domingo, 9 de agosto de 2015

Les Week-ends du monde: la celebración de la diversidad étnica en Montreal

Publicado en:
El arca de Enoïn Portada
Por:
Temas:
Festival Independencia Colombia Montreal 2013

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM

Según la encuesta de hogares del censo de 2011, en Montreal -cuya población asciende a 3.752.470 individuos-, habitan 913.715 inmigrantes, que representan el 24,34% de la población de la ciudad. De acuerdo con las estadísticas, en la metrópolis quebequense vive el 93,72% de la población inmigrante que reside en la provincia. Esos guarismos convierten a Montreal en una de las ciudades miembro del pelotón de las 10 ciudades más cosmopolitas de América del Norte y la incluyen dentro del grupo de las 50 ciudades con mayor diversidad étnica del mundo. Haciendo nuestra la opinión de Kelolo, el redactor jefe del portal Topito, podríamos decir que Montreal es una de esas ciudades en las que uno puede comenzar a explorar las diferentes culturas y regiones del mundo a partir de un simple cambio de barrio.

El cosmopolitismo de Montreal, como lo advirtió en uno de sus discursos Pierre Bourque, quien fuera alcalde de la ciudad entre 1994 y 2001, es el resultado de la presencia en su territorio de una población que proviene de los cinco continentes. De acuerdo con el censo de 2011 en Montreal viven 271.485 europeos, 263.540 asiáticos, 209.800 individuos provenientes de otros países americanos diferentes a Canadá, 167.390 africanos y 1.500 emigrados provenientes de Oceanía. Esa fuerte presencia de inmigrantes en Montreal explica porque su población proviene de 220 lugares del mundo, clasificados en 166 nacionalidades, habla 111 lenguas diferentes al francés y el inglés, lenguas oficiales de Canadá, y practica 108 confesiones religiosas.

Un ejemplo fehaciente de esa diversidad étnico-cultural y nacional es la escuela secundaria Saint Luc, localizada en mi vecindario. La población estudiantil de esa escuela: 1.800 estudiantes, proviene de 95 países y habla 45 lenguas maternales. Igual sucede con la otra escuela secundaria del sector, la cual ha sido llamada l’École des Nations Unies, en razón de la diversidad étnica, lingüística y religiosa de la población escolar que allí confluye. Según la reportera Marie Allard, que preparó un informe de prensa sobre el mejoramiento de la calidad académica en este plantel, luego de la llegada de un rector sensible a la diversidad, allí nueve estudiantes sobre 10 son de origen inmigrante.

De acuerdo a la socióloga urbana Annick Germain y al historiador Paul-André Linteau, el cosmopolitismo de Montreal es un hecho reciente. La presencia de grupos étnicos diferentes al europeo en el panorama urbano de la ciudad se hizo evidente a partir de la mitad de la década de los sesenta.  Como se puede apreciar en la gráfica que presentamos a continuación, en Montreal hoy comparten espacio 13 grupos étnicos diferentes a la población blanca. Esos grupos étnicos, con sus prácticas culturales y su estilo de vida han ido transformando, en las últimas cinco décadas, el panorama urbano y las costumbres de una ciudad, que el alcalde Bourque describiera como una urbe de “raíces europeas, anclada en la tradición del modernismo norteamericano”.

Evolución demográfica de las minorías étnicas en Montreal entre 1971 y 2011

Cuadro-1

Fuente: Estadística Canadá 2015

El multiculturalismo de Montreal lo ilustra de manera correcta el edificio donde vivo. En el segundo piso, mi vecino es un canadiense inglés, que nació en Ontario y está casado con una mexicana de Acapulco. En el tercer piso vive una familia haitiana, cuyos vecinos son paquistaníes. En el primer piso hay una guardería de una señora de Jamaica y el apartamento del frente está ocupado por una familia musulmana de la India, emparentada con la familia paquistaní del tercer piso. Si amplío el radio de acción a las edificaciones vecinas me encuentro con que mis vecinos son somalís, etíopes, malgaches, chilenos, salvadoreños, filipinos, gente de los países de los Balcanes, chinos y anglo-caribeños. Ese vecindario peculiar lo completa el dueño del edificio de apartamentos de la esquina; un indígena mohawk, que lleva puestos cotidianamente sus accesorios de guerrero y se rapa el cráneo de ambos lados, para darle realce a su negra melena, atada siempre a manera de cola de caballo. En la esquina diagonal está el edificio de apartamentos de un vietnamita,  habitado mayoritariamente por gente del sudeste asiático. En síntesis, puedo afirmar, sin equívocos, que mi calle resume, de manera adecuada, el ambiente cosmopolita de la metrópolis quebequense.

