domingo, 19 de julio de 2015

Izquierda y derecha contra Gustavo Petro: la toma de posición de los formadores de opinión

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El arca de Enoïn Portada
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Foto: Facebook / Gustavo Petro

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Viene de: Gustavo Petro al frente de Bogotá: balance de tres años y medio comiendo de las verdes y las maduras

La victoria de Gustavo Petro en Bogotá, por las circunstancias y la coyuntura en que se produjo, más que una victoria predecible, fue un evento fortuito. Su elección al cargo de alcalde fue una obra construida a pulso, piedra sobre piedra, bloque por bloque, en un escenario hostil, que puso a prueba su tenacidad para enfrentar desafíos de gran tamaño y su habilidad política para capitalizar los errores de sus adversarios. Como lo señalamos en la primera parte de este especial, la posibilidad que tenía Petro de obtener una victoria en las elecciones locales de octubre de 2011 era impensable en mayo.

Sus posibilidades en Bogotá eran mínimas por varios factores:

  1. Enrique Peñaloza, a la sazón candidato del Partido Verde, después de haberse bañado en esa ola de locura ciudadana y lucidez colectiva de la sociedad civil colombiana que fue la Ola Verde, estaba en su cuarto de hora y punteaba -en solitario- todas las encuestas desde antes de comenzar la puja, no sin olvidar que los analistas lo habían etiquetado de tiempo atrás como el principal arquitecto  de la trasformación de Bogotá;
  1. La popularidad del expresidente Álvaro Uribe seguía como en los años de su presidencia, su nombre estaba en el sonajero de candidatos para la alcaldía de la capital y las encuestas mostraban que de aspirar, Uribe era el único que podía derrotar -con la mano en alto- a Enrique Peñaloza;
  1. Petro no tenía partido porque habida desertado -en medio de una pelotera morrocotuda, como todas las peleas que ponen fin a los partidos de izquierda en el país- de las  filas del Polo Democrático y la cólera contra él de las directivas de ese partido envenenaba la atmosfera de la izquierda nacional;
  1. La izquierda -por cuenta del mal gobierno y los escándalos del alcalde Samuel Moreno– estaba en su peor momento político y;
  1. El establecimiento, esa institución social abstracta, informal y difícil de caracterizar desde la perspectiva científica: tanto a su izquierda como a su derecha, enfilaba todas sus baterías contra la candidatura de Petro para atajar su elección.

Además de lo anterior hay que resaltar que en la contienda estaba también Antanas Mockus, dos veces -bien ponderado- alcalde de la capital y en adición el candidato presidencial, que había hecho rezar a Juan Manuel Santos -ordenadamente- los Gozosos, Luminosos, Dolorosos y  Gloriosos. En esas condiciones, la entrada de Petro a la competición por el segundo cargo de elección popular más importante del país parecía más una apuesta por mantenerse vigente en el panorama político, que el ingreso a la escena de un competidor con reales posibilidades de ganar. Lo único que lo hacía diferente de sus adversarios menores era su pasado de congresista batallador y su participación en las elecciones presidenciales de 2010, en las que había ocupado el cuarto lugar.

Sin partido que lo respaldara y sin equipo de trabajo, Petro tuvo que salir a recolectar 50.000 firmas para poder inscribir su candidatura. Alrededor de él se nuclearon sectores sindicales y de izquierda, que históricamente habían sido tildados de liberales y socialdemócratas por parte de la izquierda tradicional. El ejercicio en sí se convirtió en su primera acción de campaña, cuando ésta aún no había comenzado formalmente.

