domingo, 11 de octubre de 2015

La crisis de los refugiados: el impacto de los problemas locales en los entornos globales y viceversa      

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El arca de Enoïn Portada
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Foto: Captura de pantalla / YouTube

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La foto del cuerpo sin vida del niño Alan Kurdi, escorado en una playa turca, se convirtió en una imagen que ha estremecido la conciencia de la humanidad sobre el drama de los refugiados. El tráfico de imágenes alegóricas, así como de mensajes manifestando todo tipo de sentimiento frente al infausto suceso, estremeció las redes sociales por unos días. Gracias a ese evento, en la comodidad de sus hogares, viendo los noticieros de las 10 de la noche, la gente se puso al tanto -nuevamente y por un instante- de los riesgos que corren las personas, que habitan en países inestables. Empujadas por el temor y la incertitud, millares de familias deciden empacar aquello que pueden transportar sobre sus hombros, para irse detrás de un futuro incierto, a buscar un país que quiera acogerlas, el cual no saben a ciencia cierta cuál pueda ser.

Al aciago incidente del niño ahogado en un mar ajeno y abandonado en una playa lejana y sin nombre conocido, vinieron a sumarse las imágenes de una periodista húngara, Petra Laszlo, que –presa de pánico dice ella- levantó a patadas y le puso zancadillas a cuanta persona le pasó por el lado, cuando una multitud de inmigrantes desesperados franqueaba la frontera entre Serbia y Hungría. En esa frontera el gobierno húngaro, dirigido por el primer ministro Viktor Orban, un hombre que no cesa de congraciarse con los agitadores más tozudos de las ideas de extrema derecha en su país, ha hecho levantar una imponente valla con alambres de púas, que se extiende a través de 175 kilómetros. Con esta alambrada el gobierno húngaro busca impedir la entrada a su territorio de decenas de miles de inmigrantes, la mayoría de ellos, expatriados que huyen del terror en los países en guerra del Medio Oriente.

Las imágenes de cientos de seres humanos huyendo de Siria a pie a través de los campos de maíz del sur de Europa, que hemos visto en los noticieros de agosto y septiembre, han venido a sumarse a las de decenas de individuos apilonados en embarcaciones frágiles, que atraviesan el Mediterráneo y descargan sus pasajeros en cualquier playa, cuando no son abandonados en altamar por sus baquianos. A través de ellas podemos constatar que la inmigración ilegal y el asunto de los refugiados se han convertido en un problema político incómodo para los gobiernos del mundo.

Un reportaje de Le Monde Diplomatique advierte que en 2014 aproximadamente 274.000  inmigrantes clandestinos entraron en Europa, contra 100.000 en 2013, lo cual significa un aumento del 174% de los casos. Los reportes de prensa indican que en el 2015 las cosas en vez de mejorar empeoran. Según el portal francés Lejdd.fr en comparación con el 2014 la inmigración ilegal en dirección de Europa ha aumentado en un 250%. Es tan intenso el actual ajetreo migratorio, que Bernard Conte habla de une Marée migratoire vers l’Europe, mientras que Christian Dufour, en el Journal de Montréal, advierte que la actual afluencia de refugiados e inmigrantes ilegales en dirección de Europa es comparada por los sectores más xenófobos de ese continente con les invasions barbares de l’époque de l’Empire romain.

La crónica de Dufour nos recuerda que existe un amplio número de individuos (bastante radicales y militantes), que perciben en esa marea humana “une menace pour les racines chrétiennes de l’Europe”, una estrategia de guerrera,une invasion en cours”, un “phénomène jamais vu dans l’histoire”, que patentiza el advenimiento de una profecía maldita, que podría significar el final de la identidad europea. Entre los exponentes de esa corriente de pensamiento sobresale  Guillaume Faye, que lleva una activa vida intelectual, tanto en francés como en español, difundiendo artículos y ensayos sobre el tema. En ellos habla de “cruzadas a la inversa”, de “una colonización irremediable” y una “ocupación definitiva” de las naciones de Europa “occidental por las masas del Sur y de Oriente, en su mayoría musulmanes”. A esa corriente de pensamiento pertenece el obispo húngaro Laszlo Kiss-Rigo. Este prelado, desoyendo el llamado que hiciera el Sumo Pontífice a los católicos de “todo el mundo de […] ayudar a los refugiados acogiendo a una familia en cada monasterio, iglesia, santuario o parroquia”, ha dicho que los millares de musulmanes que huyen de sus países «no son refugiados” y por lo tanto, lo que se registra en Europa en estos momentos “es una invasión».

