domingo, 10 de mayo de 2015

Stephen Harper, con las barbas en remojo

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Foto: Página del Primer Ministro de Canadá

Foto: Página del Primer Ministro de Canadá

I.

¿Cuál barba?, diría en el acto el primer ministro canadiense. No habiendo barba, no hay nada que remojar.

Ciertamente, ni por asomo hemos visto a un Stephen Harper barbudo. Si se dejara la barba, tal vez no sería conservador, ¿sería del NPD?, Nooo.

Sin embargo, sí hay conservadores barbudos, no muchos. Según las fotos de los diputados al Parlamento canadiense, el 4,38 % del partido Conservador tiene barba, o justo un candado; en cambio en los campos del NPD (Nouveau Parti démocratique), el partido del que se dice que es de izquierda, el 8,42 % de sus diputados portan barba, comenzando por su jefe, Thomas Mulcair.

Pero, ¿a qué viene tanta cháchara de barbas?

Resulta que -como dice el refrán-: “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”-, salta a la evidencia que es hora que el Partido Conservador de Canadá (le Parti conservateur) abra los ojos y haga algo si no quiere que el próximo mes de octubre le suceda lo que le sucedió el 6 de mayo pasado, a su similar (o mejor dicho a su ancestro) el Parti progressiste-conservateur de la provincia de Alberta, que tras 44 años de reinado perdieron su corona, derrotados por una marea naranja (dícese del NPD), liderada por Rachel Notley.

Alberta es para muchos la cuna del primer ministro Stephen Harper, aunque nació en Toronto; pero en Alberta probablemente tuvo su mayor experiencia política. Actualmente, de los 28 diputados que tiene Alberta ante la Chambre des communes du Canada, 26 son conservadores, uno del NPD y otro independiente, que también fue conservador, pero que se separó de la agrupación en el 2013. ¿Se imaginan ustedes si los albertanos, imbuidos aún por la ola naranja en las próximas elecciones federales, no eligen a Harper en la circunscripción a la que representa?

No obstante, este temor no pasa por la cabeza de los miembros del partido Conservador, al menos de los dientes para afuera. Por ejemplo, el ministro de Justicia, Peter MacKay, quien en esta materia es una voz autorizada, ya que él fue uno de los promotores del actual Parti Conservateur, PC, que surgió en el 2003 de la fusión de la versión nacional del Parti progressiste-conservateur du Canada, (lideraba por MacKay) con el partido Alliance canadienne. Fue una buena jugada de MacKay, al unir a la derecha, ante la caída de popularidad que estaba experimentando su partido.

Frente a los hechos de Alberta, MacKay declaró que ello se debió a “una división de la derecha”. Tal vez hacía alusión al distanciamiento que ha tomado Brian Jean, exmiembro del Parlamento de Canadá por los conservadores, hasta enero del 2014, cuando renunció, para reaparecer este año como líder del también conservador -o muy conservador para muchos- partido denominado Wildrose, al que no le fue nada mal en esta justa electoral; sacó 21 diputados a la Asamblea de Alberta, comparado con los 17 de antes.

Por su parte, Jim Prentice, que ya podemos considerarlo como ex primer ministro de Alberta, no midió las consecuencia -o tal vez sí, solo que quiso dar un golpe de suerte-, al convocar a elecciones anticipadas. Como se dice, el tiro le salió por culata. Igual como le pasó a Pauline Marois en Quebec. Sólo que Prentice sí ganó en su circuito electoral, en cambio Marois, ni siquiera logró eso.

Como es habitual en las democracias parlamentarias, Jim Prentice -ante el desastre- renunció al liderazgo de su agrupación política y anunció inclusive su retiro como diputado. Pero como suele llover sobre mojado, a Prentice le acaba de salir al paso la joven Paige MacPherson, portavoz de la Fédération canadienne des contribuables de l’Alberta, que le exigen que debe pagar de su propio bolsillo, y no de las arcas de la provincia, nada menos que 250.000 dólares, que sería el costo por repetir las elecciones para el puesto de diputado que está dejando por su propia voluntad.