La plana mayor de la izquierda colombiana contra Petro y la base con él

Desde la izquierda los ataques contra Petro se habían intensificado, luego de que éste había destapado la olla podrida de la contratación en la alcaldía de Samuel Moreno. En Bogotá, la avalancha de indignación desatada por el escándalo se había llevado por delante la carrera política del dúo de delfines: los hermanos Iván y Samuel Moreno Rojas, que había cosechado más éxitos en la historia política reciente de Colombia, por ser herederos de los galones, el prestigio y el feudo político del siempre bien ponderado general Gustavo Rojas Pinilla. Con la inhumación en el lodazal de la deshonra de los hermanos Moreno Rojas había desaparecido también la fama de partido anticorrupción, que había ganado durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe el Polo Democrático, de la mano del propio Petro, del representante Navas Talero y del senador Jorge Robledo. El descalabro de los nietos del General en Bogotá había disminuido al mínimo las posibilidades para El Polo de retener la alcaldía capitalina, quitándole de paso a la izquierda el aura alternativo y esperanzador que la había acompañado por décadas.

La rabia que se había incubado en el directorio del Polo y que sentían los mascarones de proa de la izquierda contra Petro la resume, de manera elocuente, una frase del defenestrado senador Iván Moreno. “Petro quiere enterrar la izquierda”, dijo Moreno en una entrevista al diario El Tiempo antes de ser encarcelado. Pero el discurso anti-Petro desde la izquierda no provenía sólo del lado del malogrado clan Moreno Rojas. Carlos Gaviria, a quien todos consideraban como el sabio de la tribu, sostuvo en una entrevista con Édgar Artunduaga, el 21 de mayo de 2011, en Todelar, que Petro le había hecho “mucho daño al partido”, porque en su afán “de borrar su pasado guerrillero”, había terminado haciéndole concesiones al establecimiento. 

En la base, la rabia contra Petro la manifestaba igualmente el bastión más militante del partido. Desde allí se le tildaba, sin contemplación, de traidor y vendido. Por ejemplo uno de sus integrantes, que firma sus comentarios en El Espectador y La Silla Vacia bajo el seudónimo -tabernario diría Borges– de Venito Camelas Uribe, escribió en ésta ultima el 18 de octubre de 2011: “Petro no solo traicionó al polo sino también a aquellos que se llaman progresistas”. Según Camelas Uribe, “Petro traicionó al partido (El Polo) no por hablar, denunciar y retirarse. Traicionó al partido dejando a un lado el ideario de unidad por irse a la unidad nacional de Juan Manuel Santos”. En el mismo medio, el mismo día, José Gerardo Rodríguez escribió: “Gustavo Petro es un desleal [con] el Polo, [que] lo  hizo fuerte. Dividió al Partido. Es caudillista, personalista. […] Es un mal elemento lo mismo que Peñalosa y Parody”.

Por su parte José Rafael Espinel Páez argumentaba en otra nota, en la misma Silla, que a Petro no debía atacársele por su pasado, sino por “su cercanía con las políticas de Santos”. En síntesis, Petro era “ahora de derecha” para el nudo duro de la izquierda, por haber abandonado al Polo y por haber intentado aproximarse al presidente Santos, tal como lo argumentó Harriarq, otro comentarista de La Silla.

Por su lado el columnista Antonio Caballero, un intelectual que de vez en cuando posa de hombre de izquierda y que en ciertas ocasiones ha hecho pública su simpatía por la causa política de algunos de sus candidatos, manifestó en su nota dominical de Semana, el 22 octubre de 2011, que a la hora de votar él no se fija en los programas de gobierno. Según Caballero, “los programas son siempre buenos, pero no están hechos para ser cumplidos”. Por eso él se fija en la sonrisa de los candidatos. Después de pasar revista a la sonrisa de todos los competidores con opción de ganar y descalificarlas por los defectos morales de sus padrinos, se detuvo en la sonrisa de Gustavo Petro. Con respecto a ella sentenció: “Aterradora […]: si las serpientes sonrieran, lo harían así”.

