miércoles, 29 de abril de 2015

Sobre el discurso de Fernando Vallejo en la Cumbre Mundial de Arte y Cultura por la Paz

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El arca de Enoïn Portada
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Fernando Vallejo discurso análisis

Foto: Captura de pantalla / YouTube

Estimulados por los diálogos de paz que se desarrollan en la mesa de negociación entre el Estado colombiano y la dirigencia de la guerrilla de las FARC, en La Habana, todos los sectores que componen la sociedad civil colombiana se han movilizado de manera articulada, para animar a las partes a ponerle punto final al conflicto o (al contrario) para evitar que las negociaciones lleguen a buen término. 

Del lado de aquellos que han juntado pies y manos para impedir que los diálogos concluyan en acuerdos, que pongan punto final a la confrontación armada que registra el país desde hace 60 años, están los sectores de extrema derecha. Estos sectores, a cuyos actores no se les puede identificar con precisión y a los que se les ha llamado en el país, de manera metafórica, las fuerzas oscuras o la mano negra, han encontrado sus voceros más locuaces en el expresidente Álvaro Uribe Vélez y el procurador general de la nación, Alejandro Ordoñez Maldonado. 

Del lado de los que instan a los contrarios a no pararse de la mesa hasta no llegar a un acuerdo definitivo se encuentra un conjunto de fuerzas heteróclitas y voluntariosas, que ha recurrido a todos los medios para hacerse oír y ganar apoyo popular. Entre las acciones que han llevado a cabo para hacerse notar y ejercer presión sobre los negociadores de los dos bandos están las marchas y los foros. Entre esos eventos se cuenta “La Cumbre Mundial de Arte y Cultura por la Paz”, organizada por la alcaldía mayor de Bogotá, el Instituto Distrital de las Artes -Idartes-, la Alta Consejería para las Víctimas, la Paz y la Reconciliación y el Movimiento Cultural Artistas por la Paz, en la capital colombiana, entre el 6 y el 11 de abril de 2015.

El propósito de esta crónica no es el de hacer un resumen de lo que se dijo en dicha cumbre, la cual no seguimos de cerca, ni mucho menos de elaborar un perfil de los dos sectores que luchan a favor o en contra de la paz en Colombia, identificar sus respectivos dirigentes, reseñar sus acciones públicas para llamar la atención del público, ni de preparar un inventario de sus ideas o analizar los tropos de sus discursos. El objetivos es el de pasarle revista a la disertación del escritor antioqueño, de nacionalidad mexicana, Fernando Vallejo, quién en su intervención en dicha cumbre -como de costumbre- disparó contra todo lo que se movía, en un afán obsesivo de no dejar títere con cabeza

Fernando Vallejo: un provocador, un incendiario que se divierte escandalizando

Cuando leo a Vallejo, cosa que no hago con frecuencia, recuerdo siempre una escena de una película de terror, de cuyo nombre no me acuerdo, que vi en los años finales de la década de los ochenta, cuando aún sacaba tiempo para ir al cine todas las semanas. El suceso ocurre en un museo, donde un artista japonés expone obras, que tienen un aspecto espeluznante. Mientras la cámara se detiene sobre cuadros, máscaras, esculturas y grabados, la voz de un especialista explica, con pasión, a los visitantes del museo que por largo tiempo el arte privilegió, en todas sus manifestaciones, el culto a la belleza y a la perfección, ignorando deliberadamente lo grotesco como manifestación de lo artístico y lo estético. Según el narrador, ese esfuerzo por negar lo feo y lo horripilante como manifestación de la cultura humana, es la razón que explica por qué a la hora de hablar de arte se considera solamente lo bello y lo agradable, como expresiones de la capacidad del ser humano para explicarse el universo desde la perspectiva estética. Esa predisposición nuestra a valorar lo bello y lo armónico como única manifestación de la capacidad artística del ser humano, concluía el especialista -invisible en la escena-, es la que explica por qué el concepto de estética se ha convertido en sinónimo de belleza y ornamento, olvidando que la estética es una de las tantas herramientas que pueden utilizar los individuos para interpretar el mundo y representárselo.

En lo que concierne a la manera como los seres humanos interpretan y se representan  el mundo vale aquí decir, -a riesgo de hacer una digresión, como diría Borges-, que éstos han desarrollado cuatro enfoques: el enfoque teológico; el enfoque filosófico; el enfoque científico; y el enfoque estético. Dentro de este último enfoque entran todas las manifestaciones artísticas, entre las que se cuenta la literatura y su manifestación más elaborada: la novela. Esto hace del escritor un individuo que se explica el mundo y lo explica a los otros a través de la palabra, mediante la cual construye representaciones estéticas del universo en que habita y de los fenómenos sociales, que caracterizan su tiempo.