Foto: Captura de pantalla / Youtube

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Según cálculos de la Organización Internacional para las migraciones, 350.000 inmigrantes ilegales habían arribado a territorio Europeo en la primera mitad de 2015. Los organismos responsables de la ayuda humanitaria y la seguridad fronteriza calculan que en promedio mil personas entran ilegalmente todos los días por las costas de España, Italia, Grecia y Malta. Estos mismos organismos han calculado en 2.643  el número de personas que han perecido en su intento por ingresar a Europa en el primer semestre de 2015. Apoyado por esos datos, Elhadj as Sy, presidente de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja, sostiene que Europa está confrontada hoy “a su mayor crisis migratoria desde la II Guerra Mundial”.

En materia de gestión, el nudo gordiano de la cuestión gira entorno a las medidas a seguir para estabilizar la crisis y la repartición de responsabilidades entre los países que componen la Unión, en lo que compete a la atención a los emigrados. El tema es objeto de debate entre los diferentes jefes de Estados. Sobre este punto, Rosalía Sánchez destaca en El Mundo la postura de Viktor Orban, que ha pedido “una Europa más dura con los refugiados”. En una crónica sobre la problemática, publicado por Le Temps, Ram Etwareea remarca que el presidente húngaro ha formado junto a los jefes de gobierno de Polonia, República Checa y Eslovaquia, un bloque de oposición a los sistemas de cuotas por países. Según un reportaje del diario El País, el jefe de gobierno húngaro considera que el problema de los “refugiados no es europeo, sino alemán” porque es a Alemania a dónde quiere ir la mayoría de ellos.

Y mientras los gobiernos europeos intentan ponerse de acuerdo sobre el número de refugiados que corresponde acoger a cada país, las monarquías petroleras del golfo ni se dan por aludidas sobre la crisis. Frente a la actitud poco humanitaria de los ricos reinos árabes respecto a los refugiados sirios, El Confidencial recoge la declaración de uno de ellos, que escribió en Facebook: «Contaremos a nuestros hijos que los emigrantes sirios huyeron de su país para venir a Europa cuando la Meca y los países musulmanes estaban cerrados para ellos«.

En Alemania, como lo pone de manifestó el reportaje de El Confidencial, “la avalancha de refugiados” ha sacado a relucir “lo mejor y lo peor” del pueblo alemán, pues allí ha habido quienes “abren la puerta de sus casas a los inmigrantes” mientras otros queman centros destinados a su acogida. Para aliviar la crisis actual, el país teutón se propone acoger 800.000 personas en 2015, que equivalen al 1% de su población. De concretarse, la cifra se convierte automáticamente en un récord a escala mundial, “que pulveriza los mayores registros hasta la fecha, cosechados en los años noventa, durante las guerras en los Balcanes”, y cuadruplica el número registrado el año pasado, que era considerado ya como un hito.

Pero si por Europa llueve, en el Sureste asiático está amenazando otra tormenta de similares proporciones. Como lo muestra un informe de la agencia Reuters, Indonesia, Malasia y Tailandia se han visto confrontados en los últimos tiempos a la llegada masiva de refugiados, que huyen de Birmania (Myanmar) y Bangladesh. En esa región del mundo, tal como puede leerse en un reportaje de La Vanguardia, se registra “un macabro ping-pong humano», debido a que los gobiernos de Tailandia, Indonesia y Malasia “rechazan y empujan a barcos cargados con inmigrantes a la deriva de unas aguas territoriales a otras”.

De todos los cuatro grandes continentes, el único que presenta hoy una cierta estabilidad en materia de refugiados es América. Sin embargo en el entorno americano, los casos  de Colombia, por causa del desplazamiento interno, y de algunos países de América Central y México por la alta criminalidad, siguen siendo, según la Acnur, objeto de preocupación. Pese a que el continente americano, como lo subrayan los trabajos de Virginia Trimarco y Verónica Morales,  ha vivido en el pasado la crisis de refugiados ligada a las dictaduras del Cono Sur, en la década de los sententa; la crisis de los refugiados asociadas a las guerras civiles de la América Central, en la década de los ochenta; y la crisis humanitaria generada por el conflicto colombiano a finales de la década de los noventa y comienzos de la década 2000, el tema de los refugiados -y demandantes de asilo- ha venido disminuyendo gradualmente el lugar que ocupaba en la agenda política continental. Esto es lo que se puede deducir al leer el libro “De la ONU al ALBA: Prevención de conflictos y espacios de participación ciudadana”, dirigido por Andrés Serbin, y los informes de la Acnur de 2014 y el del primer semestre de 2015.

