domingo, 28 de junio de 2015

Gustavo Petro al frente de Bogotá: balance de tres años y medio comiendo de las verdes y las maduras

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El arca de Enoïn Portada
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Foto: Facebook / Gustavo Petro

En esta ocasión vamos a intentar un número difícil. Trataremos de pasar en revista los tres años y medio que lleva al frente de la alcaldía de Bogotá Gustavo Petro Orrego. Para condimentar este plato -que ha resultado difícil de preparar- no hemos escatimado ningún tipo de condimento y hemos echado mano de cuanta especia y bastimento nos ha parecido útil para adobar y espesar este potaje literario-analítico, que esperamos resulte bueno para el gusto de aquellos lectores que se atrevan a leer este híbrido, mitad crónica literaria, mitad crónica periodística, mitad reportaje de prensa, mitad reportaje histórico, mitad ensayo científico, mitad análisis sociológico, mitad debate de esquina de barrio monteriano, mitad debate político en programa de radio bogotano, mitad compte rendu, mitad panfleto político.

Con el objeto de ahorrarnos los detalles biográficos, solo precisaremos que Gustavo Petro es un exguerrillero que ganó el derecho a gobernar la capital colombiana, luego de haberse convertido en símbolo del combate contra la corrupción administrativa y de la lucha contra la penetración mafiosa de las altas esferas del Estado, a través de sus célebres debates contra la parapolítica. Nuestro examen del paso de Gustavo Petro por el foso de los caimanes -eso es a nuestro modo de ver lo que ha hecho el actual alcalde bogotano en los últimos tres años y medio; encerrarse en una jaula hermética infestada de caimanes jurásicos, voraces y hambrientos-, se llevará a cabo recogiendo los ecos de sus monumentales disputas con los portavoces del establecimiento y los voceros de la izquierda, sin dejar de lado sus agarrones con los hombres y mujeres de los medios, amenizando todo esto con los momentos épicos del ruido de la crisis de las basuras y la algarabía o el murmullo mediático que rodeó la tentativa de revocatoria de su mandato y la destitución por parte de un procurador, cuyo nombre hoy podría usarse como sinónimo de la palabra retrógrado.

Antes de entrar en materia vamos a permitirnos un rodeo teórico sobre un tópico técnico. Con él trataremos de describir, a vuelo de pájaro, el estilo gerencial de este alcalde, cuyo paso por el palacio Liévano ha resultado, para decirlo en lenguaje boxístico, más espectacular que la inolvidable pelea entre el irrepetible Roberto Mano de Piedra Duran y el temible Marvin Hagler. Sus críticos y opositores no se cansan de llamarlo populista, demagogo, caudillista, sofista, inepto, incompetente, chambón, improvisador, mesiánico, ejecutor paupérrimo, perspicaz, marrullero, oportunista, atizador del odio de clases,  autoritario, déspota. En síntesis de describirlo como un pésimo alcalde y como un administrador de lo público, dueño de un “estilo antitécnico y despilfarrador”.

Pero, ¿cómo un hombre, cuyo estilo gerencial se describe con toda esa baraja de términos negativos, ha podido sobrevivir a todos las emboscadas que le han tendido desde el propio Estado, a todas las encerronas que se han fraguado contra él en los organismos de control locales, a todo el fuego de artillería pesada que se vierte sobre su humanidad todos los días desde las columnas de opinión de los medios, a las campañas de desprestigio que recorren las redes sociales cotidianamente y a los golpes bajos que le lanzan desde la izquierda, el centro y la derecha sus adversarios políticos? ¿Cómo es que las demandas que se instauran contra la administración Petro terminan cayéndose o falladas a su favor en los tribunales de apelación, sin tener mucha influencia en el poder judicial: bastión indiscutible de la clase política tradicional, donde se acomoda a aquellos cuadros que no tienen perfil para hacer carrera política ni vocación para los negocios?