Coincidiendo con el ministro de Justicia, otro conservador, John Barlow, representante ante Ottawa por el distrito electoral de Macleod, de Alberta, decía casi lo mismo: “La tendencia general es todavía a la derecha, solo que hay una división de la misma”.

En cambio, el conservador que mejor ha expresado la debacle -según mi opinión- es Leon Earl Benoit, diputado federal de la circunscripción albertana de Vegreville—Wainwright. Dijo que no creía que hubiera un efectivo movimiento de la gente hacía el NPD, sino más bien se trató en esta ocasión de un voto para castigar a un gobierno que lucía desconectado con su pueblo. Decía, además, que no creía que la marea naranja se repita en las elecciones federales de otoño próximo. “Thomas Mulcair no es Rachel Notley. Notley tiene la capacidad de atraer a la gente cuando habla; en cambio Mulcair no es así”, acotó Benoit.

Es curioso que en este escenario tan importante para la vida política de Canadá, los liberales (del Parti libéral du Canada) prácticamente no tienen pitos que tocar. Alberta, nunca ha sido su fuerte. En estas elecciones apenas sacaron un diputado y a nivel federal, actualmente no tienen ninguno representando a Alberta. Sin embargo, Justin Trudeau, coincidiendo en su comentarios con los triunfantes del NPD, dijo que efectivamente la gente busca “una mejor visión, una alternativa”, y esa alternativa es a través del partido liberal.

Pero ya antes, colmado de alegría, Mulcair había sentenciado: “Los canadienses quieren un cambio. Y ese cambio se opera bajo la tolda del NPD”.

II.

Ahora bien, siempre he pensado que segundos, terceros y peor aun, cuartos mandatos como sería el caso de Harper, no son buenos; ni para los interesados, ni para el país; ni para la democracia. Al contrario, soy de los que defiende el principio de un solo mandato, sea cual sea el régimen democrático (las dictaduras no clasifican aquí)) y a pesar que el líder pueda ser muy bueno. Este es el principio de la alternabilidad en el cargo, que garantiza el real ejercicio de la democracia. La oportunidad para los otros, inclusive del mismo partido de quien estaría saliendo.

Es verdad que Stephen Harper ha realizado en general un buen gobierno. Cuando todo el mundo se venía abajo, abrumado por la crisis económica, Canadá estuvo siempre al abrigo de un posible contagio, gracias a una prudente administración de sus recursos. En materia de seguridad, salvo puntuales casos, hasta hoy hemos estado protegidos. No en vano los Conservadores se han ganado el prestigio que en esta materia son la mejor opción.

Sin embargo, ya hay nubes grises en los cielos conservadores. La caída internacional de los precios del petróleo, que cuando estaban en alza de algún modo venían apuntalando los buenos resultados anteriores, comienzan a mostrar sus estragos; como lo vemos también en la política con la remontada naranja de Alberta, provincia petrolera per se.

En los sectores de la mano de obra hay preocupación por perder el empleo; y esa preocupación les hace  abstenerse de comprometerse a invertir, por ejemplo en la compra de una vivienda, a pesar de las bajas tasas de interés que existen en el mercado. Muchas empresas han cerrado y los despidos han sido masivos. Justamente, en el mes de abril pasado, la economía canadiense (cifras a nivel global), ha perdido 19.700 empleos.

No sabemos cómo evolucionarán las cosas de aquí hasta que sean las elecciones de otoño. Sabemos que el electorado canadiense es muy “voluble” diría para ponerle un nombre, es decir, reacciona según los eventos que al momento de votar marcan la pauta del acontecer informativo del país. No sabemos si para entonces habrá algunos resultados plausibles, por ejemplo, en la lucha contra el Estado Islámico, en la cual Harper se ha comprometido intensamente, con la férrea oposición del NPD y los liberales.

Una lucha, que en su forma como fue planteada -con tiros a la distancia-, parece que no llegará muy lejos.