Para Caballero “la sonrisa escalofriante de Gustavo Petro” oculta “todos los oportunismos”, porque en ella cabe “hasta la más reaccionaria caverna: la que le debe a Petro su voto de senador para elegir procurador a Alejandro Ordóñez”. En adelante Caballero se concentró en mostrar a Petro como un representante del sector más retrogrado del conservatismo. Citando al columnista William Calderón de El Nuevo Siglo, Caballero enfatiza la cercanía del conservatismo radical con la candidatura de Petro, resaltando que a su candidatura se habían sumado “172 líderes conservadores”. Según él, éstos al momento de recibirlo en el recinto donde protocolizaron la adhesión a su campaña gritaban “vivas a Laureano Gómez” y entonaban  “el himno del glorioso Partido Conservador».

No menos personalizada y etérea fue la descalificación del escritor Héctor Abad Faciolince. Basado en la apariencia del candidato, el literato Abad Faciolince la emprendió contra Petro en la emisora Doble W radio. Allí dijo que aunque Petro había sido un excelente senador, no tenía la mirada característica de los estadistas, por eso dudaba que pudiese llegar a ser un buen gobernante. El novelista Abad Faciolince tildó a Petro de ser un populista, que le recordaba las ideas chavistas y quería seguir los pasos de Perón, ofreciendo alimentos baratos a los pobres y bajando las tarifas de los servicios públicos, proporcionando transporte más barato, educación y salud gratuita a los estratos bajos. Abad Faciolince, en un evidente lance de chovinismo, por no decir de xenofobia, llegó incluso a insinuar que Petro no era el hombre idóneo para gobernar la capital, por ser descendiente de esos italianos que llegaron a la costa, eran arrogantes y se crían divinos.

Los argumentos esgrimidos por Abad Faciolince para descalificar la competencia de Petro para gobernar a Bogotá encontraban correspondencia en otra posición, que sostenía que Petro no tenía los créditos suficientes para ser alcalde de la capital, porque solo había sido congresista. Según los partidarios de esta teoría, administrar una ciudad no es lo mismo que hacer oposición al gobierno de turno en el congreso.

Por su parte Cecilia Orozco Tascón afirmó que jamás votaría por Gustavo Petro, aduciendo razones de falta de transparencia en la financiación de su campaña. En su columna de El Espectador, el 25 de octubre de 2011, Orozco sostuvo que “la conducta económica” de la campaña de Gustavo Petro no le parecía “transparente”. Según ella, esa campaña era “una de las tres más pudientes de Bogotá y la gran mayoría de sus aportantes” eran “tan desconocidos como difíciles de rastrear”. Orozco aducía que entre los mayores financiadores de la campaña de Petro “se encuentran empresas y empresarios extraños”. En síntesis, la nota de Orozco apostaba a presentar a Petro como un político tradicional, con relaciones indecentes, financiado por sectores de poco fiar, lo cual según sus palabras resultaba “nada tranquilizador”.

Lo anteriormente evocado nos permite considerar que la victoria de Petro significó un fuerte revés para el notablato de izquierda y para los intelectuales disidentes del estatus quo, que se alinearon en su contra. Sobreponiéndose a los conjuros y maldiciones proferidos por los caciques y chamanes de la tribu, Gustavo Petro se alzó con la vitoria, sacando el 32,22% de la votación, mientras Aurelio Suarez Montoya, el candidato ungido por el los directorios contestatarios, obtuvo solo 31.623 sufragios, que correspondieron a 1,40% de los tarjetones contabilizados. La lectura de los resultados de los comicios a la luz de los reportes de prensa de portales como accion13 y BBC mundo permiten deducir una cosa: en Bogotá el electorado de base de la izquierda apoyó las aspiraciones de Petro, apartándose de las directrices de los jefes del directorio del Polo, que empujaron de principio a fin la candidatura de Aurelio.