En el intento de responder esas dos preguntas nos hemos encontrado con dos aspectos, que en nuestra opinión le han permitido a Petro salir bien librado de la feroz batalla campal, que se lanzó contra su gobierno desde el mismo momento en que en las elecciones locales de 2011 se le otorgó la victoria en las urnas. El primero de ellos es el talento de estratega de Petro. Si bien a Gustavo Petro puede acusársele de no ser un líder federador, siendo al mismo tiempo el dueño de un talante arrogante que, como dirían en el pueblo donde nací, “mantiene a metro a las moscas”, no se puede negar que el alcalde bogotano es un estratega brillante, que convierte a Petro en el principal estratega de Petro. Sin duda alguna, Petro tiene claro el rumbo a dónde se dirige y para llegar allí siempre tiene varias estrategias bajo la manga. Por eso le ganó en todas las líneas, y al mismo tiempo, la batalla política a los que le apostaron a su destitución, para sacarlo de la alcaldía a empellones por la vía disciplinaria, y a aquellos que lo querían sacar de su mandato por la vía política, a través de un referendo revocatorio.

El segundo aspecto que ha jugado a favor de Petro es la torpeza política de sus adversarios, que como opositores han resultado más mediocres que él como gobernante. Sobre ese punto mejor no pudo decirlo el analista político Carlos Suárez. Los adversarios de Petro quisieron ponerle punto final a su gobierno valiéndose de “ataques sosos y fofos”, sin explicar claramente cuáles eran “las razones, diferentes a las meramente ideológicas, por las cuales” el alcalde debía ser revocado o destituido. Al procurador Ordóñez, cuando le preguntaron las razones por las que lo había defenestrado, se limitó a decir que “Petro fue destituido por ser un mal alcalde”. En síntesis, un argumento netamente subjetivo: en otras palabras, ideológico, para justificar un fallo que debía sustentarse desde el plano jurídico, con pruebas técnicas verificables desde la perspectiva empírica. Por su parte el vocero de la revocatoria, el otrora representante Miguel Gómez, cuando le pidieron que explicara las razones por las que debía ser revocado el alcalde, se limitó a decir: “Petro es un chambón, payaso e incompetente a quien le quedó grande la ciudad.

De ese modo los adversarios de Petro en lugar de demostrar, de manera racional, las falencias gerenciales de un acalde que les ha resultado irritante, se han limitado solo a crearle mal ambiente usando conceptos, que si bien resultan rentables en materia de propaganda en redes sociales, no soportan el fogueo en el debate de plaza pública, donde todos reconocen en Petro un verdadero gallo de pelea, dotado de una “excelente oratoria” y de una buena capacidad para hacer uso de las “exageraciones efectistas”. En ese caso la confluencia de intereses entre el vocero de la revocatoria, nieto de un dirigente político incendiario, al que medio país recuerda como el principal instigador de la oleada de violencia de la década de 1950, con un procurador que tiene anotado en su hoja de vida el pecado de haber organizado una quema de libros a su juicio perjuros, colocaron a Petro “en el lugar en el que se siente más cómodo: en la esquina del ring, contra las cuerdas, esquivando y respondiendo los ataques de sus enemigos”. Sin proponérselo lo sacaron del espacio en que menos sabía moverse: el gobierno y la administración.

De ese modo hicieron de él un insuperable gerente de crisis y un hábil manejador de la inestabilidad. Pero para saber por qué Gustavo Petro se ha convertido en un extraordinario gerente de crisis y en un mánager formidable de la contingencia hay que revisar primero los diferentes estilos gerenciales, a ver cuál de todos le cala mejor. Revisando en mis cuadernos universitarios de la década de los noventa encontré las anotaciones, que tomaba en un curso informal de liderazgo y administración, que una funcionaria de mando medio de la Universidad de Córdoba intentó desarrollar con los dirigentes estudiantiles de esa universidad, que en aquel entonces intentábamos organizar una federación de organismos universitarios, a la que habíamos llamado pomposamente “Red de grupos estudiantiles de la universidad de Córdoba”.