Sobre la presencia de lo grotesco en el arte pictórico una buena reseña histórica del tema se encuentra en el libro “De Rabelais a Dalí: La imagen grotesca del cuerpo”, de Beatriz Fernández Ruiz. En el prólogo del libro Juan José Lahuerta afirma que lo grotesco en las artes plásticas está representado por una suerte de “carne podrida”, de “canibalismo”, de “podredumbre”, de “insectos”, de “metamorfosis de metamorfosis”, de “hojarasca”, de “follajes sin orientación”, de “la repetición de lo irrepetible tanto como –viceversa- con la frondosidad del cañón, con la zarza en la que todo se enreda, hasta la misma simetría”. Esa visión contra hecha del mundo ha dado origen a un “sadismo grafico como liberación absoluta del hielo y de la piedra”. De las manos y mentes, que se han dedicado a darle vida al universo estético de lo grotesco ha venido al mundo “un universo de monstruos amistosos, cómicos, marginales, sin importancia pero tan importantes, siempre emboscados en la hojarasca espesa de los muros, allí donde la imaginación, el dibujo y la pintura salvan y redimen a los hombres de la crueldad de dios y de los hombres mismos”.

A falta de espacios en los museos para ella y de coleccionistas privados que valoricen la obra grotesca, convirtiéndola en un haber más de su fortuna, el arte grotesco ha hecho de las tiras cómicas, de los dibujos animados para cine y televisión, así como de los videojuegos, el medio de propalación de sus creaciones. Sara Núñez resalta en su artículo “El shock del grotesco en el cine y la televisión” que las artes visuales han recurrido a lo horrendo (el shock), “para transmitir posturas políticas, ideales morales y mensajes concernientes al arte”. Con  ello buscan tanto criticar los valores establecidos como establecer nuevos valores, pues la experiencia estética se convierte en una pasarela que introduce a los espectadores distraídos a la escena política o moral sin que ellos se den cuenta.

En el campo de la literatura lo grotesco tiene una larga tradición, que ha encontrado en el teatro su mejor socio, pues éste más que los otros géneros literarios ha sabido poner en escenas, con naturalidad, los gestos ridículos, chabacanos, vulgares o absurdos que atraviesan la vida diaria. De ese modo, tanto la tragedia como la comedia han hecho uso de lo grotesco para ejercer la crítica social, moralizar, ridiculizar o dramatizar lo sagrado y lo profano, lo vulgar y lo refinado y para burlarse del poder o para denunciarlo, generando de ese modo una visión del mundo más rica en el plano simbólico. Esa “carnavalización” del mundo, como la llamó Mijail Bajtin, dio origen a un tipo de literatura en la que los personajes pueden ir de las situaciones más escatológicas a las más sublimes. Los íconos por excelencia de lo grotesco en literatura son Gargantúa y Pantagruel, salidos del magín del francés François Rabelais. La tradición iniciada por Rabelais, fue continuada por Cervantes, Shakespeare y Dostoiewsky, que utilizan el elemento  grotesco para darle mayor fuerza estética a sus obras.

Según Eduardo Urbina, que se ocupó de analizar lo grotesco en el Quijote, la genialidad de Cervantes en su célebre novela consistió en pasar de la “parodia burlesca a la creación novelesca”, lo cual va a reflejarse en tres tipos de grotescos diferentes: 1) lo grotesco monstruoso, 2) lo grotesco ingenioso y 3) lo grotesco ambivalente. Con la intención de crear sorpresa y producir risa, el autor se entrega conscientemente a construir un ideal de lo feo a partir de la deformidad física y de la extravagancia mental, que le permite elaborar su ficción a partir de la parodia, dando origen a un mundo donde cohabitan gigantes y enanos, en el que se puede pasar, sin hacer escala, de lo maravilloso a lo dantesco.

En cuanto a Fernando Vallejo, según Francisco Villena, el estilo de este autor se inscribe dentro de una tradición literaria y ensayística: la sátira virulenta, que remonta a los albores del barroco español, en siglo XVI. Este estilo ha sido cultivado con éxito por un amplio número de autores e intelectuales hispanoamericanos, que según Villena han apelado al discurso grotesco, en el que son comunes los giros lingüísticos macabros, los símiles monstruosos y los tropos escatológicos, que se convierten en elementos centrales de este tipo de sátira, para contestar el orden establecido. De ese modo tratan de caricaturizar al individuo, la sociedad y la misma literatura, a través de un contradiscurso, que tiene por objeto escandalizar a través del uso de la “obscenidad y la maledicencia”. Resalta Villena que “el tono esencialmente grotesco es característico en la narrativa” de Vallejo, pues sale a relucir en “cualquiera de sus novelas”, en las que además de “esta vertiente satírica” sobresale “la exageración textual y conceptual”.