Los ataques de los intelectuales del establecimiento contra Petro

Mientras la intelectualidad disidente, al igual que el Polo y la izquierda tradicional intentaba atajar a Petro, presentándolo como un agente de la derecha infiltrado en la izquierda, por haber votado en el Sanado por el -controvertido y ultramontano- procurador Ordoñez; por haberse acercado al presidente Juan Manuel Santos para estructurar una agenda con temas comunes; y por haber denunciado las felonías del clan Moreno Rojas en la alcaldía, los intelectuales del establecimiento intentaban atajarlo, presentándolo como un demonio populista, que ponía en riesgo la estabilidad política, financiera y social de la capital. Ese es el principal elemento que uno encuentra en las notas de los formadores de opinión, que ejercen como voceros de los intereses del aparato político y de los actores económicos, que han controlado las riendas de Bogotá durante los últimos 60 años.

Foto: Flickr / Iván Erre Jota (CC)

Foto: Flickr / Iván Erre Jota (CC)

De todos aquellos que usaron su pluma para orientar al voto en dirección de candidaturas diferentes a la del aspirante progresista, quien mejor sintetiza esa preocupación es el barranquillero Mauricio Vargas. Éste escribió en su columna de El Tiempo, el 24 de octubre de 2011:

«Las elecciones de alcaldes y gobernadores suelen tener poca trascendencia nacional. […] Hay una sola excepción: la alcaldía de Bogotá. Por el peso político del cargo y por su proyección, se trata de una votación con implicaciones en el escenario político nacional. Hace cuatro años, una franja antiuribista se inclinó irresponsablemente por Samuel Moreno y derrotó a quien ha debido ser el alcalde, Enrique Peñalosa. […] Ahora está pasando algo similar, pero peor. Hace cuatro años, Moreno ganó con claras mayorías […]. Este domingo, según las encuestas, Gustavo Petro puede alzarse con el triunfo, pero quizás no consiga más del 30 por ciento de los sufragios. Y esto porque Peñalosa, Gina Parody, Carlos Fernando Galán y David Luna […] están divididos, se eliminan entre ellos y le dejan a Petro el camino libre. […] Si gana Petro, habrá muchos derrotados. Sin duda, Álvaro Uribe, jugado como ha estado con la candidatura de Peñalosa. Pero también el Partido Liberal, otrora rey en la capital y ahora relegado a un triste quinto lugar. Sin embargo, la mayor derrota se la llevará el presidente Juan Manuel Santos y su coalición, la Unidad Nacional. La victoria de Petro será el resultado de la incapacidad del Presidente y de los partidos que lo acompañan de unirse en torno a un candidato único para el segundo cargo más importante del país.

En la medida en que las posibilidades de la victoria de Peñaloza se desvanecían, la preocupación por la eventual victoria de Petro en Bogotá emponzoñaba el espíritu de todos los sectores y actores del establecimiento nacional. Los ataques contra Petro durante la campaña por parte de la inteligencia estamentaria fueron de todo orden. Los hubo dirigidos a mostrar su falta de experiencia para dirigir los destinos de la capital. Esto llevó a algunos columnistas a reproducir al pie de la letra la frase de uno de sus adversarios. Para afirmar ese enfoque, en los periódicos se repetía a menudo que “Petro no tenía ningún tipo de experiencia administrativa, porque nunca había administrado ni siquiera un parqueadero”.

Una de las más aguerridas fue María Isabel Rueda. Echando mano de un lenguaje en apariencia técnico, esta columnista descalificaba desde su tribuna del El Tiempo -sin ningún fundamento empírico- las propuestas de Petro, tildando olímpicamente de populistas las medidas que éste formulaba para incluir a los sectores pobres. A Rueda le resultaba escandaloso que Petro  ofreciera “agua gratis para todos los barrios donde ni siquiera hay tubería». En su opinión, hablar del derecho de un consumo mínimo de agua potable para los estratos más pobres era populismo. Por eso veía como contraproducente una propuesta destinada a mejorar la calidad de vida de la gente, a partir del acceso digno al agua potable. ¿Qué diría María Isabel Rueda si se enterara que en la provincia de Québec, en Canadá, el consumo de agua potable es gratuito para todos los hogares, sin importar el estrato social, pues el acceso al agua potable en igualdad de condiciones es considerada por el Estado en esta provincia, como una estrategia de inclusión social?.