Mis notas de la época dicen que según Waldroop y Butler existen nueve tipos de gerentes: el buen estudiante, que siempre tiene una solución adecuada para cada problema; el buldócer, que arrasa con todo con tal de alcanzar sus objetivos; el pesimista o paranoico, que todo lo ve a partir del ángulo de las leyes de Murphy, por lo cual vive sobre sus empleados, delega poco y toma la mayoría de las decisiones él mismo, para reducir los márgenes de error; el rebelde, que esgrime una posición contestataria frente a todo aquello que le huele a statu quo; el ambicioso, que se traza metas demasiado grandes, sin contar con los medios y sin evaluar el contexto; el pragmático conservador, que se preocupa por conservar las cosas como están y complacer a los que tienen más poder que él; el pragmático reformador, que se preocupa por complacer a los que tienen más poder que él, pero busca adaptar la organización a los retos de su tiempo; el revolucionario, que se preocupa por superar el statu quo por la vía de la permanente innovación y los cambios sin fin; y finalmente el tradicionalista, que es similar al pragmático conservador, pero que al contrario de éste vive de espaldas al futuro y sus referentes de inspiración se sitúan siempre en el pasado.

Con el objeto de actualizar mis notas, las he cruzado con los perfiles que aparecen en el portal Mindtools donde el grupo se reduce a cinco: El héroe, el meritócrata, el buldócer, el pesimista, el rebelde y el gerente “The Home Run Hitter”, que podríamos traducir como ambicioso pero disperso. Partiendo de las definiciones que hacen de cada uno de esos estilos de personalidad gerencial James Waldroop y Timothy Butler podríamos decir que este tipo de perfiles corresponde más al sector privado, donde hay, según mi modo de ver las cosas, una cultura gerencial diferente a la que impera en la dirección de los asuntos del Estado.

Tanto los estilos de gerencia de mis notas iniciales, como los estilos de gerencia recabados en la página de Mindtools y analizados por estos autores, se reflejan en tres estilos de liderazgos precisos. Según Yahaira Meza Cruz, estos son: el liderazgo autocrático, el liderazgo democrático y el liderazgo liberal o laisser faire laisser passer, los cuales no entraremos a describir en detalle en esta ocasión. Los tipos de liderazgo relacionados por Meza Cruz, son los mismos relacionados por Jean-Louis Bergeron en sus estudios. Sin embargo hay otro estilo de liderazgo, al cual hacen referencia Paul Hersey y Kenneth Blanchard: el liderazgo situacional. Dentro de esta visión del liderazgo se distinguen cuatro estilos: el liderazgo participativo, el liderazgo persuasivo, el liderazgo delegativo y el liderazgo directivo. De acuerdo con estos autores un estilo ideal de líder no existe, pues un buen líder es aquel que adapta su estilo de liderazgo a las condiciones, que le impone la situación.

Volviendo a Gustavo Petro Orrego, según nuestro modo de ver las cosas, en el alcalde de Bogotá se mezclan -según la situación- el estilo buldócer, pues cuando se siente acorralado Petro arremete contra sus opositores, llevándose por delante amigos y enemigos; pesimista o paranoico, pues quienes lo conocen de cerca dicen que es más desconfiado que el mono machín, por lo cual delega poco y toma la mayoría de las decisiones él mismo, característica que también poseen los buldóceres; es indudablemente un rebelde, alérgico a las normas y procederes del establecimiento, y finalmente es un ambicioso disperso, que atizado por el espíritu voluntarista, propio de los revolucionarios, ha querido innovar en muchos frentes y cambiar muchas prácticas, tratando de ir más allá de donde el medio y sus capacidades se lo permiten. No en vano muchos de sus críticos coinciden en un punto: “Petro tiene buenas ideas mal ejecutadas”.

En cuanto a su estilo de liderazgo, este sin duda encaja -según nuestro modo de ver y entender las cosas- dentro del estilo de leadership que Hersey y Blanchard definen como situacional.

