martes, 3 de marzo de 2015

Los miedos de una mamá inmigrante

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Mamá en Montreal Portada
Por:
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mamá en Montreal mamá inmigrante Cynthia Rodríguez

Foto: Flickr / Wonderlane (CC)

Hace unos días, Elijah Marsh salió de la casa de sus abuelos durante la madrugada. Ellos no lo sintieron salir. Estaban dormidos. Atravesó varias puertas y la cámara de seguridad del edificio lo registró mientras salía a la calle, donde la temperatura a esa hora era de cerca de -30 grados Celsius. Elijah caminó unos 300 metros por el vecindario. Llegó hasta el jardín de unos vecinos, que tampoco lo sintieron allí. Estaban dormidos. Allí lo encontraron en la mañana, sin signos vitales. Lo llevaron al hospital, pero lamentablemente, no pudieron hacer nada por él. El frío pudo más que todo. Elijah vestía una camiseta, un pañal y unas botas. Tenía tres años. Tres.

De las malas noticias que he leído desde que llegué a Canadá hace ya unos cuantos meses, esta ha sido la más dura de digerir. La que más me ha hecho llorar. La que me hizo descubrir algo que hasta entonces tal vez no había concientizado por completo, centrada como he estado en resolver el día a día, en superar las no pocas pruebas que tienes que superar cuando acabas de llegar, en encontrar formas de ganar ingresos, cuidados, actividades para mi hija, las mil y un cosas que me hacen falta para “empezar de cero” y el eterno etcétera que tú ya conoces. Me hizo recordar el miedo. El miedo que, contrario a lo que mucha gente que te ve desde el otro lado del espejo de la migración piensa, aquí también existe. Es diferente, sí. Pero allí está.

Mi familia y yo salimos de Venezuela por una lista de razones muy personal. Una de ellas fue el miedo. Mucha gente nos acusa de cobardes y aunque no me dejo, porque no creo que esto de sentir miedo sea necesariamente lo mismo que ser un cobarde, lo entiendo. Sí: tuvimos miedo.

Allá uno teme por cosas que no me voy a poner a contar aquí porque me parece que no vienen al caso. Digamos el miedo como presencia en tu vida va ganando a veces tanto espacio que hay quienes no lo soportamos y decidimos irnos. Sabíamos, claro, siempre lo tuvimos presente, que no se trataba de cambiar “todo lo malo” por “todo lo bueno”, que esto de emigrar es más bien una negociación en la que se ceden unas cosas a favor de otras, se cambian las vidas de lugar, de mueven los conceptos o ideas, se sienten diferentes emociones y a veces las mismas emociones, pero de manera distinta.

Pero al menos yo no lo había entendido hasta que leí sobre Elijah. Hay unos miedos que siempre van a estar. El miedo más fundamental que acompaña a una madre desde que se hace madre es uno de ellos. No voy a decirte cuál es. Ése miedo. Ese miedo sigue estando allí.

Emigrar no ha acabado con el miedo. Simplemente, le puso otras caras. Y en el caso de Elijah me aterra lo desconocida que me es esa cara en particular: aquí el frío puede matar a un niño en unas pocas horas. Porque uno duerme tranquilo y se le olvida pasarle el seguro a la puerta. Porque la casa tiene dos puertas de las que estar pendientes. Porque si estás dormido y el niño se despierta y abre la puerta en medio de la noche, en medio del frío, no hay nada que te separe de la tragedia. Una camiseta, un pañal y unas botas. Tres años.

Hablo de esto porque a veces leo con asombro los comentarios de personas que tomaron una decisión distinta a la que yo tomé sobre mi país; comentarios en los que, como decía líneas arriba, me llaman cobarde; en los que se asume que mi vida es comodísima y que no tengo nada de qué preocuparme ahora que vivo a muchos kilómetros, muchos grados Celsius y sobre todo muchos años de distancia de lo que yo llamo “mi país”. Se asume que el que emigra es feliz porque tiene el deber de serlo. Y bueno, sí, uno no hizo todo lo que hizo para sentirse mal. Pero también se siente mal. ¿Cómo se hace?

La tristísima noticia de Elijah es un hecho poco común, pero pasa. La semana siguiente de leer esto, supe de una madre a la que habían arrestado porque encontraron a su niñita fuera de la casa, vistiendo sólo un pañal. Unas semanas antes, había leído de un caso similar. Esto pasa. No debería pasar, pero pasa.

En mi país a los niños también les pasan cosas que no deberían pasar, pero insisto en que no quiero hablar de eso. Si lo menciono es únicamente para que se entienda que no, no me he olvidado de eso. Lo tengo muy presente. Crudamente presente, sobre todo con las noticias que me llegan todas las mañanas. Y me seguirán llegando. No puede ser de otra forma.

La lamentable noticia de Elijah me ha hecho entender que hay cosas que debo saber para actuar como mi circunstancia de inmigrante lo exige. Ahora vivo aquí y tengo que entender mejor cómo funciona esto. Tengo que saber que si las cosas pasan, mejor tomar medidas, contemplar variables, minimizar posibilidades. No debo olvidar. No debo dar por sentado.

Una madre debe hacerse fuerte, valiente, rápida a la hora de tomar decisiones, práctica. Una madre debe a veces hacer callo y seguir corriendo. No hay tiempo para pensar mucho, porque tienes que enfrentarlo todo en nombre de lo más importante. Una madre inmigrante tiene que ser más fuerte. No puede ponerse a recordar lo que era y ya no es, lo que tuvo y ya no tiene, porque tienes que dejarlo todo atrás y reaprenderlo todo en nombre de lo más importante.

El miedo siempre va a estar allí. Lo único que puedes hacer es aceptarlo y tratar de aprender de él. Y también llorar a veces. Porque eso también te recuerda de qué estamos hechas las mamás.

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