La nueva dinámica que le impuso al debate electoral la fusión de las campañas de Antanas Mockus y Gina Parody y la consolidación de Petro en las encuestas, llevaron a Maria Isabel Rueda a sostener, a pesar suyo, que “el único que parece diferenciarse del pelotón es Gustavo Petro, y por eso está ganando las encuestas. Pero no porque esté proponiendo cosas distintas al resto. Sino porque todo el mundo da por descontado que es de izquierda, mientras los demás candidatos están entre el centro y la derecha, y por ese motivo que dizque se preocupa más por los pobres”. Sin embargo Rueda daba por hecho que de ganar Petro no haría en Bogotá un gobierno diferente al de los otros candidatos. Para ella, en lo único en que  podría diferenciarse un eventual gobierno de Petro del gobierno de cualquiera de sus adversarios, era en que, de llegar a ganar, éste podría terminar haciendo “un gobierno más mamerto que el de Aurelio”.

Como ese tipo de trucos retóricos no frenaban el acenso lento y tortuoso del candidato progresista en las encuestas, ni detenían el descenso vertiginoso en éstas de Enrique Peñalosa: el hombre del establecimiento, los ideólogos del estatus quo recurrieron a otras tácticas. Frente a la imposibilidad de bloquear el avance de Petro en la arena política, dos jurisconsultos -de probada experiencia en la materia- recurrieron a la vía jurídica. El recurso a la artimaña jurídica, como lo resaltó la bloguera Emma Flood, en el su blog de El Tiempo, llevó a Fernando Londoño Hoyos y a José Obdulio Gaviria a caer en el absurdo de contradecir “las aclaraciones del Consejo Nacional Electoral sobre la legalidad” de la candidatura del abanderado progresista.

Fue dentro de los canales de dicha estrategia que el celebérrimo abogado Fernando Londoño Hoyos, conspicuo cuadro del establecimiento patrio, escribiera el 7 de septiembre de 2011 en su columna semanal del diario El Tiempo: “Francisco Gustavo Petro Urrego está jurídicamente inhabilitado para ser alcalde de Bogotá. Como lo estuvo para ser representante a la Cámara y senador de la República, cargos que ejerció irregularmente, como adelante demostraremos”. Pero en la columna del epónimo abogado había una “una pequeña digresión”, escondida  detrás de la maraña del argumento jurídico.

Con ese truco se buscaba camuflar la verdadera intención del columnista: llamar la atención sobre los supuestos nexos entre Gustavo Petro y Pablo Escobar, hecho que según él condujo a la toma del palacio de justicia en noviembre de 1985. Para el afamado jurista, si una semana antes de la toma del palacio, hombres del ejército no sorprenden y capturan a Petro en Zipaquirá, “solo Dios y Petro, y quizás algunos de sus antiguos compañeros de andanzas criminales, saben lo que habría pasado” en Colombia a raíz de esa toma.

Las opiniones de los formadores de opinión pública eran retomadas -a su turno- por  los antipetristas del vulgo como Notecreo, que el 21 de octubre de 2011 escribió en la colilla de comentario de El Espectador, cuando se enteró que Petro lideraba una nueva encuesta para la alcaldía de Bogotá: “Mala noticia: otros tres años de robos e ineptitud y la ineptitud es también corrupción. Definitivamente no aprendemos. Nombramos a quien no ha administrado una tienda de barrio para administrar una ciudad, es un desastre. Una ciudad necesita un buen administrador, no un político fanfarrón. Desafortunadamente al igual que a Samuel y Luis Garzón, Petro lo van a subir algunos ricos que se tildan de izquierda, lo que en Francia llaman la izquierda-caviar. ¿Qué ha hecho Petro en su vida fuera de ser popular por hacer denuncias a diestra y siniestra? Está bueno para director de Fiscalías, pero no para alcalde.”

