domingo, 3 de mayo de 2015

Sobre el discurso de Fernando Vallejo en la Cumbre Mundial de Arte y Cultura por la Paz (II)

Publicado en:
El arca de Enoïn Portada
Por:
Temas:
Fernando Vallejo

Foto: YouTube

Viene de: Fernando Vallejo: un provocador, un incendiario que se divierte escandalizando

El discurso de Vallejo en el plano conceptual

Pensando en el discurso de Vallejo en el Foro por la Paz de los artistas y los intelectuales en Bogotá no sé porqué se me ocurrió pensar que el discurso de un individuo es el daguerrotipo de su personalidad. El asunto es objeto de debate entre filólogos, psicólogos, sociólogos y humanistas. Según el filólogo Mauricio Pilleux, cada uno de los actos que los seres humanos realizamos cotidianamente da cuenta de nuestra “competencia comunicativa”, facultad que agrupa cuatro competencias concretas: la competencia lingüística, la competencia sociolingüística, la competencia pragmática y la competencia psicolingüística. Es desde la última de esas cuatro competencias desde donde se examina el rol de la personalidad del individuo, como un factor estructurador del discurso.

En opinión de Pilleux, La personalidad del hablante es una suerte de “caja negra” donde está registrada una serie de elementos: nivel intelectual y cultural, sistema de motivaciones, sexo, edad, estrato social, prejuicios, valores socio-antológicos, estado emocional, etc., que van a influir en la estructuración de su discurso, debido a que son elementos constituyentes de su identidad.

El consejero en recursos humanos Nelson Bouchard, en su libro “Gérer les personnalités difficiles: préserver sa bonne humeur au travail malgré les défauts des autres”, clasifica los temperamentos humanos en 34 tipos. Estos son : el ambicioso, el ansioso, el desmotivado, el desordenado, el nervioso, el mata tiempo, el acomplejado, el conformista, el tiránico, el dependiente, el depresivo, el injusto, el egoísta, el pacifista naïf, el abogado del diablo, el intrigante, el acosador, el histérico, el imaginativo improductivo, el indiscreto, el ave de paso, el paranoico, el hablador incansable, el narcisista, el controlador obsesivo, el perezoso, el paternalista, el puntilloso, el impuntual, el complaciente, el sobreprotector, el tímido, el optimista y el maníaco del trabajo.

Leyendo ese libro, al tiempo que leía las reacciones al discurso de Vallejo, me pregunté cuál sería el tipo de temperamento que define mejor al escritor antioqueño. Cuando uno se detiene sobre el temperamento de Vallejo a partir de las ideas que transmite a través de sus novelas y discursos, se encuentra que éste proyecta una personalidad en la que se combinan varios temperamentos. De un lado, Vallejo es un histérico, puesto que es un individuo al que le importa un comino el qué dirán, dotado de una indiscutible capacidad creativa, que despliega un individualismo feroz, que raya en la anarquía. De otro lado es un narcisista, que asume un comportamiento de niño malcriado para llamar la atención sobre sus delirios de grandeza y su necesidad de ser admirado, aplaudido o repudiado. En todo caso, él siempre está interesado en que el mundo hable de él: bien o mal, pero que hable. Finalmente, Vallejo encarna al mismo tiempo una combinación de abogado del diablo y acosador, puesto que tiene un excelente talento para diagnosticar problemáticas sociales sin proponer soluciones, y una aguda capacidad crítica, que usa para denigrar a la gente que detesta, apelando a un lenguaje injurioso, lapidario, humillante y denostador, que tiene por objeto destruir al sujeto objeto de su crítica, reduciéndolo al ostracismo.

En cuanto a su discurso, antes de analizar su estilo, vale la pena mencionar la categorización de los discursos establecida por Olivier Reboul. Según Reboul existen cinco tipos de discursos: el discurso contestatario, el discurso funcionalista, el discurso humanista, el discurso innovador y el discurso oficial. A ese grupo valdría la pena agregar el discurso sectario que se divide en dos vertientes: la vertiente reaccionaria, que defiende el orden establecido o predica a favor de la restitución de ordenes sociales desaparecidos; y la vertiente anarco-contestataria, que critica el orden vigente y se opone a la existencia de todo tipo de orden. El discurso de Vallejo es una mezcla del discurso contestatario con el discurso sectario. En todo lo que escribe y dice el autor de “El Desbarrancadero” se mezcla una crítica sin piedad el orden establecido, en la que emerge, dependiendo de la circunstancia, la vertiente anarco-contestataria, que pregona ni Dios, ni Estado, ni patrón, y la vertiente reaccionaria, caracterizada por un discurso de desprecio a los pobres y a las políticas sociales, que los Estados implantan para favorecer su movilidad social.