Como las bananas no hay que comérselas sin antes quitarles la concha, para ir ambientando las cosas es preciso commencer pour le commencement, como se diría en buen francés. Por eso está crónica -que prometemos será larga como todas nuestras crónicas- comenzará allí donde se inició la maroma, como dice la canción parrandera de Adolfo Pacheco… el día que Gustavo Petro anunció su entrada en la competencia para obtener el derecho a reinar por cuatro años sobre ese callejón tapizado de brazas incandescentes, que es la alcaldía de Bogotá. La competición por ese cargo estratégico en el tablero del poder colombiano y la conquista del mismo desató contra Petro una oleada de diatribas y ataques, que aún no para. Las últimas cargas de mortero provinieron del lado de Salomón Kalmanovitz, María Isabel Rueda y Antonio Caballero, no sin pasar por alto el fogonazo lanzado por José Fernando Isaza.

Foto: Facebook / Gustavo Petro

Foto: Facebook / Gustavo Petro

¡Un costeño con pasado guerrillero es elegido alcalde de la capital!

El 30 de octubre de 2011, Gustavo Petro fue elegido, en una reñida contienda electoral, alcalde de Bogotá. Eligiendo a Petro, la capital demostraba de nuevo que a la hora de elegir gobernantes locales el resto del país va por un lado y ella va por otro. Gustavo Petro había sido el más aquilatado opositor del gobierno de Alvaro Uribe y éste en varias ocasiones se había referido a él -sin nombrarlo- como “guerrillero en traje de civil”.

La victoria de Petro en las urnas marcó un hito en la historia política colombiana y de la capital nacional. En efecto, así lo reseñaron los medios el día siguiente a las elecciones. En el editorial de El Espectador del 31 de octubre de 2011 se dijo: “algo hace tres meses impensable, sucedió en Bogotá: Gustavo Petro, el candidato del partido Progresistas, ganó. Lo que indica muchas cosas de la ciudadanía votante». Para los dirigentes del periódico, “el hecho de que Bogotá le confíe el segundo cargo más importante del país a un exguerrillero, que se desligó de las armas y decidió defender sus ideas haciendo política legal”, resultó ser “algo que, sin duda, debía calificarse como histórico”.

La trascendencia de la victoria de Gustavo Petro en Bogotá fue también destacada por Óscar Montes de El Heraldo de Barranquilla. Sobre el tema, este analista sostuvo: “semejante acontecimiento representa un hito histórico y político que plantea reflexiones que van desde las políticas de paz que los sucesivos gobiernos han adoptado en el país, pasan por la conciencia social de incluirlos en la legalidad, y culminan necesariamente con una reflexión sobre el ‘compromiso histórico’ que significa para un hombre supuestamente de izquierda y excombatiente, conquistar no solo el favor popular sino tener acceso a los recursos estratégicos de la ciudad que maneja el segundo presupuesto de la Nación”.

En Vanguardia Liberal, el periódico de Bucaramanga, Jorge Giraldo Acevedo, un lector de Santa Marta, dejó constancia de la importancia del hecho en los siguientes términos: “Que un exguerrillero del M.19, cuyos integrantes fueron amnistiados durante el proceso de paz adelantado durante el gobierno de Belisario Betancur Cuartas, haya logrado la alcaldía de Bogotá, representa un duro golpe a la clase dirigente política colombiana y es el reconocimiento grato a la persona que durante los últimos años ha denunciado los hechos delictuosos de grupos paramilitares”.

En general, los titulares de los medios electrónicos, desde la misma noche del escrutinio, dejaron constancia -para la posteridad- que la victoria de Gustavo Petro en Bogotá era un acontecimiento de marca mayor en la vida política nacional. El sobrevuelo de los contenidos de las notas de prensa permite poner en claro dos aspectos. De un lado, Petro, si bien no era el primer exguerrillero en ser elegido a un cargo del poder ejecutivo (tres antiguos compañeros de armas suyos –Rosember  Pabón, Ebert Bustamante y Antonio Navarro habían sido elegidos. en la década de los novent,a alcaldes en tres ciudades de cierta importancia en el sur y el centro del país, una de ellas Pasto, la capital del departamento de Nariño, departamento del que luego Navarro sería elegido gobernador en el 2007), Petro si era el primer exguerrillero al que la recelosa, escrupulosa y procelosa Bogotá le confería la oportunidad de gobernarla.