Los comentarios de los intelectuales defensores de la tradición y de las bases sociales del establecimiento, así como el comportamiento de la clase política que lo representa y de aquellos políticos emergentes, que se alejan de dicha clase sin romper con los valores tradicionales, han evidenciado siempre un hecho: la preocupación que trasnocha al aparato pensante y dirigente del estatus quo frente a un eventual éxito de Gustavo Petro al frente de la alcaldía de Bogotá.

Esto lo resume bien el comentario de Kirios. El  28 de octubre de 2011 este comentarista escribió en la colilla de una crónica en El Espectador de Alonso Sánchez Vaute: “¡Salvemos a Bogotá!  En la trayectoria personal de este político no hay nada que tenga que ver con ella, ni en su presente ni en su futuro. La verdad, la ciudad no resistiría más populismo, ni improvisación que solo le serviría a alguien que usaría este cargo como trampolín para más y más poder. Es claro que Petro va por el poder y por la presidencia de la República y Bogotá sería utilizada por Petro sólo en función de su interés personal. Sus proyectos son etéreos, no ha dejado ver un concepto de ciudad y seguro bloqueará al gobernador de Cundinamarca y al presidente Santos en los proyectos comunes, porque ese es su estilo”.

La preocupación que ha invadido siempre el corazón de los prohombres y de las figuras femeninas del estatus quo, por causa de un eventual éxito de Gustavo Petro al frente de los destinos de Bogotá ha aumentado vertiginosamente en los últimos tiempos. La misma noche de su elección se creó un grupo en Facebook para impulsar la revocatoria de su mandato. Esa misma noche el representante Miguel Gómez Martínez, que terminó al frente de la revocatoria del gobierno Petro, le envió una carta en la que le decía:

«Reciba en primer lugar mi felicitación por conseguir tan distinguido título que la democracia le otorga. Reconozco su inteligencia y ponderación a la hora de enfrentar los más crudos debates en la pasada contienda electoral. La historia le premiará sus aciertos principalmente cuando se desempeñó a fondo en las denuncias sobre el carrusel de la contratación que sin duda constituye uno de los mayores hechos de corrupción de nuestra historia reciente. La ciudadanía está expectante, como también sus dirigentes políticos. Como Representante a la Cámara por Bogotá, y en orillas ideológicas diferentes a la suya, soy consciente de que en un sistema democrático los intereses generales están por encima de los particulares y en razón de esa circunstancia le ofrezco mi concurso para el efectivo desarrollo y cumplimiento de las tareas que Usted se ha impuesto».

Mientras el nieto del legendario Laureano -nunca laureado- le ofrecía públicamente a Petro su concurso para volver a encarrilar a Bogotá por la ruta del progreso, Carlos Gaviria Díaz, en entrevista concedida al portal Notiagen, se despachaba con dureza contra él. A la hora de evaluar la debacle del Polo en la capital y la victoria de Petro, Gaviria no pudo ser más rudo en su lenguaje, porque su estilo personal no le permitía el uso de términos insultantes de grueso calibre. Alejado del equilibrio conceptual que lo caracterizó, Gaviria sostuvo:

«Es evidente que la mayoría del Polo, diría que en un 90%, optó por la candidatura de Petro. Hay dos fenómenos. Uno, falta de claridad política. Hay personas que de buena fe piensan que Petro encarna un proyecto de izquierda y por eso lo siguen y es absolutamente comprensible, por esa circunstancia no hay que anatematizarlas. Y otro, por oportunismo; cuando se ve que hay alguien que está próximo al poder muchas personas quieren estar cerca. Y a eso contribuyó sobremanera el establecimiento asimilando a Gustavo Petro, que sabe que no es un político de izquierda pero es funcional a los intereses del establecimiento. Porque así se puede presentar la democracia y la sociedad colombianas tan abiertas que hasta una persona de izquierda y que incluso viene de la guerrilla como Gustavo Petro puede ganar unas elecciones. Pienso que cuando las gana es porque ha hecho demasiadas concesiones a la política tradicional […] Por ejemplo, nunca dijo nada en la campaña acerca del TLC, guardó silencio dando a entender más bien que era partidario. Por otra parte, un acercamiento hacia el presidente Santos, cuando él tiene una política que ha definido como idéntica a la de Uribe pero con un estilo distinto. Seguramente por estrategia quiso aparecer no como un político con posiciones radicales sino flexible, capaz de aproximarse a la propuesta oficial y capaz de gobernar con Santos, lo que en Gustavo no es nuevo».