Desde la perspectiva discursiva, la disertación de Vallejo: “La infamia que aquí llaman paz”, que leyó en Bogotá en el congreso de “la clase creativa colombiana” –por usar la figura retórica del geógrafo Richard Florida-, puede ser divida en cuatro bloques. El primer bloque representa la tradicional crítica a la clase dirigente nacional, en la que llamó sinvergüenza” al presidente Juan Manuel Santos y “combos o mafias” a los partidos políticos de orientación liberal, que integran la coalición de gobierno. Según él, estos partidos, dirigidos por el presidente de la República, en “calidad de director concertador”, han organizado en el país “un concierto para delinquir”.

Esa parte del discurso muestra de cuerpo entero al Vallejo anarco-contestatario. Apelando a la demagogia, el escritor afirma que el Estado extorsiona a la sociedad a través del departamento nacional de recaudo de impuestos (DIAN), al mismo tiempo que denuncia al Ejército, sobre el que insinúa que recluta –ilegalmente- “a cuanto muchacho pobre logra agarrar”. Allí el Vallejo, que no gusta de los pobres, sale a defender a los muchachos pobres. En esta parte el Vallejo anarco-contestatario la emprende contra el Estado, del que despotrica por “atropellar con sus trabas y atracar con sus impuestos”, y contra la clase dirigente, a la que tilda de ser una caterva de “bribones”, que han organizado un “sistema financiero de estafadores” y “un Congreso [ y ]  poder judicial corruptos”.

El vallejo sectario-contestatario se alterna –sin cesar- como en un monólogo teatral que pone en escena el coro de voces que habitan la mente de un esquizofrénico, con el Vallejo sectario-reaccionario. Si el primero ataca al Estado y a su clase política, el segundo la emprende contra “proceso de paz”, al que califica como una negociación entre “bribones [y] hampones”, que buscan “tapar la realidad monstruosa [del país] con cortinas de humo que no dejen ver lo que pasa”. El ataque de Vallejo al proceso de paz se fundamenta ante todo en elementos ideológicos, en los que salen a relucir los principios políticos de la derecha más retardataria del país.

Dentro de esa lógica, Vallejo, desconociendo la historia del conflicto colombiano y usando un lenguaje similar al de la propaganda militarista, califica a las FARC como una organización de “bandoleros”, que integran la “banda más dañina y criminal que haya conocido Colombia”. Para Vallejo en el “proceso de paz” de la Habana no se negocia el fin de una guerra de 60 años, que ha dejado varias centenas de miles de víctimas, sino la repartición entre el gobierno actual y los jefes de las FARC de un “botín [representado en] altos puestos públicos y […] contratos”, abriendo de ese modo un corredor que le permita a los insurgentes lograr –como sucedió con el M19- “con el engaño de las urnas” lo que “no lograron con las armas y el derramamiento de la sangre”.

La descalificación que hace Vallejo del proceso de paz con el M19, que ha sido hasta presente el más exitoso de todos los que ha firmado el Estado colombiano con las fuerzas insurgentes y de otra naturaleza, y del espacio político al que se han hecho los dirigentes de esta antigua guerrilla por la vía de las urnas, muestra de cuerpo entero el talante reaccionario de Vallejo. A este escritor, como a los sectores más sectario-reaccionarios del país, también le escandaliza que los antiguos insurgentes participen de las elecciones a alcaldías gobernaciones y presidencia de la República, que las ganen y accedan a “los altos puestos públicos y sus contratos”, cosa que hasta hoy ha sido sólo privilegio de aquellos “que durante doscientos años han gozado del botín” ganado en “guerras civiles y elecciones”.