Sin embargo, hay asuntos que continúan siendo problemático. El tema de los inmigrantes ilegales y de la migración interfronteriza a nivel continental es uno de ellos. El tema vuelve a remontar a la superficie por una serie de actos que rayan en el chovinismo. Las manifestaciones de xenofobia contra los colombianos en Chile; el recrudecimiento del sentimiento antihaitiano en República Dominicana; las declaraciones xenófobas del precandidato republicano Donald Trump contra los emigrantes mexicanos y los hispanos en general: Estados Unidos “es un país donde se habla inglés, no español”, dijo la estrella ascendente de los republicanos en un debate televisado; y la virulenta crisis fronteriza entre Colombia y Venezuela, que puso a importantes sectores de las respectivas élites nacionales a gritarse improperios patrioteros y nacionalistas en la plaza pública, son asuntos que han estado en el orden del día en los últimos tiempos.

El contexto picante en el que se ha venido sazonando en los últimos meses el tema de los refugiados y la inmigración ilegal, ha sido suavizado por el papa Francisco en su visita a los Estados Unidos. Agregándole el condimento de la solidaridad y la compasión, el jerarca católico ha hecho en su discurso ante el Congreso estadounidense un llamado a favor de la sindéresis política en el manejo del tema.

En el hemiciclo parlamentario, usando un tono mesurado, se le oyó decir sin titubear : En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad […] no nos asustemos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes […] cuando el extranjero nos interpela, no podemos cometer los pecados y los errores del pasado. Debemos elegir la posibilidad de vivir ahora en el mundo más noble y justo posible, mientras formamos las nuevas generaciones, con una educación que no puede dar nunca la espalda a los «vecinos»[…] Nuestro mundo está afrontando una crisis de refugiados sin precedentes desde los tiempos de la II Guerra Mundial. Lo que representa grandes desafíos y decisiones difíciles de tomar. A lo que se suma, en este continente, las miles de personas que se ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación”.

Foto: Captura de pantalla / Univision

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El discurso del Papa ha venido a ser reforzado por la carta de Sophie Cruz. Esta niña oaxaqueña vadeó en Washington, el 23 de septiembre, el dispositivo de seguridad montado por las autoridades de la capital estadounidense, para pedirle al pontífice que intercediera por los inmigrantes. Sobre la situación, más elocuente no puede ser el aparte de la carta citado por los medios, que a la sazón dice: “Estamos oprimidos por la violencia, por el racismo, por la mala gestión del Gobierno. Le pedimos al Papa que interceda no sólo por los inmigrantes mexicanos, sino también por el resto de latinoamericanos, por los europeos, por todos”.

Las centenas de miles de inmigrantes ilegales que tratan de ingresar a Europa arriesgando su vida en la travesía del Mediterráneo; los miles de refugiados musulmanes rohingya que buscan escapar a la persecución religiosa y étnica, lanzándose al mar porque no tienen otra alternativa; las centenas de latinoamericanos y caribeños que intentan ingresar a los Estados Unidos a través de México; las cifras inciertas de colombianos que la oleada violenta de 1990 expulsó de su país y obligó a instalarse forzadamente en Venezuela y ostros países del vecindario; y los recurrentes   brotes de rechazo a los haitiana en República Dominicana, son apenas la parte visible de uno de los problemas más profundos a los que está confrontada la sociedad global –y a los que va a estar confrontada en adelante, de seguirse profundizando los cambios climáticos–… el aumento de la movilidad espacial de la población mundial.

Las razones del crecimiento de esa movilidad, como lo anotan lúcidamente Lydie Fournier y   Yezid Arteta, son diversas y complejas. Sin embargo hay dos factores sobre los que queremos llamar la atención, que serán abordados en un próximo análisis:

  • las transferencias de mano de obra de las naciones con abundancia de trabajadores hacia a las naciones que poseen una economía dinámica y se enfrentan a la escasez de fuerza laboral; y
  • el flujo de población en estado de indefensión, que habitan las naciones políticamente inestables e inseguras, hacia los países que presentan niveles altos de seguridad y buena reputación en materia de respeto de los derechos humanos.

El primer aspecto pone sobre el plano el asunto de la migración por razones económicas. El segundo nos avoca al tema de la migración por razones de seguridad. En los dos casos se pone de manifiesto las relaciones problemáticas que existen entre globalidad y localidad y viceversa. En lo que concierne al segundo aspecto el análisis dialéctico de ese tipo de relaciones nos permite poner en evidencia la manera cómo una decisión, inscrita en el ámbito de lo global, tomada en el Pentágono -en Washington-, bajo el gobierno de George Bush en 2003, que alteró la vida de los pobladores de los barios de Bagdad y las aldeas iraquíes de menor importancia, termina impactando 12 años más tarde las dinámica de la vida cotidiana de los habitantes de los barrios de Berlín o Múnich en Alemania.