Sobre ese particular, elocuente resulta el resumen del diario económico Portafolio. Allí un redactor anónimo dejó constancia del siguiente modo: “El alcalde electo […] se convierte en el primer exguerrillero en ocupar el que se considera el segundo cargo en importancia del país”. Por su parte María Paulina Ortiz hacía énfasis sobre el mismo punto titulando en El Tiempo: “Gustavo Petro: de exmilitante del M-19 a alcalde de Bogotá”.

La elección de Petro como alcalde de la capital, a pesar de su pasado guerrillero, pasa a la historia por dos razones. En primera instancia, Colombia había registrado desde finales de la década de los noventa un fuerte proceso de derechización, que se había intensificado luego de la elección de Álvaro Uribe Vélez a la presidencia de la república en 2002. El manejo exitoso que Uribe le había dado a ciertos dosieres espinosos de la agenda política nacional y el fuerte ascendiente alcanzado por él en el seno de la población, habían favorecido la profundización de dicha tendencia política, luego del fracaso de las negociaciones de paz del Caguán entre la guerrilla de las FARC y el Estado, bajo el gobierno de Andrés Pastrana.

La falta de talante humanitario y de tacto político, que había mostrado las FARC frente a una diversidad de asuntos sensibles para la población colombiana, se habían convertido en factores que habían desencadenado en el grueso de la población nacional un abierto sentimiento de rechazo a todo lo que tuviera relación con la actividad guerrillera. Ese sentimiento había sido cultivado y estimulado hábilmente por los estrategas del gobierno Uribe, que habían logrado sembrar en el imaginario nacional la idea de que todo aquel que manifestara una postura crítica frente al Estado -y particularmente frente al gobierno de turno y la figura del presidente- debía ser catalogado como un guerrillero potencial. Con ese discurso se buscaba neutralizar el avance político de la izquierda civil y la actividad de las organizaciones de derechos humanos.

El sentido y el objetivo del mensaje del -entonces presidente-: diabolizar a su adversario ante los ojos de la nación y de ese modo destruir su carrera política, fue bien entendido por la gente de a pie. Los seguidores del mandatario -y por ende opositores de Petro– no tardaron en reproducir esos señalamientos en las redes sociales y en las colillas destinadas a los comentarios de los lectores en los diarios electrónicos. Allí no se le ha bajado desde entonces de “guerrillero con corbata”, de “guerrillero de bolígrafo” y de “guerrillero de cafetín”. Para enfatizar su pasado rebelde comenzaron a referirse a él, con sus supuestos alias de combatiente: Aureliano y Rosita, y a endilgarle todo tipo de delitos durante su vida de insurgente.

La campaña de propaganda tenebrosa contra el candidato progresista en los espacios destinados al público por los medios virtuales y en las redes sociales fue aumentando en la medida en que se acercaban las elecciones. El asunto llegó a su clímax en los días previos a los comicios. De la reticencia mostrada por un amplio sector de la sociedad bogotana frente al pasado guerrillero de Gustavo Petro dan testimonio los comentarios de los lectores de periódicos virtuales. Para ilustrar bien ese punto bástenos citar algunos comentarios escogidos al azar en los portales de varios medios bogotanos.

El 21 de octubre de 2011, en el diario El Espectador, un lector -y elector-, que  comenta las notas del periódico bajo el seudónimo de Buen Vecino, escribió: “Petro no tiene autoridad moral para ocupar puestos públicos porque no ha pagado por sus crímenes (Embajada, Palacio de Justicia etc. etc.). Al congreso entró porque allí se cuelan muchas alimañas, pero a la alcaldía nunca, pues ahí estamos el 19% para elegir al Señor Peñalosa, que sí  es un hombre capaz y experimentado. Petro lo único que anda mostrando es que delató a sus colegas Moreno y demás. Así que no se dejen engañar con esa demagogia barata”.

