cascarón y, si se mantiene en pie, es principalmente por la debilidad de la oposición.

Si utilizamos el mismo instrumental de análisis de los aprendices del socialismo, podríamos decir que en la Venezuela de hoy en día están dadas las “condiciones objetivas y subjetivas” para un gran cambio social y político. Y ojo, que no estoy utilizado la palabra “revolución”, como termina la  frase aludida; y no porque tengamos algo contra este magnífico vocablo, sino por lo desvalorizado en que lo han convertido quienes han querido ponerlo en práctica.

Para empujar este cambio solo hace falta que la conducción política opositora venezolana -remozada o reforzada-, empiece llamando al pan pan y al vino vino. En otros términos, que termine por desvelar el velo democrático con el que se cubre el régimen déspota de Venezuela.

No se imaginan el bien que hace identificar adecuadamente al mal que nos aqueja. Eso tiene un efecto curativo sorprendente, con resultados aún más inesperados, hasta de la noche a la mañana.