Otro analista, que saca a relucir la connotación grotesca de la estética de Fernando Vallejo, es Oscar Díaz Ortiz. Para él, Vallejo apela a un discurso fundamentado en lo grotesco, recurriendo a un tono  apocalíptico -como en el caso de La Virgen de los Sicarios-, donde trata de recrear el desmembramiento, la descomposición y el colapso de la sociedad colombiana por causa de la violencia, el libertinaje sexual y la muerte, que socavan y desmoronan los valores tradicionales de la cultura nacional. El universo moral que recrean las novelas de Vallejo está caracterizado por la desmitificación de la norma religiosa, de la formalidad lingüística y de los valores tradicionales, a los que cuestiona y ridiculiza de todos los modos posibles, a través de un lenguaje que péndula entre el coloquialismo de la jerga popular antioqueña  y el lenguaje literario universal.

En el plano filosófico-epistemológico la literatura de Vallejo ha sido considerada, por aquellos que se han dedicado a analizarla, como una manifestación del cinismo. Así lo estima  Brigitte Adriaensen, quien advierte que en “La Virgen de los Sicarios”, Vallejo interpreta a través de la estética las “distintas manifestaciones de la violencia”, que flagela el entorno social del que proviene. Por su parte Roberto Onell  sostiene que Vallejo se empeña en mostrar a través de sus obras los escenarios del mal, con la intención de transmitir la idea que el “mundo vivido es el infierno”.  Dicho en otras palabras, para Onell “la narrativa de Vallejo modela un mundo”, moldeado por “un descalabro moral, retroalimentado por desastres políticos y económicos, que proliferan sin detenerse ni atenuarse”. En síntesis, la literatura de Vallejo se empeña en transmitir, de manera directa y sin mucho ornamento lingüístico, un sentimiento de amargura, malestar emocional, pesimismo y desconfianza social, usando como condimento la jerga soez de la clase popular urbana antioqueña.

Personalmente considero que Fernando Vallejo es un escritor que ha construido un mundo sombrío a partir de la estética de lo grotesco, utilizando un discurso que péndula entre lo provocador y lo incendiario. Vallejo no escribe para ayudar a los seres humanos a interpretar su pasado y su presente por la vía de la literatura. Él escribe para escandalizar, para chocar, para generar repugnancia en el ser humano sobre su propia condición. En tal sentido, como lo sostiene Onell, Vallejo “no vacila en poner mal a medio mundo, o al mundo entero si es necesario”, para transmitirle con sus palabras “el gusto amargo” que le produce la vida. La visión pesimista que tiene Vallejo de la condición humana: “El hombre nace malo y la sociedad lo empeora. Su tendencia natural es a obrar mal y no tiene redención”, se le oyó decir en Bogotá, es la base de una obra literaria a partir de la cual se proyecta, como bien lo insinúa Héctor D. Fernández L’Hoeste, una visión dantesca del mundo.

Ese deseo de hacerle sentir a los otros su malestar emocional sale a relucir en sus novelas y discursos, a través de su empeño de nombrar constantemente “lo malo, lo feo, lo grotesco, lo ridículo”. Vallejo, “sin sentir compasión por nadie” -como no sean los animales-, no escatima nunca “el insulto, la burla, la imprecación”, para degradar el mundo del que proviene y la condición moral de quienes lo habitan o lo dirigen. En el universo literario creado por Fernando Vallejo y en sus discursos, a pesar de los chispazos de humor macabro que envuelve su prosa, todo es nebuloso. En el plano de la ética, tanto el autor como su obra, predican un amoralismo rampante, pues en ninguno de sus escritos ni en sus entrevistas radiales se advierte la menor intención de redimir al ser humano. Todo lo contrario: su palabra es una exhortación a refugiarse en el nihilismo puro y duro porque, en palabras de León Valencia, él es de los que “piensa que el mal es la humanidad misma” y “que no hay redención posible para los seres humanos”. En otros términos y apelando al punto de vista de Antonio Caballero, Vallejo es un profeta de “la desesperanza radical”. 

Mejor no lo pudo decir Alfredo Molano Bravo, al evaluar su discurso en la mencionada Cumbre: “nadie puede negar que es un escritor, aunque se debería decir que es más bien un buen escritor de panfletos biográficos; un panfletista, en el mejor sentido del término […] cuando habla se le siente un resentimiento profundo, supurante. Vomita veneno quizá para tratar de curarse”.

(Continuará el próximo domingo)