Similar reacción tuvo Chu-Chin. El 4 de octubre de 2011, ante un titular de Radio Santafé, que informaba que en la contienda por la alcaldía de Bogotá, Petro superaba a Peñalosa y Gina Parody repuntaba, el lector -y oyente- reaccionó  argumentando: “el Sr. Petro puede que parezca la mejor elección pero cualquier ciudadano que se respete NUNCA, NUNCA, NUNCA debería votar por un candidato con antecedentes de GUERRILLERO. Así que si algún día montan un personaje de estos a una Alcaldía-Gobernación o Presidencia sería despejar el camino para que cualquier vende patria le dé puestos a sus colegas”. En las colillas de los medios electrónicos no fueron pocos los comentarios de aquellos lectores que, como Simón Colombia, manifestaron en mayúsculas sostenidas: “no creo que los bogotanos sean tan torpes de votar por un asesino como Gustavo Petro, que jamás reparó a sus víctimas, que no delató a sus compañeros de delincuencia, que nunca pidió perdón por sus crímenes, es decir que tiene pendiente una gran deuda con la sociedad”.

En opinión de ellos, los bogotanos no podían cometer el error garrafal de elegir al “guerrillero Gustavo Petro” por el simple afán revanchista de cobrarle a Enrique Peñalosa unos cuantos errores que cometió “en su excelente administración”, que no pasaron de ser “simplemente errores administrativos, superados y opacados con la modernización de Bogotá con obras concretas, tan importantes como el Transmilenio y la trasformación de la olla del cartucho en un gran parque”. Al contrario, argumentaban -y siguen argumentando- que “los crímenes de Petro fueron atroces y de lesa humanidad”.

Foto: Facebook / Gustavo Petro

Foto: Facebook / Gustavo Petro

El segundo aspecto que hizo de la elección de Gustavo Petro en Bogotá un evento histórico de marca mayor está relacionado con su origen auténticamente provinciano. Gustavo Petro es el primer político de origen caribeño -salido de la Colombia profunda, pobre y periférica- al  que los bogotanos le otorgan el beneplácito de dirigirlos. Si bien Bogotá había ya elegido en el pasado dos alcaldes de origen foráneo: Jaime Castro, oriundo de Moniquirá y Juan Martín Caicedo Ferrer, originario de Cali, estos dos políticos provenían del corazón del estamento colombiano. Castro provenía de la tecnocracia frente-nacionalista y Caicedo del mundo de los negocios. Los dos -no solo por su origen regional- sino por su origen cultural y sus mores sociales eran más afines con la sociedad bogotana: élite y vulgo por igual.

El marcado regionalismo colombiano, que ha llevado a las gentes de todas las regiones del país a hacer manifiestas su prevención frente a las personas que no son coterráneas suyas y a los interioranos -particularmente los capitalinos- a mostrar abiertamente su resistencia frente a los costeños, le da a la victoria de Petro en Bogotá una connotación trascendental. Al contrario de la elección de Castro y Caicedo Ferrer, la elección de Petro en el medio bogotano, donde a los costeños siempre se les ha tratado como advenedizos, es un evento que sirve de indicador para medir las profundas transformaciones que se han operado en la manera cómo los bogotanos perciben a sus compatriotas de otras regiones.

Aunque es indiscutible que el exacerbado regionalismo colombiano ha disminuido después de la década de los noventa, por causa de las fuertes oleadas migratorias internas que ha conocido el país, también es cierto que en el momento de las elecciones, para un gran número de bogotanos de pura cepa, la idea de que un “costeño suelto en Bogotá” llegará a gobernarlos no resultaba simpática. Por eso el origen costeño del candidato sacó a flote prejuicios de todo orden. El primero que salió a relucir fue el tema de la zoofilia. Con este San Benito se ha etiquetado a todos los hombres del Caribe colombiano, porque a muchos costeños -particularmente de origen rural o de barrios populares- les encanta hacer chistes de la actividad sexual entre hombres y hembras de otras especies del reino animal.

