martes, 17 de marzo de 2015

No hay como hablar

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Mamá en Montreal Portada
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Mamá en Montreal Cynthia Rodríguez inmigrantes y mamá

Foto: María Gabriela Aguzzi V. / Grupo NM

Si algo he aprendido en mi experiencia como mamá, es sobre la perspectiva que te brinda hablar con otras mujeres. Más allá de las obvias coincidencias sobre los niños, que viven más o menos los mismos procesos en maneras similares (aunque cada uno a su ritmo y con sus particularidades, claro), uno se encuentra con historias interesantes, con retos y desafíos que debieron superar las demás mamás y con el aprendizaje que todo esto les dejó, así como también uno puede aportar algo de lo que le ha tocado vivir.

Lo mismo me ha sucedido como inmigrante. Tengo una amiga que siempre me dice: “no hay como hablar”, y cada vez estoy más de acuerdo con ella. A veces un problema se resuelve en mucho menos tiempo del que pensábamos, simplemente porque hablamos con la persona indicada en el momento indicado y obtuvimos la respuesta que necesitábamos.

Nada como hablar con otras personas que están en esta situación para entender mejor la propia. Nada como la distancia y la perspectiva para medir mejor lo que te pasa, para entenderlo en su justa proporción y, a veces, también para sentirte menos sola o hasta afortunada y más agradecida. Al menos para mí ese es el balance ideal.

Recientemente, me ha tocado conversar con otras mamás latinoamericanas sobre estos temas. Sobre lo que significa ser mamá y ser inmigrante, sobre sus historias, la manera en que tomaron la decisión de venir a vivir aquí, a veces acompañadas de sus parejas, a veces solas con sus hijos de distintas edades. Me han hablado de lo que dejaron atrás, lo que extrañan y lo que no quisieran volver a ver nunca más.

Vivir en una ciudad como Montreal te da muchas oportunidades. Pero creo que para una mujer a la que le gustan las historias, propias, reales, ajenas o imaginarias, es un territorio inagotable. Sentarte a conversar con otras mujeres inmigrantes es como leer. No uno, sino muchos libros. Cada uno distinto, con una historia y una voz particulares. Y creo que eso es una bendición.

Las mujeres somos conversadoras por naturaleza. Tenemos, biológicamente, mejor capacidad para hablar de nuestros sentimientos y emociones y para compartir, con detalles, nuestras historias. Las latinas además, tenemos la ventaja de que nos une una lengua que siempre queremos usar, pero a menudo sólo utilizamos en casa; así como unas referencias culturales y unos sabores particulares que nos trajimos con nosotras en nuestro equipaje y que no queremos (ni debemos) dejar que se nos pierdan. Si nos abrimos a contar y, sobre todo, a escuchar, lo tenemos todo dado para que esa lectura entre nosotras nos deje muchísimo.

Ser mamá no es una tarea que puedas hacer del todo sola. Es bien cierto que muchas, muchísimas mujeres emprenden la maternidad sin una pareja al lado. Pero siempre debería haber alguien más con quien compartirla: una hermana, una amiga, otras mamás y papás, tu mamá, tu suegra y, a veces, también, una perfecta desconocida cuya experiencia sobre un asunto en particular te sirve y te ayuda en determinado momento.

Me parece que ser inmigrante es más o menos igual. Si bien cada una de nosotras va a tener su propia experiencia y en líneas generales va a ser diferente de la que viven las demás, podemos aprender mucho de lo que otras mujeres como nosotras están pasando y ganar perspectiva. Y eso es uno de los mejores regalos que una mamá inmigrante puede recibir. Así que creo que mi amiga tiene razón: No hay como hablar.

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