Las preocupaciones y la posición de la derecha la resumió bien, el 4 de noviembre de 2011, el intelectual conservador Eduardo Mackenzie. A raíz de la victoria del actual burgomaestre bogotano en las urnas, este vocero del ala más radical del establecimiento escribió en el portal Periodismo sin fronteras:

«Ganó Petro, pero […] lo que acaba de ocurrir en Bogotá es un muy mal signo para el futuro de Colombia. […] ¿La elección de Gustavo Petro Urrego como alcalde de Bogotá es algo más que el resultado de una votación? Puede ser la operación más audaz del M-19 contra el sistema político, más incluso que el infernal asalto contra el Palacio de Justicia en 1985 y los procesos judiciales inicuos contra los héroes defensores del Palacio. Por una razón: porque esta elección es, para Petro, únicamente un trampolín para tallarse una imagen de presidenciable, y porque esta vez esa operación aparece como algo muy legal, muy legítimo e irrefutable. Ese aparato salido de las entrañas de las FARC, que en su época logró hacerle creer al país que era una guerrilla “juvenil” y “nacionalista”, sigue hoy su marcha bajo ropajes civiles, pero con los objetivos de siempre: desbaratar la democracia y desmantelar el sistema capitalista. Todo bajo un juego de  disimulación y camuflaje de alcance estratégico».

A manera de balance puede decirse que el intercambio rudo de la campaña electoral y el lenguaje descalificatorio, que llovía sobre el candidato progresista durante la carrera por la alcaldía y que no cesó en las primeras de cambio luego de su victoria, se convertían en un abrebocas de lo que seguiría durante su mandato. En las semanas que siguieron a la elección los sectores derrotados se dedicaron a crearle un mal ambiente al alcalde electo, poniendo en marcha una férrea estrategia de oposición política desde antes de que éste asumiera el cargo. El 3 de noviembre el concejal Eduardo Parada, miembro del partido de la U y uno de los implicados en el escándalo de corrupción denunciado por Petro en la capital, impugnó su elección. Para el cabildante el nuevo Burgomaestre “estaba inhabilitado por haber sido condenado por porte ilegal de armas en 1985”. El 9 de diciembre, el jurista Jaime Granados, conocido por ser el abogado del expresidente Álvaro Uribe, radicó una denuncia contra el alcalde electo acusándolo del delito de “pánico económico”, usando las declaraciones que éste dio a los medios sobre el futuro de la Empresa de energía eléctrica de Bogotá.

Mientras los alfiles del establecimiento buscaban derribar la elección de Petro y los dirigentes del Polo manifestaban no saber qué camino tomar, en los medios los formadores de opinión habían declarado una tregua con el objeto de afilar sus plumas, para volver a la carga una vez se posesionara el nuevo mandatario. En su columna el escritor Óscar Collazos, uno de los pocos que se dio a la tarea de evaluar los resultados electorales sin apasionamientos, resaltaba que en Bogotá, Petro se había impuesto, a pesar de “las más sucia de las guerras” políticas. Según Collazos eso se debe a que el bogotano es “un electorado relativamente inteligente, relativamente pragmático, capaz de premiar y castigar, dispuesto a poner límites a la izquierda, pero también a la derecha”. Para Collazos esa sensatez política ha permitido levantar en Bogotá un dique de contención contra la “derechización uribista”  y “un muro” de protección “contra la izquierda radical”.

Continuará…