La imagen de ciudad caracterizada por una superdiversidad, que muchos sectores están interesados en mostrar hoy de Montreal, es acompañada por otra imagen que la ciudad ha sabido vender bien: la de ser una de las ciudades mas festivaleras de América del Norte, donde se lleva una vida rumbera intensa, que solo se equipara con Nueva York, Las Vegas y Miami. Según el portal Toolito, Montreal se clasifica en el puesto 14 entre las 51 mejores ciudades para parrandear en el mundo, campo en el que ocupa el quinto puesto en América, detrás de New York, Buenos Aires, Cancún y La Paz.

Los fines de semana del mundo es uno de esos festivales veraneros, que se realizan en la ciudad para animar su vida festiva. Pero éste, a diferencia de los otros festivales, tiene una connotación popular. Su filosofía se inscribe dentro de ese concepto que los científicos sociales, expertos en urbanismo, han llamado la gentrification del espacio público. En el centro de la lógica que anima este festival se encuentra la celebración de la diversidad étnica-cultural. Por eso las celebraciones que se desarrollan dentro del marco del festival Week-ends-du-monde están orientadas a visibilizar la diversidad que alberga Montreal en ese campo.

Según la información que describe y promociona el evento, éste busca mostrar la diversidad cultural que caracteriza la ciudad; ofrecerle a los grupos artísticos de origen étnico o relacionados con la promoción de la etnicidad, la oportunidad de hacer reconocer su trabajo por parte del público; permitirle a las comunidades culturales de organizar eventos, que faciliten la fraternización de sus miembros con otras comunidades en un mismo espacio; favorecer el diálogo intercultural, la lucha contra la exclusión, el racismo y la discriminación; y transmitir a las nuevas generaciones las tradiciones culturales y populares que dinamizan la vida comunitaria de la ciudad.

Una mirada a la fiesta mundial a partir de los Week-ends-du-monde

Llevo cinco años asistiendo a los Week-ends-du-monde sin ningún fin preciso. De ese paso por allí me queda un sombrero mexicano, que obtuve en un trueque coqueto con una mujer, que se llevó con ella el sombrero vueltea’o que me regaló mi padre. En teoría yo debía conservar el sombrero paterno para el resto de la vida, pero… Bueno, sucedió que la mujer y yo nos miramos con una química inconfesable. Para contener los demonios ocultos, como recuerdo mutuo, decidimos, sin ni siquiera hablarnos, intercambiar nuestros sombreros. Igualmente me queda una foto en una tienda de nómadas turcos, con un traje típico y un instrumento de cobre utilizado para fumar el vapor de plantas aromáticas.

Siempre que voy al Parc Jean-Drapeau  me da la impresión que quienes frecuentan ese lugar, durante ese festival gastronómico, musical y dancístico,  más que ir a celebrar su nacionalidad de origen, celebran la nacionalidad de los otros. O tal vez lo que sucede es que celebran esa nacionalidad diversa, que surge en las barriadas multiétnicas de Montreal, la cual va estructurando la identidad de aquellos que, como yo, comenzamos -como diría un verso de Facundo Cabral– a no ser de aquí ni a ser tampoco de allá.

La puerta de entrada a esta fiesta sui generis es la estación Berri-Uqam. Allí, donde es preciso hacer el transbordo para coger el metro que se dirige a la ciudad de Longueuil, entre los pasajeros que circulan entre Montreal y la capital de la Montérégie sobresalen aquellos que se bajarán del tren en medio del río, en la estación de l’île Sainte-Hélène. En general es gente que va equipada para disfrutar de ese carnaval mestizo, que hace mover esta apacible isla al vaivén de los ritmos, sabores, olores y colores del mundo.

