jueves, 27 de agosto de 2015

Confesiones de una víctima de bullying

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Bullying Escuela

Foto: Flickr – JLM Photography (CC)

En casa tuve una infancia feliz, pero en la escuela era otra historia…

Queridos lectores, ésta es una historia ficticia, pero podría ser una historia real para muchos niños que sufren el bullying en su vida diaria.

Yo me sentía como una niña con doble personalidad.  Con mi familia era alegre, ocurrente y reía mucho; sin embargo, en el salón de clases era tímida, retraída y poco sociable.  No siempre fue así.  No recuerdo en qué momento comenzaron a cambiar las cosas o cuál fue el detonante. Sólo sé que de pronto comencé a atraer a un par de bullies como mosquitos a la luz.  No sé si comencé a cerrarme en mí cuando comenzaron a atacarme o si comenzaron a atacarme cuando me cerré.

Como yo no sabía lo que estaba pasando, tampoco sabía cómo defenderme.  Los ataques solían ser más psicológicos que físicos.  De pronto comencé a hacerme muy consciente de mí misma, ponía atención en mi cabello, en mis uñas, en mi ropa, en mis rasgos, en el color de mi piel, en mi postura, en mi peso y en todas mis pertenencias –sí, hasta en mis útiles escolares-.  Me preocupaba mucho la imagen que daba a los demás y lo que todos pensaban de mí. 

Progresivamente me entró una paranoia medio exagerada, veía enemigos en todas partes. Sentía que continuamente me criticaban y solía interpretar los susurros y las risas como burlas hacia mí.  Me puse a la defensiva. Comencé a reaccionar con cierta brusquedad a los comentarios de dudoso significado. Me costaba trabajo confiar en la gente, pero a la vez estaba ávida de cariño y amistad.  Durante un tiempo, respondía de forma radical y extrema a las muestras de amabilidad y a las agresiones. Si alguien hacía algo lindo, era mi mejor amigo instantáneamente, pero si me hacía sentir mal, lo condenaba a sufrir el látigo de mi desprecio con pocas probabilidades de redención.

Ya no era estable, de hecho sentía una soledad intensa y me aferraba a todas las actitudes que me hicieran sentir segura y que impusieran un poco de respeto. No pude aprender a reírme de mí misma, sentía la necesidad de contrarrestar las risas de los demás, tomándome muy en serio. Le tomé terror al ridículo y limité mi involucramiento a actividades “socialmente seguras” exclusivamente.  Me perdí de muchas fiestas por miedo a que se convirtieran en experiencias incómodas.

Con todo esto, también aprendí algunas cosas.  Si me lo preguntan en público jamás lo reconoceré, pero debo confesarme a mí misma que estas experiencias me ayudaron a desarrollar empatía, un ojo crítico hacia mí misma, compasión por los  indefensos, un sentido agudo de la justicia y carácter. ¿Por qué no diré nada de esto en público? Porque estoy en contra del bullying y no pretendo decir nada que pueda considerarse un apoyo a esta práctica o una justificación.  Sin embargo, mi niña interna necesita saber que todo eso que sufrió, no fue en vano.

Fui aprendiendo poco a poco que la gente tiene muchas versiones de sí misma, así como yo. Pensé en esas personas que me hacían daño y me di cuenta de que había gente que las quería de verdad y que decía cosas buenas de ellas.  Yo no entendía cómo esas personas podías ser tan crueles con uno y tan buenas con otro.  Lo que me parecía muy curioso era que en realidad sí sabían ser agradables.  Tal vez si las cosas hubieran sido distintas, hasta me hubieran caído bien. Esta dualidad me dejaba muy intrigada.

Con el tiempo, descubrí que estas personas que me trataban mal tenían algo en común: necesitaban atención y cariño en sus hogares.  Se sentían en sus casas, un poco como yo me sentía en la escuela y viceversa.  En alguna conferencia escuché que los bullies atacan a las personas que tienen en sus hogares lo que ellos no pueden tener.  En ese momento sentí empatía y pesar por estas personas. Comencé a ver a los bullies como víctimas de otras circunstancias.

Alguien me dijo una vez que todos hemos sido víctimas de bullying, pero también bullies.  Eso me hizo observarme desde otra perspectiva.  Fue una sorpresa descubrir que yo misma era una bully también.  Me da vergüenza reconocerlo, pero sin esta confesión, mi historia estaría incompleta. Yo era una bullyNo me costaba trabajo criticar con dureza a otras personas. No pensaba que estuviera mal siempre y cuando lo hiciera a sus espaldas, para no lastimar sus emociones. Qué considerada, ¿no? Sin embargo, no me di cuenta de que estaba esparciendo un poco de veneno en otras personas y en la imagen de mi víctima. Yo no podía saber el efecto que tendrían mis palabras y una vez dichas, no podía contenerlas.

Tuve que hacer mucho trabajo personal y mucha reflexión para borrar los efectos del bullying en mi vida personal y en mi vida profesional.  Me tomó mucho tiempo entender cómo ciertos rasgos de mi personalidad eran reflejo del miedo de la burla o del dolor.  Ahora trabajo intensamente en mí, en mis pensamientos y en mis palabras.  En mi búsqueda de salud emocional encontré que:

  • Todas las experiencias traen aprendizaje, aunque no por eso hay que irle causando dolor a otros, con el pretexto de que así crecerán.
  • Los bullies tienen mucho dolor dentro.
  • Las víctimas de bullying creen que el ataque tiene algo qué ver con ellos, pero más bien tiene qué ver con el bully y sus asuntos sin resolver.
  • Uno nunca sabe cuáles son las fibras sensibles de los demás y si al tocarlas pueden causar un daño irreparable.
  • No todas las personas logran superar los efectos del bullying y a veces hay consecuencias muy fuertes en las víctimas.
  • El daño que causan los demás es un reflejo de una carencia personal, ya sea de madurez, de amor, de empatía, etc.
  • Los niños que son víctimas del bullying necesitan saber que sus padres los apoyan y los defienden.

Un hombre canadiense dijo una vez que el remedio del bullying en las escuelas es el servicio social.  Según sus palabras, cuando los niños trabajan juntos para ayudar a otros, se despierta una nueva consciencia y todos se ven con nuevos ojos.  No sé si eso sea verdad, pero definitivamente da un poco de perspectiva estar en contacto con personas que tienen problemas mayores que los de uno.

Quédate conmigo y permíteme seguir aprendiendo de ti…