lunes, 19 de octubre de 2015

Mi primera vez…

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Elecciones Canadá 2015

Foto: Pablo A. Ortiz / Grupo NM

Vine por primera vez a Canadá hace 11 años, pero luego de regresar, de vivir entre dos lugares y de finalmente establecerme en Montreal, este 19 de octubre fue la primera vez que tuve la oportunidad de ejercer el principal derecho, y responsabilidad, que cualquier ciudadano puede tener.

Vine por primera vez a este país unas pocas semanas después de que los Expos dijeran adiós a Montreal. Llegué en plena huelga de la NHL, a la Canadá del gobierno liberal de Paul Martin. La Canadá en la que Stephen Harper era el aún poco conocido líder de un renaciente Partido Conservador.

Como latinoamericano, y específicamente como venezolano, el proceso de votar en Canadá generó un shock similar al del primer invierno o de la primera diligencia que se tiene que hacer en un idioma nuevo. Los ojos abiertos a más no poder y la mirada puesta en cualquier detalle, tratando de cargar en el disco duro la mayor cantidad de información sobre esta experiencia.

A manera de experimento decidí poner en marcha un cronómetro desde el momento que abrí la puerta del centro de votación que tenía asignado. Dos “bonjours” y una subida de escaleras después ya me tenían frente a mi mesa de votación.

La tarjeta de identificación que Elections Canada envía por correo, junto a mi licencia de conducir fue suficiente.  “Sí, aquí está en la lista. Tome y pase, no necesita lápiz, adentro hay uno”, me dijo la señora en relación a la cabina de votación, donde estaba yo y el pequeño papel en blanco y negro, con los nombres y el partido de cada candidato de mi circunscripción.

Al igual que uno suele hacer en los segundos previos a entregar un examen importante en la universidad, leí tres veces la lista de candidatos, esperando descartar cualquier tipo de alucinación o falla de la vista momentánea. Puse la «X» y volví a la mesa, donde un señor tomó mi voto para arrancar una pestaña de seguridad antes de devolvérmelo, haciendo un esfuerzo exagerado para dar a entender que no estaba ojeando mi boleta para ver por quién había votado.

Dejé caer el papel en la caja, liviano y endeble, pero que multiplicado por los 26,4 millones de posibles electores con los que cuenta Canadá, tiene más fuerza que cualquier político o cualquier injusticia.

La señora de la mesa me respondió sonríendo “ouais, c’est tout”, cuando algo extrañado pregunté si eso era todo. No hubo firma, ni huellas dactilares que dar, ni dedo meñique que pintar en tinta para evitar fraudes (ver el proceso de votación en Venezuela). Bajé las escaleras y abrí la puerta para volver a recibir una cachetada de sol y frío que nos regala Montreal este lunes.

Tiempo total: dos minutos y 13 segundos.

Fui pensando todo el camino de regreso a casa. No por lo que pueda pasar esta noche al momento de contar los votos, ni qué significaría un cambio de gobierno o, por el contrario, la permanencia de los conservadores para el país. Iba meditando sobre esos dos minutos de democracia.

En parte iba aterrado por la simpleza del proceso, convencido de que algo estaba mal, que algún paso me había saltado o si mi caligrafía fue lo suficientemente buena para darle validez a mi “X”.

Pero no. No había, no hay ni debería nunca haber miedo o preocupación al momento de votar, debería ser un proceso para disfrutar, para sentirse ciudadano y parte de una sociedad, tanto como cuando se disfruta de un festival o un parque en el verano, de un partido de hockey o cuando sentimos que el sistema político y social en el que vivimos funciona como debe funcionar.

Twitter: @PabloJinko – pablo@noticiasmontreal.com