Entre los atuendos de los que allí concurren sobresalen las camisetas de las selecciones nacionales de fútbol y las casacas de los clubes del balompié más renombrados del mundo. Igualmente pueden verse las camisolas de modestos equipos nacionales, que defienden los colores de ciudades que no aparecen en los mapamundis de escala mayor. Sin embargo, hay un elemento importante que vale la pena destacar. Mientras que las camisetas que distinguen a las selecciones nacionales son vestidas por personas de todos los sexos y por un público de todas las edades y estados físicos, los suéteres de los clubes –sin importar su prestigio- son vestidos por hombres jóvenes, que a primera vista se nota que patean un balón de fútbol, durante más de 30 minutos, al menos una vez a la semana.

Otro atuendo que se destaca, aunque con menos presencia, es el sombrero típico. Al contrario de las camisetas de las selecciones, los sombreros típicos son accesorios que proyectan una iconografía bien particular. Estos generalmente son llevados por personas que buscan poner en escena una identidad, que trasciende el folclorismo deportivo y está ligada al folclor vernáculo, a la cultura y tradición populares. En ese sentido, llevar un sombrero típico requiere de una personalidad bien cimentada y de una conexión profunda con el universo cultural, que dio origen al sombrero y que ha construido su identidad e historia.

Finalmente hay una indumentaria mucho más escasa y más llamativa por su colorido y su elaboración: los vestidos típicos. Si bien con estas prendas se atavían generalmente los bailarines o los cultores populares, esto no impide que uno que otro parroquiano venido de otros lares, que no tiene pretensiones artísticas, aproveche estos fines de semana para enfundarse dentro de su vestido patrio, para mostrarse con él en esta ágora de la alteridad.

Cuando uno se baja en la estación del parque Jean Drapeau, el ambiente festivo entra por los ojos, los oídos y el olfato. Adolescentes arropados con banderas nacionales de países, cuyo nombre difícilmente uno recuerda; gente joven y no muy joven engalanada con una pinta que busca llamar la atención de alguien y facilitar el contacto con él; bolsos decorados con banderas nacionales; pandillas de saltimbanquis y arlequines que tratan de robarse el show entre el público infantil; tarimas por aquí y por allá, en las que artistas de un día o de todos los días ponen en escena su saber hacer; bailarines solitarios que tratan, sin mucha convicción, de seguir el ritmo de la melodía que proviene de la tarima más cercana; y grupos de bailarines que exageran su alegría, buscando contagiar con su cadencia a los mirones que aún no se animan a mover el esqueleto.

En una de las tarimas, que acoge uno de los festivales nacionales, una pareja sexagenaria, conformada por un hombre negro de semblante anglo-caribeño y una rubia auténtica, de talante europeo o norteamericano, se deja llevar por los acordes de la música, dándole rienda suelta a la química que los  unió, solo Dios sabe cuándo y dónde. En el parque de diversiones infantiles los infantes agotan sus energías en los juegos acuáticos y en los gigantescos juguetes inflables, que les permiten saltar hasta el cansancio.

En uno de los senderos, con aire de auténtico idilio, un hombre rubio camina de la mano de una mujer negra o la inversa si se quiere: una mujer negra camina de la mano de un hombre rubio. No son los únicos amantes que le rinden culto a la mixtura étnica, pues en la multitud abundan las parejas de este género. Un grupo de cinco parejas de hombres, evidentemente homosexuales, provenientes de diferentes lugares del orbe, hace la cola delante de un restaurante de comida colombiana. Los otros compradores, mayoritariamente colombianos, que hacen fila junto a ellos, ni se dan por enterados. Un amante del carnaval, venido de quien sabe que esquina del Caribe, baila con su disfraz carnavalesco, celebrando en solitario, en la lejanía y a destiempo, una fiesta que posiblemente hace muchos años no celebra como Dios manda y en la fecha que el calendario estipula.

En el sendero de los restaurantes, lo exótico y lo popular se codean. Al lado de una fonda turca, que vende una suerte de crepé preparado con harina, espinacas y leche, un mesón jamaicano vende porciones de cerdo asado de sabor picante. Cerca de un kiosco que vende gollerías típicas de los países musulmanes, el kiosco de una empresa de licores promociona su tequila, vendiendo tragos al menudeo a los amantes de uno de los néctares, que anima el culto al dios Baco entre las clases populares del trópico americano.