El tercer Vallejo que emerge en el discurso es el iconoclasta, provocador y hereje, que la emprende contra la religión, sus iconos y representantes. Ese Vallejo ya es conocido por todos aquellos que han seguido de cerca al autor de “La Virgen de los Sicarios”. Esta novela es la que mejor nos devela el talante apostata que lo habita. Refiriéndose a su condición de blasfemo,  Antonio Torres considera que Vallejoes una figura transgresora, brutal, furibunda, airada, iconoclasta, irreverente, nihilista”. Por su parte  Adriana Astutti recalca que la literatura de Vallejo y sus discursos dejan al descubierto una “furia iconoclasta y anticlerical”, en la que se evidencia un moralista satírico, que desafía los sentimientos piadosos” a través de un “extremismo moral/inmoral”.

Su vocación de provocador y su talante inveterado de hereje hacen de Vallejo, según Fernando Díaz Ruiz, un escritor adscrito a “la estirpe inagotable del escritor maldito”. Si retomamos los conceptos de Díaz podemos entender porque el sermón “injurioso, polémico, iconoclasta y transgresor de Fernando Vallejo” en la cumbre de los artistas por la paz está en completa sintonía con su “labor literaria”, que marca la continuidad de la “tozudez ferina”, que nos anunciaba desde su “incursión previa en el mundo del cine”. Por eso no debe sonar raro que Vallejo se refiera a Jesucristo como elHijo bobo” del “Padre Eterno”, ponga en duda el proyecto redentor del cristianismo, reniegue de frases bíblicas y despotrique por parejo contra los papas Bergoglio y Wojtyla.

Finalmente está el Vallejo bárbaro, amoral y pernicioso, que no mide las consecuencias de sus palabras. Por eso, a través de la crudeza de su discurso, termina él mismo rebajándose al nivelde la gusanera”, que integra el “grupo de bellacos amafiados que se dicen buenos ciudadanos y que montan y desmontan partidos para sus fines” y de los “hampones”, que negocian con “bribones” el “proceso de paz” en la Habana, que con ferocidad critica. Retomando los términos de Astutti, podría decirse que el Vallejo que se amalaya de “no ser presidente de esta republiquita” para tomar venganza, a nombre de 400 perros electrocutados por una funcionaria del gobierno de Antanas Mockus en Engativá, electrocutándola “en pelota y mojada con agua fría”, es también un fiel portador del espíritu thanatológico, que ha hecho de Colombia un país donde se han practicado, sin cesar, los más macabros rituales de muerte, en el marco de una violencia endémica, a la que la sociedad no ha podido ponerle punto final, a pesar del formalismo institucional, del que se ufana la dirigencia nacional.

Como lo señala Atutti, el discurso de Vallejo está hilvanando a partir de frases o argumentos “siempre al borde de llegar al colmo”, pues él entiende la palabra “como deseo, como sobrevida y como venganza final”. Esto se debe a su creencia en el poder destructor de la palabra ya que, como lo dijo en la página 82 de “El Desbarrancadero”, para él “hay palabras liberadoras también las hay destructoras, palabras que yo llamaría irremediables porque […] una vez pronunciadas ya no hay remedio, como no lo hay cuando le pegan a uno una puñalada en el corazón buscándole el centro del alma”. Ese deseo de destruir con la palabra es lo que hace de Vallejo un intelectual portador de un discurso socialmente pernicioso, anclado “melancólicamente en la digresión, como si buscara pulsar la nota nostálgica para mejor acceder a la nota voraz”, que celebra una violencia agónica, con la que trata de provocar “el sufrimiento ajeno”.

Ese deseo de chocar, de incendiar, de escandalizar, de desacralizar, de no dejar títere con cabeza representa, según Antutti, una decisión deliberada de parte del escritor: la de haber elegido el rechazo como medio para afirmarse. Sólo esa voluntad de generar rechazo es la que podría explicarnos porque Vallejo, en un auditorio tan sensible al tema de la justicia transaccional, haya rechazado ésta y propuesto, como medida para superar el estado de degradación del mudo por causa de la maldad humana, la restauración “de la Ley del Talión pero perfeccionada: los dos ojos por uno, todos los dientes por uno, y como el hombre no tiene sino una vida, que el que mate pague con la suya y con la vida de su madre”.