La etiqueta de costeño zoofílico: vale aquí anotar que la zoofilia tiene su ascendiente en las tradiciones rurales mediterráneas de la antigüedad, fue desplegada a profundidad por comentaristas de periódicos como Hergator. Este comentarista de El Espectador, que no esconde su postura de derecha a la hora de comentar los artículos que tienen que ver con Petro no escatima el calibre de sus tropos. Él, que para la ocasión de la campaña presidencial de 2010 había escrito: “ ¡Qué oso! Si Petro Gana la presidencia de Colombia, la primera dama de la nación será una burra”, escribió esta vez en las colillas de El Espectador: “¿Bogotá en manos de un mamaburras «revolucionario»? jajajajaja, ¡no me imagino esa mierda!”

En Caracoltv, donde no se necesita de identificación para comentar, un gran número de glosas, aparecidas el 24 de octubre de 2011, hacían eco, a manera de catilinaria, de un abanico diverso de posiciones anti-Petro. En general éstas se articulan alrededor de su origen costeño. Allí se escribió en mayúsculas sostenidas y en tono de arenga: “Petro terrorista costeño que quiere gobernar a los cachacos”. Quien exponía ese punto de vista consideraba que aquellos que querían elegir a Petro, lo querían elegir porque era un “costeño guerrillero terrorista”, que les permitiría “tener a las FARC dentro de la alcaldía”. El punto, que era recurrente, se mezcló a otro concepto: Petro representaba “el continuismo en Bogotá”. En todo caso el autor del comentario no cesó -durante varios días- de agitar en las páginas de Caracol tv una arenga, que se convirtió en patrón discursivo: “no votes por costeños como Petro, exguerrilleros asesinos de colombianos, políticos improvisados de la guerrilla…vota por Bogotá”.

El origen costeño de Petro ha sido uno de los elementos del que más han hecho uso para denigrarlo en los foros de los periódicos. Allí estuvieron muy activos durante las elecciones -y lo siguen estando- aquellos como Voceroreal, que escribió en El Tiempo el 6 de junio de 2011: “Necesitamos un alcalde que sienta esta ciudad, que deje de evadir el problema de la maldita inmigración, que de verdad pelee por los intereses de Bogotá… este pendejo (Petro) además de ser descendiente de costeños, cree que la solución es acoger con cariño a cuanto hijueputa se baje de la flota en el terminal”.

Sin entrar a generalizar, la revisión de las colillas de periódicos electrónicos nos muestra, de manera clara, un fenómeno: la existencia de una propaganda cuya retórica estaba enfocada en atajar la elección de Gustavo Petro a la alcaldía de Bogotá, para “salvar a Colombia” de ese “costeño maluco mama la burra de Petro”, proveniente de un “mundo tan oscuro” y con un “tenebroso pasado guerrillero”.

En todo caso la elección de Petro en Bogotá se dio, a pesar del empeño que pusieron muchos para que no se diera. Sucedió, a pesar de que el egregio Álvaro Uribe Vélez descendió de su caballo en la hacienda el Ubérrimo, en Montería, para montarse en una bicicleta en Bogotá, para acompañar en sus correrías por las calles capitalinas a Enrique Peñalosa. En su afán de atajar a Petro el celebrado expresidente no dudó en cargarle el megáfono a Peñalosa, para dejarle claro a sus seguidores quién era su pupilo.

El rosario de circunstancias evocadas anteriormente nos permite  considerar que la victoria en la capital de este caribeño sin abolengos, ni padrinos de sacoleva y corbatín, deja en claro un hecho: Bogotá ha ido dejando de ser aquel páramo frio e inhóspito, cuya hostilidad frente a los costeños llevó a Gabriel García Márquez a afirmar: “yo en ninguna parte del mundo he sido tan extranjero como en Bogotá”. Esa elección mostró también lo mucho que ha cambiado Colombia después de los años duros del gobierno de Laureano.

Continuará…