En 2012 el show se lo robó un grupo de danzas chino. Uno no sabía si los danzarines bailaban o estaban combatiendo con un enemigo imaginario. En su presentación, que se desarrolló al son de un tambor repiqueteado a ritmo marcial, hubo manejo de armas que iban del palo de escoba a la pistola, pasando por los palillos de comer sushi y ensaladas.

Cuando la noche comienza a caer, en la tarima contigua a la entrada del metro, los grupos de música rítmica le suben el tenor al ambiente del festejo, obligando a quienes frecuentan el lugar sin niños a posponer el retorno a casa por unos minutos más. Aunque la hora de cierre se acerque, la gente no cesa de desembarcar en la isla para bañarse por unos minutos en esa fiesta multirracial, que sumerge, por cuatro días, a los amantes de lo exótico en el arte de la celebración de las diferentes culturas del mundo.

La presencia latinoamericana en los Week-ends-du-monde

En Canadá viven 381.280 latinoamericanos. De ese número, 116.380 viven en la provincia de Quebec. Antes del año 1971 los latinoamericanos presentes en el territorio canadiense ascendían solamente a 3.955 individuos. De ellos, 800 residían en la bella provincia. En ese tiempo, como me lo contó una activista comunitaria, que hoy dedica su tiempo libre a ayudar desde los grupos comunitarios de religión protestante a las personas necesitadas, las fiestas se organizaban en los apartamentos de aquellos que se atrevían a bravear a los propietarios e inquilinos locales, prestando su domicilio para un festejo bulloso. Hoy Montreal, como se puede ver en la gráfica siguiente, es una de las ciudades canadienses que alberga una de las mayores concentraciones de latinoamericanos de todo Canadá.

Población latinoamericana en las ciudades canadienses

Cuadro-2

Fuente  de datos: Estadística Canadá  2015

En general, los latinoamericanos que habitan en Montreal, como lo han anotado en diversas ocasiones los profesores Víctor Ramos (Universidad de Laval) y José Del Poso (Universidad de Quebec en Montreal) no constituyen una comunidad muy visible en el panorama urbano de la metrópolis quebequense. Aunque la investigadora Luisa Veronis sugiera que a nivel de Canadá comienza a emerger una identidad latinoamericana de carácter colectivo, los latinoamericanos de Montreal son en realidad una comunidad dispersa, que no ha creado organismos que favorezcan la aproximación entre sus miembros.

La fuerte dispersión territorial de la comunidad sobre el mapa montrealense es un aspecto que condujo a las investigadoras Francine Dansereau y Magda García a evocar la idea de una comunidad sin territorio. En un reportaje realizado por la periodista Julie Barlow, la mayor parte de los entrevistados sacan a relucir la ausencia de redes intracomunitarias y la falta de lasos entre la comunidad y los actores comunitarios quebequeses o de otros orígenes étnicos. Según el profesor Víctor Ramos, esa ausencia de redes dificulta aún más la integración del inmigrante latinoamericano en Quebec  y fragiliza su inserción socioeconómica.

Otros elementos que destacan los entrevistados de Barlow son la falta de solidaridad entre los miembros de la comunidad. Al respeto una de las entrevistadas resalta que entre los latinoamericanos la cosa es cada quien por su lado. Este fenómeno es estimulado por la multiplicidad de orígenes nacionales, que contribuye a levantar barreras entre los miembros de la comunidad.

Sin embargo, además de los aspectos que salen a relucir en el reportaje de Barlow, hay también otros elementos que destacó en 1984 el sociólogo Jean-Pierre Gosselin, en un artículo consagrado a la comunidad. El estudio de Gosselin trae a colación dos factores que no se pueden perder de vista: las causas de la emigración hacia Canadá de cada persona y el origen social del inmigrante latinoamericano.

En general, y esto sale relucir en la mayoría de las notas de prensa y en algunos artículos especializados como el de Gosselin, la identidad de la comunidad latinoamericana en la escena montrealense se ha ido construyendo alrededor de la rumba y el fútbol. Quien mejor destaca ese punto es el periodista de La Presse, Jean-Christophe Laurence, al resaltar el rol de la fundación LatinArte, como agente promotor de la cultura latinoamericana en la ciudad.

Sin embargo es ese deseo de festejar el que favorece la congregación de varias comunidades latinoamericanos, una vez al año, alrededor del ritual de la rumba, que se organiza con la excusa de las fiestas naciones o patrias. En medio del escenario de la celebración multicultural de los Week-ends-du-monde, los latinoamericanos desembarcan en la estación del parque Jean Drapeau para celebrar la fiesta de sus respectivos países.

Algunos observadores, como el líder comunitario colombiano Magencio Barrera[i], consideran que estas celebraciones son cada vez más: y él se refiere particularmente a la celebración colombiana, un evento comercial, desligado del sentido histórico que encierra la fecha que se conmemora. Según Barrera, los comerciantes de la comunidad se dieron cuenta que la gente tiene deseo de evocar las celebraciones típicas de su tierra. En ausencia del calendario festivo local del país, nada mejor que echar mano del sentimiento patrio, pero quitándole su contenido simbólico, para ganarse unos cuantos pesos.

Festival Independencia Colombia Montreal 2013

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM (archivo)

Al contrario de él,  el antropólogo Juan Ovidio Arango defiende la importancia de este tipo de celebraciones, aunque la parte comercial haya ido quitándole la solemnidad histórica. Según este antropólogo el día de la Fiesta Nacional la gente se salta las barreras que la separa y se va a buscar a aquellos con los que tiene algo en común. En medio de la atmósfera del festejo, estimulada por la música y el alcohol, la gente se aproxima, comparte y sueña durante un día, en esta lejanía, con el país ideal en el que siempre ha deseado vivir. Por eso es que, según Arango, el día la Fiesta Nacional la gente saca su sombrero, viste el traje típico, se pone las prendas que aquí no tiene la oportunidad de vestir, se engalana con un símbolo común como la camiseta de la selección o se viste con la ropa de notable de pueblo,  que nunca ha tenido la oportunidad de usar aquí en su vida cotidiana. De ese modo la gente hace catarsis, se libera de sus penas y recarga sus baterías para pasar el resto del año en medio de la rutina, después de haber fiestado como se fiesta en su país. Para Arango estas fiestas también cumplen un rol dentro de los rituales de transmisión de valores entre generaciones. Eso explica la importancia que adquiere para muchos padres la idea de asistir con la familia, para ver bailar las danzas nacionales y escuchar a alguien cantar la música popular. Luego de la fiesta no son pocos los progenitores que sienten que han cumplido con el deber de iniciar a sus hijos en la cultura de sus ancestros.

Este año la novedad en el panorama latino de los Week-ends-du-monde fue la celebración de la Fiesta Nacional de Venezuela y el festival Fusión Latina. Este último fue un evento animado por los disc-jockey latinoamericanos que animan la rumba latina de Montreal. Allí lo mejor de todo fue una orquesta de merengue, que ejecutó sus números con la alegría jacarandosa de las buenas bandas merengueras de los años ochenta y noventa. Capitaneada por un saxofonista guapachoso, la orquesta bien afinada y armonizada, llenó a punto de descargas de cobres y percusión los vacíos generados por las letras de estilo reguetonero, que vocalizaba un cantante al que le falta la chispa del clásico cantante de merengue.

Festival Venezolano Montreal

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM

En la celebración mexicana lo mejor fue la banda de rock Revólver. Los guitarristas ejecutaron magistralmente varios clásicos del rock latinoamericano. En el Destival de Perú la mejor presentación estuvo a cargo de Dayan Aldana, quien combinó humor popular peruano: chistes punzantes sobre los hombres, glamur femenino y música típica peruana. En la celebración colombiana la medalla se la llevó la agrupación salsera Salsabor que ejecutó, de manera profesional y sin tanto exhibicionismo por parte de los cantantes, un repertorio compuesto por clásicos de la salsa de todos los tiempos. En este festival, la nota típica de mejor calidad corrió por parte del grupo de pitos y tambores Bumaranga, que interpretó con rigor un buen repertorio de cumbias de la vieja guardia.

Bumaranga Nuit d'Afrique

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM

[i] Hemos usado un pseudónimo, porque el entrevistado prefiere mantener el anonimato.